La regularización mezcalera que no respeta tradiciones

Así como no hay dos mezcales iguales, no hay dos regiones mezcaleras iguales, ni siquiera vecinalmente. Si, como dijo el Dr. Atl, no existen leyes que se puedan aplicar universalmente, advertimos verdades difíciles de digerir en cuanto a una regularización forzada a la que las comunidades productoras de mezcal se ven sometidas para darles validez a su propia tradición, conocimiento y legado. 

Apoyo la moción pensando en que una certificación de mezcal o sotol aproxima hacia buenas prácticas, como la mejora en el manejo de vinazas y bagazo, la estructuración de procesos y procedimientos para un mejor aprovechamiento de su materia prima y, sobre todo, y la protección de recursos naturales como el agua y la madera. 

Creo que la industria del mezcal debe darle la vuelta a la imagen romántica con la que el marketing y las estrategias de venta han posicionado al destilado en donde está. Ese romanticismo aleja las conversaciones incómodas que se deben tener sobre la actividad: es una tradición artesanal que vive a través de la creciente extracción de plantas valiosísimas para sus ecosistemas, especies que incluso sirven para reconstruir históricamente los usos de esos antiguos pobladores que subsistieron a base de ella mucho antes que del mismo maíz. 

Lo que no apoyo es el tecnicismo replicado desde los procesos de industrias ajenas a las comunidades mezcaleras. Esos estándares son forzosamente implementados por órganos certificadores que obligan a las pequeñas fábricas, vinatas, tabernas o palenques a cambiar procesos y materiales que desmejoran una tradición, no son fáciles de conseguir y no transmiten la sabiduría con la que ha persistido la tradición.

Desde la ley que rige esta certificación, no existe un diálogo con las comunidades mezcaleras en el que puedan sentirse reflejadas, protegidas y encaminadas hacia un futuro más sustentable y mejor para ellas y sus pueblos mismos. 

La singularidad entre mezcales, regiones y maestras y maestros es un universo en el que las reglas de consejos y los parámetros para obtener la Denominación de Origen (bajo la Norma Oficial Mexicana, NOM) no se deben aplicar parejo. Debe haber diálogo, capacitación y registro de los procesos y las materias primas regionales. Debe haber interés y apoyo en que cada fábrica mezcalera sea el legado único de su propia tradición y que esta prevalezca por más generaciones. 

¡Salud!

La familia Maya y el prodigioso mezcal de Miahuatlán, Oaxaca

Cuando en Oaxaca conocí el mezcal de Miahuatlán fue uno de los mejores momentos de mi vida. Hasta ese momento sólo había tomado puro mezcal de Matatlán y, aunque no tengo nada en contra de los destilados de la cuna del mezcal oaxaqueño, el panorama que me abrió Miahuatlán sensorialmente ha impactado y permeado por siempre en la manera en que disfruto y saboreo desde el terruño hasta el mismo alcohol, que regala notas que me permiten sumergirme por completo en el valor histórico de cada destilado. 

Por siempre estaré agradecida con todas las familias miahuatlecas y hoy contaré la historia de cómo llegué a Miahuatlán por primera vez:

Era el 2013 y buscaba desesperadamente en Oaxaca un mezcal que pudiera ofrecer en el bar que estaba por abrir en Torreón. Aunque ya había visitado mezcalerías y había ido a Matatlán, Tlacolula, Ocotlán, Mitla, buscaba dos cosas:  

  1. que pudieran mandármelo a Torreón por paquetería, cosa que muchos no estaban y aún no están dispuestos a hacer, 
  2. y que trabajaran más de 5 variedades de maguey. 

Aunque probé bebidas maravillosas, por alguna u otra cosa no pegaba la cosa. Sin carro para ir a las mixtecas y sin tiempo para ir a Sola de Vega, por “ai” el novio de una conocida me había mencionado que los lunes había mercado en Miahuatlán y que muchos maestros bajan a vender su mezcal. Decidí lanzarme, por qué no, ingenuamente sin saber lo enorme y espectacular que es el mercado de Miahuatlán. 

Vaya locura que es un lunes de mercado. Aun 10 años después sigo descubriendo calles nuevas, frutas nuevas y excelentes puestos de comida y quesos. Como en todo, había gente vendiendo mezcal rebajado y sin rebajar, pero algo me decía que siguiera buscando. 

Al recorrer una calle que te lleva de subida hasta una explanada, me topé con una mujer probablemente de mi edad o incluso menor que yo, con una pequeña mesa y varias botellas de vidrio. Sus ojos cafés intensos, expresivos y sonrientes me dieron curiosidad. La saludo y le pregunto si tiene diferentes variedades de mezcales y, qué sorpresa, tenía Espadín, Arroqueño, Madre Cuixhe, Cuixhe, Tobalá, Mexicano, pulquero, barril, Belatove. ¡Qué emoción! Esos nombres que nunca había escuchado se taladraron en mi psique mezcalera. 

Rápidamente le pido una prueba del Madre Cuixhe, que nunca había probado, y, al darle un sorbo a la copita, la química de mi cerebro cambió por completo; el sabor a tierra o piedra mojada inunda mi paladar, una imagen de un campo verde recién llovido se asoma y explosiones de cítricos y café tostado terminan el trago que acaba de ofrecerme Verito Maya, esposa de Chano Maya y madre de los 4 hijos Maya Maya. 

Eran las 4 de la tarde en un municipio que acababa de conocer y sin embargo mi sensatez se fugó con mi sobriedad y pedí fervientemente si podía llevarme a su palenque. Quería visitar el lugar de donde sacaron tremendo mezcal y apalabrar un negocio que después de 10 años continúa. 

Los mezcales que probé en esa ocasión se sacan de una sola destilación. Poco o nada sabía yo en ese entonces que casi nadie en todo México produce de esa manera y que estaba probando uno de los mezcales más raros que me he encontrado en mis andanzas: fuerte, rudo, seco, con notas a fermento, petricor, amargos; son notas que pocos mezcales regalan. 
Todavía son destilados por el patriarca Venancio, suegro de Vero, hoy señor de 85 años que sigue vendiendo mezcal en su casa en la entrada de San Luis, con el palenque a un lado y listo para regalarte mezcal guardado en vidrio por años. Son postales que todo amante del mezcal debe vivir al menos una vez en su vida. 

Clamato, mezcal y lluvia lagunera

Hubo una vez una noche de mayo, allá en el año 2013, en el Ponciano de ese entonces que aún se encontraba en la calle Ponciano Arriaga #158. Todavía no nos corrían nuestros adorados vecinos y tampoco era día que atosigaran las autoridades como normalmente lo hacían los fines de semana (me encantaría saber de los que leerán esta columna en un futuro, a cuántos les tocó presenciar y vivir esas redadas que teníamos con bastante frecuencia; entraba una decena de polis encapuchados y armados a “checar” el bar y desalojarlo porque “ya se acabó la fiesta”). 

Ese día era un lunes que, como diríamos en el lenguaje del rubro restaurantero, iba “bastante muerto”. Dentro, estábamos mi hermana Gaby, el barman/mesero/cocinero/mejor preparador de clamatos, Puma, y yo, matando el tiempo en la barra.

Era una noche lluviosa como pocas que tenemos al año y como buenos laguneros que somos, caen unas gotas y no salimos de la casa, se refresca medio grado nuestra temperatura promedio de 30ºC en las noches y corremos a acostarnos a la camita tapaditos y a ver tele.

Ahí estábamos los 3 mensos echándonos una caguama carta blanca. En ese entonces había un clientazo frecuente. Y digo clientazo porque al menos 2 veces me llevó una botella de coca de 2 litros llena de mezcal que él conseguía en la sierra de Durango. Me tomó años saber que ese mezcal venía de la sierra tepehuana (la sierra de la historia de Laguna de Burros) y al cual le llaman K’mal o alguna palabra similar.

Habíamos recibido días antes esa preciosa ofrenda y cada que podíamos nos servíamos pequeños tragos para disfrutarlo entre los 3. Hasta la fecha, recuerdo su sabor y me parece de los mejores mezcales que he probado; muy ahumado, con sabores a carne, un dulzor escondido y una nota divina a orégano silvestre.

A ratos arreciaba la lluvia y luego se calmaba, pero era un chipi chipi constante que ahora con más años me pondría en alerta que muchas calles se inundarán y que el regreso a casa será una pesadilla. Incluso Puma, que en ese entonces tenía un vocho que cada semana moría, ni luces de querer irse antes de que los bulevares se convirtieran en ríos.

Estábamos lo que se dice más que a gusto echando clamatos, caguamas y k’mal. Íbamos por ahí de la cuarta ronda (y voy a hablar en plural porque no creo que ninguno de los 3, tengamos el recuerdo nítido de cómo es que sucedió), cuando de repente ya estábamos tomando una bebida que en días posteriores bautizaríamos con un nombre que hace perfecta alusión a la borrachera que nos pusimos

Era un clamatón, con sus salsas y su jugo de limón, el mezcal y la chela, pimienta y romero; todo en el vaso y ¡voilá! Y ¡uta, qué bien nos sabía, mano! Creo que habíamos inventado nuestro primer coctel, pero ese pensamiento ni nos pasaba por la mente, sólo estábamos a wiriwiri y jijijí jajajá en una de las noches que más a gusto he pasado en alguno de mis bares.

Al final estábamos tan entonados que ni limpiamos, que, vamos, tampoco era tan necesario puesto que solo tuvimos 1 mesa en toda la noche. Cada quien agarró su nave y fuga a sus casas a las 2am. Para los que no sepan, nosotras somos oriundas de Gómez Palacio, Durango, y pa quien no conozca, es una ciudad pegada a Torreón en la que sólo cruzas un lecho de río y, sin visa ni pasaporte, ya estás en el gran estado de Duranyork. 

Bueno, pues en la megalópolis de Gómez hay un desnivel que siempre se inunda con cada lluvia, ¡siempre!; es una de las cosas que no hay falla, siempre se hará una gran alberca que advierte que el paso está cerrado. Y yo no sé si fueron los tragos o la rica noche fresca, o que estuvimos bien atm, pero mi carnal, la Rayo McQueen, entra en semejante laguna para segundos después encontrarse rodeada de ese gran cuerpo de agua que llevaba al carro de la familia a moverse a la deriva y a hundirse lentamente cual Titanic, y como en esa gran película, también en Gómez hubo rescate por ni más ni menos que el Puma quien iba atrás de Gaby y quien alcanzó a frenar antes de llegar al charco.

Aquel valiente hombre le gritaba a Gaby que se saliera por la ventana, la única manera de sacarla mientras el gran VW Gol (que en paz descanse) quedaba varado, junto a otros dos carros cuasi hundidos que mi hermana no alcanzó a divisar accidens priori

Yo luego regalaría mucho mezcal por estar presente en el momento en que una Gaby muy cruda confiesa su gran hazaña a nuestra madre y ella ve los gestos de ambas. Nuestro carro murió para siempre. Amanecimos con una cruda terrorífica de tanto clamato y bautizamos a esta gran bebida como El Satán. Si lo escuchan nombrar por ahí, ahora ya saben la anécdota, pueden contarla y pueden aprender de nuestra experiencia con la lluvia, el mezcal y los clamatos. 

¡Salud!

La norteñización del sur

Mientras que en el sur están de moda los corridos, el sombrero, el sotol, la palmilla y la lechuguilla, en el norte apenas nos enteramos de nuestros propios destilados. Es real que la mayoría de los lotes de destilados son comprados por restaurantes, marcas y tiendas boutique del centro y sur del país y que la curiosidad por los procesos, plantas y marcas del norte es actualmente la tendencia de los destilados mexicanos.

Esto se debe a que después de varios años del auge y boom del mezcal oaxaqueño y de estados aledaños, los paladares de los consumidores nacionales de espirituosos se encuentran ávidos por descubrir nuevas regiones mezcaleras, nuevos destilados de agave, de caña, de pulque, de maíz y hasta hierbas de procedencia nacional. Tal es el caso de los whiskys mexicanos de maíz criollo y de las ginebras mexicanas a base de herbolaria tradicional.

El ingenio mexicano no conoce límites ni fronteras en el tema de la innovación de productos de consumo, y los destilados dan pie al aprovechamiento de los innumerables (pero no inagotables) recursos con los que contamos en el más hermoso país del mundo; ¡sí, señor!, ¡México!

El lado positivo es la inclinación en la balanza del consumo promedio entre los productos importados y los nacionales, así como el apoyo y consumo de artículos de productores locales, regionales y nacionales. Es decir, como consumidores estamos buscando cada vez más los orígenes regionales, desde jabones y productos de belleza locales, cervezas artesanales de la región, textiles nacionales y espirituosos y fermentos de los 31 estados y el distrito federal.

Así como la moda y música norteñas no han tenido fronteras, también los destilados norteños están abriéndose camino, lento pero a paso firme, ante un mundo globalizado que se ramifica entre superficial y especializado, pero que tiene tanta prisa por encontrar siempre lo más nuevo, fresco, virgen, tradicional y genuino; lo de rancho, que también refleja el mundo paralelo entre lo tradicional y la experiencia de vivir un antes y después de la globalización y los periodos de violencia regional y nacional. 

Lo bueno del norte es que, además de nuestra carne, nuestro temperamento y carisma, tenemos mezcal, sotol, palmilla, lechuguilla, cereque y vino del mero bueno, competente y sabrosón para todos aquellos en constante búsqueda de esa identidad mexicana que hoy en día nos invita a echarnos unos caballitos después de un largo día, ya sea que estemos en Torreón o en Japón. 

¡Salud!

Laguna del Burro, Durango: el camino al Maguey Castilla (parte III)

Allá en Laguna del Burro, algo en la mirada de mi hermana me decía que no sólo teníamos que salir de ahí a como diera lugar, sino también un gran “tú puedes, véngase”. Desde su posición de manager de rally enfrente de la troca, estaba lista para decirme la mejor vía de la subida más empinada de mi vida, y yo, bueno, desde el volante viendo el acantilado atrás de mí, no estaba lista para dejarme caer a la quinta dimensión

Le avisé que ya iba a acelerar por si la troca remontaba vuelo, que se moviera a un lado para darme lugar e irme con todo a la siguiente curva y subida. Y en efecto la troca respondió, bufó y aceleró brincando piedras y dejando una estela de polvo que puso a Diego y a Gaby como torreonitas en tolvanera, pero no podía preocuparme por ellos, ni siquiera voltear a ver si no rodaron por el precipicio mientras iba a toda carga subiendo el calvario mismo. No podía desacelerar, ni frenarme para que se subieran, al menos hasta no estar en un lugar más plano y que no se me matara la bichota (como suelo llamar a mi Mitsubishi L200 modelo 2010 4x2). 

Por fin, después de 150 metros de subida pude frenar para que se subieran. Estaban talqueados, cansados, bofeados, asustados, pero felices de que hubiéramos dejado atrás el viacrucis, aunque nos faltaran unas 6 horas de camino.

Nunca olvidaré sus caritas de alivio al subirse a la troca, sentarse y sentir que lo peor había pasado. Las demás subidas, aunque igual de empinadas, estaban semi pavimentadas o al menos sin arena suelta. Después de unos 15 minutos aliéndome la calidad de vida de la suspensión, brincamos el camino hasta llegar al asfalto.

Y lo logramos y festejamos y gritamos y cantamos por 6 horas más del trayecto que siguió, que por más largo que tocara, de noche y sinuoso, lo único que experimentamos fue el júbilo de saber que tal vez pudiéramos dormir en camas esa noche, tener un baño, incluso caliente, y de bajarnos de la troca en la que sumaríamos un total de 14 horas de jornada que no estaban planteadas en este viaje mezcalero.

Pero aquí no acaba todo, puesto que no pudimos llegar al hotel spa que el Diego genialmente propuso a mitad de camino y que, aunque nos alejaba 2 horas más de los cuartos con ducha caliente originalmente propuestos, sonaba mejor que incluyera masajes de pies, jacuzzi y confort de lujo, patrocinado por el buen Diego. Pero no, al final era casi la una de la madrugada y no teníamos dónde dormir. Solos, sin rumbo en Nombre de Dios, tuvimos que hacer lo impensable. 

Pero esa historia es para la próxima semana. ¡Salud por las anécdotas, los viajes y la buena compañía!

Laguna del Burro, Durango: el camino al Maguey Castilla (parte II)

Leer primera parte en: https://soliradio.com/maguey-castilla/

Entre las colinas llenas de magueyes se asomó una laguna de considerable tamaño y de un color café chocolatoso que para nada invitaba a nadar en sus aguas. Alrededor había grupos de vacas frisonas tomando el sol, echadas a los lechos del gran chocomil del que nos preguntamos si sería la Laguna del Burro. Más adelante, una escuela nos confirmaría que estábamos llegando a “Jaje’Lh Preescolar Indígena, Laguna del Burro”. 

Bendito camino empinado; pronto llegaríamos a alguna vinata a echarnos unos mezcalazos y pensar qué demonios haríamos: mi primera opción era pedir asilo en alguna vinata y dormir en el suelo, esto conlleva estar prácticamente en la intemperie con hormigas, mosquitos, gallinas y otros animalitos e insectos que se acercan en busca de los dulces jugos magueyeros. Cuando propuse el plan, fue inmediata y absolutamente denegado por mis dos acompañantes: “No, wey. No mames” respondieron al unísono mientras continuábamos por aquellos tremendos baches. 

A lo lejos, ¡alcanzamos a ver una vinata que estaba echando humo! Alguien estaba destilando en ese preciso momento y chance y nos tocaba probar algún mezcal Castilla recién salidito. Paramos, saludamos y confirmamos que aún no resacaban el aguavino, faltaba toda la primera destilada, por lo que preguntamos cuántas vinatas había en “Burros” y precisamos a continuar la búsqueda del mezcal. 

Hay días de suerte y días donde no topas mucho mezcal, y éste se estaba convirtiendo en la segunda. Poco a poco la insoportable verdad se asentaba más en los silencios. Qué demonios vamos a hacer; no hemos comido, no conocemos a nadie y dormir en la primera vinata no fue opción. En eso, mi hermana Gaby propone que utilicemos las brasas de la vinata que habíamos pasado para cocinar un tomahawk término medio, calentarmos las rajas que yo había llevado con unas tortillas de harina, todo en media hora para alcanzar a irnos hasta Temoaya; ahí, ella había visto unos cuartos en renta y podríamos llegar a descansar en camas y tal vez bañarnos, incluso con agua caliente.

No se diga más, aceptamos unánimemente y me dispuse a manejar y exponer nuestro caso al vinatero llamado Esteban, al cual poco le importó nuestra situación y así asintió desinteresado.

Cansados, asoleados y zarandeados, comenzamos a preparar carbón y parrilla, buscar cuchillos y sartenes y hacernos un lugarcito entre piñas sin cocer y leña para sentarnos y echar el pape del día. 

Había sido muy optimista pensar que todo ello nos tomaría media hora, pues la sola comida en realidad tardó una hora de muy valiosa luz solar, que estaba a punto de irse. Casi sin terminar de engullir, empezamos a levantar todo, medio enjuagar y aventarlo a la caja de la troca para empezar a cazar el sol y dar principio al peor trayecto que mi troca y yo hemos recorrido.

Todo empezó con preocupación de que la subida iba mucho más tardada que la bajada; definitivamente subir por los baches nos llevaría más que los 45 minutos que tardamos en bajarlos, y sintiendo la suspensión brincar y topar con piedras, no había mucho que pudiera hacer sino concentrarme en que lo más empinado estaba por venir. 

Primero empezaron las subidas con mucha arena suelta; lo que yo hacía era meter primera, agarrar vuelo y acelerar a full, valiendo madres los amortiguadores porque al menos íbamos subiendo. Así libramos los primeros 15 minutos, pero las subidas empezaron a empinarse más, con arena más suelta. Lo que agregaba la cereza al pastel de la empinación era que, terminando la subida había que tomar curva y seguir subiendo. La troca apenas daba, no tenía potencia. 

En qué problema nos metí. Tenía que rifármela sí o sí porque aparte la troca no traía freno de mano y si se ponchaba una llanta, no había manera de dejarla estacionada en el camino. Me sudaban las manos, los pies. Manejar de subida con la terracería llena de baches, el acantilado a un lado y sin freno de mano es la peor idea que he tenido, y vaya que soy muy valemadres. 

Pronto, Gaby se convirtió en copiloto de rally, dirigiéndome a través de baches, bajándose para medir profundidades de arena suelta, indicarme qué tan cerca podía irme a la orilla del acantilado para dar vuelta y seguir subiendo. La camioneta empezaba a desistir de las subidas y se mataba; para quienes manejamos standard, que se mate el auto en subida y sin freno de manos significa pisar el freno y el clutch inmediatamente con toda la fuerza que tengas y sostenerlos ahí hasta que pueda volver a prender, tratar de agarrar tracción y si no hay, seguir frenando para no irte a la muerte inminente. 

No podía dejar que se atascara, por lo que a veces tocaba dejar que se hiciera para atrás, pero en una troca matada, los frenos calientes también equivalen a que no respondan como siempre y tarden en funcionar. Fue entonces cuando verdaderamente comencé a asustarme. Tal vez no lo íbamos a lograr y el sol ya amenazaba con despedirse. 

Continuará…

Laguna del Burro, Durango: el camino al Maguey Castilla (parte I)

A veces no entiendo mi propio afán por seguir avanzando en la ruta, buscando pueblos, destilados, tradiciones; no me estoy quieta y a veces ni pruebo bocado por seguir manejando o probando mezcales. 

Andar en la carretera tormento y pasión, sed y sol, incertidumbre y recompensa. El satisfactorio momentum de la liminalidad me hace empujar los límites de mi camioneta, mi ímpetu y la cordura de mis acompañantes a grados que pueden ser la mejor anécdota del viaje o la peor pesadilla. Les platico qué sucedió en mi último viaje mezcalero.

El último viaje en carretera que hice: mi hermana, mi mejor amigo mezcalero y yo pasamos casi 12 horas diarias en carretera durante 5 días. Ambos acompañantes confiaban plenamente en mis capacidades de manejo, de navegación y de discernimiento a la hora de decidir el rumbo del día. Sin embargo, no contaban con mi duro afán de llegar lo más lejos que pueda, con que para mí cualquier terreno semi plano sirve para poner los sleepings. Sí, me falla bastante el sentido común en los límites del confort de las personas, olvido que no todos quieren solo beber mezcal y pegarle a la carretera, pero en esta ocasión mis acompañantes iban conectado bien duro con la música, los paisajes y el vasto menú de carne con el que contábamos para todos los días. Yo sólo tenía en mente una sola cosa: Laguna del Burro.

Me habían hablado sobre este pueblo, más metido en la sierra tepehuana, y no me iba a regresar de este viaje sin llegar y conocer. Era el día 4 y era ahora o nunca. Aunque tuvimos que dar varias vueltas entre pueblos esa mañana, yo calculaba que la 1pm aún era buena hora para darle a Burros; la gente me decía que se hacen 2 horas y acá anochece como a las 7pm; aunque cayera poquito la noche, podríamos llegar a Durango capital o Nombre de Dios para dormir en algún hotel. 

Sin someterlo a votación, agarré camino y empezamos a subir por la carretera que, aunque es pavimentada, tiene más baches que muchas terracerías. No iba tan recio porque traíamos gente en la caja; allá se acostumbra pedir raid de pueblo en pueblo porque el transporte público tarda horas en pasar y no hay mucho tráfico de carros, aparte que, como buena sierra, cada pueblo tiene su entrada en carretera que conecta a más curvas y terracería hasta que bajas o subes al pueblo. 

En ese momento no pensé eso: que claro, pueden ser 2 horas para Laguna del Burro pero aparte sigue la terracería. Pos bueno, ni modo, repito, no me voy a regresar sin haber conocido esa Laguna.

La gente del raid se bajó un poco antes de nuestro destino y nos dijeron que faltaba una media hora para la entrada. Aunque eran pasadas las 3pm, el sol pegaba diferente, como que hay montañas, el sol se mete más tempra. Ni modo, me vale madres, ya estábamos más pallá que pacá. Si ya me he rifado a manejar en todos lados, aunque caiga la noche me la aviento, pues qué. 

Nos pasamos la entrada unos 20 metros y como Doña Lady Mezcal que soy me aviento un reversazo que inmediatamente nos conduce a una terracería que nos va encauzando cuesta abajo por peñascos de más de 60 mts. Era una carretera de un solo lado, por lo que rogaba que no nos topáramos otro carro subiendo. Piso de pura arena blanca suelta y ángulos de bajada y curva de más de 30 grados. Pero bueno, mi troca nunca me ha dejado morir y no sentía que esta fuera a ser la ocasión, aunque tampoco me había tocado tener que ir frenando la bajada y que se patinaran los discos de los frenos. En fin, yo ponía buena cara y sólo escuchaba los quejidos de mi amigo con las piedras, la zarandeada de la troca y a mi carnala tranquilizando la situación con sus mejores playlists de música.

Interminable. Bajamos por más de 45 minutos y aún no veíamos claro dónde era Laguna del Burro.  De repente vimos algo que para mí ya valía toda la pena: campos de magueyes silvestres y cultivados de una especie que nunca había visto en persona: Maguey Castilla, endémico de esa región y de Durango; majestuoso, pencudo, alto, verdiazul, ¡algunos quiotando! O sea que el pueblo es consciente de su riqueza y dejan los magueyes reproducirse por quiote para obtener más diversidad genética. Habíamos llegado al paraíso y yo no cabía de la felicidad. Sólo tenía algo rondando mi mente todo el tiempo: si se me va la luz, no voy a poder subir de regreso y no tenemos dónde quedarnos.

Continuará…

Encontrar al mezcalero

Vivo deseando andar en las terracerías, esas que desembocan en rancherías sin misceláneas, con niños de miradas asoleadas sentados en la calle principal y que ni se inmutan con el polvo que se levanta de la troca que va entrando al pueblo segurito a buscar mezcal; a veces te contestan y te dicen para dónde es, otras sólo te miran sin mucho afán de sacarte de la duda. 

No los molesto, pues, a ver si adelante hay alguna señora tendiendo la ropa afuera, que me diga quién es el mero bueno ahí para el vino de mezcal; probablemente me dirá de algún familiar suyo que saque mezcal y que vive atrás de punta la chingada. 

Y me vale madres, hay que darle que se mete el sol y hay que ver dónde dormir. De últimas siempre puedo dormir en mi troca que nunca me deja morir, siempre llena de navajas, gas pimienta, hasta un hacha traigo que sólo me ha servido para cortar verdura; muchas son regalitos de banda chida que sabe que ando en la friega y que sabe que los locos salen en la noche. Salimos 🙂 

Y la meta es encontrar al más chingón de chingones, ése mezcalero que cuando pruebas su mezcal dices “¡ah, no mames, que chingón!”. Ahí valió toda la pena estar polvorienta, con las gafas ya incrustadas en la nariz de andar manejando todo el perro día, y esa tripa rugiendo que se aplaca con esos mezcalazos. ¡Ya chingamos! 

¡Salud!

¡Un respeto para el sotol!

Hablar del sotol tanto merece respeto como falta de vergüenza, y esto por haber tundido en lo más bajo del grado de calumnias y difamación a este magistral destilado que nos ofrece el desierto de Chihuahua; una bebida y planta tan necesarias para nuestras tierras del norte y en nuestro legado cultural del desierto. 

Este dulce lirio despeinado, gran fuente de alimento de la fauna en torno a él y de pueblos originales como irritilas, tobosos y kikapús, tarda en madurar entre 12 y 18 años. Es la única materia prima que tiene la bebida del mismo nombre: ¡el sotolito!, recetado para los cólicos y dolores de panza; incluso me han dicho que sirve pa’ la diabetes. 

¿Por qué se habla tan mal del sotol?, incluso en el norte; la mayoría ni cuenta nos damos del bebidón que tenemos tan cerca. Siempre es nuestro vecino de arriba el adelantado en el "redescubrimiento” de los destilados, estando casi siempre más actualizado en gustos históricos de México que la mayoría de quienes consumen bebidas originarias. Estados Unidos lleva otra vez la delantera en el consumo del sotol y está en vías de convertirlo en el licor de moda dentro de unos años. 

Si bien al mezcal le ha ido atrozmente con campañas de difamación desde épocas del virreinato, al sotol le ha ido peor. Comentarios como que al sotol se le pone excremento de vaca para su fermentación, o incluso el hecho de llamarlo huachicol, son prejuicios que aún rondan en la psique colectiva y que en pleno siglo XXI se siguen escuchando contra el hijo pródigo de los destilados mexicanos.

La reivindicación de esta chulada de trago del desierto se ve que viene a paso lento, pero tampoco es que quienes bebemos sotol traigamos tanta prisa para presenciarla. Saboreándome uno de Mezquital, Durango, entro en el mood del polvadero, las botas, el sol y el calor que se avienta uno acá.

¡Salud!

Mezcal rarámuri

Aquéllos de los pies ligeros, quienes por siglos han resistido a conquistadores, misioneros, revolucionarios y capos, quienes ante cualquier imprevisto corren a lo alto de sus montañas y desaparecen en senderos que parecen venas comunicantes de montes, valles y montañas a todo lo largo de la Sierra Madre Occidental.

Rarámuris indomables cuya principal fuente de alimento, si bien es sabido, es el maíz, utilizado para hacer pinole y su bebida ritualística, el tesgüino. Aún hay pueblos chihuahenses como Cerocahui, Santa Rita, Guachochi, Bacajipare, Monachi, donde persiste el legado mezcalero indígena del Noroeste.

Acostumbrados a caminar unos 40 kilómetros diarios entre montañas para realizar sus quehaceres, recolectar agua, víveres, visitar familiares, vender artesanía, al igual que su costumbre de migrar entre la Sierra Alta y la Sierra Baja, su manera de producir su mezcal es enteramente nómada, a la antigüita. 

En esta región era altamente penado el uso y producción de bebidas alcohólicas de tradición, por lo que muchas familias, rarámuris y no rarámuris, tuvieron que esconderse en las montañas, entre árboles y piedras, para ahí realizar desde la cocción en pequeños hornos cónicos de tierra; fermentar en hoyos de piedra, cubetas y pieles de animales.

La destilación muchas veces es realizada en tambos de fierro, que no por ello el producto es menos agradable al gusto. 

En la actualidad esta tradición sobrevive y estos micro lotes de 80 litros o menos de mezcal y sotol (o cereque, como le dicen) usualmente se les vende a pequeñas tiendas turísticas y a otros productores de mezcal con marcas registradas.

Si alguna vez recorres la Sierra rarámuri, busca en estas pequeñas tiendas estos destilados con legado prehispánico.

¡Salud!