No hay que esperar a que sea demasiado tarde 

La extinción de una especie es una tragedia silenciosa que, aunque inevitable para algunas, suele ser prevenible en muchas otras. Sin embargo, cuando se cruzan ciertos límites y el daño se vuelve irreversible, las consecuencias son tan profundas que nos obligan a reflexionar sobre el precio de nuestra indiferencia y la fragilidad de la vida en el planeta. 

Cuando una especie desaparece, no se trata solo de la desaparición de un animal o planta en particular, sino de un ecosistema entero que se ve alterado. La desaparición de una especie puede desencadenar un efecto en cadena que afecte a otras, alterando desde la flora hasta las condiciones climáticas de una región entera. 

Lo peor de todo es que, cuando ya se ha llegado a ese punto, los esfuerzos por salvar a una especie se convierten en intentos desesperados y muchas veces insuficientes. La situación de especies en peligro de extinción muestra la cruda realidad: la combinación de pérdida de hábitat, caza furtiva, cambio climático, entre otras amenazas. Para algunas especies, el tiempo se ha agotado, y las probabilidades de supervivencia son tan bajas que su conservación parece un sueño lejano. 

La ciencia y la tecnología han avanzado lo suficiente como para permitirnos intentar salvar especies. Sin embargo, la realidad es que los esfuerzos, el apoyo o el financiamiento suelen llegar demasiado tarde, cuando la especie ya está al borde del colapso. A menudo, los daños causados por la intervención humana en la naturaleza no pueden ser reparados a tiempo. Restaurar hábitats destruidos o detener la caza ilegal son tareas complejas y costosas que requieren de una voluntad política global, y esa voluntad, lamentablemente, sigue siendo escasa. 

Quizá lo más doloroso de todo es que las extinciones ya ocurridas nos sirven como recordatorio de nuestra propia posible extinción. Si no cambiamos nuestra relación con la naturaleza, si seguimos priorizando el crecimiento económico sin pensar en sus consecuencias, si no entendemos que nuestra supervivencia está intrínsecamente ligada a la de otras especies, podríamos ser la próxima víctima de este proceso imparable. La extinción de los animales es un espejo de nuestra propia vulnerabilidad: un llamado a la acción, aunque ya sea tarde. 

No obstante, nunca es completamente tarde para cambiar. Si decidimos actuar con urgencia y responsabilidad, podemos mitigar el daño que hemos causado. Tal vez no podamos salvar a todas las especies que están al borde de la extinción, pero sí podemos evitar que más lleguen a ese punto. La lucha por la biodiversidad debe ser nuestra prioridad si realmente deseamos un futuro en el que los animales no solo sean historia, sino una parte vital de nuestra vida cotidiana. 

La lección más grande que nos deja la extinción es simple: no esperemos a que sea demasiado tarde. 

¿Por qué le tenemos miedo a algunos animales?

El miedo que sentimos hacia ciertos animales tiene raíces profundas y complejas, y no es simple cuestión de supervivencia o desconocimiento. Algunos animales en la historia contemporánea se destacan porque los relacionamos con miedos o mensajes negativos.

Unos ejemplos básicos son las serpientes, las arañas, roedores, hasta los murciélagos. A lo largo de los años, se han difundido creencias erróneas que han pintado a estos animales como peligrosos o incluso malignos, cuando en realidad cumplen roles vitales en los ecosistemas.

Que si lo pensamos dichos temores son ilógicos, pero están impulsados por una mezcla de aprendizaje cultural, mensajes compartidos por los medios de comunicación y algunos factores psicológicos. 

Dichos miedos no son innatos. Aprendemos a temer a los animales a través de experiencias directas y del aprendizaje cultural. El desconocimiento es uno de los principales factores que alimenta los miedos. Al no entender bien la biología o el comportamiento de ciertos animales, es fácil asumir que representan una amenaza constante.

Por ejemplo, se ha propagado la idea de que los murciélagos son portadores de enfermedades y atacan a los humanos, cuando en realidad evitan el contacto con el humano y, en muchos casos, son nuestros mejores aliados al controlar plagas de insectos.

En el caso de las arañas, si bien es cierto que algunas especies son venenosas, la mayoría no representa peligro alguno y prefieren mantenerse alejadas de los humanos. Sin embargo, el miedo irracional persiste porque no se promueve suficiente información que explique su importancia ecológica.

La influencia de los medios de comunicación también juega un papel significativo en el temor hacia ciertos animales.

Películas, noticias y otros medios suelen retratar a especies como las serpientes y las ratas de una manera exagerada y sensacionalista, reforzando la idea de que son peligrosas y agresivas. Esta representación, especialmente en el caso de los documentales o películas de ficción, distorsiona la percepción pública y fomenta un miedo que en realidad no tiene fundamento. 

El miedo a lo desconocido es una reacción natural; solemos tener desconfianza hacia aquello que no conocemos bien. En lugar de acercarnos con curiosidad, el desconocimiento nos lleva a asumir lo peor y a sentir aversión.

Al informarnos sobre el papel de los animales en sus hábitats y cómo contribuyen al equilibrio de la naturaleza, podemos superar esos miedos irracionales y aprender a respetarlos. Los murciélagos, por ejemplo, son vitales para la polinización de plantas de importancia ecológica y económica, así como el control de insectos plaga en la agricultura.

Hay que recordar que los miedos hacia ciertos animales se basan más en mitos y desinformación que en riesgos reales. Al comprender mejor su importancia y el papel que cumplen en la naturaleza, podemos reemplazar el temor con un aprecio más profundo hacia todas las especies que habitan el planeta junto a nosotros.

Conocer para conservar nuestra biodiversidad

La conservación de la biodiversidad es un reto que va más allá de la protección de áreas naturales o especies en peligro de extinción. Requiere de un conocimiento profundo de lo que existe en nuestro entorno, porque solo podemos proteger aquello que entendemos. Este principio es fundamental en la gestión de recursos naturales y de las especies, y aún más en el caso de aquellas que pasan desapercibidas, como los murciélagos, las aves nocturnas, o las pequeñas especies que olvidamos que existen.

En México, uno de los países más biodiversos del mundo, tenemos la responsabilidad de ser conscientes de la riqueza natural que nos rodea. Contamos con una gran cantidad de especies que, a pesar de su importancia ecológica, muchas veces son poco conocidas por la población general e incluso por las autoridades encargadas de su protección. Este desconocimiento nos deja en una posición vulnerable ante fenómenos como el cambio climático, la pérdida de hábitat, o las enfermedades emergentes, que pueden llevar a la extinción de especies sin que siquiera nos demos cuenta.

Un ejemplo claro es el de los murciélagos, que a menudo son temidos y malentendidos, pero que cumplen roles cruciales en los ecosistemas. Existen especies que son polinizadores, dispersores de semillas, y controladores de plagas agrícolas. Sin embargo, su población está amenazada por la deforestación, la contaminación y enfermedades como el Síndrome de la Nariz Blanca, que ha devastado a poblaciones completas de murciélagos en Norteamérica.

La importancia de la investigación científica y la educación ambiental radica precisamente en eso: conocer para conservar. Cuando entendemos el papel que cada especie juega en el ecosistema, podemos tomar decisiones informadas para protegerla. La participación de las comunidades locales, investigadores, organizaciones no gubernamentales, las autoridades y la sociedad civil son clave para promover una conciencia colectiva sobre la importancia de preservar lo que tenemos.

Así, conocer no es solo un proceso intelectual, es un paso esencial hacia la acción. Y en tiempos donde la crisis ambiental es una realidad, el conocimiento se convierte en el primer paso para asegurar que las generaciones futuras puedan disfrutar de la misma biodiversidad que tenemos hoy. Solo conociendo podremos conservar lo que tenemos.

El impresionante fenómeno de migración en animales y sus amenazas

La migración de animales en México es un fenómeno fascinante que refleja la rica biodiversidad y los variados ecosistemas del país. Cada año, miles hasta a veces millones de aves, mariposas, murciélagos, ballenas, entre otras especies, emprenden viajes extraordinarios, buscando climas idóneos, refugio, oportunidades para reproducirse o criar o recursos alimenticios. Este movimiento no solo es crucial para la supervivencia de las especies, sino que también resalta la importancia de México como un corredor biológico vital en América.

La ruta de especies migratorias

México se sitúa en una encrucijada migratoria, donde decenas de aves vuelan miles de kilómetros durante sus travesías. Entre ellas, la mariposa monarca (Danaus plexippus) es quizás la más emblemática, realiza un recorrido de aproximadamente 3,500 kilómetros desde Canadá y Estados Unidos hasta los bosques de oyamel y pino del centro de México. Este viaje no solo es impresionante por su distancia, sino también por la precisión con la que estas mariposas navegan a través de los paisajes para llegar a su destino. Por ejemplo, el istmo de Tehuantepec en Oaxaca es reconocido como uno de los corredores migratorios más importantes del mundo. Durante su trayecto, las aves aprovechan los vientos favorables que les permiten volar largas distancias sin gastar demasiada energía. 

Los beneficios ecológicos

La llegada de especies migratorias como las aves y murciélagos por decir algunos, trae consigo numerosos beneficios ecológicos. Esto es debido a que algunas de estas especies son polinizadoras, insectívoras que nos ayudan a controlar poblaciones de plagas o son dispersores de semillas, contribuyendo a la salud de los ecosistemas donde se establecen temporalmente. Su papel es fundamental para mantener el equilibrio ecológico. Por ejemplo, en Estados Unidos durante el pico de ocupación de una especie del murciélago migratorio guanero (Tadarida brasiliensis), se ha registrado que la abundancia de la plaga del algodón disminuye, ya que los murciélagos se comen la polilla disminuyendo la necesidad de aplicar agroquímicos en los cultivos.

Desafíos y conservación

A pesar de su importancia, las especies migratorias enfrentan múltiples amenazas, incluyendo la pérdida de hábitat, cambio climático, agroquímicos, entre otras. Por ello, es esencial implementar estrategias de conservación que incluyan la protección de los ecosistemas que utilizan durante sus migraciones. A pesar que la migración animal en México es un espectáculo natural impresionante, las especies migratorias y sus ecosistemas enfrentan amenazas para su conservación. Al ser un país clave en las rutas migratorias, México tiene la responsabilidad de proteger estos valiosos recursos naturales. La colaboración entre gobiernos, organizaciones no gubernamentales y ciudadanos es fundamental para garantizar que las futuras generaciones puedan disfrutar del espectáculo que ofrecen estas magníficas criaturas en su travesía anual. La conservación no solo beneficia a las especies migratorias; también protege nuestro entorno natural y promueve un equilibrio ecológico esencial para todos los seres vivos.

La importancia de educar a las infancias sobre el cuidado del planeta y la biodiversidad

En los últimos años, el tema de la conservación ambiental ha cobrado mayor relevancia a nivel global, y la educación ambiental en la niñez se ha convertido en una herramienta esencial para garantizar un futuro sostenible. Las generaciones más jóvenes, que enfrentarán los retos ecológicos más críticos, deben comprender la importancia de cuidar el planeta y preservar su biodiversidad. Esta tarea comienza desde la infancia, pues son los niños y niñas quienes pueden aprender a vivir en armonía con la naturaleza, adoptando actitudes y comportamientos que aseguren la salud del planeta en las próximas décadas.

La infancia es el momento ideal para despertar la curiosidad sobre el mundo natural. Los niños y niñas que crecen en contacto con la biodiversidad desarrollan una mayor conciencia sobre la importancia de protegerla. Actividades como observar aves, plantar árboles o participar en proyectos de conservación local no solo fortalecen el vínculo con la naturaleza, sino que también permiten una comprensión directa de los procesos ecológicos. A través de estas experiencias, las infancias pueden aprender que la vida en el planeta depende de un equilibrio delicado entre las especies y su entorno.

Además de la transmisión de conocimientos científicos, la educación ambiental en la niñez juega un papel clave en la formación de valores. Al enseñarles sobre el impacto que los seres humanos tienen en el medio ambiente, los niños y niñas desarrollan empatía y respeto hacia todas las formas de vida. Aprenden que el bienestar humano está intrínsecamente ligado al bienestar del planeta y que cuidar de la biodiversidad no es solo una opción, sino una responsabilidad compartida.

Educar a las infancias en temas ambientales no solo busca crear conciencia, sino también inspirar la acción. Todos podemos entender el impacto que tiene convertirse en un adulto comprometido con un estilo de vida sostenible. Por ejemplo, al enseñarles sobre el reciclaje, la reducción de residuos, o el consumo responsable de recursos, se les da las herramientas para tomar decisiones informadas y responsables. Además, al involucrarlos en actividades comunitarias, como la limpieza de parques o la protección de especies locales, se fomenta su participación activa en la solución de problemas ambientales.

Finalmente, educar a las infancias sobre el cuidado del planeta no solo es una inversión en el bienestar del entorno natural, sino también en el de las generaciones futuras. Los niños y niñas de hoy serán los encargados de enfrentar desafíos ambientales sin precedentes como el cambio climático, la pérdida de hábitats y la extinción de especies. Dotarlos de conocimientos y habilidades desde una edad temprana les permitirá ser agentes de cambio, comprometidos con la preservación de la biodiversidad y la creación de un mundo más equilibrado y saludable.

Paremos la falsa creencia que los murciélagos son sinónimo de rabia

La rabia es una enfermedad que ha estado rodeada de mitos y desinformación durante siglos, especialmente en lo que respecta a los murciélagos. 

Para empezar, los murciélagos son mamíferos como nosotros y son los únicos de este grupo con la capacidad de volar. Poseen un papel crucial en los ecosistemas, pero a menudo injustamente son culpados de ser los principales vectores de la rabia, lo que ha llevado a temores infundados y a la persecución indiscriminada de estas especies. Por lo cual, es fundamental desmentir estos mitos para proteger tanto a los murciélagos como a las personas.

Uno de los mitos más comunes es que todos los murciélagos son portadores de rabia. Si bien es cierto que los murciélagos pueden contraer y transmitir el virus de la rabia (como una gran cantidad de mamíferos como los perros, gatos, vacas, zorros, etc.), solo un pequeño porcentaje de ellos está realmente infectado. La presencia de la rabia, varía dependiendo de la especie, área geográfica, así como otros factores. Pero, estudios han demostrado que usualmente 0.5 - 1% de los murciélagos en la naturaleza portan el virus. Además, los murciélagos infectados no suelen atacar.

Otro mito es que los murciélagos atacan a los humanos. En realidad, los murciélagos son animales que evitan el contacto con los humanos siempre que sea posible. Los casos de transmisión de rabia de murciélagos a personas son extremadamente raros y, por lo general, ocurren cuando las personas manipulan murciélagos enfermos o muertos sin las precauciones adecuadas. Es decir, la mayoría de las mordeduras de murciélagos, si es que ocurren, son incidentales y no están relacionadas con la rabia.

También se cree erróneamente que los murciélagos son una amenaza significativa para la salud pública. Aunque es vital tomar precauciones, como evitar el contacto directo con murciélagos (y toda fauna silvestre) y vacunar a las mascotas, el riesgo real para los humanos es mínimo. La mayoría de los casos de rabia humana son el resultado de mordeduras de perros y gatos infectados, no de murciélagos. Y no por eso, odiamos a los perros y gatos, ¿verdad?

Es crucial educar al público sobre estos hechos para evitar la matanza y persecución de murciélagos, que son esenciales para el equilibrio de los ecosistemas. Los murciélagos controlan las poblaciones de insectos, polinizan plantas y dispersan semillas, desempeñando un papel indispensable en la naturaleza. Proteger a los murciélagos y comprender que no so sinónimo de rabia no solo es vital para la conservación de estas especies, sino también para mantener la salud de nuestros ecosistemas.

La importancia de los murciélagos en las ciudades

Los murciélagos, son los únicos mamíferos voladores que muchas veces pasan desapercibidos o son malentendidos, juegan un papel crucial en la salud y sostenibilidad de las ciudades. Aunque su presencia en las ciudades puede generar temor o desconfianza, estos animales son nuestros aliados silenciosos en la lucha contra plagas de insectos, la polinización de plantas, y dispersión de algunas semillas, es decir nuestros aliados en el equilibrio de los ecosistemas urbanos.

Una de las principales contribuciones de los murciélagos a las ciudades es su capacidad para controlar poblaciones de insectos. Los murciélagos insectívoros, que constituyen la mayoría de las especies en México, se alimentan de una amplia variedad de insectos nocturnos, incluidos mosquitos, polillas, y escarabajos. Se estima que un solo murciélago puede consumir cientos de insectos en una sola noche. Esta capacidad depredadora ayuda a reducir la necesidad de utilizar pesticidas, lo que es beneficioso tanto para la salud humana como para el medio ambiente.

Al mantener bajo control las poblaciones de insectos, los murciélagos contribuyen a la reducción de enfermedades transmitidas por vectores, como el dengue y el zika.

En algunas otras ciudades donde hay presencia de murciélagos frugívoros y el desarrollo urbano fragmenta los hábitats naturales, estos murciélagos ayudan a mantener la diversidad vegetal al transportar semillas entre parches de vegetación. Este servicio ecosistémico es esencial para la regeneración de espacios verdes urbanos, como parques y jardines, que a su vez proporcionan refugio a otros animales y mejoran la calidad de vida de los residentes humanos.

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La presencia de murciélagos en las ciudades también nos ofrece una oportunidad única para la educación ambiental. A través de la observación y el estudio de estos animales, podemos aprender sobre la importancia de la biodiversidad y cómo cada especie tiene un papel esencial en el funcionamiento de los ecosistemas. Iniciativas como la instalación de refugios para murciélagos o la organización de eventos educativos nocturnos pueden fomentar una mayor apreciación y respeto por estos fascinantes mamíferos.

Es fundamental que cambiemos nuestra percepción de los murciélagos y los reconozcamos como lo que son: guardianes de la salud ambiental urbana. Al proteger a los murciélagos y sus hábitats en las ciudades, no solo estamos asegurando su conservación, sino también nuestro futuro.

La paz mental y los espacios verdes

En un mundo cada vez más acelerado y urbanizado, la búsqueda de paz mental, estabilidad y tranquilidad se ha convertido en una prioridad para muchos. En este contexto, los espacios verdes emergen como oasis de serenidad que ofrecen beneficios invaluables para la salud mental y el bienestar general.

La relación entre el acceso a áreas verdes y la paz mental es un tema que merece atención, especialmente en las grandes ciudades donde el estrés y la ansiedad son comunes. Desde tiempos ancestrales, los seres humanos han encontrado en la naturaleza un refugio para el alma. Los espacios verdes, como parques, jardines y reservas naturales, proporcionan un entorno que contrasta radicalmente con el bullicio y la contaminación de las zonas urbanas. 

Numerosos estudios han demostrado que el acceso a áreas verdes está asociado con una mejor salud mental. Por ejemplo, se ha demostrado que la presencia de árboles, flores y cuerpos de agua tiene un efecto calmante que puede reducir los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Las personas que viven cerca de espacios verdes tienen menos probabilidades de sufrir de ansiedad y depresión. Además, los paseos por la naturaleza pueden mejorar el estado de ánimo, aumentar la capacidad de atención y fomentar una sensación de bienestar general. La estabilidad emocional y la tranquilidad son aspectos esenciales para una vida equilibrada. Los espacios verdes ofrecen un entorno propicio para la meditación y la reflexión, actividades que son fundamentales para mantener la estabilidad mental. 

La conexión con la naturaleza también fomenta un sentido de pertenencia y propósito. Al interactuar con el entorno natural, las personas pueden desarrollar una mayor apreciación por el medio ambiente y una conciencia ecológica. Esta conexión puede ser especialmente poderosa en nuestras infancias, quienes, al jugar y explorar en áreas verdes, desarrollan habilidades sociales y emocionales que son cruciales para su desarrollo.

Sin embargo, es importante destacar que el acceso a áreas verdes no debe ser un privilegio, sino un derecho. Las ciudades deben esforzarse por crear y mantener espacios verdes accesibles para todos sus habitantes, independientemente de su situación socioeconómica. Iniciativas como la creación de parques urbanos, jardines comunitarios y corredores verdes pueden contribuir significativamente a la salud mental de la población.

Los espacios verdes no solo embellecen nuestras ciudades, sino que también son esenciales para nuestro bienestar emocional y psicológico. En un mundo donde el estrés y la ansiedad están en aumento, invertir en la creación y mantenimiento de áreas verdes es una inversión en nuestra salud y felicidad. Al final del día, todos merecemos un lugar donde podamos encontrar paz y reconectar con la naturaleza, de animal a animal.

Más allá de la belleza: que la conservación de las especies no dependa del criterio estético

En un mundo obsesionado con la estética, es fácil caer en la trampa de valorar más a las especies animales consideradas "bonitas" o "carismáticas". Los jaguares, la vaquita marina y los ajolotes suelen acaparar los titulares y los esfuerzos de conservación mexicana, mientras que las especies menos atractivas a simple vista quedan relegadas a un segundo plano. 

Sin embargo, esta perspectiva ignora la importancia fundamental de cada especie en el equilibrio de nuestros ecosistemas, así como su valor intrínseco como especie. Tomemos como ejemplo a los murciélagos. A menudo temido y considerado poco atractivo, este mamífero volador juega un papel crucial en la polinización, dispersión de semillas y el control de insectos plaga en la agricultura. Sin los murciélagos, algunas especies de plantas no podrían reproducirse y algunas poblaciones de insectos aumentarían, afectando la producción del maíz y nuez, por decir algunos ejemplos. 

El criterio estético como base para la conservación es no solo superficial, sino peligrosamente cerrado. Cada especie, independientemente de su apariencia, posee un papel en el ecosistema. Además, la belleza es subjetiva y culturalmente condicionada. 

Lo que una sociedad considera hermoso puede ser irrelevante o incluso no agradable para otra. Basar nuestros esfuerzos de conservación en criterios estéticos arbitrarios es ignorar la complejidad de la vida en nuestro planeta. Es crucial que cambiemos nuestra perspectiva y reconozcamos el valor intrínseco de cada especie, no por su apariencia, sino también por su papel en el funcionamiento de los ecosistemas. Necesitamos educar a las generaciones futuras sobre la importancia de la biodiversidad en su totalidad, no solo de las especies "carismáticas". 

Las personas en la ciencia, gobierno, sociedad civil, como todos los sectores de la sociedad debemos de trabajar juntos para promover una visión más holística de la conservación de las especies. Esto implica destinar recursos y esfuerzos de manera equitativa, basándose en su valor intrínseco, su importancia ecológica y no en la atracción visual. 

En última instancia, la verdadera belleza de la naturaleza reside en su diversidad y en la intrincada red de relaciones que sostienen las especies con toda la vida. Al proteger y valorar a todas las especies por igual, no solo preservamos la biodiversidad, sino que también aseguramos nuestro propio futuro en este planeta compartido.

La sexta extinción masiva y el dilema de la acción individual contra la colectiva

Por M. en C. Nayelli Rivera Villanueva, Investigadora de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Autónoma de Nuevo León

El planeta Tierra ha enfrentado numerosas extinciones masivas desde su inicio. Uno de los criterios para identificar estas extinciones está dado por la desaparición de ¾ de la biodiversidad viva (bacterias, algas, hongos, plantas, insectos, arácnidos, peces, anfibios, reptiles, aves, mamíferos por mencionar algunos) en un intervalo geológicamente corto.

Hoy, sin darnos cuenta y sin hacerlo a propósito, los seres humanos somos los causantes de la Sexta Extinción Masiva. 

Las cinco extinciones masivas, previas a la aparición de los humanos, fueron las del Ordovícico-Silúrico, Devónico-Carbonífero, Pérmico-Triásico, Triásico-Jurásico y del Cretácico-Paleógeno.

¿Cuál es el problema, si la tierra tiene más de 4.5 mil millones de años, hace 3.5 mil millones comenzó la vida y alrededor del 99% de su biodiversidad se ha extinto?

Es cierto: la extinción es un proceso inevitable, sin embargo, actualmente la tasa de extinción rebasa en algunos grupos hasta 10 mil veces a la tasa natural.

Las razones antropogénicas, es decir, aquellas en las que está involucrado el hombre, son numerosas, pero las podemos resumir en cambio climático, contaminación, cambio de uso de suelo, especies exóticas invasoras y sobreexplotación. 

Entonces, la preocupación por la sexta extinción masiva es inevitable y justa. Por tal razón debemos de reflexionar, cuestionar y actuar para evitar, o al menos reducir, la desaparición mundial de la biodiversidad que actualmente poseemos. 

Claro, la acción individual no es la respuesta absoluta, ya que se requiere del apoyo de la industria y gobierno. ¿Cómo llegar a un equilibrio cuando hay administraciones públicas que atribuyen la contaminación a las carnes asadas que preparan los ciudadanos, por cierto enojados por el pésimo sistema de transporte público y, a la vez, imposibilitados de reducir las emisiones de gases que producen el efecto invernadero, emanadas de los vehículos que utilizan?

Las acciones individuales y colectivas son importantes, pero por más cepillos de dientes de bambú y no de plástico que compren los ciudadanos, el problema persistirá porque siguen existiendo industrias que emiten altas cantidades de gases de efecto invernadero y consumen miles de litros de agua por hora.

Es comprensible entonces que haya ciudadanos que puedan percibir un sentimiento de injusticia y creer inútil su esfuerzo. Cada pequeña gran acción se volverá insignificante mientras no exista un cambio sistémico radical.

Si bien hay estudios que demuestran cómo las acciones individuales sirven como modelo de inspiración para cambios mayores, se requiere de un cambio estructural “de pies a cabeza”, migrar a economías bajas en emisiones de carbono y dejar de depender de una economía capitalista que parece que sólo busca individuos adictos al consumismo extremo. Empero, sin dejar de sumar a ese todo el esfuerzo personal a favor de la vida de todos.

Hagamos pues de esta sexta extinción masiva un periodo de acciones individuales y colectivas, ¿no creen?

nayelli.riverav@gmail.com