Ella era el jardín

Amaneció, justo el 12 de octubre, fecha señalada en mi libro sobre mis 32 años de relación de pareja con Leticia, quien fue llamada por Dios a su regazo el 3 de diciembre de 2016. Confieso, en el plano de la confidencia, que paulatino me he repuesto a la pérdida. Comparto contigo el umbral de “Ella era el jardín”, publicado por el Instituto Municipal de Cultura y Educación:

"Lo que más duele es la ausencia del ser amado en plenitud durante largos y venturosos años. Eso es lo que más me duele. Ayer, hace más de tres años. Ella ha muerto. Murió conmigo, con nosotros. Era una gris madrugada de diciembre, en el ocaso del otoño, en el umbral del invierno. Yo no quise ver su rostro ausente, su rostro muerto. ¿Por qué? Porque en mí siempre estará viva, hasta el último de mis días.” 

¡Ah!

El taxi por los cuernos

Me pasan anécdotas intempestivas, inverosímiles. Hoy tomé un taxi al tun-tun, como dicen los cubanos, y todo discurría en santa paz, como dice nuestro poeta-cantautor de Rosales, Michoacán. El taxista me inquirió, me dijo “¿y usted a qué se dedica?”. Y le dije “soy escritor”. Y replicó “ah, cañón, ¿de qué escribe?”. Y riposté: “de Toño y Lupe”. Y contragolpeó: “o sea, de nada”. Y reparé: “sipi: cuadernos de todo y nada”. Llegamos a casa y me dijo: “yo soy Aurelio Mora, El Yeyo”. No lo podía creer, pero allí está Dios que lo ve y lo sabe. ¡Ah!

A un políglota con la mente muy bien amueblada

Conocí al sabio gallego Antonio Domínguez Rey en Madrid, gracias a los buenos oficios de Jorge Valdés-Díaz-Vélez, uno de los principales poetas de nuestro país. Hubo en el primer pronto, como dicen los españoles, resonancia afectiva y también intelectual, por supuesto. Es un políglota con la mente muy bien amueblada. Yo le dediqué un poema que está alojado en la página 95 de mi libro El canto de la ceniza.  Ya sé: nos vamos a morir ignorándolo casi todo, pero quiero compartir contigo, con ustedes, el pan y la sal de la poesía, y es éste:

UMBRÍA

Para Antonio Domínguez Rey

Vemos sólo la sombra, lo que existe

detrás de la cortina es invisible,

pero nos llega el mínimo reflejo,

la pella de una letra, la prudente

distancia de lo solo presentido,

y con esa asomada nadería

construimos el mundo, 

tejemos nuestra fe, resucitamos

años que se han dormido para siempre. 

¡Ah!

Un animal agazapado

El derrotero de la vida siempre te lleva a caminos insospechados. Uno, como decía Pío Baroja, siempre es un animal agazapado, una pantera en la selva. ¿Por qué?, porque de las cinco formas de la evanescencia -accidentes, enfermedades, suicidio, homicidio, muerte natural-, uno siempre preferiría la última, pero uno nunca sabe. Tengo para mí que voy a morir dormido, arrullado por los brazos de Dios. No estoy enfermo, pero la vida es un parpadeo. Mis libros no son garante de eternidad, ni de resignación (que es libertad absoluta, según dijo el sabio búho de Bilbao), son garante de fe en el futuro, que por cierto no existe. Cierro con una frase de mi entrañable amigo Eduardo Galeano que no tiene desperdicio: “no se viene al mundo para ganarle a nadie; se viene al mundo para entregarse a los demás” (del cuento Vagamundo). ¡Ah!

La madre matria

Por Gilberto Prado Galán

Ya sé que la expresión es pleonástica, pero a veces los pleonasmos confieren énfasis y colorido a la expresión. Es hora de mudar de la madre patria a la madre matria. ¿Por qué? Porque la mujer en los seres humanos es quien aloja en sus entrañas al ente existencial venidero. Yo perdí a mi padre en 1973 y a mi santa madre en el 2008, de modo que me acostumbré a vivir con ella -con los interregnos de Oaxaca, EUA y Madrid- toda la vida. Ya sé que este artículo será ignorado por quienes toman las decisiones en el gobierno, mas tengo derecho a pronunciar mi verdad con cariño y gratitud hacia las madres de familia. Por eso reitero de modo categórico, ahora que es el mes de la “patria”: ¡viva la madre matria!

Entre el gran satisfactor y la mierda del diablo

Artículo: Entre el gran satisfactor y la mierda del diablo

Por: Gilberto Prado Galán

Durante muchos años he pensado escribir sobre el gran satisfactor: el dinero. Pero de algún modo algo me retiene. Hoy me animé cuando casi cumplo años (20 de septiembre). Soy virgo en todos los sentidos que la palabra convoca.
Ya sé, la definición más atroz del dinero es de nadie menos que el obispo de Hipona, nacido en Tagaste: “El dinero es la mierda del diablo”. También Octavio Paz en su máximo poema dice “el dinero: mierda abstracta”. Yo me quedo a caballo entre los dos polos. Ya ven que la sabiduría popular dice “con dinero baila el perro” y, además, nuestro entrañable José Alfredo Jiménez rezaba “con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero”. También Paz escribió: “más malo que no tener dinero es tener mucho dinero” (de Entre la piedra y la flor). Yo me quedo equidistante. Un tío mío solía decir “a todo el mundo nos hacen falta cien pesos”.
Por todo esto, yo a caballo entre el gran satisfactor y la mierda del diablo. ¡Ah!

Conservo, en un pequeño sobre rojo

Conservo, en un pequeño sobre rojo

Por: Gilberto Prado Galán

Conservo, en un pequeño sobre rojo, siete cartas de puño y letra de nadie menos que Eduardo Galeano. Una de las mentes más avispadas del siglo pasado y, sin duda, uno de los pensadores más lúcidos de nuestro continente. 

Quiero compartir, con todo afecto, una de las siete perlas que enlisto. Lo hago con humildad, palabra que viene de humus, esto es, tierra, porque somos polvo, pero polvo enamorado. Es ésta que tiene como rótulo: Leticia Santos/Gilberto Prado Galán (en este orden): calle Pichincha número 380, Hacienda oriental, 27276, Torreón, Coahuila. Galeano dice oriental por los uruguayos donde debió decir oriente. Da igual:

“Por el generoso artículo de Gilberto sobre mi libro de fútbol/ por los Empeños de Sor Juana y esos ojos que saben verla y quererla/ por las ondas cariñosas de Leticia, que viajan sin perderse, como la luz de aquellas velas que celebraron a Don Luis [se refiere a Luis Cardoza y Aragón].”

Preside la carta un “Gracias mil”.

Son palabras mayores. Ahora respeto el oro molido del silencio.