

En Coahuila, este 4 de junio tendremos la oportunidad de participar con la acción política más importante de las sociedades democráticas: votar.
Manifestar nuestra preferencia por un candidato determinado pareciera un acto simple, pero demanda la más elevada responsabilidad cívica con la que se apuesta por nuestro futuro como sociedad. Cuando optamos por una persona o un equipo, lo hacemos con pleno conocimiento de sus fortalezas y debilidades y, como seres pensantes y racionales, tendemos a buscar el mayor bien.
Si se trata de un equipo de fútbol, nuestro primer referente será su palmarés, sus jugadores más calificados, su banca, sus lesionados y su eficiencia tanto de local como de visitante, entre otras cosas. En resumen, hacemos una evaluación exhaustiva y, hasta entonces, decidimos hacia dónde decantarnos.
Semejante ejercicio cabría desarrollar para valorar a cuál candidato debemos dar nuestra confianza. Incluso, deberíamos hacer un examen más riguroso porque, a diferencia de un juego, nuestra decisión tendrá consecuencias de largo plazo en nuestra calidad de vida.
Han pasado siete décadas de estar consagrada en la Constitución la garantía universal de votar y ser votados, en donde hombres y mujeres, cumplidos los dieciocho años, tenemos el derecho a “elegir” quién nos gobierne.
Sin embargo, fue apenas en 1996 cuando el sufragio cobró valor real. Antes, el voto valía lo que el PRI decidiera o, mejor dicho, no valía en tanto que siempre ganaba quien organizaba, contaba y validaba las elecciones: el Poder Ejecutivo.
La dictadura perfecta –el centralismo y presidencialismo omnipotente– vivida por más de siete décadas y hoy reinstalada por el presidente López Obrador, logró sembrar en el inconsciente de la población mexicana que ejercer el sufragio no es sinónimo de elegir, como tampoco las elecciones lo son de democracia.
Quien hoy aspire a ser un candidato competitivo debe vencer el corporativismo inventado por el PRI en los sectores campesinos, obreros y populares, así como al clientelismo y la coacción del voto mediante compra u otorgamiento de dádivas.
Hoy en día lo mínimo que debemos esperar por parte de los partidos políticos, para darles nuestro voto con convicción, es:
A nosotros como electorado responsable y celoso de nuestros derechos, ¿qué nos corresponde?
La respuesta, ante todo, es ir a emitir nuestro voto consciente e informado, buscar el equilibrio entre poderes y evitar que vuelva el autoritarismo -como ansía el inquilino de Palacio Nacional, para someter a los otros poderes a sus caprichos-. Nuestro voto consciente y cruzado tiene el poder de hacerlo.
Como dice el refrán: “no pongas todos los huevos en una sola canasta”, así requerimos un poder legislativo fuerte. Y hablamos de las elecciones coahuilenses de este año y también de los procesos nacionales de 2024.