Las brujas de Monclova. Tercera parte: el final de un caso de la Inquisición en el norte mexicano

Las brujas de Monclova, Coahuila: el final del caso durante la inquisición al norte de México.

El mestizaje, las creencias religiosas o la sociedad paternalista no fueron los verdaderos factores para determinar lo que estaba pasando en Monclova. El factor humano y la soberbia fueron los verdaderos responsables de este caso.

Para finalizar este trío de artículos sobre el caso histórico de las brujas de Monclova, Coahuila, basados en el texto “La caza de brujas en la Nueva España: Monclova, Coahuila, 1748-1753” de Cecilia López Ridaura, es hora de compartirles la resolución de este dramático episodio de la Inquisición en el norte de México, que a final de cuentas tiene todo menos brujería.

Tras todo lo ocasionado entre el pueblo y las autoridades, el Santo Oficio en México decide mandar a dos de sus elementos mejor preparados para esclarecer el caso de las sospechosas por brujería y la incompetencia de las autoridades. Estos serían el comisario fray Hermenegildo Vilaplana y el notario fray Esteban de Salazar.

Además de enviarlo para aclarar la situación en Monclova y evitar una humillación, el Santo Oficio en México le encomienda una misión especial a Fray Hermenegildo Vilaplana: investigar a fondo al notario Juan Ignacio de Castilla y Rioja, una de las autoridades en Monclova, puesto que se sospechaba que su nombramiento había sido otorgado de manera ilícita. 

Todo surgió por una serie de cartas que no tenían lógica. En 1736 las autoridades inquisidoras en México aparentemente recibieron una carta del mismo bachiller de Monclova, Joseph Flores, solicitando un notario y recomendando a Juan Ignacio de Castilla y Rioja para el puesto. Sin embargo, el próximo año reciben otra carta de Joseph Flores, sumándose el cura de la localidad, en la que se quejaba de la incompetencia del notario y exigía a las autoridades inquisidoras explicaciones sobre el nombramiento a una persona tan poco preparada para el puesto. Esto puso en duda la veracidad de la primera carta.

Además, se dice que el mismo notario (recordemos que es parte del comisario del Santo Oficio, con un gran peso en la toma de decisiones de la localidad) también presentaba una serie de comportamientos que lo tachaban de loco y negligente frente a la situación.

Por las referencias de las autoridades en Monclova, se puede deducir que existía una posibilidad de que todo el caso fuera un montaje. Pero más allá de establecerlo de dicha forma, se decidió recibir al mismo notario Castilla y Rioja en la Ciudad de México para entregar las sumarias del caso y fue ahí -tras evidenciar toda la negligencia sobre el asunto- que el Santo Oficio en México decide destituirlo, junto con el bachiller Joseph Flores. 

De vuelta a Monclova, las cosas no les resultaron muy fáciles al nuevo equipo del Santo Oficio. Debían proceder con cierta cautela, ya que los humos en el lugar no se calmaron tras la liberación de las sospechosas y menos considerando que -tras evaluar todo el caso y descubrir que ciertas cosas no eran verdaderas- procedieron con una nueva aprehensión. 

Al final, y resumiendo todo un compendio de nuevos personajes, las aprehendidas fueron Josefa de Yruegas, Rosa Flores, María de Hinojosa y Juana María. El texto describe que el 18 de octubre de 1751 las prisioneras fueron llevadas a las cárceles secretas, en compañía de cuatro soldados y el notario Pedro García de Rivera.

De Josefa de Yruegas solamente sabemos que, según el texto de López Ridaura, “fue sentenciada a destierro perpetuo de la provincia de Coahuila y cincuenta leguas a la redonda, y a pasar un mínimo de cinco años en el Recogimiento de la Magdalena”, que presentó signos de locura, alegando que el demonio estaba bajo su cama y que le salían gusanos de los oídos. Se dice que perdió la razón y no existen registros sobre su liberación. 

María Hinojosa, murió en las cárceles secretas, sin saber la causa de muerte. Mientras tanto, Rosa Flores pasó de convento a convento hasta que finalmente fue liberada con la promesa de no regresar a Coahuila, el último convento fue en Ciudad de México a finales de 1758.

Mientras que Juana María, que era la esclava mulata de Juan Gil de Leyva, nunca regresó a Monclova. Pasó a permanecer en reclusión en el Hospital del Divino Salvador, en México pero fue trasladada al Hospital de San Juan de Dios por su propio amo, tras presentar signos de locura como Josea Yruegas. En este último lugar, los dirigentes la vendieron a un comerciante, así lo menciona el texto de López Ridaura. 

Pero, a todo esto, ¿por qué sentenciar a estas cuatro mujeres si todo pudo haber sido un invento de un notario negligente? No podemos negar que el trabajo del Santo Oficio era aplicar justicia, aunque ésta sea cuestionada, por lo que se siguió el procedimiento de dictar sentencia. 

Por mencionar el nuevo contexto, el documento de López Ridaura menciona que se procedió a través de diferentes declaraciones de las acusadas, desde las que continuaron declarando sobre su “pacto” con el demonio (hasta acusar a otras) e incluso injusticias por sentenciar, con mayor afán, a las de ascendencia indígena.

Como es el caso de María Borrega, quien ya había declarado ser bruja y hasta haber matado a sus dos esposos, incluso a la mismísima María Frigenia, que en un principio fue protagonista del caso. Se explica en el texto que María Borrega y otras mujeres llegaron a enfrentarse con el mismo notario Castilla y Rioja, y este llegó a replicar, en muchas ocasiones, con frases como “Aquí no hay más dios que yo” o “Yo soy dios. Yo lo he visto. Aquí lo tengo”.

Al final, el Fray Vilaplana sucumbe ante el ambiente y resulta igual de crédulo que las autoridades anteriores, redactando la resolución y señalando a estas cuatro mujeres como las responsables de todo. Y así es como terminó el caso de las brujas de Monclova de Coahuila, con Fray Hermenegildo Vilaplana y Fray Esteban Salazar regresando a México tras todo el caos, en diciembre de 1752. 

Y, como si fuera un chiste, para 1754, al Santo Oficio de México le llegaría un nuevo caso en la localidad sobre una mujer que vomitaba animales vivos. En la carta firmaba, claro está, Don Juan Ignacio de Castilla y Rioja, así termina el texto de López Riudaura.

El mercadito navideño de Torreón

La cohesión social es una de las características del lagunero. No importa qué sea, podemos convertir cualquier lugar o evento recurrente en algo representativo de la región. Eso es lo que pasó con el mercadito navideño de la ciudad de Torreón.

El invierno en la Laguna es muy particular. La llegada del frío (el verdadero frío) debe pasar una serie de requisitos para que podamos considerar que comienza la temporada invernal y, por consiguiente, la temporada navideña. 

No basta con un frío cómodo, de esos que se disfrutan luciendo aún las tendencias del verano. El invierno debe provocar congelamiento para que alguien de la Laguna se digne a sacar esas pesadas chamarras y suéteres que valen la pena lucir para esta estación. Aunque, también, si hay por ahí unos cuantos rayos de sol, no le hacen daño a nadie (menos al lagunero).

Sobre la temporada navideña, la primera señal para la población torreonense, además del clima y el decorado, es apreciar la instalación de nuestro tradicional mercadito navideño, ubicado en la calle Ildefonso Fuentes. Se trata de una tradición que ha unido generaciones, familias y comerciantes para arrancar las posadas, colocar los pesebres y, como buenos laguneros, tener una excusa más para seguir comiendo. Revisemos su historia.

Para algunos, el mercadito navideño de Torreón siempre se ha ubicado en la calle Ildefonso Fuentes, pero esto no siempre fue así. Se instaló por primera vez en la Plaza de Armas durante los años cincuenta y luego pasaría a la calle Treviño, hasta finalmente establecerse en su actual ubicación. Pero más allá de las sedes, el mercadito navideño es un punto distintivo de la Laguna, hasta turístico. 

La aceptación social que tuvo este lugar le ha otorgado una constancia de casi ya 80 años. Y en mi opinión, mucho tuvieron que ver todos los factores que rodean su propuesta. Estos factores hablan de la interacción social propia de la población lagunera que se ilustra a través de su historia. 

Cuando el lagunero acepta algo por un consenso no oficial y colectivo (cohesión social), también le da un sentido de pertenencia y de integración en la comunidad. Pero, para eso, tiene que haber algo más que solo aceptación social. 

El lagunero que va por la calle no solamente busca divertirse; busca un deleite visual (posiblemente una temática en particular) y mejor si eso le da la posibilidad de desenvolverse de forma espontánea y lograr satisfacer sus intereses durante su salida para asegurar un día exitoso. Además, al lagunero le encanta comer; si el lugar al que va tiene una oferta alimenticia, con gusto estará ahí para conocerla. 

En mi opinión, todo eso lo tiene el mercadito navideño. Por ello, se ha convertido en un sitio de importancia histórica y social. Tiene una temática y con ello un deleite visual, una motivación para acudir durante la temporada. Al estar en la calle, no te desgastas por participar en las convenciones sociales de una tienda departamental, todo es más espontáneo, como Doña Conchita, que te da precio de tres bolsitas de musgos y todavía te regala tantito heno para contrastar más la instalación de tu nacimiento. 

Además, y muy importante, hay comida, mucha comida, cumpliendo la necesidad del lagunero de, cuando está en la calle o disfrutando de su salida con amigos y familia, satisfacer su hambre con un buen atracón. ¿Qué sería ir a la Parisina sin los elotes de la Parisina?, ¿Qué serían los paseos madrugadores entre amigos sin los burritos del Apá? ¿Y qué sería la Feria de Torreón sin todos los restaurantes y puestos de comida local favoritos del lagunero? Todo lo anterior cubre esos tres factores: temática, espontaneidad y comida, con una fuerte cohesión social.

El mercadito navideño hace especial todo lo que lo rodea y sucede en él. Nunca será lo mismo comprar un producto en otro lado porque el mercadito ya hace ese producto más especial; la calle, los negocios a su alrededor (que se han beneficiado de la afluencia de personas por el mercadito) y la convivencia entre amigos y familia. 

Aunque para algunos foráneos será raro que el lagunero tenga la idea de un fin de semana visitando el mercadito para comer o sólo ver los productos, para nosotros es muy normal y toda una experiencia, es ese plus en nuestra agenda navideña.

Espero que conforme pase el tiempo el mercadito navideño siga plasmando su bella esencia en las siguientes generaciones. Y que el lagunero, con educación y su espontaneidad, siga plasmando su huella en estos sitios. Y, para los foráneos que se quedan, que puedan comprender ese grado simbólico que tenemos aquí al convivir en ciertos lugares y con ciertas personas.

Como solía decir el filósofo Epícuro: “Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo qué comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo”.

Las brujas de Monclova. Segunda parte: la acusación a María Hinojosa y la negligencia de las autoridades inquisidoras

Cuando la inquisición llegó al norte de México comenzó el verdadero reto. El caso de las “brujas” en Monclova se mezcla con historias de pueblos tlaxcaltecas y el mestizaje, todo en manos de autoridades totalmente negligentes.

El artículo sobre "La caza de brujas en la Nueva España: Monclova, Coahuila, 1748-1753", escrito por Cecilia López Ridaura, menciona el caso de las brujas de Monclova, Coahuila, y devela las deficiencias en los procesos para sentenciar este delito en una comunidad tan diversa y, hasta cierto punto, problemática.

Cuando la inquisición llega a la Villa de Monclova, el contexto social es muy diferente al del centro del país. Una provincia pequeña que colinda con Texas, con la presencia de una multietnicidad entre local y foránea (ya que existen registros de nativos americanos en la zona). Las autoridades persiguen casos lo más parecidos a los descritos en sus manuales, a tal grado, que manipulaban a conveniencia las pautas para poder procesarlos; pero esto último resultó ser un “autogol” para las autoridades del Santo Oficio.

El caso de María Hinojosa, comienza con todo lo que la Santa Inquisición necesita para dictar sentencia y termina con la desidia de las autoridades en Monclova. Todo el pueblo terminó involucrado en un caso que duraría cinco años, con más de 20 mujeres sospechosas, bajo la responsabilidad de dos autoridades inquisidoras: el bachiller Joseph Flores y el notario Juan Ignacio de Castilla y Rioja.

LA CACERÍA DE BRUJAS EN MONCLOVA

María Hinojosa es una mujer de 30 años que fue acusada de brujería por habérsele encontrado una bolsa con aparentes instrumentos de hechicería. La acusación provino de un vecino que encontró el objeto al cruzar la calle con ella un 15 de septiembre de 1748.

María Hinojosa es el arquetipo de mujer que la inquisición cataloga como vulnerable ante las tentaciones del demonio. Una mujer casada con un marido ausente (pues este era un soldado) con hijos, cicatrices en el rostro por viruela y una nube en el ojo (posiblemente una catarata). Ella termina involucrando a Josefa de Yruegas como otra propietaria del contenido de la bolsa, una mujer viuda con casi las mismas características físicas que Hinojosa e hija ilegítima del teniente de la Villa de Monclova (todo un drama en el pueblo).

Ante este panorama y la denuncia de su vecino, María y Josefa tienen las características impuestas por una sociedad religiosa y paternalista. La visión sobre las mujeres durante ese tiempo, según la misma  Alfa Viridiana Lizcano -doctora en historia de la UNAM-, era que debían ser protegidas y su alma purificada del demonio. Durante su interrogatorio, María conduciría a las autoridades inquisidoras hasta María Frigenia, que se hacía llamar “la maestra de la hechicería”.

Alfa Viridiana comenta en una entrevista que la tortura de los procesos de la inquisición está en el encierro. Las condiciones y los tratos son pésimos, y esto no mejoraba si los casos duraban años. Por lo tanto, es mejor darle a los inquisidores lo que quieren, recibir el castigo (que no involucra la muerte) y tratar de sobrevivir.

Parecía que María Frigenia (también llamada India Frigenia, por su ascendencia) conocía de estos protocolos, pero sus acciones llevarían a todas las involucradas no sólo a una condena sino a destapar la inexperiencia de las autoridades en un caso con tal magnitud.

María Frigenia, termina involucrando a Manuela de los Santos, una india tlaxcalteca del pueblo de San Francisco, ambas confiesan ser brujas y tener un pacto con el demonio. La primera con el demonio Herodes, y la segunda con Lucifer.

¿Sabías que los nombres de Herodes y Lucifer son bíblicos? En este caso las mujeres no hacen más que mencionar personajes de la Biblia, más allá de verdaderos nombres de demonios. El primero hace referencia a Herodes I El Grande, responsable de la matanza de los Santos Inocentes; y el segundo sobre el rey de los demonios, antes ángel favorito de Dios.

Al final, terminan como principales sospechosas María Hinojosa, Josefa de Yruegas, Manuela de los Santos, Juana María (una mulata esclava) y Rosa Flores, una mujer denunciada por María Frigenia como bruja y que dice ser parte de su conspiración contra el pueblo de Monclova para que el mismo Diablo destruya la villa y a su gobernante.

Tras todo lo recabado, las autoridades inquisidoras en Monclova no saben qué hacer; prefieren soltar a todas las denunciadas y escribir al Santo Oficio en México para recibir indicaciones sobre cómo proceder. El Santo Oficio responde reprendiendo la falta de atención a todos los protocolos de encierro y la nula recopilación de evidencia. Las autoridades monclovenses fallaron en no esperar la orden de México para ejecutar el encierro y en no comprobar la evidencia del pacto con el demonio: principalmente no se cercioraron de las supuestas muertes por hechicería ni recolectaron testimonios médicos de los supuestos enfermos por la misma causa. 

En el pueblo el ambiente estaba tenso. Los maridos de algunas sospechosas habían amenazado de muerte a las autoridades de Monclova si tocaban a sus mujeres. Habitantes del pueblo de San Francisco de la Nueva Tlaxcala señalaron a las autoridades como racistas o vendidas, ya que la mayoría de las mujeres tenían ascendencia indígena.

Ante esto, el Santo Oficio en México duda sobre los títulos y experiencia de las autoridades en Monclova (el bachiller Joseph Flores y el notario Juan Ignacio de Castilla y Rioja), por lo que en 1751 decide mandar al comisario fray Hermenegildo Vilaplana y al notario fray Esteban de Salazar para arreglar el caso de las brujas de Monclova. 

Hasta aquí dejaremos esta segunda parte. La historia de la sentencia de estas cuatro mujeres revela el trato y la ideología de aquella época y que detrás de toda institución religiosa hay más humanos con sus errores que dioses castigadores.

Lee la investigación completa de la Dra. Cecilia López Ridaura:

"La caza de brujas en la Nueva España: Monclova, Coahuila, 1748-1753"
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Las brujas de Monclova, primera mitad: la inquisición que llegó al norte de México

No es coincidencia que de este lado del mundo se conozcan las historias de brujas con escoba. La colonización, evangelización y la inquisición fueron clave para que éste sea nuestro concepto popular de “bruja”.

Crecí escuchando historias de mi abuela sobre brujas. Mujeres que bailaban desnudas en el bosque durante una hoguera, en compañía del mismísimo Satanás en forma de una cabra negra, con grandes cuernos y barba. 

Su danza les permitía volar y su entrega al diablo, poseer habilidades extraordinarias; claro, siempre con un riesgo. Para mantenerse jóvenes debían secuestrar niños, bebés si era posible, y mejor si eran varones. Si conseguían algún bebé, le cortaban su miembro y trituraban su cuerpo para hacer un ungüento que se untaban en toda la piel. Si las ofendías, te podían maldecir y llevarte hasta la locura, fuera del alcance de Dios. Sí, eso me contaba mi abuela. 

Al crecer, me percaté del patrón entre las historias de mi abuela y lo que se contaba en las historias de los padres peregrinos y/o puritanos, allá por el siglo XVII. Los juicios de Salem, la inquisición y el papel de la iglesia sobre la mujer como víctima, pero a la vez responsable de los males de otros, desde una mala cosecha hasta una enfermedad desconocida. 

Por lo anterior, me puse a investigar sobre la colonia y la inquisición en México, con intención de encontrar algún indicio y respuesta a esta pregunta: ¿cómo es que mi abuela religiosa tuvo acceso a aquellas historias sin dejar el país? Claro, ella me dijo que eran historias que le contaban su mamá, su abuela, etc., pero, ¿cuál es el contexto o la historia de su vida para saber de estas “brujas”? Yo quería encontrar ese rastro, esa posible conexión entre mi abuela y la historia.

Tal vez me tomará tiempo recrear toda la historia de mi abuela y sus antepasados, que parte desde Zacatecas hasta su llegada a la Laguna (pura gente foránea aquí), pero lo que sí podía hacer era guiarme por la fe de mi abuela, por su religión. 

Así, en este texto expondré en esta primera parte los detalles históricos de la inquisición en México, además de características sociales que fueron clave para que los inquisidores realizaran su trabajo. Y finalmente, llegaremos a Monclova, Coahuila, una región de nuestro estado en la que hay un importante registro histórico de caza de brujas.

LA INQUISICIÓN EN MÉXICO: UN TRABAJO DE PRECISA IMPRECISIÓN. 

Según la revista digital Memorias, en su artículo “"La caza de brujas en la Nueva España: Monclova, Coahuila, 1748-1753", escrito por Cecilia López Ridaura, la inquisición llegó a México en 1571 y se estableció oficialmente como el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España, que duraría hasta 1819. 

Hay que aclarar que el desarrollo de la inquisición española en México distó mucho de cómo se había desarrollado en Europa (y de cómo se expone en las películas). Se podría incluso decir que fue lento y deficiente, desde la complejidad de identificar los casos para procesarlos como brujería, debido a la diversidad cultural en el país y principalmente a que las tradiciones y rituales de muchos pueblos mesoamericanos no entraban en lo decretado en el Malleus Malleficarum, hasta el dictar sentencia desde un continente a más de 5 mil kilómetros de distancia.

Otro hecho importante y que considero valioso de exponer es que hasta el día de hoy no hay documento en México que exponga la existencia de alguna condena a muerte por brujería a cargo del Tribunal del Santo Oficio. No lo hay; sólo denuncias y castigos al identificar el delito. Así lo estableció durante una entrevista Alfa Viridiana Lizcano, doctora en historia de la UNAM. 

Claro, una cosa fue el trabajo del Santo Oficio en México y otra los actos hostiles a cargo de la gente común, como linchamientos. Pero, de momento, no hay prueba de algún dictamen del tribunal sobre la muerte de alguna mujer. 

Sobre el norte de México, aunque aún queda un camino por recorrer para conocer el caso de la inquisición en la Laguna, tal vez no erraríamos al inferir que no fue tan diferente a lo que narra el documento que registra la actividad del Santo Oficio en la antigua capital del estado de Coahuila: Santiago de Monclova.

Fundada en 1583 como una pequeña comunidad llamada Almadén, el hoy municipio de Monclova solía ser la capital de la llamada Provincia de Coahuila. Es aquí donde se tienen registros de una caza de brujas en la Nueva Vizcaya, según lo cuenta Cecilia López Ridaura. 

Concluyo esta primera parte con la siguiente pregunta: si quieres ganar una batalla con tu inteligencia y poder, ¿hasta dónde crees que llegarías si tu mayor debilidad fuera la ingenuidad? Durante la inquisición, reconocer y aprovechar la ingenuidad de tu antagonista era vital para poder sobrevivir; las mujeres juzgadas por brujería en Monclova lo sabían. ¿Quieres conocer su historia? Nos leemos la próxima semana.

Lee la investigación completa de la Dra. Cecilia López Ridaura:

"La caza de brujas en la Nueva España: Monclova, Coahuila, 1748-1753"
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La leyenda de La Cubana. Segunda mitad: la mujer que pide taxis al panteón

Aunque es parte de nuestro acervo de historias laguneras, la leyenda de La Cubana podría inspirarse de una historia real, sobre un homicidio que quedó impune durante una época de grandes cambios sociales, enfermedades y progreso en Torreón.

En mi opinión, los elementos históricos de la leyenda de La Cubana son tan fundamentales sobre el último año de la Villa de Torreón, que podríamos no equivocarnos al creer que realmente sucedió. Ya en la primera parte de esta entrega damos contexto sobre cómo el Hospital Civil y el Sanatorio Español se inauguran muy poco tiempo después del deceso de la posible Cubana histórica, que murió en el marco de una epidemia nacional de viruela negra y en una región que sólo contaba con 8 doctores para toda la población. 

Sólo queda, querido lector, presentarte la conclusión de esta leyenda con el contexto de aquel año de 1906 en Torreón, que le da posibilidades de sí provenir de un hecho real. Ya será tu decisión lo que suceda después o lo que quieras creer. 

¿Sabías que el último registro en México de viruela negra fue hasta el año de 1952? Fue este año en el que se declaró erradicada, considerada una enfermedad endémica-epidémica que atormentó al país desde su llegada durante la conquista.

Contagiada de viruela negra y traicionada por la propia dueña del burdel en que trabajaba, la cubana fue secuestrada por dos hombres. ¿Qué hicieron con ella y cómo es que se convirtió en leyenda? 

Tras su secuestro, enferma y débil, se dice que la cubana fue encerrada viva en un ataúd de madera y enterrada. Pronto se divulgaría su desaparición y con el tiempo quedaría en el olvido por sus clientes. O eso se creía…

Su muerte fue noticia en la villa del Torreón, pero no se compara con el impacto popular que causó el rumor de su fantasma. Y así trasciende la leyenda. 

Entre lo que la gente cuenta y la relatoría de hechos, hoy viven dos versiones sobre el final de la cubana. En la primera, la sepultaron viva en el primer panteón municipal. En la segunda, los hombres de la madrota la arrojaron a un canal cerca del burdel.

Pero, una noche, cerca del mercado Alianza en las afueras de una cantina llamada La Feria, las calandrias aguardaban para ofrecer el servicio de viaje. Una mujer, con vestido y velo negros, le pidió a uno de los cocheros llevarla al panteón municipal.

Al llegar, el cochero ofreció esperarla hasta que terminará su visita, pero la mujer lo detuvo. No me espere, dijo ella, aquí vivo; ¿no me reconoce? La mujer mostró su rostro y, al verla, el cochero perdió el conocimiento. El panteonero lo asistió al encontrarlo inconsciente sobre la calandria y por el testimonio el rumor del avistamiento de la cubana comenzó a correr.

Ya recuperado del susto, aquel primer cochero que llevó al fantasma de la Cubana al panteón llegó a la presidencia mostrando el billete con el que la mujer le había pagado. Entonces, el trozo de papel se expuso para que el pueblo pudiera verlo.

Por su fama, el caso de la cubana fue un tema recurrente hasta convertirse en una leyenda heredada por el tiempo y las generaciones. Lo que hoy se cuenta es que algún taxista recoge en el centro a una mujer misteriosa que le pide llevarla al panteón y, al llegar, ésta le muestra su identidad con el rostro marcado por la viruela.

Desde mi opinión e investigación, me quedo aún con varias dudas fundamentales sobre esta historia. ¿Podremos algún día saber quién fue en verdad la Cubana? ¿Desde qué perspectiva deberíamos investigas y estudiar a profundidad este posible hecho histórico que cobró relevancia en el terreno de lo fantástico? Hablamos de una villa grande que se había convertido en una importante estación ferroviaria para el comercio y turismo entre el norte y sur del país, y un punto primordial para la conexión con Estados Unidos. Pero donde también, por ser para tanta gente una población de paso o de breve estadía, la trata de blancas y la prostitución habían encontrado una clientela tan amplia que la región era famosa por su zona de burdeles y prostíbulos, tal vez la más socorrida del norte de México. Y por las usanzas de la época, de haber existido la Cubana, ¿era una adulta joven?, ¿podría haber sido una niña o adolescente que incluso nació o creció en el burdel? ¿Cuántas historias como la de ella hubo en ese contexto de trata, baja salubridad y casi nulo acceso popular a la atención médica profesional?, ¿cuántas Cubanas hubo y sigue habiendo en la historia oculta de Torreón? 

Un homicidio sin resolver, con un trasfondo lamentable, que alcanzó a convertirse en leyenda tras su salto a lo paranormal; una historia que sigue habitando en el alma y las calles del centro de Torreón, y de la que tanto nos falta conocer.

La leyenda de La Cubana. Primera mitad: los burdeles y la atención médica en el Torreón de 1906

En 1906 la Villa del Torreón fue atacada por una ola de viruela negra, una enfermedad que había atormentado al país desde la llegada de los españoles. En medio de esta epidemia, en la que las zonas marginadas fueron duramente golpeadas por la enfermedad, sucede lo que daría pie a la leyenda de La Cubana, que nos revela muchos más de los problemas de aquel Torreón.

Torreón creció entre dos grandes negocios: el algodón y la prostitución, y La Cubana era una de las mujeres más solicitadas. Pero un día, entre las pláticas de cantina se esparció el rumor de que la muchacha estaba contagiada de viruela negra. Dice la leyenda que, como el miedo ante el contagio ahuyentaba a la clientela de aquel burdel cerca del Cerro de la Cruz, la dueña decidió deshacerse de La Cubana antes de que la enfermedad lo hiciera. Pero aquí no termina esta historia. 

La ola de viruela negra que atacó Torreón en 1906 también une las historias de la prostitución y el acceso a la atención médica en la región. 

Era el último año en que Torreón fue considerado una villa. Y, justo al siguiente año de la desaparición de la Cubana, se construyen el Hospital Civil y el Sanatorio Español, en 1907. Antes, se tienen registros de la presencia de médicos desde 1899, pero había solamente ocho para los 19 mil habitantes de la Villa de Torreón.

La cubana, perteneciendo a un grupo marginado, seguramente no tuvo acceso a atención médica. La leyenda cuenta que padeció la viruela negra en su cuarto, en el mismo burdel donde trabajaba.  Los síntomas eran fiebre, dolor, erupciones en todo el cuerpo, vómito y posiblemente ceguera. 

Sabiendo que la viruela era muy contagiosa, la clientela dejó de solicitar los servicios de La Cubana e incluso evitaban visitar ese burdel. La dueña, en lugar de ayudar a su trabajadora más solicitada, contrató a dos hombres para que fabricaran un ataúd y la encerraran viva. Se dice que, aunque la convaleciente Cubana se defendió, no pudo librarse del encierro, y que los verdugos cumplieron el encargo de la dueña del burdel. Pero, ¿en verdad qué hicieron aquellos hombres con la Cubana? 

¿Quieres saber qué sucedió después en esta leyenda que sigue viva casi 120 años después? No dejes de leer la segunda parte de este artículo la próxima semana.

Un Hidalgo encadenado donde nace un bulevar

A unos cuantos metros de la entrada de Torreón, existe una escultura que capta la atención: el coloso Hidalgo encadenado. Con su bello mural, no sólo decora el bulevar Independencia, sino que nos habla del inicio de la modernidad torreonense de mediados del siglo XX.

Siempre he pensado que las obras artísticas que trascienden en la historia son universales y se han adaptado a nuevos tiempos; aunque provienen de un tiempo específico y -en su estado físico- no se pueden reconfigurar, sí podemos reinterpretarlas. Y, lo más importante, dan contexto; eso es parte de lo que trato de explicar en mi proyecto personal (Artefacto TRC).

Durante un debate entre Avelina Lésper y Javier Aranda, Avelina mencionó algo que resume todo lo anterior: “[...] pon una escultura y alrededor tendrás una plaza [...]”. No encuentro fallas en su lógica y eso le pasó al monumento Hidalgo. Revisemos su historia.

Inaugurada el 16 de septiembre de 1956, la escultura de Miguel Hidalgo fue hecha por el artista Jorge Tovar, maestro y colaborador del periódico Excélsior en el Distrito Federal, donde potencializó la presencia de artistas mexicanos que no contaban con mucho aforo. El mural fue hecho, y enviado en partes, por José Chávez Morado, muralista mexicano, gestor cultural y parte del nacionalismo en el arte del país. 

En aquella época, México gozaba de un crecimiento económico que duró poco más de treinta años. En la Comarca Lagunera se esperaban las fiestas por el Jubileo de Oro de Torreón, en el que se celebró el aniversario número cincuenta de la ciudad, incluyendo las fiestas patrias, la Covadonga y la feria del algodón. Dinero había, y en la inversión se incluía nuevamente el embellecimiento de la ciudad ante los tiempos de desarrollo y modernidad.

El bulevar Independencia se comenzó a construir en 1951, tapando los tajos de La Concha y El Coyote, que una vez irrigaron la ciudad. Para 1953, se formó un comité para la construcción del monumento a Hidalgo y sólo tres años después fue inaugurado donde comienza el bulevar.

En materia de artes, durante la época de los cincuenta en México aún perduraba el muralismo como movimiento y arte al servicio del pueblo. La presencia de muros de gran tamaño en la vía pública con motivos de la revolución y la independencia aseguraban identidad y la apreciación de una causa. De entre los elementos más utilizados fueron el fuego, el indigenismo, las armas, la muerte, el trabajo obrero y campesino, así como los símbolos y personajes patrios.

Para un lugar como la Comarca Lagunera, a veces percibida como una región desconectada del centro y su historia, la presencia del monumento a Hidalgo cambia por completo esta percepción. No somos una región alejada del nacionalismo y la historia de México, al contrario, le hemos dado presencia y combinado con nuestra propia historia, llena de personajes locales, calles y edificios que resuenan con los ideales de cada época del país. 

En mi opinión, Avelina Lésper tenía razón. El conjunto de escultura y mural es una obra que da contexto e historia. El monumento a Hidalgo con su rostro enfurecido y sus manos con grilletes; el mural con los niños aprendiendo a leer, el dominio del fuego por el hombre, el águila y la serpiente, la paloma de la paz y las imágenes de Benito Juárez, Venustiano Carranza y Francisco I. Madero.

Esta obra no trata sobre las fiestas del Jubileo de Oro de Torreón, ni el encubrimiento de los tajos de La Concha y El Coyote, sino de todo un contexto artístico, nacional y hasta mundial, diría yo, por la técnica de mosaico bizantino de Chávez Morado. 

Somos parte de esa época llena de artistas y muralistas, así como parte de la historia independentista. A través de nuestros personajes locales, se impulsaron los movimientos del país, se nombraron calles y construyeron monumentos que persisten en nuestra ciudad y memoria.
Ya lo ha dicho Avelina: El contexto no hace la obra, la obra hace al contexto.

Torreón es un morrito de 116 años

Con apenas poco más de un siglo de edad, Torreón, Coahuila, se desarrolló entre la revolución y la modernidad, con generaciones y personajes que resuenan en su historia. Pero ¿qué identidad posee ahora nuestra ciudad?

Un 15 de septiembre de 1907, la Villa de Torreón cumpliría con los requisitos para elevarse a rango de ciudad. Pero ¿cómo es hoy la ciudad de Torreón? Después de su esplendor nacional por el algodón, la uva, el ferrocarril, entre otros ¿qué ofrece hoy la ciudad que hay que celebrar? Revisemos su historia.

Para comenzar, para quienes usan la popular queja lagunera de “¡que no somos rancho!”, siento decirles que ‘sí somos’, porque lo fuimos y de ahí nace nuestro origen e historia. El Rancho del Torreón, propiedad del matrimonio Zuloaga-Ibarra, comenzó sus operaciones en 1850 con cultivos de algodón; tras la llegada del ferrocarril en 1883, la ciudad de Torreón comenzó a formarse por estos dos puntos clave.

El crecimiento de Torreón, el experimento del Porfiriato.

Durante un programa de radio tuve la oportunidad de entrevistar y platicar sobre los orígenes de Torreón con el historiador Carlos Castañón. Mencionó: “Hoy lo virtual es valioso, pero en aquella época era la tierra [...]  Luisa Ibarra dona parte de sus propiedades para que pase el ferrocarril [...] eso va a transformar la historia, de manera radical, del Rancho de Torreón y se va a convertir en un lapso de 15 años en ciudad”. 

Sobre el último dato, querido lector, quiero que te imagines la rapidez con la cual la ciudad se modernizó en solo ese tiempo, ¡es poquísimo! Para mí es como si pasarán miles de fotografías a la vez. Torreón se conectó, por el ferrocarril, con Estados Unidos y México en general, abriéndole paso a extranjeros y foráneos mexicanos que se establecieron en la ciudad y comenzaron su emprendimiento. Para 1893 ya era una Villa establecida con 30 mil habitantes y para 1907 se elevó a rango de ciudad. 

El pequeño rancho algodonero con carros tirados por mulas y caminos de tierra, que después se convertiría en la comunidad de paso con un ferrocarril, con cantinas y hombres a caballo, cual viejo oeste, creció hasta consolidar su primer ayuntamiento, su primera iglesia, su primer casino y toda una economía bajo la producción agrícola del algodón entre otros. 

Torreón comenzó a formar su identidad y esencia desde los años de 1850 hasta más allá de 1910 y eso se aprecia en las calles, los edificios y los monumentos, entre otros, porque estos eran los principales intereses de la ciudad al formarse: el embellecimiento de las calles, la arquitectura clásica y art-decó, la presencia de las artes y las religiones pioneras en la construcción de templos y formación de academias. 

¿Sabías que en Torreón se creó el himno algodonero? Fue durante la primera Feria del Algodón en 1925, quedando como ganadora la composición de Jesús Mena Vásquez (música) y Leonor Flores (letra), interpretado por un grupo de hombres y mujeres que lo debutaron en el antiguo Teatro Princesa.

Si te fijas, todo esto engloba ese orgullo lagunero y torreonense que se fue heredando hasta nuestros días, pero, hay que decirlo, no todo ha sido color de rosa. Hay una situación que tiene Torreón con su gente y alrededores, y fue una conclusión entre Castañeda y yo: un problema de integración.

Entre “echarnos tierra” con los municipios vecinos (somos muy carrillentos), alejarnos del centro de la ciudad para vivir en el oriente y destruir patrimonio cultural urbano, la identidad de Torreón se ha ido disipando conforme pasan los años y los intereses de la ciudad en cada uno de sus contextos históricos.

El orgullo lagunero sigue, pero ¿de qué? Orgullo de un centro histórico siempre al borde del abandono, calles con los nombres de fundadores y personajes que ya casi nadie conoce, edificios históricos derrumbados para hacer departamentos en una zona que ya muchos no visitan y un oriente creciendo alejado de todo lo que alguna vez fue “identitario” de Torreón. Entonces, ¿qué Torreón estamos celebrando hoy?

En mi opinión, no dudo del potencial que posee Torreón, pero ¿qué vínculo e identidad estamos formando con el desarrollo actual?, ¿o acaso no hay alguno? Bueno, hoy brindo por Torreón, por lo que fue, por lo que pudo ser y por lo que aún puede ser con todo y sus dificultades actuales, porque, también, vaya que hemos soportado mucho.

Hay un largo camino por recorrer para corregir ese problema de integración e identidad, pero, mientras tanto, como dice la canción de Calle 13, “¡a brindar por el aguante!”. 

¿Cómo inició la Feria de Torreón?

La Feria del Algodón vs. La Feria de Torreón: a casi 100 años de su fundación.

El actual festejo con atracciones y propuestas de consumo no siempre tuvo como objetivo la satisfacción por la diversión y el entretenimiento. A mediados de los años veinte, la Feria de Torreón solía ser un festejo lleno de identidad y representación, con miras al crecimiento local, nacional e internacional.

En estos días de finales del verano es muy común escuchar frases como: ¡Llegó la feria!, ¡Vamos a la feria! y ¿Cuándo pa’ la feria? 

La tan esperada fiesta anual de la Feria de Torreón, a cargo del Club Rotario de la localidad, es una de las celebraciones más esperadas por torreonenses y laguneros, pero en su actual propuesta. ¿Siempre fue así?: llena de marcas, restaurantes, artesanos invitados y juegos mecánicos. Revisemos su historia.

Fue en la época de los años veintes cuando la Casa Figueroa y de la Mora tenía la tradición de otorgar un premio al agricultor que presentara la primera paca de algodón de la cosecha del año. Entonces, el secretario de Comercio, Eduardo Guerra, atraído por la dinámica del premio y evaluando el contexto de la actividad algodonera e industrial, tiene la idea de establecer una fiesta en honor al algodón, el oro blanco.

¿Sabías que Eduardo Guerra no era lagunero? Había llegado de Tamaulipas y se dice que se enamoró tanto de la Comarca Lagunera que es uno de los llamados “laguneros por adopción” que dejó huella en la historia regional.

Su motivación lo lleva, durante la administración municipal de Ángel Gutiérrez, a establecer una pequeña kermés en honor al material lagunero, llamándose Feria del Algodón, y estableciéndose un Comité Organizador de la primera Gran Feria del Algodón. 

¿CÓMO FUE LA PRIMERA FERIA DEL ALGODÓN?

La línea a seguir para potencializar la Feria del Algodón, así como la región misma, no fue solo invertir en un atractivo visual para los locatarios, sino también planear -lo que yo llamaría- un turismo con enfoques de venta para futuras negociaciones. La feria era el festejo local, con otros objetivos de ventas internas y externas, para seguir promoviendo la actividad regional y atracción de inversionistas. Me explico.

Durante las sesiones del Comité, según el mismo Eduardo Guerra en su libro Historia de Torreón, lo importante era una “Exposición Regional de Industria, Comercio y Ganadería y para el efecto se tomó en arrendamiento la histórica Casa del Torreón [Casa grande de la Hacienda del Torreón] que diera nombre a esta Ciudad, y donde a la fecha está el Hospital Militar”. Ahí fue la primera Gran Feria del Algodón.

Con esto, se incluiría la presencia de las empresas locales con un bello desfile de carros alegóricos y puestos para invitar a los asistentes a conocer su propuesta. Además, se contó con la presencia de viajeros provenientes de Estados Unidos por la propaganda realizada allá, porque (qué curioso es) también hubo un acuerdo con la Dirección de los Ferrocarriles Nacionales para expedir boletos rebajados durante la temporada de la feria.

La fiesta como tal fue la carnada, pero bien justificada para festejar el aniversario de la ciudad: las fiestas de Covadonga y las fiestas patrias. Y debajo de todo eso, la excusa perfecta para invitar empresarios externos, visualizando inversiones en la región sin la presión de las formalidades; pura fiesta y vino. 

Y para coronar y preparar aún más la ciudad con tremenda fiesta de mercadotecnia y alcohol, se realizaron mejoras urbanas en Torreón y se convocó al concurso de belleza para buscar a la Reina del Algodón y sus princesas. Todo tenía que lucir muy pípirisnais para los invitados. 

Se pavimentó el bulevar Morelos (hoy paseo Morelos), inaugurando su alumbrado y plantación de palmas, así como decorado con sus esculturas, jarrones y fuentes. Se invirtió en publicidad para los “stands” de las empresas: presencia en medios locales, anuncios externos (la propaganda del ferrocarril), la decoración de un majestuoso salón para la ceremonia de coronación de la Reina del Algodón y sus princesas, así como la construcción de un enorme y artístico pórtico o fachada (cual templo griego) iluminado por mil trescientos focos, y en el tímpano de la estructura el año 1925. Fue el inicio de la Feria del Algodón, esos doce días del 5 al 16 de septiembre.

Evidentemente se tiró la casa por la ventana, pero ¿es igual o similar esa vieja feria del algodón a la actual? No, el giro y objetivos cambiaron, aunque -en mi opinión- no descarto la posibilidad de que aún sea una oportunidad para atraer clientes a la Comarca Lagunera. Sí cambió la feria, pero también cambiamos como población y como región.

Hoy en día, la ahora llamada Feria de Torreón, bajo la organización del Club Rotario de Torreón, es una fiesta con enfoques turísticos y de entretenimiento (aún se realiza en verano), con empresas locales e invitadas para ubicarse en la zona comercial del Expo Center Laguna. Sabemos que ciertas ganancias van enfocadas a la recaudación de fondos de las actividades altruistas del Club Rotario. 

Por lo tanto, querido lector, en mi opinión la Feria de Torreón es una celebración que, si no se descuida, llegó para quedarse. Con áreas de oportunidad para seguir impulsando la Comarca Lagunera y revisar la historia que nos cuenta los orígenes de la región en su desarrollo social, económico e industrial, hasta nuestros días. Disfrútala como una fiesta, pero también como un formato más que te cuenta el contexto actual de la región y la ciudad. 

Obsérvala bien. Si antes la Feria del Algodón tenía mucho por demostrar de forma local y nacional, hasta en su sistema de valores, ¿qué piensas de lo que muestra hoy la Feria de Torreón? ¿Y qué me dices de su gente? 

Ya lo decía Heráclito: "Todo fluye, somos y no somos”.

El rescate del Teatro Isauro Martínez

Uno de los edificios más representativos e identitarios de la Comarca Lagunera llegó a permanecer en total abandono. Fue el cambio de mentalidad y admiración por su arte, historia y propuesta lo que hizo que el Teatro Isauro Martínez fuera salvado del derrumbe total. 

“En primer lugar, ese teatro no es una obra de arte ni es ningún monumento histórico como ustedes lo están planteando: este teatro tiene sesenta, setenta y cinco años, entonces no puede ser histórico (…). En segundo lugar no puede ser una obra de arte, porque el Teatro Martínez no es ningún arte, tiene una mezcolanza de art noveau, de art decó, de arte morisco, no tiene nada definido: lo hicieron de chile, tomate y manteca. Aparte, no es un edificio que sea representativo de la ciudad puesto que lo tienen todo deteriorado, es un cine donde ahorita se pasan puras películas del Santo y Capulina (…). Lo que deben hacer ustedes en una ciudad moderna como Torreón es darle paso a la modernidad. Vamos a hacer ahí un cine moderno con vidrios, con cristales, elegante, que sea digno de una ciudad como Torreón”.

Estas fueron las palabras de Manuel Espinosa Yglesias, el presidente de la fundación Jenkins, propietaria del entonces Cine Martínez (Teatro Isauro Martínez), cuando los tres estudiantes de la UAdeC fueron recibidos por él en la capital del país para luchar por el rescate del teatro, en 1975. Esto según el libro Teatro Isauro Martínez, Patrimonio de los Mexicanos de Laura Orellana Trinidad.

Como podrás apreciar, las palabras del empresario son todo lo contrario a lo que después representó el Teatro Isauro Martínez (TIM) para Torreón. Aunque, en mi opinión, tal vez, no existiría hoy nuestro teatro de no ser por las palabras de Espinosa Yglesias, tan severas y haciendo trizas el ego lagunero, y por la determinación de los estudiantes de la UAdeC para rescatar el teatro, aunado a su forma de transmitir el valor del edificio para conquistar la ciudadanía lagunera. Revisemos su historia.

Antes de que se construyera el TIM, ya eran recurrentes la presencia de don Isauro Martínez y su huella en la Comarca Lagunera. Según el cronista Jesús González Sotomayor, Isauro Martínez fue parte de la compra y venta de diferentes terrenos en la entonces Villa de Torreón, cuyo negocio fue afectado por el movimiento revolucionario. Pasando de comerciante y miembro de una sociedad mercantil, pasó a involucrarse con el mundo del espectáculo, siendo parte de la Compañía Cinematográfica Torreón S.A., fundando la Carpa Pathe y el Teatro Princesa, entre otros recintos, hasta culminar en el majestuoso Teatro Isauro Martínez.

El Teatro Isauro Martínez se inauguró en 1930, llevando el nombre de su fundador y ofreciendo un esplendoroso teatro lleno de referencias artísticas de arquitectura, escultura y pintura. Por un tiempo, el teatro fue escenario de espectáculos internacionales, nacionales y locales, además de que estaba acondicionado para albergar un foso de orquesta y funcionar como cine, también. 

Lamentablemente, no pasó mucho tiempo para que el TIM poco a poco descendiera en apogeo y audiencia. Para 1945 ya era propiedad de la Fundación Jenkins, siendo ocupado como cine de poca concurrencia hasta llegar a la época de los setentas, momento más crítico de su total decadencia y abandono por parte de los laguneros.

Era lógico, la verdad; el país se encontraba en momentos de “cambios de chip”, de forma política y social. No hacía mucho que el atentado del 2 de octubre de 1968 había ocurrido, además del jueves de Corpus (“halconazo”) del 10 de junio de 1971; sin mencionar el activismo de diversos movimientos y ligas políticas. Por lo tanto, encontrar una nueva ruta alejada del pasado era “lo mejor” para el plan de desarrollo en México. Sale lo viejo y entra lo nuevo (y ahí andaba el Teatro Martínez).

Aquí destaco dos posturas, la “moderna” y la “romántica”, y esta última es el que salvaría al Teatro Martínez en 1975, viniendo de mentes jóvenes. Los estudiantes de la Universidad Autónoma de Coahuila (UAdeC) Alejandro Máynez, Sigfrido Macías Pérez y José Santos Medrano fueron quienes gestionaron las reuniones y charlas necesarias con las autoridades correspondientes hasta llegar al presidente de la república, en ese entonces Luis Echeverría. 

Para convencer a Manuel Espinosa Yglesias de donar el teatro y comenzar las actividades de restauración (ya que en periódicos locales de la época la fundación Jenkins cubrió la mitad del valor del teatro, mientras que lo demás se dividió entre el Estado Federal y la ciudad de Torreón), Sigfrido Macías respondió a las declaraciones de Espinosa con lo siguiente:

“Torreón, no tiene muchos edificios bonitos y dentro de los inicios, como todo lo que inicia, ésa es nuestra historia (...) En cuanto al arte, a nosotros el teatro Martínez se nos hace muy artístico, se nos hace algo fuera de serie porque no hay otra obra de arte en un edificio más bonito que el que tenemos ahí y para nosotros Salvador Tarazona es un gran artista (...) es lo único que tenemos, no tenemos más, y ese es el valor del teatro Martínez”.

“Ya me chingaron”, se dice que contestó él y fue cierto. Prácticamente le dijeron que como persona moderna no tenía ni una gota de cultura si no apreciaba el teatro como ellos. Claro, con el tiempo reflexionó y demostró lo contrario.

En mi opinión, el rescate del Teatro Isauro Martínez se debe a una época de “cambio de chip”, en personas que, incluso, retuvieron este interruptor mental para visualizar el futuro, a través de la belleza del pasado. El majestuoso Teatro Isauro Martínez coexiste con la modernidad de Torreón y toda la Comarca Lagunera y, ahora, es considerado el segundo teatro más bello de México, sólo abajo del Teatro Juárez en Guanajuato y arriba del Palacio de Bellas Artes, en la CDMX. 

En el pasado está la historia, pero también el futuro. Te invito a que en tu próxima visita al teatro contemples su arquitectura, murales y esculturas; hay una historia detrás de toda su iconografía (tema que ya abordaré en otro artículo). Déjate llevar por el arte del pintor Salvador Tarazona, que dejó hermosas escenas artísticas en los muros internos y el plafón del teatro; cuando se abra el telón, reten esa excitación, que sea el motor para fusionarte con el pasado, el presente y el futuro del Teatro Isauro Martínez. 

Ya lo dijo Juan Villoro en una entrevista que le hice hace tiempo: “La historia es un arsenal al que nosotros regresamos continuamente y lo reinterpretamos, y al hacerlo cambiamos nuestro presente. Podemos decir que el pasado tiene mucho futuro por delante”.