Edipo en la vida cotidiana.

Por Alejandro Monreal

Probablemente hayas escuchado el nombre de Edipo al menos una vez en tu vida. Quizás, como muchos de nosotros, tuviste tu primer contacto con él mediante la lectura de una, varias o todas las tragedias escritas por Sófocles. Edipo Rey cuenta la historia de Edipo, hijo de Layo y Yocasta, abandonado por su padre para ser devorado por las bestias y con el fin de evitar el mal augurio dado por el oráculo de Delfos que presagiaba tragedia para la pareja que llevaba años intentando embarazarse. El oráculo les advirtió que aquel hijo que nacería de ellos terminaría matando a su padre y casándose con su madre. Para ahorrarles revelaciones les diré que los personajes intentaron cambiar su destino evitándolo y al evitarlo lo único que lograron fue encontrarlo.

En una ocasión me preguntaron si todos los niños pasaban por la etapa del Complejo de Edipo. Para ahorrarte mi respuesta textual la resumiré en un sí. La persona continuó la conversación diciendo que le parecía algo anormal y que ella había pasado por su adolescencia sin necesidad de llegar a dicha etapa. Le respondí que se trata de algo normal y que no es una elección, ni mucho menos algo de lo que nos demos cuenta. El Complejo de Edipo, como la mayoría de los aspectos metapsicológicos se da en un plano inconsciente y permanece así por los distintos mecanismos de defensa de los que se vale el denominado aparato psíquico, que no es otra cosa que la forma que tienen los psicoanalistas de entender el funcionamiento intra e interpsíquico de las personas. 

Yo definiría al Complejo de Edipo, de manera muy general, como una metáfora para explicar una etapa del desarrollo en la que, a través de las primeras relaciones sociales, conocemos la frustración y se pone en juego la gestión de la energía psíquica a través de la formación del yo y el súper yo para lograr un estado de equilibrio interno. Suena complicado, ¿verdad? En términos más simples podría decirse que es una forma de explicar el “entrenamiento” en el que “aprendemos”, durante nuestra infancia, a lidiar con la frustración para obtener gratificación de forma socialmente aceptada. Todo esto suena muy técnico y rebuscado, lo sé. 

Hablaba en un párrafo anterior del aparato psíquico y es que para entender el funcionamiento de la mente desde una perspectiva psicodinámica debemos hacer referencia a algunas hipótesis, particularmente dos. En cuestión topográfica podemos decir que existen procesos mentales inconscientes, preconscientes y conscientes. Imaginemos la mente como si fuera un edificio en el que el sótano es la parte inconsciente y las demás partes de la casa a las que generalmente se accede como parte de la rutina habitual es la parte consciente. Nadie tenemos acceso directo al inconsciente. Ahí se llega por vías indirectas y con el entrenamiento psicoanalítico y/o psicoterapéutico adecuado después de horas y horas de preparación. Al preconsciente accedemos mediante un esfuerzo relativo, por ejemplo, cuando te preguntan algún dato en particular o cualquier detalle del día anterior, etc. Y bueno, creo que el consciente se explica por sí solo. Mientras lees este texto lo estás haciendo de una manera consciente. Bueno pues el chiste es que la vida psíquica en la primera infancia, particularmente en la lactancia, es en gran medida inconsciente. Así es, al nacer no naces con consciencia propia, si acaso con algunas funciones autónomas que te mantienen con vida, pero nada más. 

Pasando a la segunda hipótesis esta tiene que ver con estructuras y son 3: Ello, Yo y Súper Yo. Si has escuchado nuestros podcasts recientemente te habrás dado cuenta que he hablado de un reservorio de energía. Ese reservorio es nuestro cuerpo, de él proviene la energía psíquica. Esa energía crea empuje, drive, motivación, o como prefieras llamarlo, para recuperar un equilibrio interno o para que suene más acá: alcanzar una homeostasis. Ejemplo: Si siento hambre busco un alimento para saciarla. Así de simple. Resulta que junto con el cuerpo y el inconsciente se encuentra esa primera estructura llamada Ello. Pensemos en los animales, cualquiera de ellos. Un perro no se pregunta por la marca del alimento que consume o ni siquiera por la claridad y pureza del agua. El perro tiene sed y bebe. Si el perro se siente amenazado no se pregunta si el niño que le está picando las costillas saldrá ileso de la mordida que lanzará para defenderse. Imagínate: ¿será buena idea ejercer el coito con esta bella hembra Schnauzer frente a sus criadores? Por supuesto que no lo piensan, los animales están sujetos y a merced de su instinto. Cuando somos lactantes nos pasa algo muy similar. No tenemos consciencia propia y somos completamente dependientes de nuestro cuidador, que tradicionalmente es nuestra madre. Mientras estuvimos dentro de su vientre éramos alimentados a través de su placenta, no sentíamos hambre o frío y por supuesto aún no conocíamos la frustración. Al nacer experimentamos frío, luces intensas, sonidos extraños, hambre, etc. Hay un momento de nuestra vida en el que se da una simbiosis hecha y derecha con nuestra madre. El Ello y el cuerpo demandan la satisfacción de necesidades. Es necesario lograr la homeostasis. 

Conforme nos desarrollamos también lo hacen nuestros sentidos y nuestro cerebro lo que nos va dotando de capacidades nuevas que nos hacen percibir más y más detalles del mundo que nos rodea. Es así como comienza a nacer esa otra estructura denominada Yo que es la que mantiene contacto con la realidad. Entre más percibimos más consciencia tenemos no solo del mundo sino de nosotros mismos y ese estado simbiótico en el que nos encontrábamos ya no lo es tanto. Llega un momento en el que logramos diferenciarnos como un ser aparte de nuestra madre. Con la diferenciación también llega la frustración. Mamá está limitada por su condición humana. Por más que nos ame no tiene todo el tiempo para nosotros ni la capacidad de estar inmediatamente al sonido de nuestro llanto. Poco a poco nos damos cuenta que a veces las necesidades tardan en satisfacerse y comienza a desarrollarse la tolerancia a la frustración que es distinta en cada persona. 

Aunque hemos descubierto cosas que nos disgustan aun sabemos que quien puede proveernos de placer y satisfacer nuestra necesidad de alimento y cobijo es mamá. Pero recordemos que ahora somos más conscientes de la realidad y en esa realidad existe otro ser llamado papá o cualquier otra persona que amenace con robarnos la atención plena y completa de nuestra madre. A cualquier intruso se le percibe como rival y enemigo. ¡Mamá es mía y tú no me la vas a robar! El niño no ama, ni odia como lo hace un adulto. Quiero aclarar que así como existe una sexualidad infantil, también existe una emocionalidad infantil. Entonces, les pido encarecidamente que no intenten entender ese odio como el odio que sentimos los adultos y por favor no olviden que estas cuestiones se dan en un plano mayormente inconsciente. Aunque el niño ya percibe la realidad, no es consciente de lo que sucede en su vida anímica. En este punto te sugiero que vayas al primer párrafo y trates de relacionar el contenido de este con el de aquel. Verás cómo hace click. Ya entendiste por qué se llama Complejo de Edipo, ¿verdad?

Bueno, prosigamos. Ya hablamos del Ello y del Yo, pero en dónde queda esa tercera estructura. Aunque el niño llega a sentir odio (desde su condición infantil) también descubre que siente amor por su padre y esto le genera un sentimiento de culpa que desarrolla fantasías que generan ansiedad y angustia en el niño y así aprende “lo que está bien y lo que está mal”. El niño para evitar esa ansiedad preferirá “hacer las paces” con papá y renunciar a su mamá para mantenerse sin ansiedad y continuar con su desarrollo normal. Es así que sucede en una etapa madura llamada genitalidad que aquel que fue un niño, y ahora alguien maduro puede elegir una persona distinta con la cual llevar a cabo esta gestión de energía. A final de cuentas las relaciones, entendidas psicodinámicamente no son otra cosa que el intercambio de energía psíquica entre dos o más personas. 

He sabido de personas que fueron con el psicólogo y les dijeron que tenían Complejo de Edipo. Si te llega a pasar a ti sal corriendo de ahí, estás con la persona equivocada. El Complejo de Edipo no se tiene, no se padece, no es una enfermedad. Es algo que se vive como parte del desarrollo psicológico, emocional y social. Lo que pueda suceder en la vida adulta es un reflejo de cómo se vivió esa etapa en la infancia. 

¿Tienes problemas con la autoridad? ¿Sostienes relaciones afectivas con personas que ya están comprometidas? ¿Te cuesta trabajo independizarte de tus padres? ¿Te has cambiado de carrera más de 2 veces? ¿Sientes culpa cuando tienes éxito en algo? 

Si respondiste que sí a alguna de las preguntas, probablemente tengas algún asunto pendiente en esa etapa y sea momento de trabajarlo. Pero si tu pregunta es ¿Tengo Complejo de Edipo? La respuesta siempre será no. 

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¿Tatuajes de tus besos?

Por Alejandro Monreal

¿Sellar una promesa con tinta? Ha de ser muy romántico, ¿no? Depende. Antes de proseguir con esta faena quiero aclarar que no tengo nada en contra de los tatuajes, es más hace tiempo dije al respecto en un post: 

“Hoy puedo ponerme en los zapatos de quiénes son aficionados a los tatuajes, a los piercing o a lo que les venga en gana. Es muy mi asunto, muy mi dinero y muy mi pelo. Y así de fácil como el gato con botas cuando se comió al ratón ciego: se me antojó”…

Pues bien. Una vez aclarada mi postura me permito continuar. El tatuaje y el amor son de naturaleza distinta. Mientras que el primero puedes llevártelo hasta la tumba, incluso hasta después de miles de años (se han encontrado momias con tatuajes identificables), el segundo no estoy tan seguro que dure para siempre ni aunque tú quieras. 

El tatuaje es relativamente permanente, poco dinámico y está expuesto únicamente a los cambios de la piel, a los retoques y a la voluntad del portador. Si quieres que el trabajo de un artista quede expresado en tu piel no es necesario que le pidas autorización a nadie, salvo que seas menor de edad o tengas alguna condición médica que te lo impida. 

En las relaciones, éstas no dependen solo de mi voluntad. Sino que tengo que hacer acuerdos. Si la relación perdura y trasciende es porque quienes la conforman así lo han decidido de mutuo acuerdo. Si yo quiero hacer un cambio en la relación, por la naturaleza de la misma, tengo la responsabilidad de consultarlo con el otro sí o sí. Sí mi amigo, novia, socio, etc. Está de acuerdo pues continuamos con la relación, pero si no lo está, entonces estamos en un problema. 

¿Dónde está el error? 

En el siguiente razonamiento: Como te amo tanto, entonces me voy a tatuar. Se crea aquí un condicional Si A entonces B y parece lógico, incluso lo es. Pero no confundamos validez con verdad. El razonamiento es válido en efecto y hasta comprobable, pero no constituye una verdad y podemos desarticularlo con algo tan simple como una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Entonces diríamos el tatuaje es un tatuaje y no puede ser otra cosa, lo mismo con el amor. El amor es amor y no puede ser otra cosa. Si el tatuaje es amor, entonces no es tatuaje y viceversa. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? 

Mientras que la relación puede, por naturaleza, ser más volátil que el tatuaje ¿por qué tomaría yo una decisión así? Ahora hemos hablado en blogs, posts, podcasts y demás de la diferencia entre emoción, sentimiento y actitud, de la diferencia entre enamoramiento y amor, etc. Si el enamoramiento es efímero, dado que está caracterizado por una forma de amor narcisista en la que deposito lo mejor de mí en el otro y no soy capaz de verlo como realmente es, y además mis hormonas están a todo lo que dan y la relación se caracteriza más por emociones que por sentimientos y recordando que las primeras son efímeras, automáticas y volátiles, ¿qué me hace pensar que es el mejor momento para inmortalizar por medio de un tatuaje una relación que está por así decirlo en una fase voluble, lábil, volátil, efímera? ¿No te parece que es una mala decisión? Es el equivalente a decir: 

“Llevamos 2 meses y ya lo amo tanto que siente que es momento de casarnos”. “Mi mamá me dijo que te vio con otra, que no estaba segura si eras tú, pero debemos terminar”. “Lo leí en un hilo en Twitter, entonces es verdad”. 

Bueno, bueno. ¿Entonces qué pasa cuando la relación se termina? Pues que ya no tienes solamente una herida emocional, sino que además tienes un recordatorio. Y decides “borrarla” pues hasta una cicatriz. 

¿Puede tener implicaciones negativas? Claro, pero no considero a ese el mayor de los problemas. Lo verdaderamente importante sería como esa persona afronta la pérdida y la cicatriz. 

Casarte en la etapa del enamoramiento no es lo más prudente, tatuarte en esa etapa tampoco. No estoy diciendo que esté mal, ni tampoco digo que no existan casos en el que todo haya salido bien. Cada quien su propia estrella. 

Recomendación si les resulta útil. Sean pacientes. Esperen. Si deseas un primer tatuaje que sea de algo personal, que te guste a ti y solo a ti. Conocí a una persona que me dijo lo siguiente: 

“Los tatuajes son míos, por eso los tengo en partes que no son muy visibles y me toma mucho tiempo elegir qué, cómo, dónde y con quién”. 

Una forma muy personal de llevarlo a cabo. Si me lo preguntas a mí yo no tengo tatuajes, tengo muy poca tolerancia al dolor, pero me fascina ver el trabajo bien hecho en la piel de los valientes si ellos lo permiten.

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Tener o no tener a mis hijos en redes sociales

Por Alejandro Monreal

Una forma de entender a la familia es como una estructura que a su vez está compuesta por partes más pequeñas hasta llegar al individuo. Podemos entender esas estructuras más pequeñas a través de las interacciones que se dan entre quienes las conforman. Por ejemplo se puede hablar de la interacción entre los hermanos, la interacción entre los padres o la pareja y la interacción que se da entre ambos, es decir, entre padres e hijos. Las familias y las personas que las componen a su vez interactúan con otras familias y/u otros sujetos que no forman parte de la misma o bien personas que forman parte de su familia extensa. Todo lo anterior nos deja ver que existen límites entre esas estructuras y sus interacciones y esos límites pueden ser normales, nulos, laxos o rígidos. Demasiada teoría, ¿no?

Vayamos a los ejemplos: 

Papá y mamá tienen discusiones fuertes de manera regular que hacen evidente su incapacidad para comunicarse de manera asertiva, por lo que utilizan a su hijo o hija para chantajearse o para darle sentido a su relación.

Cuando los padres utilizan a sus hijos como intermediarios en su relación de pareja se ponen en evidencia la laxitud o nula existencia de límites entre los subsistemas filiales (de los hermanos) y parentales (pareja). Otro ejemplo muy común en el que no se respetan los límites es el siguiente:

“Hijo, cuando yo no esté usted es el hombre de la casa”. Y bueno, se lo toma tan en serio que hasta duerme con su mamá. ¿Te suena? Otra vez se transgredió un límite… ¿Qué hace un hijo ejerciendo funciones parentales?

Y bueno, se preguntarán ¿qué tiene que ver esto con las redes sociales si mi duda es si agrego o no a mis hijos al Face? Otros quizás ya se dieron cuenta por dónde voy y están pensando que estoy exagerando. En fin. 

La pregunta es ¿Qué tan cómodo te sientes como hijo o como padre? Si estamos hablando de hijos en edad adolescente quizás nos resulte fácil pensar que están atravesando por la búsqueda de su identidad y necesitan amigos que los entiendan y modelos a seguir, lo cual puede ser un riesgo si nuestros hijos no confían en nosotros ni nosotros en ellos. El no querer a sus padres en sus redes sociales puede ser una forma de poner un límite y es aconsejable respetarlo sin volverse indiferente. La realidad es que también existen padres sumamente invasivos que quieren tener todo el control sobre sus hijos, lo que hará que éstos terminen por anularlos completamente. 

Curiosamente las redes sociales pueden ser una forma de tener un espacio personal para compartir con personas a quienes consideramos afines, no obstante también propician la falta de límites con todo lo que está más allá de la familia y el vecindario. 

Si quieres tener una relación más cercana con tus padres, hijos o familiares procuren las actividades al aire libre, las reuniones familiares, etc. En redes sociales tus hijos no necesariamente son tus hijos sino quienes ellos quieren ser, lo mismo sucede con nosotros como padres. 

La respuesta en este caso la vamos a encontrar en el diálogo, expresando nuestras inquietudes y escuchando las del otro antes de volverlo una imposición. 

Si el hombre es infiel lo victimizan, si la mujer lo hace la queman.

Por Alejandro Monreal.

¿Cuántos hombres infieles conoces? Supongo que por lo menos 2 o 3. Seguramente uno de esos 2 o 3 se encuentra en tu familia. La infidelidad es más común de lo que nos gustaría aceptar. Sin embargo, parece que las cosas no son tan parejas cuando hacemos comparaciones entre mujeres y hombres. 

Definitivamente el problema no es exclusivo de uno u otro sexo. Hombres y mujeres guardamos en nuestro interior el potencial de ser infieles. Al final todo termina en una decisión. El infiel lo es porque quiere. Punto. No lo es por distanciamiento, no lo es por descuido, no lo es por instinto. En fin. A lo que voy cuando me refiero a la comparación es al hecho de que al hombre infiel le va mejor que a la mujer infiel. ¿Qué se le dice a cada uno? Checa estas listas:

Hombre infiel:

  1. “Eso cabrón”. 
  2. “Una no es ninguna”.
  3. “Mientras tu mujer no se entere tú disfruta”.
  4. “Lo hiciste porque tu esposa te descuidó, no te sientas culpable”.
  5. “Todos los hombres lo haces, entonces no está mal”.

Mujer infiel:

  1. “¿Por qué no te diste a respetar?”
  2. “La mujer es de un solo hombre”.
  3. “Eres una malagradecida”.
  4. “Mujer de cascos ligeros”.
  5. “A la promiscua no se le toma en serio”

¿No te parece que la balanza está desequilibrada? Alguien podría afirmar “infidelidad es infidelidad”. Pues sí, pero si eso fuera entonces o se les aplaude a ambos o se les castiga a ambos y aquí solo uno sale ganando. ¡Aguas!

Propósito Vs Objetivos

Por Alejandro Monreal

¿Se puede tener todo en la vida?

Cuando era niño una frase resonaba fuerte y constante: "no se puede tener todo en la vida". Conforme crecí terminé convenciéndome de eso, sobre todo por las condiciones sociales, políticas y económicas que, desde que tengo uso de razón, afectan a nuestro país en general y a nuestra región en particular. Es cierto, muy cierto, que el contexto puede ser influyente para quienes tenemos algo de suerte y lo combinamos con esfuerzo o determinante para quienes, a pesar de su talento, nacieron en las condiciones más desventajosas: pobreza, algún tipo de discapacidad, violencia, discriminación, o una combinación de varias o todas las anteriores. 

Un gran amigo me enseñó que “siempre que uno sepa lo que quiere será menos complicado obtenerlo”. No quiero venderte humo. Es difícil pensar en comprar una casa de 3 millones de pesos cuando ni siquiera tenemos el hábito de trabajar, ahorrar, prepararnos, relacionarnos con personas de quien podamos aprender y sobre todo si a eso le achacamos la falta de oportunidades y el contexto antes mencionado. Mi amigo, colega y mentor también me enseño que el propósito y los objetivos no siempre resultan equivalentes y que en algunas ocasiones los objetivos son una consecuencia de nuestro propósito. En alguna ocasión nos reunimos con algunos empresarios de la región y nos preguntaron cuál era nuestro propósito. En ese entonces yo no lo tenía muy claro, pero Toño respondió con mucha determinación: "ser feliz". Honestamente me pareció algo absurdo, ya que "ser feliz" puede resultar muy ambiguo. Luego entendí que su propósito no es ser feliz como fin último, sino como un camino. Toño es la persona más apasionada en su trabajo, ama a su familia, procura regalarse experiencias nuevas o revivir las que le resultan más enriquecedoras. Al mejor mentor lo encontré en la congruencia que mantiene en lo que piensa, dice y hace. Tal vez parezca magia pero todo lo demás ha sido consecuencia de su propósito: SER FELIZ. 

Creo que en algún momento de nuestra vida se hace evidente que nuestro propósito no es solo tener dinero suficiente, un buen coche o un buen trabajo ya que no nos sentimos plenos y no entendemos por qué. Probablemente no hemos definido el propósito en nuestra vida. Quizás estemos cumpliendo el objetivo: tener x cosa o n cantidad pero sin un propósito claro. Aquí cabe la pregunta ¿para qué queremos lo que queremos? En algún momento nos toparemos con la crisis que nos dará la mayor de las satisfacciones: encontrar nuestro camino mientras nos encontramos a nosotros mismos. Sé que probablemente el dilema es difícil de resolver, pero el acompañamiento profesional adecuado resultará de mucha ayuda. 

Confía.

¿Te has sentido así? ¿Conoces a alguien que esté pasando por una situación similar?

¡Acércate con nosotros, somos los especialistas!

Claro que duele, por supuesto que duele.

Por Alejandro Monreal

Empezaré esto contando una historia cuyos créditos no me corresponden. Se trata de un artículo que encontré adjunto en un tweet hace ya algunos meses. Va más o menos así:

Se trataba de una familia que huyendo de la Segunda Guerra Mundial tuvo que construirse una vida nueva en EU. Si recuerdo bien, el padre había muerto y solo la madre con su hijo conformaban esta familia monoparental. Por alguna razón que no recuerdo con exactitud, pero que ponía en juego la salud del menor, la madre visita al médico y éste le indica que debe seguir un horario sumamente estricto con respecto a la alimentación de su hijo, que para ese entonces era un lactante. La madre preocupada por su bebé sigue con obediencia la instrucción del especialista y vuelve a casa. 

Primer llanto del bebé. La señora lo sostiene en brazos, descubre su pecho y acerca al pequeño para que, conforme a su reflejo, succione el alimento proveniente de mamá. Una vez satisfecho el pequeño, la madre lo retira, cubre su pecho, da golpecitos en la espalda de su hijo y lo arrulla con ternura. Próxima comida: N horas después. 

Segundo llanto del bebé. Según la indicación del médico, no es momento de alimentar al menor.

Tercer llanto. Ídem.

Cuarto llanto. Ya casi es hora, pero aún no. 

Quinto llanto. Por fin ha llegado el momento establecido y se repite la rutina descrita en el primer llanto. El bebé succiona y mientras lo hace el displacer amaina. El organismo entra nuevamente en equilibrio. 

Para ahorrarnos la redundancia este ciclo se repite en varias ocasiones hasta que la madre siente que algo no está bien. Se encuentra en un dilema: ver y oír a su bebé mientras llora de hambre o seguir la indicación que el médico prescribió en pro del bienestar del niño. En ambos casos pierde algo, si satisface el deseo de su hijo, podría ser tachada de irresponsable por no seguir la instrucción del especialista, mientras que si sigue la indicación del médico tendrá que lidiar con el hecho de ver sufrir a su hijo. ¿Podemos juzgar tan abiertamente a una madre en una situación similar? Tomemos en cuenta que el contexto era otro y que la información y avances en medicina y pediatría no eran los mismos con los que contamos hoy. 

En algún momento, la madre decide ignorar la indicación del médico y alimenta a su hijo a libre demanda. Mientras lo tiene en sus brazos lo mira con tristeza y le pide perdón. 

Años más tarde ese bebé se convierte en un exitoso profesionista que acude a terapia diciendo sentirse muy triste a pesar de haber logrado tantas cosas. Su terapeuta le pregunta por su historia familiar y el hombre hace referencia a su madre con la mejor madre que pudo haber deseado. 

Más adelante el profesionista le comenta a su terapeuta que mientras ordenaba las pertenencias de su madre encontró un diario en el que la madre describe la situación que yo les narré con anterioridad en la que la señora se enfrentaba al dilema de seguir la indicación del médico o no hacerlo. En sus notas menciona un enorme sentimiento de culpa y una gran preocupación por el hecho. 

La conclusión a la que llega el hombre respecto a su madre es que independientemente de lo que hubiera hecho lo hizo por amor a él. Y el terapeuta agrega “y no había nada que tú pudieras hacer”. 

Desde cuándo y hasta cuándo arrastramos los conflictos. ¿No te parece sorprendente?

Aquí termina la historia. 

¿Por qué sufren los hijos? La respuesta es simple aunque no tan fácil de aceptar. Nuestros hijos sufren por que como padres estamos limitados por nuestra propia humanidad. Afortunada o desafortunadamente no somos omniscientes, omnipotentes, omnipresentes, etc. ¿Qué podía hacer la madre en esa situación? Tomar una decisión, pero ¿cuál? Eso es lo difícil. 

Antes (y todavía) se decía que había que dejar a los niños llorar. “No los mal acostumbres”, decía la gente. Hoy sabemos que eso está completamente errado. Si se puede evitar el displacer hay que evitarlo. Si el lactante llora es responsabilidad de sus padres identificar la causa. 

¿Cuándo se va a frustrar mi hijo? Cuando se tenga que frustrar. Cuando debido a las circunstancias no pueda estar presente en el momento exacto, cuando el almuerzo, desayuno y cena no sean golosinas, cuando haya que dejar de jugar para ir a dormir, cuando para pasar un examen no puedan presentarse a la fiesta de su mejor amigo, cuando deban respetar un horario en casa. Cuando se den cuenta que en la vida no son los únicos que existen y que para salir del súper con las compras, primero debes hacer fila en la caja. 

¿Por qué sufren los hijos? Porque ni tú papá o mamá, ni ellos son perfectos. Identifica tus limitaciones y sácales provecho.

¿Te sentiste identificado? ¿Conoces a alguien que esté pasando por una situación parecida? Comparte con él este blog. 

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Para ustedes que ya no están

Por Alejandro Monreal

Dicen que somos los únicos seres conscientes de nuestro destino que es la muerte. Es lo que nos vuelve diferentes de los animales, además de la capacidad de tener sentimientos y no sólo sensaciones. He aprendido que al principio somos una esencia sin molde absorbiendo casi todo lo que nos rodea y que llega a través de nuestros sentidos, sin discriminación alguna, sin juicios de valor, sin miramientos morales. Somos una mole de impulsos dirigidos a todas partes sin válvulas reguladoras. 

Si al comienzo de la vida fuéramos 10 veces más grandes, terminaríamos por destruir la tierra sin culpa alguna, pero están ustedes. Estuviste tú, que me arropaste con tu piel después de que un grupo de personas desconocidas me ayudaron a salir de tu vientre. Me regalaste mi primer alimento totalmente genuino, preparado en el interior de tu cuerpo. Me miraste a los ojos y le diste una base a lo que soy ahora. Me regalaste un pedazo de existencia en cada mirada. Fue conocernos con desvelos, con aromas y con miedos. El contacto contigo me acercó a las cosas. Mi piel con tu piel a sentir algo más allá de mí. Ya no éramos uno, sino el mundo, tú y yo. 

A pesar de tus miedos, me alentabas a descubrir mis horizontes, a destapar mis miedos y vencerlos. Me diste un molde provisional, un fondo blanco en el que podría pintar lo que quisiera sin olvidar lo que me habías enseñado. Me diste una paleta de colores infinitos y me enseñaste cómo usarlos. Tu mano sólo sostuvo la mía por un instante y después continué haciéndolo por mi cuenta. Escuché una voz y vi tu figura marcharse hasta que se perdió: “Ya sabes cómo hacerlo, continúa”. 

Entrenaste mi paladar con tus alimentos, con tu forma de prepararlos. Comprendí lo bueno de la vida desde tu perspectiva. Te vi fumar casi todos los días frente a la ventana, a la mesa con tus amigas, incluso en conversaciones que tenías contigo misma. Salías de casa con paso firme, segura de quién eras frente a lo que hay afuera. Decidiste, te arrepentiste, soportaste los golpes de la vida y de los hombres de tu vida. Confundiste amor con lo que no lo era. Lloraste, reíste y lo ocultaste creyendo que yo no lo veía. Me besaste más con calidad que con cantidad, aún recuerdo el último beso. Tu amor por mí se hacía manifiesto a través de tus consejos, de tus regaños, de tu paciencia al ver mis fallos. 

Lloraste, reíste, me amaste.

Gracias, mamá.

Gracias, abuela. 

Pinta tu raya, los límites acercan.

Alejandro Monreal

¡Tus hijos no son tus consejeros matrimoniales! Así de tajante, así de contundente. 

Una problemática tan común, sobre todo, dentro de la consulta terapéutica. Padres que discuten como perros y gatos, con problemas evidentes para comunicarse que terminan rematando con la salud emocional de sus hijos. 

Me preguntaban en una ocasión:

¿Qué tanto debo involucrarme en la relación de papá y mamá?

La mejor decisión es escuchar sin tomar partido y alentarlos a que busquen ayuda profesional.

Hay un sentimiento muy propio de los seres humanos que puede convertirse en un lastre si no lo identificamos y sobre todo si no lo trabajamos oportunamente. Me refiero a la culpa. La culpa, en la mejor de las situaciones nos permite reparar el daño que hemos ejercido en determinado momento. Sin embargo, cuando la culpa es prestada o no tiene razón de ser nos genera un malestar tremendo que se refleja de diferentes maneras. Imagínate que mamá o papá te digan: “Ah o sea que según tú yo estoy mal” “¿Prefieres a tu papá en lugar de preferirme a mí?” “Si me quieres, entonces me tienes que dar la razón”.

Les pregunto yo: ¿Cómo puedes poner a elegir a tus hijos entre dos personas, cosas o situaciones que son igual de importantes para él o ella? ¿No te parece injusto?

Respuesta a los hijos:

¿A quién deberías apoyar? 

¿Te sentiste identificado/a? ¿Conoces a alguien que se encuentre en una situación parecida? 

¡Acércate con nosotros, somos los especialistas!

Pinta tu raya, los límites acercan.

Alejandro Monreal

¡Tus hijos no son tus consejeros matrimoniales! Así de tajante, así de contundente. 

Una problemática tan común, sobre todo, dentro de la consulta terapéutica. Padres que discuten como perros y gatos, con problemas evidentes para comunicarse que terminan rematando con la salud emocional de sus hijos. 

Me preguntaban en una ocasión:

¿Qué tanto debo involucrarme en la relación de papá y mamá?

La mejor decisión es escuchar sin tomar partido y alentarlos a que busquen ayuda profesional.

Hay un sentimiento muy propio de los seres humanos que puede convertirse en un lastre si no lo identificamos y sobre todo si no lo trabajamos oportunamente. Me refiero a la culpa. La culpa, en la mejor de las situaciones nos permite reparar el daño que hemos ejercido en determinado momento. Sin embargo, cuando la culpa es prestada o no tiene razón de ser nos genera un malestar tremendo que se refleja de diferentes maneras. Imagínate que mamá o papá te digan: “Ah o sea que según tú yo estoy mal” “¿Prefieres a tu papá en lugar de preferirme a mí?” “Si me quieres, entonces me tienes que dar la razón”.

Les pregunto yo: ¿Cómo puedes poner a elegir a tus hijos entre dos personas, cosas o situaciones que son igual de importantes para él o ella? ¿No te parece injusto?

Respuesta a los hijos:

¿A quién deberías apoyar? 

¿Te sentiste identificado/a? ¿Conoces a alguien que se encuentre en una situación parecida? 

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Niños "felices" Vs Niños equilibrados

Por Alejandro Monreal

¿Cómo sé si mi hijo es feliz? ¿Cuál es la medida de su felicidad? ¿Si supongo que es feliz, su felicidad es suya o es prestada? ¿Si el objetivo es ser feliz, entonces debo evitarles la frustración? 

Seamos honestos, la felicidad a nivel conceptual nos viene quedando clara hasta que somos mayores. No obstante, comenzamos a hablar de la misma a partir de lo que nos produce placer o nos hace pasar un buen rato y está bien. La primera referencia que tenemos de la misma está basada en una emoción: la alegría. Como ya lo he dicho en varias ocasiones, las emociones son una respuesta automática e inmediata a una circunstancia particular y también se caracterizan por ser efímeras. 

Pensando en lo anterior, no podemos juzgar si un niño es feliz solo porque se ríe cada vez que le cuentas un chiste o le haces cosquillas. Así, tampoco podemos decir que un niño está deprimido solo porque llora cada vez que, como consecuencia, suspendes una actividad que le resulta placentera o interesante. Como vemos, los ejemplos anteriores hacen referencia a las emociones como respuesta automática a una circunstancia específica.

¿Debería preocuparme la felicidad de mi hijo como fin único y último? No digo que no, pero al ser algo tan ambiguo podría resultar igual de frustrante, ya que no tenemos una base o una medida. Es más, ni siquiera estamos seguros si los niños comprenden la felicidad en el sentido en que la entendemos los adultos. Quizás ellos sientan que son felices basándose en cómo se sintieron hoy en la escuela o mientras jugaban Minecraft. 

Desde mi punto de vista, resulta más adecuado hablar de niños equilibrados. ¿A qué me refiero con esto? Revisemos las siguientes preguntas:

¿El niño o niña tiene una rutina establecida?

¿Come alimentos saludables como base de su dieta? Ojo: las golosinas no están prohibidas, pero no deben ser la base de su nutrición.

¿Es capaz de socializar con sus iguales?

¿Es capaz de expresar cómo se siente?

¿Identifica dónde y cómo experimenta el malestar físico?

¿Responde "normalmente" a los estímulos ambientales? 

¿Es capaz de tolerar la frustración? 

¿Aprende de acuerdo con lo esperado?

Si respondiste SÍ a la mayoría de las preguntas, entonces tienes suficientes razones para decir que tu hijo o hija va por buen camino de modo que en el futuro sea capaz de elegir lo que considere mejor con base en el autocuidado. La felicidad es algo que, en su momento, él o ella tendrá que definir. 

¿Te quedó alguna duda? Haz que lo sepamos. 

¡Recuerda, somos los especialistas!