

Estallo en un momento de enojo, suelto las riendas de la voluntad. En ese momento el salvajismo de mis emociones corre desbocado; la razón aparece junto a mí, la causa “aparente” de mi irritación cumple con los requisitos: “Muestra tu desacuerdo, manifiesta tu derecho”, dice con elegancia la razón, de talla alta se yergue sobre el podio del ego.
Entonces en silencio, muy queda asoma su luz la intuición: “¿Qué te quedará después?”, me cuestiona al mismo tiempo que me muestra un futuro no inmediato; ese momento después de la tormenta, donde las ideas se serenan, donde veo mis debilidades y apenada afronto mis consecuencias.
Razón versus intuición, dos aliadas sabias que aparecen en nuestro camino. La primera se alimenta del exterior, de ideas ajenas, del ego mismo. La intuición, bella, delicada y tierna, aquella que vive en el corazón, nunca figura ni reclama, nunca busca atención como lo haría la razón, sólo revela la verdadera fuerza que controla a nuestra alocada pasión.