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La mente asesina

Por Manuel Rivera
agosto 27, 2024
la mente asesina
Convertida en ritual o costumbre su manía de despertarse en la madrugada para cuestionar todo lo que no tenía remedio, hoy decidió añadir un tema más a los que desde hacía décadas repasaba sin más sentido que el de lastimarse.
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Convertida en ritual o costumbre su manía de despertarse en la madrugada para cuestionar todo lo que no tenía remedio, hoy decidió añadir un tema más a los que desde hacía décadas repasaba sin más sentido que el de lastimarse.

No, no era masoquista, pero de niño leyó acerca de la vida de los mártires y aunque ya no creía en ningún dios pensaba que las convicciones, igual que los errores, se pagaban con sufrimiento.

En la obscuridad de su exterior e interior iniciaba su rutina recordando que era producto de un accidente de la naturaleza y luego admitía que la mayor tragedia de su vida era saberlo. Cuando el denso tráfico de su mente se lo permitía, agregaba un asunto más a su íntima discusión sin sentido.

Por supuesto, en este y todos los días negó ser un hombre complicado, pese a que la desigualdad fue un tema que desde muy temprano en su vida lo agobió. Sin darse cuenta, sus sueños sobre un mundo justo lo distraían de realidades tan injustas como letales.

¿Qué hizo para recibir tanto amor de su madre, tanta paciencia de su padre, tanto apoyo de su esposa y tanta fidelidad de sus perros? Nada, mientras que otros sin esos premios seguramente habían hecho mucho.

¿Por qué subió a ese camión cargando sólo sus culpas, mientras que la señora que iba delante lo hizo llevando lo que él creía era un bebé y después se dio cuenta de que era un adulto sin extremidades? ¿Por qué lloraba ese niño que solo en su casa suplicaba compañía, cuando a él le sobraba y en ocasiones hasta la ignoraba?

¿Por qué hay quienes trabajando más ganan menos que otros que descansan más? ¿Por qué el trabajo y sufrimiento no se distribuyen equitativamente? Si había algo cierto en la existencia humana era la injusticia, sentenció.

Poco le importó que el sol comenzara a insinuársele a la luna, cortejo que solía poner fin a su onanismo con visos filosóficos, por lo que optó por continuar extendiendo el placer que alcanzaba mediante estos bocetos de reflexión.

Con ese fin se concedió tiempo para dogmatizar en torno a las dos inequidades que consideraba elementales en la vida terrena: naturales, en las que no existen ni el bien ni el mal, sólo hechos; y sociales, en las cuales lo bueno o malo es discrecional para el poderoso y promesa o amenaza sin aval para el sometido.

Bastaba que mirara a su alrededor para comprobar la supuesta veracidad de sus juicios. La miseria de muchos escuchando las promesas de salvación hechas desde la opulencia de unos cuantos, saturaban su paisaje.

Estaba convencido de que la justicia y las recompensas son concesiones de los pocos que hablan en nombre de todos, en un mundo cuya naturaleza lo hace ajeno a la igualdad y al reconocimiento de las buenas obras. Preservar la existencia de quienes se adaptan a un ambiente donde ni la ética ni la moral son finalmente relevantes, es regla que aplica para todo lo vivo.

Embriagado por sus propias ideas en este ritual matutino, intentó aderezar la ramplona conferencia que dictaba para sí mismo con una idea más: reflexionar sobre la desigualdad como norma inexorable de vida, sostuvo, es acto esencial para confirmarse distinto a los otros, es decir, para no ser igual a quienes siendo parte de esa inequidad la ignoran o voltean la cara.

Al finalizar el día, la ciencia forense continuaba sin explicar cómo fue que el cerebro devoró el resto del cuerpo del hombre cuyos restos ensangrentados fueron encontrados sobre su cama, donde arriba de la almohada estaba separada su masa encefálica, que, en opinión de uno de los legistas que esa noche acudió al levantamiento del cadáver, presentaba circunvoluciones en forma de sonrisa.

riverayasociados@hotmail.com

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