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Mi madre no fue perfecta

mi madre

Mi madre no fue la madre perfecta; cada 10 de mayo me era imposible concebirla con estereotipos romantizados. No, mi madre no era extraordinaria y fue mejor así, porque me enseñó que no es necesario ser perfecta para ser amada: el amor que conecta no se disfraza, no aparenta. 

Detrás de cada regaño, de cada dejo de impaciencia y de los momentos difíciles, había en mi madre un amor infinito que buscaba la felicidad de cada uno de sus hijos, el logro de sus objetivos y el desarrollo de la fortaleza tan necesaria para la vida. 

Mi madre se ha ido y me ha dejado un montón de recuerdos que marcan mi camino. Ha dejado una parte de ella en mí. Me veo al espejo y la veo sonriéndome, recordándome que como personas somos frágiles; que las emociones nos moldean, nos recrean y nos alimentan el alma.

Ella, al igual que yo, era susceptible al entorno, pero lo que nunca se debilitó fue su amor, a pesar de que mi impaciencia de adolescente (y todavía en mi edad adulta) seguro lastimó su corazón más de una vez.

Mi madre me recibió con sus brazos llenos de experiencias, de sentimientos variados, de lágrimas y alegrías; todo eso que le dio forma a su propia persona. Las memorias en el corazón que me transmitió sin palabras, que me heredó en acciones y emociones, también me forman y me muestran los mejores caminos para contribuir a mi propio futuro.

Ni mi madre ni yo, como hija, fuimos perfectas. La perfección sale sobrando si de amor hablamos.

Amo a mi madre, verla feliz me hacía feliz. Cuando se enojaba también me enojaba, sentirla triste me entristecía; había una conexión de almas.

Las madres perfectas no existen, porque si lo hicieran, se perdería la grandeza de crecer mano a mano envueltas en una vulnerabilidad humana que engrandece el alma.

Mi madre y yo nos amaremos siempre. Ella al partir me llevó en su corazón y yo la llevaré en el mío eternamente.

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