

En los tiempos de crisis me cuestiono tanto; busco respuestas hasta en las frases no dichas, en los silencios pronunciados, en la desesperación de la incertidumbre. Las preguntas me agitan el alma al no ser respondidas.
Cuando pronuncio las palabras “¿Qué hago?”, un par de voces a mi alrededor me responden con una frase sencilla y serena: “Nada. No hagas nada”.
Mi mirada se queda estancada en un silencio que aturde; no es la respuesta que busco, pero sí el camino que sanará mi alma. Me conecto de nuevo a la realidad y siento la respuesta que palpita en mis emociones: “No necesito hacer nada. Solo necesito la paz del momento presente, de Dios, de la fuente del amor”.
Abro el libro de Mario Benedetti Primavera con una esquina rota. Ahí menciona la importancia de elegir el mal menor. No se equivoca, pues en mi desesperación, busco todo o nada, siempre inclinándome hacia el todo. Cuando el resultado es “nada”, la frustración destroza mis emociones, me deja ciega ante los nuevos caminos y opciones, sin permitirme ver que la vida es perfecta tal como es, con los errores y sin sabores, con lágrimas y carcajadas; la vida siempre tiene agravios y “despistadeces” (como dice mi propio vocabulario).
La nada crea vacío, ese mismo que me inquieta y sobreestimula mi suposición, dándole libre albedrío a mi creatividad, que no siempre me lleva a las mejores decisiones. El vacío también deja lugar a las respuestas que están por venir; abre espacio a nuevas experiencias, oportunidades, rutas y emociones.
Cuando dejo de buscar respuestas y elijo el mal menor, acepto que la vida perfecta está llena de imperfecciones y tiene alguno que otro signo de interrogación que no está hecho para responderse.