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La mejor herencia

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A mis padres

Al entrar a casa ella ya no estaba. Ya no la vería más… La habitación de ambos le inundaba los ojos, ese rincón donde habían compartido risas, alegrías y lágrimas, donde soñaron y lucharon juntos, ahora le ofrecía un sorpresivo legado.

Entre sus manos y su corazón encontró a detalle cada parte que le había pertenecido a ella, ahora se las entregaba a él una a una…

Le dejó tantas cosas, que sus manos apenas lograban sostener un poco de ellas.

Junto a la cama encontró un ramo lleno de sonrisas en complicidad sin importar la hora, susurros al oído, de abrazos envueltos de carcajadas.

Se quedó con sus blusas impregnadas de amor, zapatos con pisadas de muchos viajes que ahora lo llevarían a caminar con innumerables recuerdos. Sus vestidos llenos de coquetería le recordarían a su compañera de vida con todas aquellas cosas que en su alma para él había dejado.

Le heredó a sus hijos, aquellos que en viejos tiempos crecieron junto a ellos, nietos de corazones abiertos que habrían de tomar su mano paso a paso para acompañarlo a caminar con fuerza y serenidad, la ternura de los bisnietos como una red que la detendría cuando se sintiera caer.

Entre sus cosas, descubrió tiempos hermosos. Al abrir su cajón principal encontró simplicidad, amabilidad y un gran amor que ahora llevaría consigo siempre.

En su bolsa había mucha fe en un futuro mejor y prometedor. Ella había ahorrado mucha fortaleza y esperanza para que él las usara en tiempos de oscuridad. Siempre mostró tanta entrega por él.

Su casa estaba impregnada del brillo de sus ojos y de sus cantos, de sus palabras amorosas, pues su corazón sabía que aquí tenía poco tiempo. 

Ahora que se ha ido, le ha dejado la más grande herencia, el haber compartido su vida con él. Grabó en su corazón para el resto de su vida lo mejor de su presencia, su gran amor por la vida entera…

Entonces él tomó sus regalos, firmó de recibido, con su rostro difuminado por el agua que brotaba de sus ojos, pero sonriendo al recibir su gran herencia. Recorrió su casa, agradeció en silencio y antes de cerrar la puerta besó la fotografía de ambos para recordar que lo único que tenía que entregar a cambio era la promesa de que día a día, con aquella valía que tenía en sus manos, él garantizaba sonreír y volver a ser plenamente feliz.

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