Cinco recomendaciones para Manuel

Tras una junta de cerca de 12 horas a la que acudió cuando era niño porque no había quien lo cuidara, juró que jamás ingresaría a la política. Aunque esperando no sea signo definitorio del abrazo a la carrera cuyo interés negó, Manuel hijo declaró su deseo de imprimir huella en el campo de la cosa pública. Por lo pronto ya demostró que sabe decir que sí diciendo que no.

De lo anterior surgieron cinco preguntas esenciales que rescato para que las lea en esta su edad adulta:

I ¿La conoces?

Su ausencia hace inexistente todo lo demás. ¿Necesaria? Más que eso: simplemente indispensable, porque te obliga y compromete ante ti mismo.

Desconocerla o guardarla es abrir la puerta a la indignidad, al desinterés en la administración de tu propia vida. Si eso sucede en tu interior, imagina lo que pasa con la responsabilidad social conferida.

Menospreciar la vergüenza es no aspirar a ser digno de respeto. El juicio de la historia a la desvergüenza es terrible, porque condena no sólo los actos del desvergonzado, sino también sentencia a sus cercanos.

II ¿Lo tienes?

Sobre el miedo, la desidia, el cansancio y quizá hasta de la propia voluntad, debes ejercerlo hasta que tengas la certeza de cederlo a quien en verdad lo gane. Esto es un acto de elemental responsabilidad y propio de hombres de vergüenza.

Aprende del león fiero, al que sólo pueden arrebatarle el mando la muerte o su semejante que en la lucha lo obliga a reconocer la superioridad de otro; observa al garañón que conserva la cabeza de la manada en terreno pedregoso o pendiente pronunciada.

Ejercer y conservar el papel de líder para guiar a los demás hacia la seguridad y comida, es obligación irrenunciable ante los tuyos.

III ¿La rescatas?

Es mucho más que no robar. Implica saber digno al semejante, ser congruente y conducirse conforme a las propias convicciones, ideales y valores.

Quien la posee no se queda con el dinero que ni le pertenece ni ha ganado, pero tampoco traiciona su pensamiento y la confianza de los demás.

Es la primera obligación con uno mismo, aunque a veces provoque hasta dolor en el alma. También es el deber número uno en la conducción y el conducirse social, aunque no siempre deje riqueza.

“Honestidad”, ¡cuántas campañas se han hecho en tu nombre!

IV ¿La respetas?

Avasallarla, es tan estúpido como pretender la destrucción de la memoria de todos.

Olvidar o acallar la conciencia para tratar a los demás como inferiores, es evidencia de la más crasa falta contra la razón que nos confirma iguales en esencia, nacidos con los mismos derechos y necesidades.

Ser verdaderamente superior no es cuestión de jerarquía organizacional o de decirse “líder”, sino de trabajo y aportaciones a los demás. Tu investidura será obligadamente respetada por el tiempo que la tengas, pero tu conducta humilde y justa te hará digno de voluntaria admiración toda la vida.

Humillar a los otros es fácil, hacer que lo olviden, no. Quien concede a los demás el privilegio ficticio de acompañarlos en una posición no necesariamente ganada por el propio valor, o da limosna arrasando la dignidad de quien recibe, genera hacia su persona el peligroso rencor de los otros disfrazado de sonrisas y apretones de mano.

V ¿Lo quieres?

Salvo quien asuma que su papel en una colectividad es encabezar los desfiles de primavera, teniendo como mayor tarea sonreír y agitar los brazos a manera de saludo, participar en una organización como jefe o último subalterno demanda esforzarse hoy y mañana.

No se trata de hacer necesariamente esfuerzos en la misma proporción de los subordinados, aunque si se tiene vergüenza, liderazgo, honestidad y respeto a la dignidad propia y de los demás, muy probablemente se aporten al grupo las acciones más intensas.

Aunque quizá el trabajo no todo lo vence, sí todo lo necesita. La vida privada lo requiere y la pública lo exige. 

riverayasociados@hotmail.com

Descenso al Infierno (última parte)

De cuando en las profundidades te convertías todo en vapor…

Estás bajo un tanque con millones de litros de combustible, base de una antorcha que se ve en toda la zona metropolitana y que conforme pasa la noche lo percibes cada vez más inclinado.

Tu camioneta, improvisada como transporte para personal de refresco, tuvo que ser estacionada a varias cuadras de distancia para evitar que la pintura de su carrocería se levantara, debido a la altísima temperatura generada en la hasta hace poco estación de distribución de combustibles, hoy el lugar en el cual estalló el Infierno.

Ahora sí, el Demonio emergió. Su fuerza es tal que las descripciones del personal que arribó en la primera unidad presentan escenas terribles de cuerpos calcinados lanzados a decenas de metros y deshechos junto a la pared contra la que impactaron.

¿Te sudan otra vez las manos, verdad? ¿Querías jugar al fuego? ¡Pues qué esperas, cobarde: métete!... Sabía que no podrías resistir la presión más salvaje que conoces: la tuya.

Imagínate la sonrisa del Diablo al verte adentro de esta erupción de focos diversos y enormes de llamas, en la que un compañero y tú lanzan sendos chorros de agua para tratar de enfriar la ira del tanque principal siniestrado.

Qué risa la de Satán cuando soplaba y hacía que el oficial al mando les gritara para que dejaran las líneas y corrieran, ya que las llamas acicateadas por el viento se acostaban sobre ustedes. Luego regresaban, necios, a emprender con sus lanzas de agua el ataque sobre el gigante de fuego, que empezaba, literalmente, a evaporarlos.

La noche es el juego del misterio, de la duda, del cuestionamiento acerca de si sigue existiendo lo que en el día es… Y aquí se te despejó esa inquietud, ¿verdad? Claro, no podían existir esas temperaturas que te castigaban con tanta crueldad cuando el chaquetón —por supuesto no de tu talla— se subía ligeramente y dejaba unos instantes al descubierto tu piel entre éste y tus guantes; claro que debía ser absurdo estar a esa distancia en la que ni tus compañeros ni tú tendrían la mínima posibilidad de huir si colapsaba el amenazante tanque, ya severamente ladeado; irreal debería ser observar cómo tu compañero se volvía vapor cada vez que dejabas descansar las paredes del contenedor de combustible y lo bañabas para que resistiera la altísima temperatura, y luego tú también recibieras ese bendito baño que te evaporaba, todo.

De cómo sigues viviendo entre el vapor y el calor..

Tus manos y frente sudan, mientras lo que te queda de corazón late más aprisa.

Esta tarde hace calor, aunque quizá no el suficiente para evaporar los recuerdos que acabas de vaciar sobre el teclado de la máquina.

¿Descenso al Infierno? Suena para título de algo, pero ¿a cuál descendiste? ¿Al de las noches de placer esperando lo inesperado? o ¿al del dolor en la obscuridad por las entrañas que te arrancas poco a poco, porque crees que no es justo las poseas? Bueno, quizá lo mejor sea tirar nuevamente a la basura este borrador.

Quizá sólo hay una cosa que podría salvarse: decirle a los ciudadanos indiferentes y a las autoridades corruptas de pensamiento y obra, que no pueden seguir ciegos ante lo descomunalmente necesario que es prestar un servicio eficiente de bomberos, que facilite cumplir con el deber de disminuir el dolor humano y respetar la dignidad de las personas.

¿No pueden imaginar que pocas esperas tan angustiantes hay, como la de esa esperanza que se viste con luces rojas y pide paso con sirena?

¿Somos tan cobardes como para no exigir condiciones laborales dignas para quienes hacen del placer propio una oportunidad para servir a los demás?

A más de cuatro décadas de haber tomado la mejor decisión de tu vida, confirmas hoy que por evitar una sola lágrima en mil años bien vale la pena desafiar toda una eternidad en el fuego.

Por quienes salvan mansiones y viven en vecindades, por quienes dan la oportunidad de vivir a otros y apenas pueden sobrevivir; por quienes anhelan, ríen, lloran y temen igual que todos en el anonimato de las siluetas contra el fuego; por lo justo y lo humano, sólo hoy deberás confesar que no hay orgullo más grande en tu vida que haber sido aceptado por ese grupo de hombres tan iguales a todos en su sentir, como tan diferentes en su vivir.

“Vapor eres y en vapor te convertirás", sentencia siempre presente en el infierno del íntimo placer en el servicio colectivo.

riverayasociados@hotmail.com

Descenso al infierno (Parte 2)

“¡Échenme agua, hijos de la chingada, me estoy quemando!”… y luego no más reclamos…

“¡Aguas!, que ninguno vaya solo… pinches polis, que no los dejen solos, aquí está cabronsísimo”, decía en el más puro sentido paternal José Ángel, quien iba al mando. Era tarde ya: la carroza roja en la que viajabas había sido la primera en llegar a este enorme salón de castigos. El equipo con el que ibas tuvo que esperar muchos minutos para que le permitieran ingresar a hacer algo por quienes sabías eran iguales a ti, sólo que sin tanta suerte o un papá que comprara la Ley. Todos murieron quemados, ninguno evadió la cárcel. Viva el sistema penitenciario; viva el disfrute del vómito reciclado en esta sociedad de la que eres cómplice y lamedor de sus desechos.

Muchas imágenes vienen a ti una y otra vez; no se quieren ir, por más que las espantas como quien ahuyenta esos buitres que bien conoces y arriban para hacer perenne la supuración de las heridas de tus cobardías, errores e inconsciencias.

Se estrella así muy dentro de tu ser el rostro del hombre que con una insignificante manguera de jardín pretendía hacer frente a un gigante de fuego que se burlaría de mil y una de ellas, pero que defendía así, solo, el patrimonio de sus hijos, ubicado en lo más alto del cerro, literalmente, de la marginación. Qué poco eran ahí las descargas eléctricas que recibías cada vez que dabas línea a tu compañero, qué nada era el agua hirviendo que entraba en tus botas rotas cuando entendías lo que era la esperanza definida por esa expresión de suprema angustia en la soledad e indefensión, justo al lado del monumental demonio que devora, quizá, con más saña y apetito a los pobres.

Seguramente reconoces que en estas circunstancias también se aprende, como cuando confirmaste, pese a las aplastantes sentencias sociales que recibiste a lo largo de tu vida, que los hombres también lloran, sobre todo cuando están solos y entienden que hay un fin común para todos.

Así te pasó cuando después de que muchos fingieron fortaleza en la misa de cuerpo presente de Jaime, pasaron de la luz a la sombra al bajar en la carretera el féretro de la máquina de vida y muerte, para introducirlo en la camioneta que lo llevaría al panteón de su pueblo. ¿Muy hombrecito, no? Si hasta la voz se te quebró, cuando lejos de cualquier mujer abrazaste a su estoico hermano a manera del mensaje que no pudiste completar.

Otro aprendizaje lo tuviste cuando entendiste de putas apenas a los 35.

Fue aquella madrugada de terror contenido cuando junto con dos compañeros te quedaste cuidando la unidad —pero, ¿quién se la iba a llevar?—, que tan pronto acabaron las llamas dejó de funcionar en lo más alto de la célebre Risca, principal productora de notas rojas. Fue ahí cuando cerca de las cinco de la mañana observaste subir por la pronunciada pendiente a dos damas, quienes llevaban en las manos sus zapatos de tacones altos, desafiaban las piedras del camino y lucían estrechos vestidos. Tras hacer un alto en su penoso escalar, te comentaron acerca de lo prolongado de su jornada laboral, lo útil que les serían las láminas del “tejaban” siniestrado y su preocupación por el intento de ataque que sufrió el día anterior la hija quinceañera de una de ellas, quien dormía sola en el único cuarto de su vivienda. A las seis de la mañana, cuando la máquina volvió a circular, la primera imagen que viste fue la de ambas mujeres desmaquilladas, ataviadas con batas y calzando chanclas formadas afuera de un establecimiento de leche subsidiada.

En serio, para llamar “putas” apenas a quienes te quieren cobrar con vestido blanco.

riverayasociados@hotmail.com

Descenso al Infierno (Parte 1)

Hace más de 4 décadas tomé una de las mejores decisiones de mi vida: acompañar a los bomberos. Alentado por mi amigo y maestro, el teniente José Ángel Mejía Valdez, fallecido, escribí algunas de mis vivencias en una computadora que terminó en la basura sin mi autorización, final indeseado, aunque acorde a la calidad de su contenido. Años después rescaté de mi memoria algunos de los hechos que viví con el grupo que tiene el primer lugar en mi corazón y mente. Aquí retomo algunos de esos últimos escritos con olor a humo.

“Descender al Infierno es hacerlo al lugar del desafío del dolor por el goce del placer, del disfrute de la vida por la certeza de la muerte; es buscar en las llamas la razón de la sinrazón de hacer, es encontrar en el más denso humo negro el más despejado y placentero camino hacia el final de la existencia: aquel que te lleva a vivir intensamente sabiendo que en cualquier momento el recorrido se puede interrumpir”.

Ves todo rojo, sangre en unas ocasiones, luces y metales en otras; sientes cómo te quemas, cómo te amenazan esas explosiones de origen desconocido y terror plenamente identificable; saboreas la sinrazón que te acerca a esa danza de destellos y vomitas la razón que te aleja de ellos; hueles ese inconfundible aroma que distingue al cadáver humano y entiendes el privilegio de oler tu inexorable futuro; escuchas el llanto de la sirena y su incansable canto de orgullo y prisa, de homenaje y explicación al disfrute de la vida a través del desafío a la muerte, que bien sabes alguna vez perderás.

¿Te acuerdas qué hiciste para llegar aquí? Tal vez no sea motivo de orgullo, pero, debes admitirlo, es real. Claro: buscabas morir por algún motivo; querías desaparecer, pero rehuyendo el costo de hacer tú mismo ese acto final de magia.

Pero, ¿recuerdas también como confirmaste que querías estar eternamente vivo al lado del fuego? Fue esa madrugada cuando pasaste desbocado bajo la ventana del cuarto en el que ella dormía, como gritando a todos que se hicieran a un lado porque ya querías llegar a inundarte de miedo, que entendiste que querías regresar entero en la mañana para verla y abrazarla muy fuerte, con la vehemencia propia del acto de descorrer la venda que tapa los ojos que de pronto encuentran una razón para ver siempre. Fue así como tu primera hija, desde el comienzo de su existencia, te enseñó que estabas cerca de la cueva del Maligno por gusto de vida, no por búsqueda de muerte.

En estas profundidades las pruebas para los condenados son continuas y tan crueles como aquellas que te hacen enfrentarte a ti mismo y preguntarte a solas “¿por qué?”; otras, tan espantosas son, que merecen vomitar sobre ti mismo, levantar con la lengua lo vomitado y volverlo a vaciar, ahora sobre eso que pensaste algún día fue —¿o sigue siendo?— tu conciencia social.

Tres de la mañana. Hasta tus culpas duermen, mientras descansas en paz esperando la resurrección y la gloria ordenadas por la danza del martillo de la alarma.

De improviso, como todo aquí, tu sangre hierve y tu corazón explota en el más divino e infernal orgasmo cuando te lanzas al vacío del cubo de los tubos sin saber aún por qué. Apenas segundos después el rugido de un motor a sus máximas revoluciones te lleva al encuentro de una negra columna que sale desde la boca misma de la ardiente cueva de Satán y que, simbólica e impresionantemente, une tierra y cielo. “¡Está con madre!”, describe abriendo descomunales ojos tu compañero de viaje, mientras que, falso como pocos, escondes tu terror en el ritual de colocarte los guantes y bajarte la visera. Admítelo aquí en la obscuridad e intimidad: tienes miedo y, al menos conscientemente, ya no te quieres morir. ¿A qué jugaste con la vida? ¿A qué jugó contigo?

Primero siluetas, resplandores, gritos, crepitares y hasta aplausos —en una noche en el Infierno pasa casi todo—; luego, sólo dos en las entrañas de la bestia, muy pronto rodeados por invitaciones al más allá provenientes de todos lados. Arriba, un techo próximo a colapsar del cual cae parte de una viga que pega en uno de ellos, a la izquierda y al frente una pared de fuego, a la derecha la más salvaje orgía vista vez alguna de chispas salientes de un tablero de control eléctrico, y atrás una cortina metálica muy posiblemente ya electrificada.

¿La decisión? Sencilla: uno, el profesional valiente, avanza en una impresionante lucha cuerpo a cuerpo contra el fuego; tú, el voluntario cobarde, sigues cada paso hacia el destino de ese hombre ejemplar. ¿El final? Seis de la mañana, dos rostros cubiertos con hollín en cuerpos empapados de sudor, un par de tazas de café y una pregunta demoledora: “¿Por qué lo hace?”, cuestiona el osado retador de Vulcano, “mi familia sabe que este es mi trabajo, pero ¿usted?”. “No sé”, admite al aprendiz, “pero… aquí estamos otra vez de regreso, tomando café”.

Este es un llamado de atención, no un cuento

La historia de la humanidad bien podría ser una de terror.

Sin ir muy atrás en el tiempo, baste recordar hechos como la aniquilación de culturas nativas de la América invadida por Europa, bajo el argumento de salvarlas; el ataque al saber y lo diferente manifestado en la muerte de Giordano Bruno en  la hoguera, condena a Galileo Galilei y la quema de libros discordantes con el nazismo; el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón y el uso de napalm en Corea y Vietnam; o las masacres del crimen organizado, las ejecuciones extra judiciales perpetradas por instituciones del Estado y los feminicidios en el México guadalupano.

Esas historias aterrorizan porque demuestran la crueldad única del animal humano, capaz de convertir el dolor, la sinrazón e impunidad en herramientas del poder.

Empero, hay otros narraciones que sobrecogen y son construidas por los individuos haciendo uso de sus más grandes y crueles instrumentos de tortura: la conciencia de su temporalidad y capacidad de introspección.

Uno de esos episodios lo protagonizó Justino, hombre de edad madura que habitaba en un desarrollo urbano de interés social, donde era conocido por su afabilidad y vida alejada de conflictos mayores. Nadie de sus vecinos sabía exactamente cuál era su ocupación, pero todos aseguraban que era un ciudadano honesto.

El último capítulo de la serie de su vida comenzó a vivirlo frente al espejo colocado arriba del lavabo que apenas encontró sitio afuera del baño de su casa. Ese día, mientras observaba el reflejo de sus ojos que no lloraban porque estaban tapados de tristeza y arrepentimiento, trató de verse por dentro, pero le fue imposible. Necio hasta cuando estaba a solas con él mismo, bajó la mirada y abrió la boca lo más que pudo, pensando que tal vez así podría atisbar sus adentros.

Una y otra vez distendió la mandíbula para luego intentar con mayor fuerza parecerse a un cocodrilo, aunque en su caso este tendría piel delicada e instintos acotados. El desenlace de estos ejercicios fue lo esperado en toda vida: lo inesperado.

No supo cómo entró a ese lugar y tampoco le interesó saberlo, aunque sí reconoció la imprudencia de abandonar el placer de la ilusión e ingresar a la insoportable realidad. Como no podría ser de otra manera, poco a poco sus ojos se adaptaron a la penumbra del túnel en el que transitaba rodeado de olores fétidos y salpicado por espesas mucosidades de tonalidad amarillenta a las que, de vez en cuando, se añadían breves, pero quemantes chisguetes de ácido que hacían olvidar el pavor causado por continuos rugidos de procedencia desconocida.

Sabía que avanzaba en ese túnel debido a que cada vez era mayor el espacio que la escasa luz cedía a la abundante obscuridad, pero, sobre todo, porque por las órdenes del miedo los vellos de sus brazos se erizaban.

“Cuando creas estar en el abismo, asómate al precipicio”, fue la frase cuasi célebre de un seudoescritor que recordó en el momento que sintió un picotazo en su cabeza, de la que surgió lo que parecía una fuente similar a la de las ballenas cuando respiran, sólo que en este caso, en vez de agua, fluía sangre. Eso fue lo de menos cuando una nueva agresión lo obligó a mirar el despegue de un buitre, que como si fueran serpentinas desplegaba en el aire las circunvoluciones que le acababa de arrancar del cerebro.

Esa frase descriptiva de la realidad de muchas personas volvió a manifestarse cuando, pintado de rojo obscuro, intentó huir de una jauría de hienas salivantes que lo derribó e hizo tener la certeza de su inminente muerte. Lejos de cumplirse tal presagio, cedió el paso a algo peor: ni una sola mordida recibió y sí fueron muchos los trazos sobre su humanidad que debió admitir de las lenguas de esa especie carroñera, convertida ahí en hematófaga.

Sentir en su cara el calor del aliento nauseabundo de esos animales, así como percibir el fino paseo de agudos colmillos en su garganta, nada eran ante el ardor que sentía en las heridas de su cabeza acicateado por la contaminada saliva de sus agresoras, que poco después desaparecerían tan inexplicablemente como llegaron a la escena. Continuaría el camino empapado en la tibia sangre de su cuerpo y malolientes secreciones salivales de las hienas.

A excepción de la ruta al Paraíso, todo trayecto emprendido por el hombre es finito. La tímida luz que empezó de nuevo a iluminar sus pasos lo guio hasta un espejo que no tardó en identificar como el que estaba sobre el lavabo de su vivienda. Poco había ya que cuestionar en este viaje a un mundo donde el pánico y las pesadillas formaban parte de la normalidad.

Conforme se acercaba al espejo crecía la intensidad de la iluminación y disminuía su frecuencia cardíaca y sudor de manos. Al distinguir claramente su figura, acercó poco a poco el rostro a la superficie reflejante, vio de nuevo el pesar de sus ojos, abrió lentamente la boca para hacer el intento de observar otra vez el interior de su ser, la cerró queriendo sonreír, volvió a abrirla lo más que pudo y, finalmente, hizo contacto con el material que enviaba de regreso su imagen.

Todo lo demás ocurrió en fracciones de segundo. Desesperado, buscó asirse de cualquier cosa, sus piernas ofrecieron toda la resistencia que pudieron, el desasosiego se tragó sus gritos y la última manifestación de su conciencia fue de arrepentimiento por haber deseado verse por dentro.

Los únicos recuerdos que quedaron en la casa de Justino fueron unas cuantas manchas de sangre y algunos restos de tejido cerebral encima del lavabo.

Nunca se supo si fue él quien se devoró o si el espejo lo engulló. En cualquier caso, es recomendable evitar la visión de culpas y pecados, porque depreda a los hombres.

riverayasociados@hotmail.com

Desde La Chingada

Preguntar cuál es el último destino de las emociones que animaron el cuerpo que nutre a la tierra, es evidencia del miedo y de la aspiración inútil de quien, conociendo ese fin desde que nace, aspira en su último segundo a desconocer todo lo que creyó cierto.

Imagina el lugar donde me encuentro y aprovecha la ocasión de diseñar mi eternidad. Pide que te ayude y hazme sentir todopoderoso de nuevo abriéndote la puerta de mi pensamiento postrero, guía para que tu cabeza dibuje mi morada permanente.

Primera pregunta para que inicies tu obra:

¿Qué causará más dolor: el recuerdo del poder absoluto o la imposibilidad de convencer por qué se gobernó de esa manera?

Me veo rodeado de selva, mientras que mis enemigos me creen en medio de las llamas del infierno y mis fieles imaginan en la Gloria hablando de Señor a Señor. Poco debería importarme ser diabólico para algunos, cuando para muchos soy divino, pues a final de cuentas ambos son atributos inseparables de las personas.

¿Alguien tendrá piedad por el hombre público que vive la tragedia de aceptar en soledad que es el único individuo a quien no puede engañar? La mentira que repite el hombre se convierte en veneno que él mismo se inocula y destruye su percepción de la verdad. Sin embargo, si el engaño mata, soy un mártir, no un embustero.

Regresar la esperanza a un pueblo, dar cauce en paz a sus resentimientos y construir enemigos de papel para que los destruya sin armas, ¿no es suficiente siquiera para beatificarme? Cualquiera puede masacrar o encerrar a la bestia herida, pero pocos pueden darle una causa que la distraiga, convierta en inofensiva y haga que lama la mano de su domador.

Levanté a muchos pobres sin derribar a los pocos ricos, mantuve la estabilidad del sistema prometiendo transformarlo y gané tiempo a la realidad para entregárselo a la ilusión.

¿Actué mal? Que respondan los millones que aclamaron mi continuidad en el poder, ajenos a las cuantas realidades y muchas calumnias de mis adversarios.

Condenar a un gobernante sin tomar en cuenta sus circunstancias, equivale a sentenciar a un ave por no volar en el vacío. El momento en el que viven los hombres se convierte en herramienta fundamental para construir su legado.

Pocas cosas tan absurdas como considerarme un personaje que llevó a México al pasado, ignorando la decepción de los mexicanos presente por el desempeño de quienes los habían gobernado, esta sí, amenaza para el futuro del país.

No, no espero disculpa alguna de quienes me atacaron, aunque quizá ellos sí aguardan mi agradecimiento por haber participado con su banalidad y soberbia en el juego al que los invité sin que se dieran cuenta.

En cambio, deseo que permanezcan el recuerdo de mi ser en aquellos a los que sigo haciendo falta y el encono de quienes en su vida quisieron mi muerte. Pude parecer, y hasta querer ser ángel sin alas, pero, al fin humano, saberme en la mente de los demás consuela mi soledad y reconocerme beligerante prueba que existí.

Gracias por dibujar el sitio que ocupo, ¿o gracias a mí por permitírtelo?

Recuerda que en la tierra o en los recuerdos, para la historia siempre seré presidente.

Falso monólogo sobre una persona de verdad

La obscuridad inicia su huida y no sé si es por el despertar del sol o de mi persona.

¿Quién entendería que amanecer convertida en diosa aumentaría mi tragedia de ser humana, naturaleza que a partir de esta semana deberé ocultar en público, pero seré incapaz de hacerlo en la intimidad?

Tengo miedo porque sé que cuando se impide el escape del gozo y dolor, irremediablemente, llegará el momento en el cual estallará quien los acumule. Conozco también que quien carga los anhelos de otros lleva sobre sí el mayor peso que existe, masa que terminará aplastándolo cuando a ella se sumen los injustos reclamos al ser humano confundido con dios. Nada más lejos de mí que desear el mal para mis semejantes y nada más imposible que transformar la vida de cada uno sólo con mi aspiración de hacer el bien.

Cuando esta noche huya de las millones de miradas que me escudriñarán en el día, apague la luz de mi recámara y despoje de la careta de todopoderosa, la soledad convocará a mis miedos, deseos y dudas para que se arrojen sobre mí en el breve regreso de mi dimensión humana, la que tratarán de desgarrar y devorar. El silencio con el que acompañaré cada pedazo que arrancarán de mí esas emociones y temores será parte de la condena que purgaré durante seis años.

Esta mañana confirmo que cuando el humano sucumbe a la tentación de ser adorado, cae sobre él la maldición que lo mismo le impide gritar de dolor que aceptar sus errores, razones ambas de asfixia.

La prohibición que impide mostrarse débil o falible a toda persona entronizada, no podré revocarla aunque sobre mi cabeza aparezca el halo de santidad que ve la masa necesitada de fe y harta de desesperanza. Me anima, sí, entender que mis promesas serán preferibles a mis verdades.

Como muchas otras personas, envidié a quienes tuvieron la posición que asumo. ¡Qué equivocadas estábamos, pues fácil es soñar con el mando y difícil soportar las exigencias de su realidad!

Si la vida es un juego que se define por el marcador de alegrías y tristezas, admito que desconozco cuál debe ser el sentido de mi apuesta. Cuando algunas voces piden que me aleje de quien cree ser mi padre y sólo es mi gran elector, hacen que la risa triunfe sobre el llanto. ¿Alguien pensaría en soltarse del madero al que se aferra en la mitad del mar?

En cambio, cuando otras expresiones exigen que transforme el rumbo de sus vidas —como si el poder fuera de los políticos y no de los dueños del dinero—la tristeza arrasa en ese juego. ¿De verdad hay quienes suponen que soy el único y más poderoso mando en el país? ¿En serio imaginan que la sola voluntad del gobernante define el rumbo de la nación? Pensarlo equivale a esperar que alguien viva sin la atmósfera que oxigena su cuerpo y sin los órganos que lo animan.

Por supuesto que todo esto lo negaría en público, al igual que diría que es falso que la democracia sea el mejor sistema para legitimar a la oligarquía o formar una nomenklatura “tropicalizada”.

Quiero ser libre como lo quieren casi todas las personas, pero no lo seré ni por el compromiso que tengo con el verdadero elector ni por mi propia conveniencia. En fuente permanente de verdades tampoco me convertiré, ya que si no podré garantizar con acciones la paz de los ciudadanos, al menos trataré de darles tranquilidad con mis palabras.

¿Soy una mala persona? ¡No! Soy igual a todas, formada por claroscuros, sin blancos ni negros absolutos, tan acostumbrada a la vida que nunca quisiera abandonarla y tan humana que primero frenaré la verdad antes de atropellar a la ilusión.

Huyó por fin toda la obscuridad. Es tiempo de volver a probarme la banda presidencial. Se hace tarde.

riverayasociados@hotmail.com

Administrar la lluvia: parte 2

¿No has leído "Administrar la lluvia parte 1, ¡da clic aquí!

“Si deveras sirvió, creo que me volé la barda”, admitió para sí cuando retomó apresurado la tarea de guardar sus cosas y dejar lo más vacío posible el despacho, advertido ya sobre la cercanía de la columna ciudadana que remaba hacia el palacio con el propósito de destituirlo, dada la incapacidad que la gente consideraba demostró para impedir que los aguaceros inundaran la ciudad.

“¿Quién los entiende? Primero se quejan porque no hay agua y luego porque hay mucha… son todos unos malagradecidos”, murmuró mientras regresaba a la pared la foto de su toma de posesión al lado del gobernador. Cargaba ya muchas cosas y la lancha en la que planeaba huir con dificultades soportaría lo indispensable.

Que si la catástrofe fue resultado de la ausencia de planeación urbana, que si la negligencia de la autoridad para desazolvar el drenaje tuvo la culpa, que si los ciudadanos fueron los responsables por obstruir con basura las coladeras, que si los medios de comunicación no informaron lo suficiente para que la población se previniera, que si la extendida lujuria de mucha gente mereció el castigo divino, que si el clero se excedió en rezos para que terminara la sequía… que si mil cosas más.

Aunque todas esas explicaciones le parecían razonables, prefirió no detenerse en su análisis y apresuró su tarea motivado por los primeros gritos del pueblo con más ansias de retornar a las épocas de los sacrificios humanos, que de reclamar responsabilidades y obtener justicia.

Inútiles fueron sus esfuerzos: cuando intentó abordar la pequeña embarcación conoció por última vez el sentir popular, ahora en la forma del salvaje golpe que recibió en la cabeza con un remo y acabó para siempre con sus pesares.

Apenas unos años después la ciudad no sólo se convirtió en el paraíso de la pesca, buceo y esquí acuático, sino que fue sede de las más importantes justas mundiales de natación y clavados, abandonando definitivamente su aspecto de sitio de tercera en el tercer mundo.

La televisión de las divagaciones regresó a negros y el presente estuvo de vuelta tan rápido como había cedido su lugar al pasado.

Percusiones y notas de viento anunciaron el fin del homenaje, lo que además de borrar el aburrimiento del administrador de la abundancia citadina, trajo a su persona la reflexión que la acompañaría el resto de su existencia:

“Por más malo que seas, la historia podrá santificarte”.

Se sintió tan bien que prefirió regresar nadando al palacio municipal.

riverayasociados@hotmail.com

Administrar la lluvia: parte 1

De su rostro sereno con mirada fija en la nada escapaba una expresión de tristeza, tan fría y dura como el bronce de su construcción mojado por la insistente lluvia que simulaba lágrimas deslizándose sobre sus mejillas.

Como sucedía todos los años desde hacía tantos que nadie llevaba su cuenta, bajo ese busto se reunían las autoridades municipales para romper el tedio de la prosperidad y, de paso, homenajear a quien se consideraba el padre del desarrollo de la ciudad y último alcalde que en su administración conoció la escasez de recursos.

Tambores y clarines dieron las órdenes marciales para rendir honores a la enseña patria, formalidad que aprovechó el alcalde en turno para ocultar un bostezo antes de llevarse la mano al pecho y vivir el rutinario acto lo menos aburrido posible.

“¿Cómo habrán sido los últimos momentos de mi antiguo colega?”, pensó el representante de la autoridad municipal, tratando de conciliar su intención de no perder el respeto a la figura de su predecesor con su deseo de escapar de la monotonía del momento donde podía adivinar las palabras que pronunciaría cada orador.

De la rígida figura broncínea habían dejado de escurrir lágrimas de lluvia, pero se mantenía en su cara la expresión de congoja, tan marcada que no cambió ni cuando un ave se posó en la parte superior de su cabeza y dejó constancia de la universalidad del proceso digestivo.

Mientras el exterior del fastidiado alcalde fingía que escuchaba con atención las loas dirigidas al incomprendido transformador de la comunidad, su interior intentaba conectarse con el espíritu del héroe. Muchos años después recordaría esta experiencia y pensaría que fue real.

Lo intentó muchas veces, pero fue incapaz de evadir la mirada del busto, que invariablemente encontraba destino en la de él. Poco a poco se sintió transportado a un mundo mágico donde levitaba, viaje que duró poco, pues pronto se vio sentado frente a una pantalla plana en la que, como muchos otros contemporáneos, tuvo la certeza de presenciar la realidad, en este caso la de los minutos finales de quien motivaba el acto oficial.

Acomodado delante del aparato, real o imaginario, atestiguó lo que quería saber: “Si la vida terrestre comenzó en el agua, ¿que de extraño tendría su regreso al medio original?”, pensó antes de ser recuerdo en bronce el presidente municipal de la metrópoli, donde poco antes podía abundar todo, menos la lluvia.

Su reflexión tuvo lugar en la pausa obligada por el cansancio que le había provocado empacar a toda velocidad sus cuadros, fotografías, libros, cafetera y, por supuesto, documentos susceptibles a las malas interpretaciones de sus adversarios.

Ni en las mayores y frecuentes fantasías acerca de complots que formulaba todas las mañanas cuando iba a la oficina, pudo imaginar que sería la naturaleza la que lo echaría del palacio municipal.

En los últimos días había llovido tanto que llegó a pensar que no mintió cuando compró el avión que facilitaba las compras de su familia en el otro lado de la frontera, esgrimiendo el argumento de la falta que hacía un aparato así para bombardear las nubes y provocar las precipitaciones pluviales que urgían al pueblo....

¿Qué pasará? ¿El alcalde podrá mediar entre su administración y un diluvio que no escampa? Espera la segunda parte de "Administrar la lluvia" por Manuel Rivera el martes de la próxima semana.

Morir es sólo cambiar de casa

Dormía con la mediana profundidad que permitía mi cinismo o fingida ignorancia de mis pecados, cuando el súbito hundimiento de una de las esquinas de mi colchón hizo que mis ojos se abrieran durante unos cuantos segundos antes de volverlos a cerrar, para tratar de que mis culpas continuaran durmiendo.

No tardé en sentir un nuevo descenso del nivel del colchón, ahora en otra esquina, lo que por supuesto ya me pareció algo anormal. Luego vi lo que jamás imaginé ver.

Me gustaría saber que lo vivido fue un sueño, pero no puedo engañarme tanto. Siempre he preferido admitir la realidad más aterradora antes que suponer la fantasía más placentera. Debo entonces aceptar que estuve cerca de dos personas que contribuyeron a mi formación o deformación —según la orilla del río de la vida desde la que se me juzgue—, y que murieron hace mucho tiempo.

Tal vez no debería contar esta experiencia, de la que también dudo, pero considero que es importante compartirla para que la gente entienda que los muertos nos dan vida.

La primera aparición fue la de mi abuela materna, para algunos mujer carente de sentimientos, pero para todos católica a ultranza. Ella me enseñó que ni la fe más grande puede blindarse contra las mínimas dudas. La segunda fue la de su hijo, quien como tío, padrino y sacerdote me dio las primeras lecciones de arte y filosofía.

Ambos escritores de mi historia estaban incorruptos y despedían tenue olor a incienso. Ella portaba un vestido gris que le llegaba al tobillo y cubría su cabeza con el velo negro con el cual la asocié desde niño, mientras que él tenía puesta una sotana que dejaba entrever sus zapatos de charol. Nunca dudé de que los dos eran de carne y hueso.

Mi abuela, católica por tradición y acción, me confesó en su vida terrena dos inquietudes que tenía con relación a su doctrina, por supuesto anteponiendo un par de sinceros “Que Dios me perdone”.

“Si es necesario creer para salvarse, ¿qué sucede con quienes no creen y salvan, aun sin proponérselo, a través de las emociones provocadas por el arte?”, fue uno de sus planteamientos que hasta la fecha me permite asegurar que Black Sabbath entero disfrutará la Gloria eterna.

Otras de sus dudas no sólo las externó, sino que las ilustró. Circulábamos sobre la carretera México – Puebla cuando fijando su vista en las siluetas del Popocatépetl e Iztaccíhuatl, enmarcadas por el azul del cielo y el verde del bosque, expresó después de disculparse por una posible blasfemia:

“¿Por qué destruiría Dios tan maravillosas creaciones? ¿Y si este es el Paraíso y no nos hemos dado cuenta?”. Hoy entiendo que crear es lo que más puede acercar al hombre con la divinidad, y que en los instantes en los que destierro mis culpas me sé en un edén.

De mi tío, padrino y sacerdote tengo presente cómo me sigue obligando a burlarme de mí en los momentos de lucidez que me quedan cuando despido temporalmente a la soberbia.

Él hablaba tres idiomas, estaba graduado en teología, era gran conocedor de ópera y arte sacro, y en su círculo de amistades había destacados pensadores. No obstante, después de que dio auxilio espiritual a mi agonizante abuela materna, quien carecía de estudios mayores, grandes conocimientos y amistades intelectuales, reconoció públicamente que la fe de ella y su certeza de gozar las promesas de vida eterna hechas por su Dios, eran un ejemplo y lección para su sacerdocio y persona.

¿Que si tuve miedo? Primero experimenté terror, tanto que permanecí inmóvil observando cómo mi abuela me persignaba y mi tío daba la bendición. Luego mi temor fue desplazado por un enorme agradecimiento hacia ellos, al ver cómo perdían su estructura corpórea e ingresaban como sombras a mi cuerpo.

Hoy algo más se esfumó: mi creencia de que únicamente los vínculos con los vivos determinaban la realidad.

Después de esos encuentros supe que nadie puede existir sin llevar dentro a sus difuntos.

riverayasociados@hotmail.com