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La vida en un tictac

junio 11, 2024
tictac

Su primer reloj lo recibió siendo niña, era amarillo, con un perrito y números digitales.

–Qué lindo se ve! –pensó con sus escasos 8 años.  No se percataba que llevaba un reloj que se dedicaba a medir su propio tiempo.

Al cumplir 13 años, llega otro reloj, ahora de manecillas. Cuenta las horas, los minutos, los segundos de cada instante de su vida. Ella no siente la cuenta de los periodos de su propio espacio.

Terminó su niñez.  En su primera juventud, se halla sentada en medio del silencio frente al bosque. Mira su reloj. Un simple objeto tiene el poder de contar las horas de dicha, risas y satisfacción.  Los minutos que anteceden la llegada de una sorpresa. Cuando espera a quienes ama, a quienes traen sonrisas y hacen su corazón vibrar.

El reloj no se detiene.  Es consciente por primera vez de la rapidez del tiempo.  Risas e ilusiones cumplidas parecen no ser medidas ni por el reloj más exacto. La felicidad es tan eterna y rápida a la vez, a pesar de que el segundero se mueve a la misma velocidad de siempre. Sin pensarlo, decide guardar cada momento de dicha, atesorándolo, detenida en soplos de motivación y sueños, escondiéndoselos al tiempo, que no fuera a ser capaz de arrebatárselos y borrarlos para siempre de su memoria.

Un día, sin esperarlo, se enfrenta a tiempos difíciles, profundamente tristes, de esos que la hacen sentirse fuera del tiempo mismo.  Cada minuto evoca incertidumbre y misterio. Siente la intensidad de saber que el tiempo la aprisiona. Lo deja ir. Permite que cada manecilla barra cada segundo de miradas grises y mojadas. Sí, a pesar de la resistencia, lo deja ir.

El mismo reloj marca cambio de estación. Ella lo mira. El tiempo es astuto. Corre aun cuando había dejado su reloj guardado u olvidado en algún cajón. ¿Qué debe hacer para acelerar o detener el tiempo? No puede hacer absolutamente nada.

Se detiene. Decide caminar junto a cada minuto en cada paso dado.  Vive cada etapa. Toma cada instante como prueba de que está viva. Medita sobre la fugacidad y la eternidad de las horas. Aparecen recuerdos infinitos.

Sentada en medio de la Plaza España, espera a que Madrid reciba el atardecer. No apresura su propio ritmo. Siente cómo el tiempo mismo se detiene por primera vez. Le susurra al oído, en medio de un viento suave y delicado.

–Soy el tiempo, ese que llevas en tu mirada, cuando viajas por tus recuerdos, cuando corres entre ilusiones. Soy el tiempo… ese que te pide mirar al cielo, observar lo que te rodea; agradeciendo por cada hora, cada minuto, cada segundo que te doy.  Soy el tiempo que ves en tu simple reloj, quien te ha llevado de la mano en medio de tus historias.

Suspira hondo. Mira su reloj. Sonríe.

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