Futbol e identidad en la Comarca Lagunera

En un trabajo colaborativo entre Red es Poder y Torrente Teatral, se montó Fuera de lugar, una pieza escénica que, inspirada en un reportaje de investigación sobre pagos millonarios del municipio de Torreón y el Gobierno de Coahuila en favor de empresas relacionadas con el Club Santos Laguna, abre la discusión sobre si el futbol es en verdad un elemento que dota de identidad a la Comarca Lagunera. 

Al ser una región joven, en comparación con otras plazas de la República que tienen futbol profesional, los laguneros se han aferrado a pequeños elementos que dan valor moral y social a su psique regional, a sus costumbres y tradiciones y modismos y vicios y virtudes y defectos. 

De esta manera, brotan variables de relevancia para los laguneros, como los lonches, las gorditas, la lucha libre, la reliquia y, por supuesto, el futbol. 

“No es posible que un equipo dé identidad a una región sólo porque en su nombre lleva la palabra laguna”, dice una de las frases de la pieza. Y es que en Torreón hay barrios enteros dedicados al Santos Laguna, cientos de hogares tienen en sus ornamentos fotografías de jugadores históricos del club logrando una hazaña, como el gol en fuera de lugar de Jared Borgetti en la final de 1996 contra el Necaxa. En Torreón y en La Laguna un mal momento del equipo golpea el ánimo de los aficionados, el resquemor no se queda en el estadio ni en las dos horas que se dedican para ver un partido en la televisión; el malestar no es pasajero, se mantiene toda la semana y se agrava si, como en la actualidad, Santos Laguna vive un mal momento.

Hoy, esa identidad “impuesta” por una empresa, en este caso Orlegi y Club Santos Laguna, está dolida, está molesta con un modelo que pondera la venta al por mayor de futbolistas a costa del bienestar y la estabilidad deportiva de la institución.

De haber sido en otro tiempo un equipo competitivo, con planteles fuertes y con solidez financiera, social y deportiva, Santos Laguna se ha convertido en una especie de miscelánea en la que exponen, a cualquier postor, las piernas y el talento de sus futbolistas.

Hoy es difícil ver a un jugador talentoso echar raíces en La Laguna. Los cañonazos de dinero son seductores. El modelo de gestión deportiva de los dueños ya no está enfocado en ganar campeonatos, sino en engrosar las cuentas bancarias de la institución.

Es tan poderoso el concepto de “identidad” arraigado al Club, que hasta las propias autoridades donan millones de pesos a la causa, perdonan impuestos municipales y estatales y permiten, con ofensiva intransigencia, que los dueños del equipo se salten normas, evadan responsabilidades sociales y hasta cobren por organizar eventos y actos dotados de falsa filantropía.

Los dueños de Santos Laguna no han entendido que la identidad que rodea al futbol en La Laguna no le pertenece al equipo ni a Orlegi; es de la gente, de la afición y para ellos.

En décadas anteriores eran los Diablos Blancos del Torreón o la Ola Verde o el Laguna. Se jugaba en San Isidro o en el viejo Corona. La gente de barrio era bien recibida en la cancha, en las tribunas; los jugadores tenían más contacto con la afición y la ciudad era una fiesta en día de partido.

Políticos, empresarios y directivos del futbol en México han manchado el valor que tiene el futbol para la sociedad, para los pueblos, para las ciudades. 

La identidad regional, de ninguna manera, debe provenir de una empresa, de la iniciativa privada. La Laguna es más que eso, la afición se merece un equipo que respete los valores de un lugar que, en pocos años, ha sido saqueado y golpeado por la ambición de unos cuantos. La Laguna el futbol y la afición no se lo merecen.

Santos Laguna y la elección presidencial

La torta bajo el brazo de la elección presidencial 

En 2012, año en el que Enrique Peña Nieto fue electo presidente de México, Santos Laguna ganó su cuarto campeonato de liga, frente a los Rayados del Monterrey y con un marcador global de 3 goles por 2. El entrenador era Benjamín Galindo y el equipo tenía figuras como Darwin Quintero, Oswaldo Sánchez y Oribe Peralta.

Seis años más tarde, en el torneo de Clausura 2018, Santos Laguna volvió a campeonar, ahora bajo la tutela del técnico uruguayo Robert Dante Siboldi y frente al Toluca de Hernán Cristante, con un marcador global idéntico al de seis años atrás, 3 goles por 2.

Ese año de 2018, Santos venía de un mal momento deportivo. Truncó el proyecto deportivo de José Manuel De la Torre y resolvió contratando como entrenador interino a su director de fuerzas básicas, Dante Siboldi. 

Después de unos cuantos partidos, el entrenador uruguayo fue refrendado como técnico de la institución y con un juego pragmático, de contragolpe y buena defensa, ganó el sexto título de liga en el Estadio Nemesio Díez de la capital del Estado de México.

Hoy, Santos Laguna vive una crisis deportiva similar a la que precedió a su último campeonato. Pablo Repetto fue despedido y llegó al rescate Ignacio Ambriz, entrenador mexicano que cuenta con un título de liga con el León, una Concacaf con el América y una Copa Mx con el Necaxa.

Ambriz tiende a ser un entrenador que no dura mucho en sus equipos, siendo el León la única excepción, con tres años al frente. Precisamente en el conjunto esmeralda, Ambriz logró su mejor juego de conjunto.

Santos Laguna, en este arranque de campeonato y a expensas de lo que suceda en el encuentro contra los Pumas del fin de semana, apenas suma una victoria, más un empate y cuatro derrotas. El desempeño del equipo ha sido más que malo. La distancia entre la afición y la cancha es gigantesca. Hoy el público ya no llena el estadio. El equipo lagunero vive días oscuros por el agresivo modelo de negocio de sus dueños.

Nacho Ambriz prometió, durante su presentación, que trabajará para devolver al equipo el sello que tenía cuando jugaba en el viejo Estadio Corona, cuando la afición reventaba las tribunas, no dejaba de cantar y se vivía toda una fiesta alrededor del futbol.

El deporte en La Laguna es un elemento identitario y de unión de los laguneros. La juventud de la región hace que los símbolos locales sean representados en una cancha de futbol, o de beisbol o hasta en una duela de baloncesto.

Santos Laguna tiene una deuda enorme con la afición, con la región y hasta con los contribuyentes que, sin saberlo, aportan dinero de sus impuestos para que el club pueda operar con comodidad en la región lagunera.

Nacho Ambriz ya detectó que los aficionados están molestos. La directiva sabe que su credibilidad está en juego. En las manos de la actual plantilla y su cuerpo técnico está hacer honor al patrón que inició en 2012 y continúo en 2018: la torta bajo el brazo de la elección presidencial es un campeonato para Santos Laguna.

La pasión futbolera de Camus

Albert Camus es recordado por describir lo absurda que es la existencia del ser humano, pero en su juventud jugar futbol lo hacía olvidar el hambre y el ambiente hostil que se respiraba en casa. 

Abrazado de la pobreza y de la rispidez de su abuela, en la Argelia que lo vio nacer, Camus encontró en el futbol su primera pasión. Y nunca olvidó sus raíces, incluso ya que se codeaba con la gran intelectualidad francesa.

Biógrafos del filósofo señalan que era un gran delantero; tenía regate, contundencia y visión de juego. En el colegio era la estrella. La relación que tenía con el balón era íntima y parecía inquebrantable. 

Su talento comenzó a llamar la atención, pero a su abuela le enfurecía el hecho de que llegara con sus zapatos hechos trizas. Así, Camus vivió su primer desencuentro familiar a costa de la pelota, pero la pasión no se desvaneció.

Para evitar los regaños de su abuela, el filósofo migró hacia la portería, posición que, coincidentemente, es la más sufrida del futbol (para el arquero solo existen dos opciones, puede ser héroe o villano, una de las dicotomías más dolorosas).

En diciembre de 1930, cuando Camus ya era un prospecto interesante para pasar al profesionalismo, una tos arrebatada comenzó a robarle la salud. Las flemas venían acompañadas de sangre, era una tuberculosis que le dio molestias a lo largo de su existencia.

La salud, su familia y los estudios lo alejaron de su gran pasión. Camus migró a Francia. Terminó sus estudios, incursionó en el teatro, la filosofía y la literatura. Comenzó a ganar fama. Se codeaba con grandes pensadores como Jean Paul Sartre, pero, a diferencia de ellos, Camus nunca fue querido por la intelectualidad francesa, ya fuera izquierda, derecha o centro.

Pese a que logró acariciar la fama y el reconocimiento de cierto sector de la sociedad europea, Camus nunca fue tan feliz como cuando se dedicaba a olvidar su existencia a través de la pelota. Y es que el futbol tiene ese encanto. Es horizontal, sitúa en paridad de condiciones a grupos marginados con privilegiados.

Camus murió un 4 de enero de 1960 en un accidente automovilístico. Su obra sigue impactando a millones de lectores y lectoras de todo el planeta, pero su gran pasión no fueron la literatura, ni el teatro. Su amor más grande fue el futbol (era aficionado al Racing Club de Francia).

No existe mejor definición del portero, la última posición que jugó Albert Camus, que la que escribió Eduardo Galeano en “El Futbol a sol y sombra”:

“¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es el portero: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos.”

Albert Camus no tuvo la culpa de vivir para sufrir. De jugar para evadir. De postrarse ante el inminente pelotazo que siempre añoró hasta el día de su muerte. Quizás, de no haber tenido problemas de salud, el mundo se habría privado de un gran escritor, pero habría ganado a un ser humano más feliz y menos atormentado por la existencia misma. 

El drama del descenso

El descenso es un drama que solamente el futbol regala a su afición. En la mayoría de las ligas profesionales y serias del planeta, al menos un equipo, al final del año, desciende de categoría por ser el peor sembrado o por tener el promedio de puntos más bajo de los últimos años. 

En México estos dramas se vivían todos los veranos. El mismo Santos Laguna fue protagonista de una lucha encarnizada, frente al Querétaro, para salvar la categoría en 2006. Finalmente, gracias a resultados ajenos a los del equipo, la institución se quedó en primera división. La gente festejó como si hubieran ganado un campeonato; todo era felicidad y alivio.

En México, lamentablemente, los dueños de los equipos optaron por desaparecer el ascenso y el descenso. Dicen que lo hicieron para darle solidez deportiva y financiera a la segunda división, también conocida como Liga de Expansión, pero la realidad es que están buscando, como sucede con la riqueza del país, concentrar el negocio en pocas manos.

En fin, el caso es que hay descensos deportivos que marcan, que hieren y que dejan una herida imborrable en aficiones y regiones completas.

Recuerdo el descenso a segunda división del River Plate de Argentina, el equipo más ganador de aquel país. Necesitaban ganar, en la promoción, al Belgrano de Córdoba. En el equipo había figuras que después hicieron carrera en México, tales como Matías Almeyda, Mariano Pavone o el mismo Rogelio Funes Mori. 

El River perdió el partido. La mitad de Argentina cayó en llanto. Hubo violencia, desorden social, conmoción colectiva. El futbol trascendió a las calles. La mala gestión de una institución deportiva llevó al quebranto emocional a millones de personas. El descenso fue un drama aún inexplicable.

Hace unos días el legendario Santos de Brasil, aquel equipo de Pelé y Garrincha y Neymar, descendió a la segunda B. Cayó, en casa, frente al modesto Fortaleza. El partido terminó 2 goles a 1. El delantero del Santos FC es Julio César Furch, ex figura del Santos Laguna. En el once inicial también figuró el venezolano Yeferson Soteldo, quien tuvo un paso mediocre y triste por los Tigres.

En las tribunas llovían lágrimas de desolación. La afición se persignaba una y otra vez, como si a Dios le interesara lo que pasa en un rectángulo con 22 hombres pateando una pelota. El equipo más emblemático de Brasil se fue a segunda división; perdió el honor y el orgullo de nunca haber bajado de categoría. 

Y es que el futbol no solo es deporte ni entretenimiento, ni pan, ni circo. Es un juego que une masas, que identifica a regiones, que trasciende fronteras, que divide opiniones y genera abrazos entre los más grandes enemigos.

Más allá de un negocio y de los intereses políticos y empresariales que le rodean, el descenso del Santos de Brasil y el dolor que dejó en sus aficionados dibujan, de manera quirúrgica, la relevancia que tiene el deporte para el pueblo latinoamericano. 

Es gracias al futbol que se replican las caídas de grandes emporios, como si se tratara de una narración histórica. Así como de desplomaron el Imperio Romano o la dictadura franquista o el régimen militar en Chile y en Argentina y en Paraguay, también los más grandes pierden y se sumergen a través de toboganes asfixiantes, densos y profundos.

Ojalá regresen el ascenso y el descenso en el futbol mexicano. Al menos esa lucha le hacía recordar a la afición que la competencia estaba viva, le hacía entender que la pasión colectiva es un valor que el futbol puede regalar.

Liga MX: el campeonato más absurdo del mundo

La Liga MX es el campeonato más absurdo del mundo, o al menos de occidente. El sistema de competencia no premia la regularidad, ni al mejor equipo durante 17 fechas. Abre el abanico para todos, como si se tratara de un reparto programado y anticipado del pastel, para que todos los dueños estén contentos.

Alexis Martín-Tamayo, periodista deportivo español, especialista en estadísticas, mostró su indignación en redes sociales por el sistema de la liga mexicana que premia a los equipos que no tienen actuaciones regulares durante la etapa de clasificación del torneo.

Para Martín-Tamayo, el hecho de que equipos que terminaron 15 o 20 puntos abajo del líder de la competencia tengan posibilidades reales de campeonar es insólito, inexplicable y ofensivo para el deporte.

Es que, en México, por el sistema de playoff, también conocido como liguilla, los líderes del torneo regular no son campeones con la misma frecuencia que otros equipos que terminan en posiciones inferiores. En la Liga MX han logrado levantar el trofeo equipos que terminaron en octavo o hasta noveno lugar, como fue el caso de Pumas en 2004, o el mismo Santos de Pedro Caixinha, que en 2015 se coló en la liguilla de panzazo y logró, gracias a una buena racha, vencer en la final al Querétaro de Ronaldinho.

¿Por qué procurar que cualquier equipo pueda ser campeón?

El comité de dueños de los 18 equipos de la Liga MX está conformado, en su mayoría, por grupos empresariales transnacionales que utilizan al futbol como un instrumento político y social para adquirir poder. 

Ricardo Salinas Pliego, presidente del Consejo de Administración de Grupo Salinas, tiene influencia en, al menos, cuatro equipos como accionista: Santos Laguna, Atlas, Puebla y Mazatlán. Jorge Hank, dueño de la casa de apuestas Grupo Caliente, patrocina a toda la liga y a sus equipos y además es dueño de los Xolos de Tijuana y del Club Querétaro. Grupo Pachuca, de Jesús Martínez, es dueño del Club Pachuca y del León. Femsa, el grupo de tiendas de autoservicio más grande del país, es dueño de Monterrey. Y Cemex, la segunda cementera más grande del mundo, administra a los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León.

También destacan otros dueños como Emilio Azcárraga, propietario del América, de la misma Federación Mexicana de Futbol y de la Selección Mexicana, y Miguel Ángel Gil, empresario español, dueño del Atlético de Madrid, en España y del Atlético de San Luis, en México.

El resto de la lista de dueños está conformada por Amaury Vergara, propietario de Omnilife, empresa dedicada a la venta de suplementos alimenticios, con presencia en 80 países alrededor del planeta, Nemesio Díez, propietario del Toluca y ex socio accionista de Grupo Modelo, entre otros equipos.

Así, cada uno de estos dueños velan por los intereses de sus inversiones a través de la construcción de un sistema de competencia que avale la mediocridad, la toma de decisiones que no velan por los intereses del deporte, de los futbolistas y de la infraestructura de equipos de divisiones inferiores.

Todo lo que se decide y reglamenta está pensado en el corto plazo, en el dinero fácil y en fincar relaciones políticas y económicas con gobiernos de los estados y municipios para que algunos equipos operen con recursos públicos.

El comité de dueños también es conocido como el “club de toby”, un grupo inaccesible de personas poderosas que, con sus decisiones, le han restado competitividad, alcance y desarrollo al futbol mexicano.

La Liga MX lucra indiscriminadamente con los aficionados. Los trata como juguetes, no como clientes a los que debe ofrecerles un buen producto. Los estadios cada día registran peores entradas y las transmisiones televisivas están concentradas en servicios privados; es decir, se está alejando el producto de las personas que tienen menos recursos.

El deporte popular por excelencia se está convirtiendo en un lujo, en un hobby elitista. No es extraño ver cómo los niños y los nuevos aficionados al deporte están más concentrados en el futbol internacional, ya no tienen ídolos mexicanos, ya no se compran la playera del equipo de su localidad, sino la de una organización española, inglesa, italiana o de cualquier otra parte del mundo.

La Liga MX vive una de sus peores crisis. Los operadores del fútbol mexicano son personajes de dudosa procedencia, como Mikel Arriola, presidente de la liga y ex director del Instituto Mexicano del Seguro Social durante la administración de Enrique Peña Nieto. 

Casualmente, la sede de la Federación Mexicana de Futbol está en Toluca, ciudad base de quien fue, en su momento, el político más importante de México.

La credibilidad del futbol mexicano está en riesgo. Muchas personas empiezan a dudar de la honestidad de nuestro juego. El negocio, como siempre, pasa por encima del deporte y de los intereses del valor más importante de la industria: la afición.

Resistencia y talento: la hazaña ignorada en los Juegos Panamericanos de Santiago 2023

México hizo historia en los juegos Panamericanos de Santiago 2023. La delegación nacional impuso récord de medallas de oro. Se ubicaron como la tercera potencia deportiva del continente, pero los medios ignoraron la hazaña.

Ni Televisa, ni Imagen Televisión, ni TV Azteca destinaron recursos para adquirir derechos y transmitir los logros deportivos de una delegación que llegó a Santiago con más dudas que certezas y con recortes presupuestales por parte de la Comisión Nacional del Deporte a cargo de Ana Gabriela Guevara, quizás una de las más polémicas y polarizadas administraciones de la historia contemporánea.

Los canales de televisión de paga, tales como ESPN, Fox Sports y TVC Deportes, tampoco asumieron el riesgo de transmitir la competencia previa a los Juegos Olímpicos, los cuales se llevarán a cabo el año que entra en París.

Las y los deportistas fueron invisibilizados por intereses comerciales. Medallas de oro inéditas como las conseguidas por la selección femenil de futbol o por el equipo de natación artística no recibieron el reconocimiento suficiente. 

El saldo final fue de 52 oros, 38 platas y 52 bronces, para un total de 142 preseas, quedando México en el tercer lugar en el medallero panamericano, un logro que nunca había alcanzado. El segundo registro más alto había sido como local, en los Juegos Panamericanos de Guadalajara en 2011, cuando la delegación mexicana se posicionó en el cuarto lugar del medallero, con 42 oros, 41 platas y 50 bronces.

Este logro no es mérito de las autoridades, ni del presidente López Obrador, ni del Comité Olímpico Mexicano, ni de Ana Gabriela Guevara, comisionada nacional del deporte. La hazaña fue conseguida, única y exclusivamente, por la resistencia y el talento de las y los deportistas que, en muchas ocasiones, pusieron dinero de su bolsa para poder viajar, para concentrarse y hasta para pagar entrenadores.

Un ejemplo ideal es lo que viven las personas afiliadas a la Federación Mexicana de Natación. La organización, presidida por Kiril Todorov, fue desconocida por la CONADE y por la propia Federación Internacional de Natación, por no justificar gastos, en primer lugar, y por desistir en la organización del campeonato mundial, en el secundo caso.

Así, nadadores, nadadoras y clavadistas no recibieron recursos por parte del Gobierno Mexicano para entrenar, viajar y concentrarse. Para Ana Guevara, abrir las puertas del Centro de Alto Rendimiento era apoyo suficiente para las y los competidores. 

En sus redes sociales, el presidente López Obrador felicitó a la delegación mexicana por el logro conseguido, sin embargo, muchos de los atletas ganadores no recibieron el respaldo suficiente de las instituciones públicas. 

Yahel Ocampo, clavidista mexicano, tuvo que rifar su auto para poder pagar sus viajes durante el proceso de entrenamiento. Las competidoras de natación artística se quedaron varadas en Europa por recortes presupuestales. El deporte mexicano es un caos; el talento está en los barrios, en las calles, en los gimnasios, pero la flaqueza institucional no permite que éste emerja con frecuencia y de manera sistemática.

Como siempre, el gran resultado de la delegación mexicana en los Juegos Panamericanos de Santiago 2023 está íntimamente vinculado con el mérito propio, no con la estructura organizacional e institucional del gobierno.

Las grandes potencias mundiales construyen, a través del deporte, un vehículo para promover el desarrollo personal, social y profesional. En México, lamentablemente, hasta que no llegan los patrocinios y las hazañas individuales o de equipo, a las y los atletas se les ignora institucional y mediáticamente.

Que lo sucedido en Santiago sirva como lección para que iniciativa privada y gobierno se unan en la promoción al deporte mexicano. El talento está al alcance de sus manos y las ganas de triunfar por parte de las y los deportistas son infinitas.

La censura detrás del futbol organizado

El conflicto civil y militar entre Israel y Palestina es una muestra de que la FIFA, el máximo órgano rector del futbol, no es una institución preocupada por la paz mundial ni por fijar posturas que fomenten la convivencia sana entre distintas ideologías y pensamientos políticos, sociales y religiosos.

El futbol, como el deporte más popular del mundo, tiene la fuerza y el arrastre para fungir como una actividad que promueva la paz y la igualdad en todo el planeta. La FIFA, por ejemplo, tiene más países afiliados que la propia Organización de las Naciones Unidas; es un monstruo que influye en decisiones políticas y sociales a través de la organización de campeonatos en diversas sedes del planeta. 

Las confederaciones agregadas a la FIFA y que dividen al futbol organizado por regiones, tampoco han fijado postura que alienten la paz sin tomar en cuenta la ideología del lugar o país que esté en medio de un conflicto bélico.

El pasado miércoles, la directiva del Celtic, equipo escocés que está participando en la UEFA Champions League, solicitó a un sector de su afición que no llevara banderas de Palestina a las tribunas para evitar sanciones de la FIFA y de la propia organización europea de futbol.

Sin hacer caso, un sector de la grada comenzó a ondear banderas de Palestina para exigir un freno al genocidio del que está siendo víctima su población. 

En la guerra no hay buenos ni malos. Al final los daños colaterales representan la muerte de civiles inocentes que pagan las consecuencias por las diferencias políticas, ideológicas, culturales, religiosas y territoriales que tienen las autoridades y los dueños del capital económico.

Seguramente el Celtic de Escocia será objeto de una sanción económica por parte de la UEFA. La libertad de expresión en el futbol no existe. Está prohibido hacer manifestaciones políticas, celebrar con imágenes religiosas e incluso criticar, públicamente, los manejos corruptos que se dan al interior de la industria.

Ejemplos sobran de cómo la industria del futbol se siente incómoda cuando se ejercen puntos de vista disruptivos en torno a situaciones que afectan más a occidente que a oriente.

Por el conflicto entre Rusia y Ucrania, la FIFA vetó de cualquier competencia a los equipos rusos, sin embargo, a Ucrania le tendió un lazo para que, en sedes alternas, puedan seguir llevando a cabo sus actividades deportivas.

Como si fuera un brazo de la OTAN o de las grandes potencias occidentales, la FIFA y la UEFA juegan a favor de los mismos de siempre. No promueven la paz mundial sin importar los intereses geopolíticos. Van, como sabuesos, en busca del dinero y del capital social que otorga el futbol gracias a que es el deporte más consumido y practicado del planeta.

Jugadores que se han manifestado contra el genocidio del pueblo Palestino han sido condenados y criticados hasta por sus propios clubes. Tal es el caso del futbolista marroquí Noussair Mazraoui, del Bayern Múnich de Alemania, quien fue hostigado mediáticamente por periodistas y un sector de la afición del equipo por haberse pronunciado en contra del Estado de Israel y en favor de las víctimas palestinas.

Repito, no se trata de buenos y malos. El pueblo israelí no es responsable de las decisiones que toma su primer ministro y el pueblo palestino tampoco obligó a Hamas a organizar una defensa violenta en contra de la presión territorial impuesta por Occidente a través del mismo Estado de Israel.

El deporte organizado debe ser una herramienta para cohesionar a la sociedad. Para unir dentro de las diferencias. No se trata solamente de una industria enfocada al entretenimiento; el futbol traza identidad, disputas, diferencias y fricciones que se resuelven en la cancha y que, en teoría, deberían alimentar la idea de que se puede convivir siendo y pensando totalmente diferente.

La postura de la FIFA, UEFA y el resto de las confederaciones que dibujan el organigrama del futbol en el planeta es laxa, parcial y sumamente mediocre.

En las manos de la afición, como los ultras del Celtic de Escocia, está la oportunidad de visibilizar los problemas que se viven a diario en el planeta y que el futbol, como aparador, puede expandir a prácticamente cualquier rincón del mundo.

Totti: el heredero de Rómulo y Remo

En la barriga de su madre aprendió a patear, a imprimir fuerza en las piernas con un sentido. Nació en 1976 en Roma, sede del imperio más poderoso del que se tenga memoria. Sus padres le llamaron Francesco y fue registrado con Totti como apellido. Él sólo era un bebé sin consciencia, pero el destino estaba escrito; Rómulo y Remo habían elegido a su hijo pródigo.

Sus padres le fomentaron el amor por la Roma, el equipo de la capital. Cada domingo asistían al Estadio Olímpico, la famosa Curva. Donde los ultras lanzan cánticos en favor de Roma, el equipo, y Roma, la ciudad.

Así, comenzó a jugar futbol desde pequeño. A los trece años llamó la atención de los visores del AC Milan, pero su madre no permitió que se fuera de casa. 

Debutó a los 17 años. Su talento llamó la atención desde que era un lánguido joven con cierta habilidad en las piernas. 

Pasó el tiempo y Totti se convirtió en figura, en “ill capitano giallorossi”. Encabezó un equipo de ensueño en la temporada 2000-2001, bajo la tutela de Fabio Capello y junto a grandes jugadores como Cafú, Emerson, Tomassi y Batistuta. 

Después de una temporada en la que el equipo lideró de punta a punta, la Roma ganó el scudetto tras 18 años de sequía. Totti se erigió como el heredero de Rómulo y Remo, comenzó a trazar su camino a leyenda. Era un dios romano más.

Como pasa en la industria del fútbol, llegó una propuesta de ensueño. El Real Madrid, equipo de los galácticos, lanzó una oferta irresistible; contrato millonario a largo plazo, aspiraciones deportivas superiores a las de Roma y garantías de asegurar el futuro económico de él y su familia. 

Totti habló con su familia. La decisión no era sencilla, al final de cuentas Roma era su origen, su hogar y su pueblo. Finalmente, tras días de incertidumbre, decidió rechazar la propuesta. Optó por continuar como líder moral y deportivo de su equipo. Fortaleció su imagen de leyenda y símbolo inquebrantable de una ciudad hambrienta de ídolos.

Totti: la lealtad a la tierra y la camiseta

Francesco Totti jugó 25 años para la Roma. Se retiró en 2017. Se erigió como el segundo máximo goleador en la historia de la liga italiana y el primero en la historia de la Roma. Ganó una copa del mundo con Italia en 2006. 

“Cuando un equipo muy exitoso, probablemente el más fuerte del mundo, se interesa por ti, empiezas a pensar cómo sería la vida allí. La charla que tuve con mi familia me recordó de qué va la vida. Tu hogar lo es todo”, dijo Totti en sus últimas palabras como futbolista profesional.

Hoy Francesco vive en Roma con su familia. Forma parte de la directiva del equipo, pero más como una figura moral que operativa. En todos los partidos de local del equipo se le ve en el palco, con el semblante serio y su mirada de francotirador.

El eterno capitán del equipo es el embajador de Roma en el mundo. En octubre fue homenajeado en el Salón de la Fama del Futbol en Pachuca, Hidalgo. Con lágrimas contenidas, Totti agradeció el detalle con un escueto discurso y es que Francesco es un hombre de pocas palabras, que hablaba en la cancha, que se ponía el brazalete de capitán y daba todo por sus compañeros, por la institución y por la ciudad que lo vio nacer y que seguramente lo verá morir.

El Santos y nuestra hambre de ídolos

Santos Laguna está viviendo una crisis deportiva y de identidad que va en ascenso. El distanciamiento entre la afición y la institución se ve reflejado en la tribuna. El partido contra Tijuana apenas congregó a 7 mil personas, es decir, una cuarta parte del aforo del Estadio Corona. Los resultados, la mala calidad de los jugadores y las malas decisiones de la directiva son factores predominantes.

Y entre todas las carencias y las malas decisiones, subyace un problema crónico que se está agudizando con el paso de los años: la falta de ídolos.

El modelo de negocio de Santos Laguna se afianzó con la compra y venta de jugadores. Los ingresos millonarios en ventas de futbolistas como Matías Vuoso, Oribe Peralta, Christian Benítez, Darwin Quintero, Agustín Marchesín, Jorge Sánchez y Fernando Gorriarán, entre otros, ha resultado un ingreso imprescindible para garantizar la operación de la institución. Los jugadores que ya eran ídolos o que estaban en ese camino fueron enviados a otros equipos a cambio de millones de dólares. Así, cada año, el equipo vende a su figura, evita que ésta se identifique con la región y trunca el sueño de ver a un jugador que lleve la camiseta verdiblanca tatuada en la piel.

Hambre de ídolos, eso vi en el partido entre Santos Laguna y Tijuana, que, finalmente, ganó el equipo local de manera agónica. 

Este encuentro fue el escenario de debut de “Polito” Holguín, joven arquero que lleva procesos interesantes en selecciones juveniles y que salió al “quite” por las malas participaciones del titular temporal, Gibrán Manuel Lajud.

Holguín, contra todo pronóstico, fue aplaudido desde el minuto uno. La afición está buscando a un jugador que genere sinergia, que finque un romance eterno entre cancha y tribuna.

Justo antes de terminar el partido, Holguín, producto de los nervios, cometió una pifia y provocó un tiro de esquina innecesario. Al final, la jugada terminó en un penal, mismo que fue sancionado gracias a la intervención del VAR (Video Assistant Referee). 

El estadio se enmudeció. El técnico, Pablo Repetto, y los jugadores suplentes se postraron en la orilla de la línea de banda; se tomaban la cabeza, friccionaban sus manos, respiraban una y otra vez. Presentían que el partido se les iba de las manos. Preveían sendos abucheos por no poder vencer a un equipo malo como Tijuana.

Los jugadores se acomodaron en el borde del área. El jugador argentino, Luis “Chiqui” Rodríguez, era el encargado de cobrar el penal. Colocó la pelota en el manchón y dio tres o cuatro pasos hacia atrás. Respiró, comenzó a trotar lentamente hacia el balón y disparó hacia el lado derecho del portero. ¿El resultado?, Polito Holguín detuvo el penal, rechazó hacia la derecha. 

El estadio se volcó en aplausos en favor del juvenil mexicano. De posible villano se convirtió en héroe. Debutó con estrella, generó una leve esperanza de identidad. 

El hambre de ídolos es brutal. La afición añora a un jugador que ame la camiseta, que juegue por amor a la pelota, por trascender, por hacer historia.

Hoy Santos Laguna, posiblemente, sólo tiene un jugador que pudiera llegar a cumplir con los requisitos para convertirse en ídolo: Carlos Acevedo. Sin embargo, el arquero de 27 años lleva todo el torneo lesionado y no ha sido campeón como titular del equipo. 

El futuro es previsible: en caso de que Polo Holguín se consolide, Carlos Acevedo, el siguiente torneo o el próximo, saldrá del equipo. Es el activo más importante del club, el más caro y con más proyección.

Santos seguirá vendiendo jugadores como en mercería. El hambre de ídolos seguirá creciendo.

Más allá de un partido: rivalidades e ideologías en el futbol

Millones de aficionados al futbol disfrutan y sufren y lloran por las emociones que genera un partido. El drama se termina cuando el árbitro da el silbatazo final. Todos y todas se van a sus casas y regresan a sus rutinas habituales. Para ellos y ellas, “la afición sana” (por adjetivar a este número inmenso de personas), el futbol se queda en un partido, en un espectáculo para entretenerse un par de horas.

Con este texto no quiero hacer énfasis ni exaltar a los aficionados que ven al futbol como un detonante de violencia, segregación y racismo. La idea es recordar que, al ser un deporte tan popular y que se comenzó a jugar de manera organizada pocos años después del fin de la revolución industrial, se han construido rivalidades que llevan al deporte ideologías, banderas políticas y marcadas diferencias sociales.

Las rivalidades que van más allá del futbol

En el futbol internacional existen añejas rivalidades que se gestaron entre barrios, fábricas y grupos políticos con ideas diametralmente opuestas.

En Europa, particularmente, hay ejemplos de cómo el deporte es una excusa para representar batallas entre personas que piensan distinto y viven realidades contrastantes.

El primer caso que quiero ejemplificar es el de Celtic y Rangers, en Escocia. 

The old firm, como se les conoce a los enfrentamientos entre ambos equipos escoceses, es una rivalidad que presenta diferencias entre católicos (Celtic) y protestantes (Rangers), también a nacionalistas irlandeses, contra unionistas (personas afines al Reino Unido). Al mismo tiempo, también se forjan grupos antagónicos entre republicanos y monárquicos, entre las clases trabajadoras y las burguesas.

En Escocia, un enfrentamiento entre Celtic y Rangers, equipos más ganadores de su liga, es una oportunidad para demostrar el músculo y el empuje de ideologías, creencias y situaciones sociales antónimas, totalmente opuestas. Los de verde, el Celtic, defensores del IRA, del catolicismo y de las clases sociales bajas, son el enemigo número de los Rangers, los de azul marino, los miembros del Reino Unido, defensores del protestantismo y dueños del capital de trabajo. 

Que el Celtic le gane un partido a Rangers es una representación de que, en equipo, los pobres le pueden ganar a los ricos. Por el contrario, si Rangers sale vencedor, es una representación de que el protestantismo y la monarquía británica siguen sometiendo a los irlandeses de fe católica más fundamentalistas del mundo.

Un segundo ejemplo es el “Derby della Capitale”, protagonizado por la Lazio y la Roma, los equipos de la capital italiana, del epicentro del imperio más poderoso de la historia.

Roma, al ser uno de los centros financieros, culturales e históricos más importantes del mundo, siempre es un caos. El tráfico es desquiciante y el ruido en las calles sobrepasa cualquier norma ambiental. Sin embargo, dos veces al año, la ciudad se paraliza. Los partidos, en el Olímpico de Roma, entre la Lazio y el equipo que llevaba en su escudo a Rómulo y Remo vacían las calles, aportan 90 minutos de silencio a una ciudad que vive, respira y transpira caos y desorden.

En 1927, Benito Mussolini se propuso crear a un equipo unificado en Roma para desafiar y enfrentar a los grandes equipos del norte de Italia, tales como el AC Milan, Inter y Juventus. Así, nació la Associazione Sportiva Roma, formada por varios clubes de la ciudad. 

Tras el anuncio y la invitación a los mejores equipos y jugadores de Roma, hubo una institución que no quiso aliarse, que decidió jugar por su cuenta, la Lazio y todo fue gracias a la influencia del general fascista Giorgio Vaccaro.

Desde aquel momento, Roma se dividió en dos. Los duelos, actualmente, representan un enfrentamiento político. Los giallorossi, es decir, la afición de la Roma, se identifica con la clase trabajadora, mientras que la Lazio, que juegan de celeste y portan en su escudo un águila, van ligados a la clase alta, a la burguesía italiana.

Los ultras de la Lazio, además, se han caracterizado por hacer, desde la tribuna, demostraciones de ultraderecha y neo fascistas. Actualmente, en sus divisiones inferiores, juega el bisnieto de Benito Mussolini, Romano Benito Floriani Mussolini.

Así, en algunas latitudes, el futbol no es solo un juego en el que se enfrentan 11 contra 11 para meter un balón a una portería. A veces, el ganar o perder le da valor a una ideología, a una creencia religiosa y a una eterna batalla de clases que hasta la fecha se representa, de una y mil maneras, en las gradas de cualquier estadio del mundo.