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Llorar, llorar, llorar y no saber por qué

llorar, llorar

Leonora o Leo, como bien la conocen, no ha comido nada extraño; ella se alimenta de manera saludable. Lo que hoy le descompone el cuerpo es una crisis emocional, de esas que cierran el “changarro” estomacal temporalmente y no lo abren hasta que la tormenta haya pasado.

Leo debate con el mundo que la rodea y con su propio cosmos interno. Las interpretaciones la retan más día a día: encara y evade acciones según su energía interna.

El estudio y la lectura son la fibra que le ayudan a digerir todo aquello que le cae pesado. Esa concentración le ayuda a limpiar sus pensamientos y presentimientos (estos últimos son los más difíciles de identificar, pues nunca se sabe si son reales o imaginarios).

Esta mañana Leo se levantó, abrió las ventanas dejando pasar un aire fresco y limpio. Se preparó para trabajar haciéndose una coleta para sentirse más ligera, y tendió la cama al ritmo de la música. Su sencillo perfume de flor de naranjo le alegra la mañana, pero no va a ser suficiente para que su sistema emocional asimile la crisis que se avecina.

Vaya intoxicación que sufrió, sin saber si el exterior la enfermó o fue su propio cuerpo tan debilitado por la mala nutrición en el alma. De pronto, cada palabra le suelta las emociones más profundas. Mareada entre ideas no dichas y frases podridas, trata de buscar suplementos que calmen sus dolores. Se recupera e intenta retomar su rutina, pero es tarde, está muy débil y eso le impide pensar con claridad y buscar el mejor remedio; aun así, continúa su rutina.

Han pasado casi dos meses desde su primera caída, cuando la maldita sombra aparece de nuevo enfermando su sistema, intoxicándola abruptamente. Sin aviso alguno, llega una fuerte diarrea emocional: las lágrimas incontenibles acompañadas del dolor de los sollozos, la respiración entrecortada. Leo no alcanza a llegar a un lugar seguro antes de que el llanto y la emoción ensucien su entorno.

Imposible para ella controlar esas diarreas de llanto. Con sus manos empapadas de dolor e impotencia, es objeto de miradas que ignoran el motivo y con disgusto y muecas se alejan; otras se compadecen e intentan ayudar.

Las palabras y acciones no digeridas la han enfermado tanto que se siente muy débil; el drenaje emocional la ha deshidratado y cansado hasta los huesos.

Casi inconsciente en un charco de tristeza que apesta a desencanto, es auxiliada por paramédicos especializados en sanar el alma; le inyectan confianza para que se deje ayudar por analgésicos para la desesperanza.

Ya estabilizada, es llevada a la sala de emergencias, ahí donde el silencio sana, aislada de nuevas bacterias que aún inofensivas podrían dañar más su situación.

Leo abre los ojos, observa su realidad y los vuelve a cerrar esperando poder sanar con el tiempo que requiera.

Somos parte de una comunidad de medios laguneros

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