Leyendo una novela histórica

La novela histórica es una obra literaria de ficción y comúnmente de gran formato que se desarrolla en un tiempo y lugar específicos, con el trasfondo de sucesos relevantes para la humanidad e incluyendo en la trama personajes existentes durante ese periodo. Se dice que tiene sus comienzos en el siglo XIX, durante el romanticismo, género que cobró fuerza con autores como Victor Hugo, Aleksander Pushkin y Lev Tólstoi, creando grandes obras como Los miserables, La hija de capitán y Anna Karenina.

Con el tiempo este género literario se fue popularizando. Algunos ejemplos del siglo XX los tenemos en Yo, Claudio de Robert Graves, El nombre de la Rosa de Umberto Eco, y hasta en Los pilares de la Tierra de Ken Follet, obras que se convirtieron en clásicos para quienes gozan de la lectura.

Este último autor, el británico Ken Follet, publica en 2010 La caída de los gigantes, obra que relata el vínculo entre familias inglesas, galesas, alemanas, estadounidenses y rusas en el marco de la Primera Guerra Mundial. El autor saber mezclar sucesos reales que erizan la piel por su gran habilidad de mostrar la acción (como las batallas tras las trincheras), al tiempo que detalla el amor y desamor en una época donde los lineamientos para demostrar este sentimiento eran muy diferentes a los de nuestros tiempos.

Existen autores que conocieron muy de cerca la historia, como Kathryn Blair, quien no sólo fue periodista radiofónica en Hollywood durante la Segunda Guerra Mundial, sino que antes le tocó crecer en el México posrevolucionario de los 1920’s y vivir la revolución cubana. Además conoció de cerca la vida de Antonieta Rivas Mercado al casarse con su hijo. Fascinada por la muerte de la mexicana en Notre Dame, investigó tanto sobre su vida que publicó la novela histórica A la sombra del Ángel, donde desde la figura de Rivas Mercado retrata treinta años de la historia de México, incluyendo la revolución.

Definitivamente, hay que tener un talento especial para escribir este género de novelas, pues habilidosamente se alterna la pluma del estilo literario con una exhaustiva investigación de los hechos.

Para mí, leer novelas históricas es adictivo; encuentro conexión con algunos personajes, y me motiva a investigar sobre aquellos sucesos históricos que cambiaron el rumbo de la humanidad.

Leer páginas de este género es una manera muy atractiva de aprender sobre los sucesos importantes de la historia con detalles que quizá poco salieron a la luz o que no fácilmente notaremos en las básicas clases que llevamos en la escuela.

Es común que las novelas históricas asusten por su enorme cantidad de páginas, pero la realidad es que son libros que enganchan con una mágica facilidad que hace que las páginas fluyan más rápido de lo que esperábamos. 

Adentrase en una novela histórica no es perder el tiempo, no significa aburrirse y mucho menos confundirse entre la realidad y la ficción. Por el contrario, una novela histórica abre la mente, nos invita a investigar, nos da un contexto humana y socialmente más rico de un hecho ya conocido y, sobre todo, como otros géneros novelísticos, nos ayuda a ejercitar nuestra capacidad empática, mejorando nuestra comprensión de la condición humana. 

La novela histórica es sin duda un género literario emocionante, imperdible y que debe enriquecer la estantería de cualquier persona que guste de la lectura.

Un pueblo western lleno de burros

Oatman: Visitando al Viejo Oeste

¿Qué pasó con esos pueblos llenos de pólvora, minas, oro, salones y caballos que vemos representados en las películas del viejo oeste, en lo “western”? Unos desaparecieron, otros se transformaron con el tiempo y los avances sociales y tecnológicos. Pero hace poco tuve la oportunidad de visitar un pueblo que conserva turística pero orgánicamente esta estética de cantinas de madera y abrevaderos, un pueblo estadunidense donde mandan los burros: Oatman, Arizona.

Oatman está a dos horas manejando al sur desde Las Vegas, en el Desierto de Mojave y el oeste del estado de Arizona. Su nombre es en honor a Olive Oatman, una joven de catorce años que fue raptada en la década de 1850 por una población nativa de la zona y luego vendida (junto con su hermana) a una comunidad nativa mojave, donde se dice que fue bien atendida e integrada a su cultura y modo de vida (al ser liberada a la sociedad blanca cinco años después para evitar problemas, su historia fue afamada y hasta ficcionada, siendo muy representativo el tatuaje mojave que Olive llevaba en la boca y mentón -e incluso se le considera como la primera mujer blanca tatuada de la historia). Como el caso era muy conocido, una década después, al ser encontradas en la región algunas vetas de oro, una zona es nombrada Oatman en honor a Olivia. Cerca de 1920 se crea el pueblo que ya en su momento era una evocación a la estética del viejo oeste y que pocas décadas después comenzó ya a ser también un atractivo turístico famoso y concurrido. Hoy es reconocido como una de las paradas obligadas de la famosa e histórica Ruta 66.

¿Y por qué el pueblo de los burros? Este bellísimo lugar es conocido, entre otras cosas, por los amigables burros que transitan libremente y bajan a buscar alimento entre los turistas. Estos a animales son descendientes de aquellos que trabajaron de carga en los momentos de apogeo minero en este lugar. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, el oro pasó a segundo término; las prioridades para la extracción de metales eran otra, así que la población dependiente de la minería de oro se trasladó a otros puntos, dejando el pueblo con sus asnos a la deriva.

Clark Gable, protagonista de la famosa película “Lo que el viento se llevó”, fue asiduo visitante, al punto que decidió pasar su noche de bodas con Carole Lombard en el hotel del lugar. Hoy en día se puede visitar la habitación en la que se hospedó el nuevo matrimonio.

El ambiente es único, sus antiguas fachadas y establecimientos de madera nos remontan a la época de apogeo, aunque hoy en día todas las construcciones en realidad son tiendas de souvenirs o venden artículos necesarios o atractivos para el turismo, incluyendo la venta de alimento para los tiernos orejones.

Para comer en Oatman es imprescindible visitar el restaurante, ubicado dentro del antiguo hotel (ojo con los fantasmas al hospedarte ahí). Este restaurante, que algún día fue un famoso salón, se encuentra tapizado por billetes reales de un dólar, firmados y fechados por los visitantes del lugar, tradición que desde hace varias décadas se lleva a cabo (imposible no tomarle una fotografía al lugar). En el menú, por cierto, se encuentran sus famosas hamburguesas de carne de búfalo.

Sin duda, estar en Oatman, a pesar de ser una visita que requiere sólo unas pocas horas, es una agradable experiencia que además dejará un montón de buenas fotografías con viejos artefactos oxidados, máquinas antiguas y hasta una celda con su camastro. Visitar este pueblo mágico es sin duda un viaje al pasado, una probadita estética de lo que ha de haber sido habitar en un pueblo del old wild west.

Las emociones importan

Pasé por una fuerte crisis de ansiedad y desesperanza. A mi zona de confort llegaron por sorpresa nuevas emociones que no sabía cómo manejar adecuadamente, menos cómo integrarlas a mi vida diaria.

La salud mental se forja y alimenta del manejo de las emociones, lo cual se aprende a través de las experiencias por las que pasamos en la niñez: las relaciones e interacciones con nuestra familia y círculo cercano nos fueron mostrando las opciones que teníamos para responder a los diferentes estímulos. Aprendimos qué emociones expresar y cuáles reprimir; frases como: “no llores”, “no te chifles”, “no hay por qué enojarse”, “no es para tanto”, “no pasa nada” nos abrieron un camino referente para esos sentimientos que serían la base para el manejo de emociones en la etapa adulta.

Existen situaciones que nos dejan expuestos y vulnerables: la muerte de seres muy queridos, decepciones amorosas, traiciones, divorcios, pérdida de trabajo y de patrimonio, experiencias frente a la delincuencia, accidentes, enfermedades… Este tipo de memorias llegan para quedarse, sea que las recordemos vívidamente o no, confirmando heridas pasadas de abandono, rechazo, traición, humillación e injusticia; heridas de las cuales Lisa Bourbeau habla más detalladamente en su libro “Las 5 heridas que impiden ser uno mismo”.

Para poder regularlas, las emociones deben ser reconocidas y externadas de la mano de la aceptación, comprensión y amor, pues, caso contrario, se corre el riesgo de que algunas nos lleven a sentimientos de culpa o vergüenza, impidiendo valorar nuestra propia esencia y lastimando significativamente nuestra autoestima.

No siempre es fácil trabajar las emociones por cuenta propia, por lo tanto es importante contar con el apoyo de un profesional en la salud mental, evitando así caer en un tornado cruel que nos embota y nos hace perder nuestra lucidez emocional, llevándonos muchas veces a reacciones o impulsos que pueden poner en riesgo nuestra integridad física y mental.

Las emociones afloran a partir de pensamientos y creencias (que muchas veces no son apegadas a la realidad), y de ellas nacen las acciones, que en ocasiones se reflejan más como impulsos que actos conscientes, de aquí que la educación emocional sea un elemento importante durante nuestra vida. 

Guiar a infantes y adolescentes a reconocer las emociones, normalizando la pregunta “¿cómo te sientes?”, en lugar de utilizar la ya trillada “¿cómo estás?” abrirá paso a la expresión sana de aquello que nos mueve y nos inquieta. Este cambio de pregunta aplica también entre adultos, sobre todo después de experiencias que están fuera de la cotidianidad, sin quitar importancia a los momentos de plenitud, que son los que forjan nuestra seguridad y nos dan estabilidad emocional.

Las emociones son importantes; no deben de ser minimizadas, censuradas o juzgadas. Es importante sentirlas, definirlas y aceptarlas, partiendo de ahí para decidir con consciencia las acciones que nos lleven a la paz interna y la estabilidad mental y emocional.

La vida es como un rompecabezas

Los rompecabezas han sido parte del entretenimiento humano desde muchas generaciones atrás, desde los infantiles de piezas gigantes hasta los que imponen grandes retos ante miles de pequeñas piezas, e incluso los que se arman en tercera dimensión.

John Spilsbury, un cartógrafo inglés, fue el creador del rompecabezas alrededor de 1760, y desde entonces, aunque ha sufrido modificaciones e innovaciones, sigue siendo un reto que con miles de imágenes a elegir cautiva a niños y adultos.

Esta afición ha demostrado ser un gran generador de dopamina, razón por la cual los rompecabezas resultan ser adictivos para muchas personas una vez que comienzan los beneficios que conlleva la importante estimulación cognitiva: atención constante, refuerzo de agudeza visual, atención selectiva y reducción de ansiedad o estrés.

En la infancia podemos pasar largos periodos intentado resolverlos, una y otra vez; sin embargo, al convertirnos en adultos vamos dejando de lado estos retos, olvidando en el armario este interesante pasatiempo para darle paso a otros generadores de dopamina sin tantos beneficios (el celular, por ejemplo).

Hace días, tras unos años de no engancharme armando uno, decidí retomar la afición; aun con mis dudas porque no sabía si la ansiedad me permitiría darle constancia. Cuál fue mi sorpresa: pasé horas en silencio o escuchando algún podcast mientras buscaba las piezas correctas, sin saber aún que era la dopamina la causante de mi nueva adicción, pero con los beneficios anteriormente mencionados para mi mente y mis emociones.

Reflexioné sobre la capacidad de observación que se requiere y cómo la mente selecciona de forma inconsciente cada pieza, pues muchas veces de forma sorpresiva tomaba la pieza exacta, sin saber cómo había llegado yo a ella entre tantas piezas parecidas.

Y pasó que comencé a relacionar la vida con mi rompecabezas: los problemas se presentan como una caja con muchas piezas a embonar. Hay problemas con pocas piezas y otros que parecen interminables. En la vida muchas veces quiero ver de forma inmediata el reto resuelto, y, si algo te enseña un rompecabezas de más de mil piezas es que lo complejo requiere más de diez minutos.

No obstante, si observo con cuidado y paciencia, las piezas poco a poco irán encajando, e incluso aquellas que parecen ser de otro rompecabezas o ni siquiera estar en la mesa irán tomando su lugar. Y entendí muy bien algo: cada pieza por fin puesta en su lugar le abre paso y lógica al acomodo de otra, y otra, y otra.

Entre más piezas unamos, más podemos apreciar la figura e ir sintiendo la satisfacción de estar resolviendo el reto. Quizá la retribución más grande es darnos cuenta de que contamos con la paciencia que creíamos no tener, que las habilidades para reconocer la pieza correcta se desarrollan siempre desde los intentos fallidos, desde intentar una y otra vez hasta acertar. Aunque el principio siempre significa desorden, una vez terminado el rompecabezas y apreciado el triunfo, estamos listos y motivados para comenzar de nuevo.

Retomar este juego de forma individual o en familia (inclusive se puede dejar en un área social para invitar a quien pasa cerca a poner su pieza) ayudará a desconectar con las prisas, la vida digital y la ansiedad que esto nos genera, para volver a conectar con uno mismo y la vida real, regalándonos un momento de paz que tanto anhelamos en estos días.

La salud mental ya no es tabú

En los últimos años nos han implantado varias ideas fantásticas: felicidad plena y constante, cuerpos perfectos, rutinas sólidas y productividad sin cuestionamientos, pero la realidad que se vive en cada hogar dista mucho de esta utopía.

En Estados Unidos uno de cada cinco hombres toma un medicamento psiquiátrico y una de cada cuatro mujeres toma antidepresivos, según la investigación del periodista Johann Hari en su libro “Conexiones perdidas”. La lectura de esta publicación nos deja ver que hay mucho por trabajar mental y emocionalmente, y que el asunto va más allá de lo que pueda suceder en nuestro cerebro, pues mucho tiene que ver con nuestra relación con el mundo y en especial nuestros seres queridos.

Por años, la formación escolar se limitó al área académica en primera instancia, y más tarde se unió la actividad deportiva; sin embargo, aún falta mucho por hacer en cuestión de inteligencia emocional, pues se enseña a resolver problemas matemáticos, pero poco se habla del trabajo para la expresión y recepción de emociones.

Poco a poco se están dando los primeros pasos para reconocer en casa la importancia de atender las emociones y expresiones de quienes integran la familia, pero aún hoy en gran parte de los hogares esta atención destaca por su ausencia y se va creando una bomba de tiempo que finaliza en relaciones sociales complicadas e, incluso, en la aparición de ansiedad y depresión.

Afortunadamente, pedir el apoyo de profesionistas en psicología y psiquiatría es más común en nuestros días de lo que era décadas atrás, cuando buscar su asistencia era tema tabú, casi prohibido, y representaba vergüenza, pues la atención a la salud mental y emocional no era considerada parte integral del sano desarrollo humano y de la sociedad en sí. 

El apoyo psicoemocional es un factor clave en nuestros días. Se ha roto la barrera en cuanto a estos temas y cada día somos más las personas que nos detenemos ante nuestro reloj productivo para mirarnos internamente, reconocernos y, sobre todo, aceptarnos con nuestras luces y sombras. Como consecuencia a esta apertura, vemos cómo las emociones se abren paso; para ejemplo tomemos a los hombres que se han abierto la puerta a expresar sus sentimientos, sobre todo aquellos que representan vulnerabilidad.

Las sombras de nuestro pasado, en especial de nuestra infancia y adolescencia, no se eliminan como tal; debemos aceptarlas y trabajar en ellas, para así poder descubrir la luz de nuestra esencia, esa que siempre ha estado y que nos caracteriza, haciéndonos personas únicas. Este trabajo personal nos ayuda a fortalecer y mejorar nuestras relaciones familiares y sociales.

Leer temas que nos ayuden a conocernos, asistir a cursos y seminarios con profesionales de la salud mental (buscar sólo profesionales es vital, pues hoy en día podemos encontrar personas con habilidad verbal, pero sin preparación que se base en un marco teórico) y pedir en sí asistencia psicológica y/o psiquiátrica son acciones que no nos minimizan ni nos debilitan, al contrario, nos empujan a fortalecernos y a controlar esas sombras que nos confunden y atormentan dañando nuestra autoestima y nuestra vida cotidiana.

Darle importancia a la salud mental forma parte de nuestro cuidado integral personal; nos ayuda a eliminar la desconexión que sentimos y buscar nuevas formas de abrirnos a la vida con todos sus matices.

La luz nace adentro 

Recientemente he tendido en mis manos lecturas que hablan de la luz interior, la luz que llevamos dentro en medio del caos. Suena un tanto metafórico, pero también hay quien dice que los ojos son el espejo del alma, y ¿cómo puede ser esto, si no es que habita dentro de nosotros algo no palpable que nos inunda de vida?

Reflexionar la verdad que encierra me lleva a recordar las ocasiones en que he caminado entre tormentas que me sacuden, me debilitan y me hacen creer que estoy en plena oscuridad, sin tener idea de cuándo veré la luz de nuevo; me recuerdo derrotada y cansada, desorientada y llena de frustración.

Poco antes de leer las frases sobre luz interior, me levanté en medio de la noche, fui a la cocina y desde ahí contemplé un mar cobijado por la oscuridad, pero adornado por el brillo de una luna llena, enorme y reluciente; en silencio admiré la belleza de la escena. No tomé foto, no dije nada, sólo la contemplé, hipnotizada por su luz; todo era calma.

Hoy retomo estos ejemplos de luz, esa que muchos buscamos fuera sin darnos cuenta que ya está dentro de nosotros; la luz que nos muestra el camino, que nos guía cómo hacer las cosas, o bien, como no hacerlas. El desaliento, la tristeza y el enojo son nubes que tapan la luminosidad de nuestra esencia, pero en ningún momento la apagan.

Nada, por más difícil que parezca, carece de luz, del brillo del aprendizaje, de la experiencia, de la apertura a nuevos caminos. Somos luz que a su vez reflejamos en otros; por eso en la aparente oscuridad, la luz de otros nos anima y nos hace sonreír, porque nos recuerda que también tenemos esa energía.

El juego de luces no se aprecia en el día, se requiere oscuridad para admirar ciertos tipos de luces, como los majestuosos fuegos pirotécnicos o las luces danzantes. Así, la vida apaga ciertas luces en nuestro andar para mostrarnos el brillo de nuestra propia luz, esa luminiscencia que requiere de oscuridad para dejarnos ver la grandeza que tenemos dentro.

Somos luz que ilumina la vida de otros, a pesar de las vicisitudes que nos hacen creer que hemos perdido el brillo. No hay nada más falso porque la luz siempre está ahí, y para reconocerla basta con buscar un lugar alejado, un espacio para poder observarnos, sentirnos y descubrir la razón por la cual hemos dejado de percibir nuestra propia luz, esa que nos ha dado vida, que nos ha conectado con lo divino, que muestra nuestra sabiduría interna. Reconocer nuestro poder y nuestro valor es dejar que vuelva a brillar la luz que genera nuestro propio corazón.

¡Ponga atención!

¿Cuántas veces somos conscientes de nuestros periodos de atención y de la disminución que cómo sociedad hemos tenido? Hablar de la falta de concentración y atención es común entre padres y docentes, analizando la dificultad de los niños para atender a las clases, mantenerse inmersos en sus proyectos escolares o simplemente finalizar lo que empiezan.

Sin embargo, como adultos también hemos acortado los periodos de concentración: brincamos de una actividad a otra, olvidamos con facilidad a lo que íbamos cuando nos trasladamos en nuestra propia casa y monitoreamos constantemente nuestros teléfonos móviles sin algún objetivo concreto.

Johann Hari, periodista anglo-suizo autor del libro El valor de la atención, recabó datos muy interesantes sobre la diversidad de motivos que nos hacen perder la concentración, aquellos factores que tenemos como sociedad pero debemos combatir de forma individual.

Como distractores nombra a los gigantes de las redes sociales, quienes trabajan día a día para mantenernos conectados, pues es lo que en realidad incrementa sus ganancias, sin importar que la atención de niños, jóvenes y adultos vaya en picada.

La contaminación también ha repercutido en nuestros cerebros. Día a día respiramos químicos nocivos que nos hacen perder capacidad de atención y retención. El estrés del trabajo y las presiones económicas nos afectan como adultos y a su vez afectamos a nuestros niños.

Johann Hari viajó por el mundo conversando con expertos, científicos y hasta con extrabajadores de Google, mostrando asombrosos resultados que como lectores nos dejan reflexionando de la seriedad que este asunto representa, sobre cómo la mentalidad de estar siempre generando más ganancias nos está llevando a perdernos a nosotros mismos como individuos.

De manera individual, es fundamental retomar el disfrute de momentos cotidianos, por simples que parezcan; dejar de lado la tecnología, mantener conversaciones ininterrumpidas viéndonos a los ojos, atender tareas simples (como manejar, caminar o nuestra rutina de la mañana) siendo conscientes de lo que hacemos y utilizando nuestros cinco sentidos.

Como sociedad hemos puestos límites en el pasado: la jornada laboral se estableció en ocho horas, las mujeres logramos el derecho al voto, el plomo salió de nuestras casas… Sin embargo, como en la actualidad los retos siguen presentes, autores como Johann Hari nos invitan a unirnos en sociedad y exigir regulaciones para las redes sociales antes de que sea demasiado tarde, antes de que nuestra atención, memoria y relaciones sociales y con el entorno se deterioren tanto, que en un futuro nos lamentemos como individuos y sociedad. Es momento de darle valor a la atención. 

Amigas multivitamínicas

Suena el despertador. Ella alarga el brazo para revisar la información digital que perdió de vista mientras dormía. Una mirada rápida basta para ver vidas ideales, anuncios que tratan de enganchar su atención, consejos y memes; nada nuevo tras la pantalla.

El día comienza con desgano, mucho por hacer y poca fuerza para seguir, pues la Sra. Depresión ha decidido llevar el mando, dejando que la soledad interna abra la puerta a la desesperanza.

En medio de la rutina, el día transcurre esperando al hada madrina que pueda venir a cambiar la realidad que le nubla la alegría y el entusiasmo que la caracterizaban.

Por la noche los latidos acelerados recuerdan que se ha dado el cambio de turno, ahora toca el lugar a la Profesora Ansiedad, que provoca pensamientos llenos de situaciones negativas, respiración entrecortada, que llena de miedos.

El reloj marca la hora del medicamento nocturno: una, dos, tres pastillas, esas que prometen sembrar en el alma la paz y serenidad que tanto anhela, pero al parecer siguen en campaña, pues aún no han cumplido su promesa.

De pronto el sonido del celular avisa de otro mensaje. Seguro nada nuevo, piensa al tiempo que observa la pantalla. Sin darse cuenta, sus mejillas se alegran ante la sorpresa; el equipo multivitamínico la convoca a una salida nocturna.

Un poco de maquillaje y unas gotas de perfume despistan la tristeza de un corazón agitado. Al llegar a la cita los abrazos reconectan con la alegría y el cariño, las risas comienzan a flotar entre un surtido de anécdotas.

Entre mujeres que se quieren es difícil esconder los sentimientos, pero contrario a lo esperado, poco a poco la energía va subiendo por su cuerpo, los consejos se esconden tras chistes, realidades que se entrelazan, comparaciones que unen y abrazos que confortan.

Las risas se convierten en lágrimas, esas que comparten y dividen el dolor, rescatando así un herido corazón.

No se ha solucionado nada, nadie le ha prometido eso, pero sí ha recibido una buena dosis de vitamina C de Cariño, otra de vitamina E de Empatía y sobre todo, el alma se ha llenado de esas vitamina que tanto se necesita, la importante vitamina A de Amigas.

Que tu espacio te motive

Desde la escuela se le sugiere a madres y padres tener un lugar adecuado donde sus hijos e hijas puedan realizar sus deberes escolares; un espacio iluminado, cómodo y limpio que motive la iniciativa de hacer la tarea diaria y ayude a la concentración. ¿Pero qué hay de los adultos? ¿Dónde elegimos realizar en casa aquellas tareas que nos piden concentrarnos más? ¿Cuidamos nuestro espacio o se ha convertido en un cúmulo de papeles, libros y objetos? ¿Optamos por usar mejor la mesa de la cocina?

El espacio que dediquemos a nuestras ocupaciones diarias es un detonante de motivación o de hastío, de ahí la importancia de crear un entorno agradable a nuestros sentidos. Un área limpia, despejada y agradable a la vista siempre será un buen comienzo de nuestro día, ya sea en casa o en la oficina.

Los entornos marcan nuestro actuar, pues alteran nuestro estado de ánimo y por consecuencia nuestras decisiones y reacciones. Así que comenzar por despejar y limpiar es una buena manera de ir poco a poco mejorando nuestra rutina, creando hábitos que hagan mejores nuestros días. Elegir objetos que nos hagan sentir en paz como una vela aromática, flores, o fotografías de nuestros seres queridos nos ayudará a crear un espacio que sea asequible al momento de decidir realizar aquellas actividades que en ocasiones nos cuestan un poco más, como crear presupuestos, terminar trabajos pendientes, organizar la semana, leer o simplemente aquellas actividades que traemos en mente pero que vamos postergando, por no darnos el tiempo de sentarnos y enfocarnos en nuestros objetivos.

En los hogares donde hay un escritorio es importante observar qué hay sobre él; ¿es realmente un lugar que invite al trabajo?, ¿o simplemente se ha convertido en un área de descanso permanente para aquello que no sabemos dónde poner? 

Debemos también tomar muy en cuenta la iluminación, que en gran medida dirige el estado de ánimo que nos impulsa a realizar lo que nos proponemos o nos detiene en el letargo de preferir tomar el celular, mientras el tiempo continúa su curso.

Los espacios personales que nos brindan inspiración nunca estarán de más, independientemente de nuestro oficio o profesión; nos ayudan a vivir el presente, a disfrutar las actividades cotidianas (ya sean parte de nuestro trabajo o sean actividades personales) y paralelamente brindarán un ejemplo para quienes nos observan, especialmente los más pequeños. 

La casa o la oficina deben ser un espacio donde sintamos comodidad, inspiración, motivación y nos alimente a disponernos a comenzar las tareas diarias. Nunca es tarde para comenzar a depurar ese espacio y diseñarlo con lo que tenemos a la mano. Encuentra esa comodidad, orden y personalidad en tu área de trabajo y verás que puede llegar a ser tu lugar preferido. 

Pequeñas acciones ante el estrés de los propósitos

El año nuevo es motivación; significa planear, organizar, visualizar los próximos meses; es un buen momento para corregir errores y retomar lo olvidado.

Sin embargo, los nuevos propósitos son también causantes de estrés cuando nos damos cuenta de lo fácil que es dejarlos a un lado, procrastinar y dejar las “motivadoras” acciones para después. La frustración se apodera de las intenciones y muchas veces el autoestima es debilitada al no sentirnos capaces de llegar a la meta con rapidez.

Los propósitos no son los mismos para todos. Hay quienes se fijan grandes y significativas metas sorprendiendo a quienes los rodean, cumpliendo una a una con precisión. Pero también hay quienes tenemos propósitos más pequeños y aun así fracasamos en el intento. 

A pesar de esto, perdemos de vista que el solo hecho de fijarnos una ruta ya es de gran ayuda, pues la vida no está hecha de perfección, sino que la constancia permite que cada día fluya como lo hace la naturaleza, con ciclos bien predeterminados.

El libro “Hábitos atómicos” de James Clear ofrece una idea de la importancia que tienen los microhábitos, esos que parecen no significar mucho, que no nos renuevan de inmediato pero que sí nos traerán la constancia que será la semilla para resultados sorprendentes.

El estrés es la antesala al miedo que nos invade, al temor de no cumplir las expectativas que nosotros mismos nos planteamos, cuando los retos implican un esfuerzo extra que choca con nuestra rutina y nuestro vivir diario. Pero… ¿y si tomamos decisiones sobre acciones que nos tomen menos de tres minutos realizar?

Las acciones cortas e inmediatas pueden ayudarnos a mejorar significativamente nuestros hábitos diarios, a fortalecerlos o ir creando nuevos de forma paulatina, teniendo como consecuencia una disciplina y voluntad más firme y estable.

Aquí van algunos ejemplos de acciones que nos tomarían menos de tres minutos:

La lista puede continuar. Este tipo de acciones quizás no nos lleve a conseguir la meta grandiosa que soñamos, pero de seguro nos sacará de dónde ya no queremos estar.