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La privacidad es un privilegio

Las redes sociales nos impulsan como sociedad a estar presentes dentro ellas día a día como espectadores o protagonistas. Poco a poco se ha ido remplazando la lectura del periódico matutino, cuando al levantarnos lo primero que hacemos muchos de nosotros es ver la pantalla para saber lo que ha sucedido mientras dormíamos.

Las redes se han vuelto el lugar indicado para mostrar desde la vida cotidiana hasta los obituarios, noticias trascendentes o ayuda comunitaria. Las historias son reales o ficticias, contadas por cada protagonista, quien es el único que conoce la verdad de lo que hay detrás de su fotografía o comentario.
Se dice que somos nosotros mismos quienes alimentamos y fortalecemos a los famosos algoritmos, dándoles carta abierta para penetrar en nuestras vidas privadas y en ocasiones hasta podemos sentir que entran en nuestros más íntimos pensamientos. Si esto es cierto o no, yo no lo puedo afirmar, pero tampoco negar; lo que sí puedo afirmar es mi experiencia y mis sentimientos al respecto.

¿Por qué pierdo valiosos momentos donde mis cinco sentidos deberían estar conectados a mi experiencia, tratando de obtener la mejor fotografía para poderla coleccionarla en mis propias redes sociales? ¿Cuál es la diferencia entre guardar mis memorias para mí, contra exponerlas públicamente en redes?

He caído en mis propias trampas, sentir que comparto para conectar con mis amigos cercanos o familia; sin embargo, al intentar compartirlas de forma privada como en grupos de mensajería como “WhatsApp”, la respuestas no son las mismas, ni tampoco suelo elegir a más de tres personas para compartir dicha fotografía, situación que me lleva a reflexionar la facilidad que existe de poner un “me gusta” de forma automática sin considerar el mensaje de la otra persona, cuando se trata de publicaciones públicas.
He dejado de hablar o tener contacto con muchas personas a partir de que me mudé de país y es interesante, ya que cuando veo a una de estas personas suele hacerme alusión a mi vida, los lugares que frecuento y mis propias emociones, según la visión que tiene sobre mí, basándose en mi propia exposición en redes; es aquí donde me detengo a pensar sobre mis propios actos y, sobre todo, en esa privacidad que me estoy negando a mí misma.

En la actualidad se dice que los gobiernos saben demasiado de nuestras vidas, que nuestros datos son vendidos al mejor postor, que las empresas hacen uso de los algoritmos para saber manipular nuestros deseos e impulsos. Entonces, ¿por qué además he de abrir mi vida privada al escrutinio público? Digo público porque, aunque nuestra lista en redes tenga el título de “amigos”, nuestra realidad social es mucho más reducida.

El antropólogo británico Robin Dunbar reconoce cómo el ser humano sólo puede contener ciento cincuenta personas dentro de las relaciones significativas, los extras pueden entrar en la categoría de conocidos o personas que puedas reconocer; entonces me preguntó, ¿será que yo decidiría mostrarle mi álbum de fotos familiar a toda persona que entre a mi casa, o con quien trate en el trabajo?
La privacidad es un privilegio que quiero valorar más, pienso como ejemplo en las personas realmente públicas y/o famosas que pagan por la seguridad de su privacidad, o buscan espacios libres de reporteros o cualquier persona que pueda interferir en sus vidas, mientras que muchos de nosotros sin darnos cuenta desechamos de manera total o parcial nuestra valiosa privacidad al exponer nuestras experiencias o vida cotidiana en redes.

La parte positiva que me ha traído las redes sociales, dentro de mis publicaciones, es ver los recuerdos que con los años he ido formando, ya que muchas imágenes quedaron atrapadas en antiguos teléfonos celulares sin tener acceso a ellas jamás, y lo único que queda son las memorias en dichas plataformas, por tal motivo decidí crear un diario mensual con fotografías, detalles sobre mi vida, mis experiencias, y lo que me atrae en el momento, como lecturas, canciones, películas; lo escribo a mano, lo decoro para así ir dejando un legado a mis posteriores años sobre mi vida actual.

Cuidar mi privacidad no es apartarme del mundo, de la sociedad, o vivir como ermitaña tras las páginas de los libros o en mi propio hogar; cuidar mi privacidad es elegir detenidamente lo que subo a las redes, es imaginar qué fotografías mostraría a un grupo de amigos donde quizá hubiera personas conocidas, pero no tan cercanas a mi vida real, y qué fotografías o experiencias dejaría solamente para mí.

La tecnología me ha ayudado significativamente, me ha permitido tener contacto directo con mi familia y amigos que se encuentran a muchos kilómetros de distancia; sin embargo, no logro asimilar que la comunicación hablada se está perdiendo de forma considerable, siendo remplazada por los “emojis”, frases autodeterminadas y felicitaciones de cumpleaños sin expresión humana verbal o visual.

Las redes sociales nos permiten incluir nuestra ubicación, compañía y hasta nuestros sentimientos. ¿Somos en verdad libres o nos hemos convertido en esclavos de nuestro ego, de la necesidad de atención y aprobación, esclavos de normas sociales preestablecidas para pertenecer? Aún me sigo cuestionando cada vez que subo o no una publicación: ¿qué me lleva a hacerlo?

La privacidad no sólo es un derecho del cual aún disponemos, sino un privilegio gratuito que está en gran parte en nuestras manos. Ser consciente de ello es actuar con más cautela. dominando los propios impulsos evaluando nuestras propias motivaciones y objetivos, para poder así, sentir lo que es la verdadera libertad.

Somos parte de una comunidad de medios laguneros

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