La regla de los dos minutos

Hoy es uno de esos días en los que desde temprano el cansancio se presenta puntual, mientras los compromisos no quieren ceder su lugar. Así que quedo prisionera entre cansancio y agenda llena.

Sin previo aviso, el agotamiento interrumpe mis actividades. Se arrastra lenta por las venas una energía muy baja que ya conozco y no me gusta. Ni correr, ni saltar, ni dormir me ayudarían a quitármelo. A sus anchas, la depresión me invita a llorar, a dirigirle un forzoso saludo al desánimo. 

Es cierto que mis planes del día cambiaron un poco, pero no es motivo real para sentirme así, para que me sea un detonante emocional. Tengo entonces que quitarle la máscara con la que me intentaba engañar: no puedo culpar a mi día, pero tampoco me debo culpar a mí.

La cabeza ya comienza a pedirme una pastilla; el dolor se expande. Tratando de recuperar mi voluntad observo cada uno de los síntomas. Es real. Mi ánimo comienza a irse en picada. Pero esta vez siento que lo he reconocido a tiempo y no permito que arrastre mi entusiasmo y alegría a un lugar gris y sofocante.

No estoy sola en la casa, tengo grata compañía. Sin embargo, no notan mi desanimo. Una sonrisa es la cortina perfecta para esconder al enemigo. Mi mente me muestra las cartas que me harán ganar la partida; herramientas emocionales que irán frenando la caída libre. Hoy no se trata de un día a la vez, ahora jugaré con la estrategia de una hora a la vez.

Tengo dos opciones: la pasiva y la activa. La primera me lleva a la cama, me sienta en un sillón o pone frente a mí alguna pantalla. La opción activa me mueve y viene con la regla de los dos minutos: si puedo realizar algo en menos de dos minutos, lo hago, y así  una actividad me llevará a otra. En menos de dos minutos lavo un vaso, luego en dos minutos puedo lavar otro, y otro. ¿En qué momento ya terminé la cocina si sólo iba a hacer algo en menos de dos minutos? Otra buena idea surge para combatir mi desánimo: preparar helado de fresa. Bien, estoy de nuevo cuesta arriba. Me animo sola. Sonrío.

La opción activa me lleva a embellecer mi espacio, a salir de casa, a llamarle a mis amigas y poco a poco a realizar un movimiento físico (que aún no me atrevo a llamarle ejercicio) que me saca de una vida sedentaria.

La lucha está presente, pero la motivación también. No soy mis emociones: soy energía maleable llena de emociones que puedo encausar por medio de mis acciones. Estoy preparada, estoy dando batalla, venciendo retos y momentos de incertidumbre.

El día casi termina. Una lucha interna más. Hoy no, no pasará nada. No, sí pasa. Ahora me preparo para sumergirme en el agua. Nadar me relaja tras un día de esfuerzo constante. Hoy fue un logro y avancé hora tras hora. Mañana será un nuevo día, pero hoy sí que gané.

Meme eres y en meme te convertirás

Me río con otro meme porque me recuerda a una amiga. Reel, reel, publicación, meme, meme. Un ratito más y me voy a dormir. Mentira; la pantallita sigue consumiendo mi tiempo de dormir. Ah, este otro meme está muy bueno, sí soy yo. Uno más.

Los memes, esas imágenes o ideas que se replican con rapidez, me hacen sonreír y con un poco más de ligereza hasta me sacan una carcajada. Si estoy buscando relajarme después de un día intenso, ¿dedicar tiempo a estas ingeniosas (unas no tanto) imágenes es un desperdicio? 

Los “memes” que aparecen en mi pantalla y enganchan mi atención quizá sean más que un simple chiste, frase o imagen graciosa. Un meme funciona como un espejo donde reflejo mi propia vida. Situaciones comunes o complicadas que al verlas me detienen y río de mi propia realidad.

Si una imagen viral capta mi atención, tal vez movió algo internamente. Una pequeña reflexión con la ayuda del humor. Reímos de nuestros problemas o situaciones que no precisamente nos agradan lo suficiente. Hacer mofa de la vida de “Godín”, dietas inalcanzables, un físico que no nos convence, la suerte en el amor o nuestra relación con el mundo, y hasta las más triviales como el famoso “Julio”.

En Latinoamérica gozamos de nuestra propia risa. Sorteamos emociones en tiempos de crisis. Bromeamos con una realidad que no podemos esquivar fácilmente.

Compartir memes se ha convertido en una forma de mantener comunicación con quienes queremos. Ha ganado terreno para hacer saber a nuestra pareja, familia y amigos que están en nuestros pensamientos. Al pasar el tiempo y no tener otro contacto más cercano con mis seres queridos, al menos puedo compartir mi alegría o risa para que lo hagan ellos también.

Existen frases que nos hacen saber que estaremos bien, que muestran el apoyo de alguien, que al ver una reflexión viral, lo relaciona con nosotros y busca darnos un apapacho al alma. Es como si estas imágenes reemplazaran a las tarjetas que expresan felicitaciones, apoyo y condolencias.

La realidad puede ser mejor vista a través del lente del humor. La risa sana y ayuda en la aceptación de aquellas situaciones de vida que quizá nos negamos a ver.

Años atrás eran los cómicos y sus monólogos quienes nos mantenían entretenidos en una burbuja de risas, con temas relevantes y serios: problemas de pareja, aceptación de identidad sexual, ignorancia intelectual… y eran tomados con humor, ayudando a dejar salir el estrés. Nadie se sentía ofendido, por el contrario, nos veíamos reflejados en alguna escena de aquel comentario marcado por la exageración y el humor. Hoy ese papel ha sido relevado por “influencers” y juega al revés: alcanzado el éxito en redes pasan a escenarios en vivo, pero el objetivo es el mismo: ayudar a reírse de uno mismo y de la realidad.

Identificarnos con la mofa nos ayuda a ser conscientes de aquello que escondemos de nosotros mismos por miedo a enfrentar la realidad. Reír y compartir aligera la carga. Crear chistes es expresar emociones y expresar emociones es avanzar en nuestro propio entendimiento. Pero cuidado, el humor nunca debe ser ofensa directa hacia alguien en específico, identificarse va por cuenta de cada individuo.

Nuevos memes son creados, otros reutilizados. Mientras sepamos reírnos de nosotros mismos y queramos compartir esos momentos de ocio, los memes seguirán vivos para recordarnos que la vida no es tan seria como para no dedicar un tiempo a reír y compartir.

El síndrome del impostor y el autosabotaje

Conocí por primera vez el término “síndrome del impostor” en el libro “Libera tu magia” de Elizabeth Gilbert. Qué raro, pensé; sabrá Dios por qué sucederá eso en personas talentosas. No me cruzaba la idea que a todos nos pudiera suceder, pues todos tenemos habilidades que se nos dan con más facilidad y de las que podríamos dudar.

Vivir el síndrome del impostor indica negarnos a nosotros mismos, mentirnos al evitar ver nuestros dotes. ¿Quién no ha pasado por momentos donde sentimos una “palmadita” en el hombro por parte de alguien que sí reconoce nuestros logros? Entonces creemos que busca quedar bien o simplemente hacernos sentir que dimos buenos resultados. “No es para tanto”, pensamos, negando frente a ellos con frases como “gracias, ¿qué te tomas?”, “n’hombre, no fue nada”, “pues ahí vamos, echándole ganas”… Buscamos la forma para evitar ver nuestros logros.

Aceptar nuestras cualidades al obtener logros satisfactorios no es tarea fácil, incluso cuando la experiencia respalda y garantiza parte de nuestros resultados. Existe una vocecita muy queda que nos dice: “solo fue suerte”, “a los demás se les pasó de largo ver nuestros errores”, “solo supimos sortear o aparentar algo que en realidad no somos”.

Vemos nuestro entorno y sentimos que hay personas con mejores aptitudes que nosotros. Otra persona llevará a cabo el proyecto mejor que nosotros. Habrá quién realice las actividades mucho mejor. Sentimos que nuestras ideas no son del todo buenas y entonces detenemos nuestras iniciativas y acciones.

Hay cierta razón en pensarlo. En su poema “Desiderata”, Max Ehrmann dice: “Siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú”. Sin embargo, no por eso se eclipsa el brillo de nuestra versión de los resultados, de aquello que sellamos con propia personalidad.

Ideas van, ideas vienen. Lo que no regresa es el tiempo. Importante es contrarrestar al impostor que vive dentro de nosotros, dándole validez a nuestras capacidades. Intentar y fallar siempre será mejor que no actuar.

Creernos no aptos será una espina que nos llevará a dudar en dar el siguiente paso. Autores, cantantes, actores y escritores en quienes vemos grandeza han caído al menos una vez en la trama de su propio impostor interno, sin embargo no dejaron de intentar y avanzar.

Las habilidades difieren de una persona a otra. Hay aptitudes natas, intrínsecas. Esas que se esbozan con facilidad a través de las manos, ojos, mentes. No existe esfuerzo alguno; pero es aquí donde el agujero negro de la duda hace su aparición.

Muchos hemos crecido con la idea de que las cosas que valen la pena se adquieren con esfuerzo, tiempo y dedicación, por tal, nos llevan a devaluar nuestro resultado cuando notamos que no hubo tal esfuerzo para obtener grandes resultados, lo confundimos con suerte, más que con talento.

El entrenamiento en toda profesión o pasatiempo nos hace perfeccionar nuestras habilidades, eso no se pone en duda. De igual forma hemos de entrenar nuestra valía personal para dar fin a este síndrome que nos lleva a negar nuestra verdad como seres llenos de ingenio, con habilidades que nos otorgan logros desde nuestra propia personalidad.

_______________________________________________________

Si te reconociste en lo descrito en este artículo, te recomiendo leer más sobre el síndrome del impostor. Puedes encontrar muchas recomendaciones sanas para lograr superarlo y reconstruir esa confianza sólida en tus habilidades y talentos, pero siempre lo más recomendable es que acudas a terapia con un/a profesional.

Aquí te dejo un buen artículo que describe más a fondo esta condición psicológica y explora cómo lograr superarla:

https://www.santanderopenacademy.com/es/blog/sindrome-del-impostor.html

La vida en un tictac

Su primer reloj lo recibió siendo niña, era amarillo, con un perrito y números digitales.

–Qué lindo se ve! –pensó con sus escasos 8 años.  No se percataba que llevaba un reloj que se dedicaba a medir su propio tiempo.

Al cumplir 13 años, llega otro reloj, ahora de manecillas. Cuenta las horas, los minutos, los segundos de cada instante de su vida. Ella no siente la cuenta de los periodos de su propio espacio.

Terminó su niñez.  En su primera juventud, se halla sentada en medio del silencio frente al bosque. Mira su reloj. Un simple objeto tiene el poder de contar las horas de dicha, risas y satisfacción.  Los minutos que anteceden la llegada de una sorpresa. Cuando espera a quienes ama, a quienes traen sonrisas y hacen su corazón vibrar.

El reloj no se detiene.  Es consciente por primera vez de la rapidez del tiempo.  Risas e ilusiones cumplidas parecen no ser medidas ni por el reloj más exacto. La felicidad es tan eterna y rápida a la vez, a pesar de que el segundero se mueve a la misma velocidad de siempre. Sin pensarlo, decide guardar cada momento de dicha, atesorándolo, detenida en soplos de motivación y sueños, escondiéndoselos al tiempo, que no fuera a ser capaz de arrebatárselos y borrarlos para siempre de su memoria.

Un día, sin esperarlo, se enfrenta a tiempos difíciles, profundamente tristes, de esos que la hacen sentirse fuera del tiempo mismo.  Cada minuto evoca incertidumbre y misterio. Siente la intensidad de saber que el tiempo la aprisiona. Lo deja ir. Permite que cada manecilla barra cada segundo de miradas grises y mojadas. Sí, a pesar de la resistencia, lo deja ir.

El mismo reloj marca cambio de estación. Ella lo mira. El tiempo es astuto. Corre aun cuando había dejado su reloj guardado u olvidado en algún cajón. ¿Qué debe hacer para acelerar o detener el tiempo? No puede hacer absolutamente nada.

Se detiene. Decide caminar junto a cada minuto en cada paso dado.  Vive cada etapa. Toma cada instante como prueba de que está viva. Medita sobre la fugacidad y la eternidad de las horas. Aparecen recuerdos infinitos.

Sentada en medio de la Plaza España, espera a que Madrid reciba el atardecer. No apresura su propio ritmo. Siente cómo el tiempo mismo se detiene por primera vez. Le susurra al oído, en medio de un viento suave y delicado.

–Soy el tiempo, ese que llevas en tu mirada, cuando viajas por tus recuerdos, cuando corres entre ilusiones. Soy el tiempo… ese que te pide mirar al cielo, observar lo que te rodea; agradeciendo por cada hora, cada minuto, cada segundo que te doy.  Soy el tiempo que ves en tu simple reloj, quien te ha llevado de la mano en medio de tus historias.

Suspira hondo. Mira su reloj. Sonríe.

Viktor Frankl y la paz con el destino

Viktor Frankl, psiquiatra y filósofo austriaco, reconocido por su trabajo en análisis existencial y por haber sobrevivido al holocausto después de haber estado en Auschwitz y Dachau, reconoció haber aprendido dentro de uno de estos campos a aceptar que el destino siguiera su curso. Qué aseveración tan fuerte y difícil. No puedo imaginar la aceptación de una realidad en esas condiciones infrahumanas y extremas.

Hay personas que aseguran que el destino está escrito, mientras que otras insisten que lo vamos construyendo día a día. Difícil comprobarlo. En la historia de la humanidad siempre ha existido la creencia en profecías o predicciones sobre ciertos hechos históricos que fueron visualizados mucho antes de que ocurrieran. Entonces, ¿existe o no el destino?

Aceptar el destino individual o colectivo es un reto, sobre todo cuando la incertidumbre nos abraza en circunstancias que nos sacuden o ponen en tela de juicio nuestro porvenir.

El Dr. Frankl aseguraba que “al hombre se le puede arrebatar todo, excepto la libertad humana de elegir la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino”.

En la actualidad se ha dado más importancia a la actitud. No podemos negar que en condiciones favorables es fácil adoptar una actitud positiva y esperanzadora, la prueba viene en condiciones problemáticas o de riesgo como describe Viktor Frankl, ese destino con dolor y sufrimiento.

El destino o plan trazado, nos hace caer en juegos mentales, pues tener fe en un destino escrito se contradice con el libre albedrío. Mientras que, por otro lado, la toma de decisiones parece cambiarnos el rumbo, tal como sucedería en el ajedrez, donde un movimiento cambia todo el juego.

Quizá “dejar que el destino siga su curso” signifique fluir, sin forzar, sin aferrarnos a personas, situaciones o lugares. Si el destino está escrito, sólo prolongará un sufrimiento innecesario o, bien, aplazará situaciones favorables que nos esperan.

Aceptar las circunstancias, creo yo, tampoco es sinónimo de cruzarnos de brazos esperando que la vida realice su obra, sino elegir qué acciones nos llevan a sentir tranquilidad y de paso nos empujan a salir de donde no queremos estar.

Como seres humanos, contamos con herramientas que nos ayudan a cruzar procesos que nos hacen perder el equilibrio mental o emocional. El humor es uno de esos salvavidas, que al menos nos aligera por momentos el dolor o el estrés de situaciones que están fuera de nuestro control. Es de gran ayuda elegir una red de apoyo emocional donde podamos sentir contención en momentos difíciles.

Todas/os tenemos la facultad para aprender de cada situación, incluso de las que nos alegran el alma o las que producen dolor físico y emocional.

Decidir nuestra actitud puede ser nuestra única opción, pues siempre podremos elegir la mirada con la que enfrentaremos la realidad, decidiendo en quiénes nos apoyamos y confiamos, y junto a quiénes queremos caminar para así poder ir en paz de la mano de nuestro propio (¿será?) destino.

Buen vecino, mal vecino

No sólo es la casa, ni la zona, también son los vecinos.

Elegir una casa es un proceso que conjuga presupuesto, ilusión, expectativas y oportunidad. Pero existen siete letras pequeñísimas, tan poco contemplables al principio que casi son imaginarias: “vecinos”.

Considerar a los vecinos parece carecer de importancia cuando de elegir un techo se trata, pero una vez que estamos en nuestra casa, vamos conociendo a quienes viven en las puertas contiguas. Ya sea que nosotros seamos los nuevos o que alguien recién se mude muy cerca de nuestra casa, la curiosidad lanza preguntas: ¿quiénes son los nuevos vecinos?, ¿de dónde vienen?, ¿serán confiables, amigables u hostiles?, ¿tranquilos o fiesteros?…

La cautela pelea con la intriga de conocerlos. Aquel primer momento para conversar con ellos, podrá convertirse en el motor de arranque para el acercamiento o emprender un plan de defensa lo más rápido posible.

La hostilidad entre vecinos convierte nuestro “hábitat” en permanente campo de batalla, un estira y afloja de constante estrés: “que si se estaciona mal, que no respeta horarios para su música tan alta, que si sus hijos se dedican a hacer “travesuras” hacia otros vecinos, que si no respeta los límites de velocidad, que no limpian su área de banqueta”… en fin, cada acción prolonga los conflictos al grado de que hay quienes deciden dejar ese sueño realizado y hasta mudarse con tal de ya no vivir junto a esas personas (en caso de ser posible).

Por el contrario, los buenos vecinos son ángeles guardianes de nuestro hogar, cómplices de ocurrencias e ideas, los lazos que llegan a la amistad y fraternidad. El cielo se abre, la camaradería resalta y la vida se hace más sencilla con el apoyo mutuo.

El valor de una casa se multiplica cuando la relación entre vecinos crea una red de apoyo. El respeto y la amabilidad forman un espacio seguro y confortable. Ser un buen vecino significa respetar las reglas de la comunidad, considerar que no se vive solo en medio del bosque. 

Un buen vecino levanta la voz cuando observa algún peligro, utiliza la cortesía como medio de relación con los demás, es servicial cuando se requiere, respeta los horarios de descanso auditivo. Hay personas que hasta ofrecen su ayuda cuando su vecino sale de vacaciones o tiene algún contratiempo. 

Las raíces de una sociedad se dan en el núcleo familiar, de ahí continúa a nuestro vecindario. Por tanto, ser vecinos es más que compartir un área común. Significa compartir a nuestras familias, dejar ver nuestras rutinas, gustos y sobre todo, mostrar nuestra esencia, esa que no se compra con dinero, la que refleja nuestra educación por medio de las acciones que construyen o destruyen la paz en una sociedad. 

Ser buen vecino es dar el primer paso para ser buen ciudadano al fomentar empatía, respeto, responsabilidad, honestidad y, muchas veces, mero sentido común, creando así (al menos en lo inmediato) la sociedad que tanto anhelamos y exigimos a las autoridades.

Pero, a todo esto, ¿y tú qué tipo de vecino/a eres?

Un silencio detrás del teléfono

Una llamada. Pocas palabras. Mucho sentimiento. Tanto que expresar.

Una tormenta envuelve la casa, estruendos que convocan una catástrofe. La torrencial lluvia y los truenos no permiten que las voces fluyan. No se escuchan. No conectan.

Un cielo cerrado, apagado, gris en su totalidad. Un solo rayo es incapaz de asomarse, solo queda la certeza que supone saber que por encima el astro rey está intacto, ese que resplandece y permite ver, que transmite la energía para sentir la piel.

La voz tambaleante busca respuestas. 

—¿Dónde está la esperanza? 

La interferencia no deja escuchar, el silencio se vuelve a encender. El eco de las interminables gotas aglomeradas frota el techo, el viento se enardece estrujando las ventanas, el agua corre borrando la visión que da al exterior.

—¿Me escuchas?

La tormenta continúa, el corazón se desvanece entre lágrimas constantes, su ritmo sugiere detenerse en cualquier momento. Un estrepitoso golpe sacude la casa.

Detrás del teléfono sólo hay silencio. En el portal de la casa se presenta una figura grande que posa su sombra sobre la casa. Con el teléfono en mano, ella repite:

—¿Me escuchas?, Ayúdame! Aquí estoy aún. 

El visitante se filtra en silencio; la tormenta no permite escuchar sus pasos decisivos. Le quita el teléfono, lo lanza rompiendo uno de los vidrios. La tormenta es colosal. La mirada de ella se posa en el rostro del viajero. El forastero extiende su mano, ella acepta.

Traspasan el portal. Su voz no vuelve a preguntar si es escuchada. No se hará presente. El silencio quedará intacto. No hay comunicación.

Avanzan. La lluvia cubre sus cuerpos. No miran atrás, en silencio sus figuras se degradan. La tormenta cesa, bajo un árbol el teléfono suena. Nadie contesta esta vez. Es solo un silencio detrás del teléfono. 

¿Por qué necesito que me acepten otras personas?

Oprah Winfrey y el psiquiatra Bruce D. Perry publicaron el libro “¿Qué te pasó?” basado en una conversación sobre el historial psicológico y emocional infantil, la repercusión en la adultez y su curación.

Una de las frases del Dr. Perry es: “Tu conexión con la familia, la comunidad y la cultura, permiten predecir más tu salud mental que tu historial de adversidad”. Esta aseveración encierra una realidad que modifica significativamente el avance positivo de una persona que lucha ante sus propios obstáculos emocionales y psicológicos.

Conectar con el otro no conlleva actos heroicos; es presencia plena, acciones en lo cotidiano de aceptación y validación. Somos seres sociales que buscamos pertenecer, y la ausencia de quienes conforman nuestro clan primario genera angustia, misma que, si no es solucionada, llevará a una desconexión emocional.

El Dr. Perry asegura que “los vínculos más fuertes y duraderos se dan en los momentos más insignificantes, siendo ahí cuando sentimos aceptación; existen notables consecuencias en un infante, cuando en sus primeros meses de vida la conexión es remplazada por indiferencia, rechazo y abandono”. Ser aceptado e integrado contradice el sentirse juzgado y aislado. 

En sus orígenes el ser humano podía ser desterrado por su tribu, trayendo dolor, soledad; verse indefenso ante la adversidad era un pronóstico nada favorecedor. Hoy día, si somos desterrados por la familia o la comunidad, no moriremos atacados por un animal salvaje o de frío en las montañas, pero las emociones quedarán altamente vulnerables al perder la conectividad, convirtiéndonos en presa fácil para caer en adicciones o crear respuestas defensivas e hiperreactivas. 

Por el contrario, las conexiones significativas reducen la intensidad del estrés y con ello la desesperanza. La conectividad emocional se construye en momentos breves, donde se ofrecen pequeñas dosis para lidiar con el dolor, la pérdida o el miedo, al tiempo que se integran el humor y la alegría, creando lo que, según el psiquiatra, se llama “dosificación terapéutica” y nos lleva a sanar y poder enfrentar con mejores herramientas la adversidad. Estas dosis terapéuticas dadas en la familia o comunidad suelen muchas veces generar cambios más significativos que la terapia clínica misma.

Conectar para fortalecer el camino a la curación no implica ocultar la verdad, tampoco escuchar pasivamente; significa ayudar al otro a rescatar lo positivo que existe en su persona y la situación que está viviendo, validar sus sentimientos, otorgando la seguridad de sentirse parte importante del grupo.

La adversidad es distinta para cada persona e implica experiencias previas, temperamento y habilidades emocionales; sin embargo, el sustento del apoyo emocional brinda una importante seguridad de igual forma para toda persona.

La indiferencia invisibiliza a la persona, quien se desconecta emocionalmente, afectando autoestima y resiliencia. Entonces, las estrategias y visión para fortalecer la seguridad personal disminuyen considerablemente.

La conectividad debe ser una prioridad desde el nacimiento hasta la vejez. Cada etapa de la vida presenta retos que son más llevaderos dentro de una comunidad que apoya y alimenta la seguridad personal.

La vida conlleva situaciones adversas que muchas veces salen de nuestro control, dejando a la salud mental fácilmente vulnerable; sin embargo, la ciencia asegura que la conectividad emocional es esencial para vencer la adversidad.

¿Por qué no lavas tu propio plato?

Me gusta estar en una casa limpia, organizada y que transmita paz, y, en lo personal, disfruto mucho de los videos de orden y limpieza; me dan ideas para llevarlas a la práctica en mi hogar y siento que me conecto al presente poniendo mi atención en actividades concretas que me llevan a un resultado satisfactorio a corto plazo. Eso sí, confieso que me encantaría tener ciertos días una varita mágica o una canción al estilo “Mary Poppins” que hicieran todo por mí.

Cada país organiza las tareas del hogar de forma diferente. En México es una realidad que las responsabilidades de limpieza doméstica aún recaen principalmente en las mujeres, quienes alternan trabajo fuera de casa con el tiempo y esfuerzo que dedican a estas labores que son poco apreciadas y valoradas.

La cocina es la carta de presentación de una casa y es también el área que toma más tiempo limpiar, igual que las habitaciones. Por eso, antiguamente se decía que con las camas tendidas y la cocina recogida la casa ya estaba lista, “atajos” para cumplir con dar una buena presentación del hogar a la familia. Sin embargo, la limpieza del hogar siempre implica mucho más de lo que se nota a primera vista.

Existen muchos detalles en el cuidado de un hogar, que mayormente seguimos realizamos las mujeres adultas en los hogares tradicionales. La familia goza de un lugar organizado y armonioso, y es común que la marcada diferencia de esa gran labor detrás del orden limpio sólo se note cuando la “persona” está de vacaciones o por alguna razón no puede realizarlo.

Señalar que los trastes no han sido lavados o la cama tendida es un juicio que pocas veces es puesto en balanza. ¿Por qué en pleno 2024 en México se sigue delegando toda la carga de un hogar a las mujeres? ¿En qué momento ser esposa o madre es sinónimo de ser complaciente dejando al final el cuidado de nosotras mismas? ¿Por qué tareas tan sencillas como las mencionadas no pueden ser realizadas por quienes generaron le necesidad de limpieza? ¿Por qué si yo ensucié ese plato, lo termina lavando otra persona?

¿Y qué pasa cuando se tiene la solvencia económica para contar con una persona que preste el servicio de limpieza? ¿Por qué a esa persona (también mujer) se le delega la carga absoluta de la limpieza y se les quitan responsabilidades a los miembros de la familia?, más hablando de quienes están en proceso de formación: de desarrollo de la voluntad y colaboración, de adquirir disciplina, de aprender a aportar a la armonía de la realidad inmediata y concreta en tiempos donde ésta pareciera desplazada por lo digital. 

Valorar la limpieza doméstica y aportar mínimo lo correspondiente en los espacios propios y comunes comienza en la empatía. Es invaluable reconocer los beneficios que trae a la vida de una persona el hacerse responsable de las tareas simples que involucran directamente a nuestra persona (lo mínimo es tender la cama, recoger la habitación, lavar los platos propios; en la formación de infantes y adolescentes se fortalece la disciplina, se aprende a procurar la armonía y sobre todo se conecta con una realidad innegable: ser responsable en lo cotidiano es el cimiento para actuar con responsabilidad en lo extraordinario. 

Y si es un adulto o adolescente presuntamente funcional quien no quiere ni lavar su propio plato (a veces ni recogerlo de la mesa), ¿en qué otros aspectos tampoco lo estará haciendo?

Léele un cuento a tu hijo

—¿Me lees un cuento, papá? —dice Miguel con voz tenue, titubeando y mirando con los ojos entre cerrados.

—Hoy, tu papá llegó muy cansado del trabajo ya mañana será —responde mamá ante la insistencia de su pequeño de tan solo cuatro años de edad.

Sin decir palabra alguna, el niño acaricia a su perro mirándolo a los ojos, mientras el peludo le responde dejando que la pequeña manita descanse sobre su suave lomo. Después, el niño recibe el beso y abrazo de su padre, mientras se prepara para irse a dormir.

¿Por cuántas décadas el leer un cuento por las noches ha sido tema de conversación en los hogares? ¿Qué significa para un infante la lectura de una historia real o de fantasía?

Sentarse y darse el tiempo de compartir páginas con los pequeños es un tesoro que no todos los niños logran descubrir y guardar en su corazón, pues es un privilegio reservado para quienes cuentan con unos padres conscientes de la importancia de crear vínculos por medio de los libros físicos.

Sentir a sus padres cerca de ellos, escuchar su voz, ver imágenes recreando la historia en sus mentes es una travesía que traspasa el tiempo, la memoria y el corazón; pasajes de vida que se tatúan en su vida para siempre.

Leer un libro en voz alta fortalece un vínculo afectivo, promueve la lectura como actividad placentera, amplía el lenguaje, abre temas de conversación mediante las incansables preguntas de los pequeños, permite al oído entrenarse en la fluidez y armonía en la lectura. Leerle a un niño o niña es más que un cuento, es abrir puertas a un mundo afectivo, creativo y repleto de atención.

Vivimos en un mundo desenfrenado por el avance tecnológico, pantallas fáciles de manejar desde temprana edad; sin embargo, el tiempo invertido en una lectura por parte de un ser querido a los niños los hace sentirse importantes y atendidos, al tiempo que descubren una nueva historia siempre superará a cualquier tecnología.

A los niños les gusta repetir historias, pues les da la certeza de saber qué sucederá. Escuchar lecturas, por sencillas que sean, les da la oportunidad de opinar, interactuar e ir formando un criterio propio.

Al igual que sucede con la persona adulta, leer fomenta en los niños empatía y respeto hacia el otro, abre su mente, subraya la importancia de vivir en y como parte de una comunidad.

Fomentar la lectura en los hogares significa ir creando espacios reservados para la lectura con ayuda de los niños. Formar una pequeña biblioteca con fácil acceso para todos los miembros de la familia, en especial para los más pequeños, genera un hogar donde regalar libros se normaliza y genera entusiasmo, un espacio donde cada infante elige el libro que quiere leer con sus padres o familiares.

Hay tantas lecturas que ofrecer. Se pueden ir alternando historias que lleven a los niños a involucrase en temas que abran la consciencia en lo medioambiental, la cooperación, el manejo de emociones, la inclusión, la ciencia y la participación cívica, entre muchos otros.

Compartir un libro con un niño o una niña es regalar conocimiento, empatía, cariño, atención y un sinfín de historias para soñar, esas que se quedan grabadas en el corazón y que vendrán a la memoria cuando sean ellos quienes lean llenos de empatía a la siguiente generación.