

Pasé por una fuerte crisis de ansiedad y desesperanza. A mi zona de confort llegaron por sorpresa nuevas emociones que no sabía cómo manejar adecuadamente, menos cómo integrarlas a mi vida diaria.
La salud mental se forja y alimenta del manejo de las emociones, lo cual se aprende a través de las experiencias por las que pasamos en la niñez: las relaciones e interacciones con nuestra familia y círculo cercano nos fueron mostrando las opciones que teníamos para responder a los diferentes estímulos. Aprendimos qué emociones expresar y cuáles reprimir; frases como: “no llores”, “no te chifles”, “no hay por qué enojarse”, “no es para tanto”, “no pasa nada” nos abrieron un camino referente para esos sentimientos que serían la base para el manejo de emociones en la etapa adulta.
Existen situaciones que nos dejan expuestos y vulnerables: la muerte de seres muy queridos, decepciones amorosas, traiciones, divorcios, pérdida de trabajo y de patrimonio, experiencias frente a la delincuencia, accidentes, enfermedades… Este tipo de memorias llegan para quedarse, sea que las recordemos vívidamente o no, confirmando heridas pasadas de abandono, rechazo, traición, humillación e injusticia; heridas de las cuales Lisa Bourbeau habla más detalladamente en su libro “Las 5 heridas que impiden ser uno mismo”.
Para poder regularlas, las emociones deben ser reconocidas y externadas de la mano de la aceptación, comprensión y amor, pues, caso contrario, se corre el riesgo de que algunas nos lleven a sentimientos de culpa o vergüenza, impidiendo valorar nuestra propia esencia y lastimando significativamente nuestra autoestima.
No siempre es fácil trabajar las emociones por cuenta propia, por lo tanto es importante contar con el apoyo de un profesional en la salud mental, evitando así caer en un tornado cruel que nos embota y nos hace perder nuestra lucidez emocional, llevándonos muchas veces a reacciones o impulsos que pueden poner en riesgo nuestra integridad física y mental.
Las emociones afloran a partir de pensamientos y creencias (que muchas veces no son apegadas a la realidad), y de ellas nacen las acciones, que en ocasiones se reflejan más como impulsos que actos conscientes, de aquí que la educación emocional sea un elemento importante durante nuestra vida.
Guiar a infantes y adolescentes a reconocer las emociones, normalizando la pregunta “¿cómo te sientes?”, en lugar de utilizar la ya trillada “¿cómo estás?” abrirá paso a la expresión sana de aquello que nos mueve y nos inquieta. Este cambio de pregunta aplica también entre adultos, sobre todo después de experiencias que están fuera de la cotidianidad, sin quitar importancia a los momentos de plenitud, que son los que forjan nuestra seguridad y nos dan estabilidad emocional.
Las emociones son importantes; no deben de ser minimizadas, censuradas o juzgadas. Es importante sentirlas, definirlas y aceptarlas, partiendo de ahí para decidir con consciencia las acciones que nos lleven a la paz interna y la estabilidad mental y emocional.