

Me gusta estar en una casa limpia, organizada y que transmita paz, y, en lo personal, disfruto mucho de los videos de orden y limpieza; me dan ideas para llevarlas a la práctica en mi hogar y siento que me conecto al presente poniendo mi atención en actividades concretas que me llevan a un resultado satisfactorio a corto plazo. Eso sí, confieso que me encantaría tener ciertos días una varita mágica o una canción al estilo “Mary Poppins” que hicieran todo por mí.
Cada país organiza las tareas del hogar de forma diferente. En México es una realidad que las responsabilidades de limpieza doméstica aún recaen principalmente en las mujeres, quienes alternan trabajo fuera de casa con el tiempo y esfuerzo que dedican a estas labores que son poco apreciadas y valoradas.
La cocina es la carta de presentación de una casa y es también el área que toma más tiempo limpiar, igual que las habitaciones. Por eso, antiguamente se decía que con las camas tendidas y la cocina recogida la casa ya estaba lista, “atajos” para cumplir con dar una buena presentación del hogar a la familia. Sin embargo, la limpieza del hogar siempre implica mucho más de lo que se nota a primera vista.
Existen muchos detalles en el cuidado de un hogar, que mayormente seguimos realizamos las mujeres adultas en los hogares tradicionales. La familia goza de un lugar organizado y armonioso, y es común que la marcada diferencia de esa gran labor detrás del orden limpio sólo se note cuando la “persona” está de vacaciones o por alguna razón no puede realizarlo.
Señalar que los trastes no han sido lavados o la cama tendida es un juicio que pocas veces es puesto en balanza. ¿Por qué en pleno 2024 en México se sigue delegando toda la carga de un hogar a las mujeres? ¿En qué momento ser esposa o madre es sinónimo de ser complaciente dejando al final el cuidado de nosotras mismas? ¿Por qué tareas tan sencillas como las mencionadas no pueden ser realizadas por quienes generaron le necesidad de limpieza? ¿Por qué si yo ensucié ese plato, lo termina lavando otra persona?
¿Y qué pasa cuando se tiene la solvencia económica para contar con una persona que preste el servicio de limpieza? ¿Por qué a esa persona (también mujer) se le delega la carga absoluta de la limpieza y se les quitan responsabilidades a los miembros de la familia?, más hablando de quienes están en proceso de formación: de desarrollo de la voluntad y colaboración, de adquirir disciplina, de aprender a aportar a la armonía de la realidad inmediata y concreta en tiempos donde ésta pareciera desplazada por lo digital.
Valorar la limpieza doméstica y aportar mínimo lo correspondiente en los espacios propios y comunes comienza en la empatía. Es invaluable reconocer los beneficios que trae a la vida de una persona el hacerse responsable de las tareas simples que involucran directamente a nuestra persona (lo mínimo es tender la cama, recoger la habitación, lavar los platos propios; en la formación de infantes y adolescentes se fortalece la disciplina, se aprende a procurar la armonía y sobre todo se conecta con una realidad innegable: ser responsable en lo cotidiano es el cimiento para actuar con responsabilidad en lo extraordinario.
Y si es un adulto o adolescente presuntamente funcional quien no quiere ni lavar su propio plato (a veces ni recogerlo de la mesa), ¿en qué otros aspectos tampoco lo estará haciendo?