

El proceso de perder a un ser querido es una experiencia que marca nuestra vida y nuestras emociones. Entre más significativa es la cercanía con la persona que parte, más disturbios causará en nuestros sentimientos.
Existen algunos puntos que nos ayudan a vivir el duelo con mayor tranquilidad:
La muerte que pasea en la sociedad en ocasiones traiciona, nos empuja a hacernos creer que la falta de tristeza permanente es sinónimo de insensibilidad, que continuar la vida puede ser signo de negación de lo sucedido.
Un duelo muy doloroso nos puede amenazar con instalarse en nuestra vida, aunque hayamos ya alcanzado madurez emocional. Los pensamientos pueden llevarnos a retroceder a la estación de la culpa, a un estado permanente de nostalgia y laberintos de más preguntas y confusiones.
¿Quién alimenta esta traición dentro del proceso del duelo? ¿Es la sociedad quién marca los tiempos y emociones, con las diferentes maneras de vivir el duelo según las culturas y países?, ¿o somos nosotros mismos quienes nos negamos a reconocer nuestro crecimiento emocional, nuestra nueva visión de aceptar la perfección del momento y de la vida en sí?
La muerte no traiciona, nuestros pensamientos y expectativas sí. Ser capaces de reconocer esas amenazas significa atraparlas para poder desvanecerlas con la fuerza del momento presente y la promesa de que la emoción, esa que nos hunde o nos anima, dura sólo un instante, un momento que pasará.