Breve y absurdo debate sobre otro debate del INE

Apago la televisión y veo discretamente mi ropa en busca de restos de vómito propio y ajeno.

La razón es simple: la mezcla de tantas verdades a medias o mentiras incompletas, sumada al exceso de culpas no reconocidas, seguramente causa náuseas tanto en quienes las emite como en quien las escucha.

Por supuesto sin expresarlo en público, pienso que yo podría ser parte del grupo emisor de las medianías, lo que sin duda es aspiración o envidia inconfesa.

¿Acaso no seré capaz de hacer promesas aún mayores, también sin compromiso de cumplimiento ni otra base distinta a la de simular esperanza para los desesperanzados?

Estas elucubraciones me conducen a rescatar tres debates recurrentes en mi olvidable vida. ¿La felicidad plena sólo puede darse en la ignorancia plena? ¿El que se rodea de lodo en lodo se convertirá? ¿Sirven de algo los valores cuando se tiene hambre?

Evoco las mentiras que se repiten con tal vehemencia que se convierten en dudosas verdades, veo la avalancha de soberbia disfrazada de propuestas y reflexiono acerca de la relación inversa que en ocasiones hay entre los valores y las fortunas. ¿Es necesario alinearse al entorno para sentirse y vivir bien, aunque éste desconozca de ideales?

Olvido un momento la amenaza de las náuseas y trato de rumiar mi realidad, entendiendo que, salvo dinero, nada me falta, aunque siga pareciendo infeliz.

Recuerdo que borroneé alguna vez: “ante la contundencia de las evidencias que insisten en que podrías estar peor, prefieres convencerte de que en la riña entre pensar y ser feliz es mejor inclinarse por lo primero. Ninguna infelicidad tan grande como la de quien niega la esencia de pensador propia de los seres humanos”. 

¿Y si me reconozco ignorante de la relatividad de lo cierto, economía recesiva y seguridad nacional, por ejemplo? ¿Y si además desconozco deudas y me convenzo de que sólo el trabajo y el talento hacen engrosar la cartera? Parece fácil, pero ¿si la felicidad es como el presupuesto, que no alcanza para todos?

“Ahora hasta preocupado pareces por mimetizarte y adquirir los tonos indefinidos de tu entorno. Y no te queda más que convencerte de que seguir la tendencia de tu medio ambiente es hundirte con él. Solidaridad, humildad, trabajo en equipo y visión te separarán del lodo, te dices”, garrapateé hace algunos años, aunque hoy recuerdo que he visto gente contenta por sus baños con agua lodosa cuando en esta se presume hay oro.

¿Alguien habrá degustado un taco de valores? ¿Alguien será investigado por descubrirle enriquecimiento inexplicable de virtudes? Si las casas se valuaran en honestidad, ¿cuántos palacios habría? Y así sigo debatiendo conmigo después del primer debate del INE televisado en el 2024.

riverayasociados@hotmail.com

El país de la lógica perdida

En la paradoja por excelencia que es la vida, pues exige la muerte para acreditar la existencia, hay un país que podría ser la capital mundial de los hechos y dichos que desafían las reglas básicas del pensamiento.

Si las paradojas se convirtieran en nubes, desaparecería la sed en México.

Imagino eso posible y bajo una tormenta recuerdo aquella ocasión en el cuarto de guerra de un alcalde priista, quien proponía organizar una marcha para protestar contra la inseguridad. “Ahora, ¿quién podrá defendernos?”, dijo sarcástica y justificadamente uno de los asesores participantes en la reunión.

Para que no se enojen conmigo, porque yo tampoco las respeto, no puedo dejar fuera de la lluvia de paradojas a las franquicias llamadas “partidos políticos”. ¿Cómo no considerar reyes de la paradoja, por ejemplo, a los “partidos de oposición”, cuando cuestionan al gobierno actual por supuestos retrocesos usando un discurso ausente de propuestas innovadoras, pero saturado de invitaciones para retornar al pasado que protagonizaron sin éxito?

Saturarían el espacio destinado a esta columna las evidencias del culto a la paradoja, como las dadas por los camiones estacionados cerca de mítines políticos transportando gente a la que se llama “libre”, pero que engrosa cuotas obligatorias, o las risas provocadas por las promesas de cambio hechas por el PRI y PAN ausentes de la menor intención de pedir perdón.

¿Cómo no reconocer también al gobierno de México donde no se sabe si en él rige el sentido del humor que hace menos ingrata la vida u opta por la agudeza para burlarse de quienes padecen la realidad fuera de la nómina gubernamental? Hechos como el histórico performance del pastel con el que hace un año y medio fueron celebradas las mil reuniones del Gabinete de Seguridad, aduciendo que éstas han permitido garantizar la tranquilidad en el país, es clara muestra de la paradoja política nacional.

A la lógica cuestionada se integra hasta “el deporte nacional”, aunque oficialmente carezca de este título. El futbol representa valores como la disciplina, perseverancia, creatividad y colaboración en beneficio de la salud del cuerpo, mente y entorno social. Sin embargo, la realidad mediática que lo incorpora como propiedad envía a segundo plano esas cualidades y opta por el mercantilismo (demostrado en la promoción de drogas legales) y el uso de símbolos nacionales para alienar a las masas.

Con ansias de no quedarse atrás en la nación de la paradoja, diversos medios de comunicación masiva insisten en calificar como “fracaso” el habitual desempeño del equipo al que le dicen “representativo”, aunque luego continuarán alentando las mismas causas de la derrota señalada, justo como sucede en otros niveles de la gran contradicción nacional.

Concluyo abriendo un paraguas con el afán de protegerme del aguacero de las paradojas: el mal político, el mal ciudadano y el mal equipo desaparecen el dinero ajeno y la vergüenza propia, hurto disfrazado de palabras e intenciones en sentido contrario en el país de la paradoja, donde lo que parece no siempre es lo que parece.

riverayasociados@hotmail.com

Fragancias y hedores del miedo

I

Convertir lo corto en imperceptible. Hacer del suspiro de la vida sólo la oportunidad para evitarlo. Detener el accidental o concedido instante de vida en el universo adelantando la inmovilidad propia de la muerte inexorable.

En cambio, se experimenta la misma cortedad del suspiro de la vida al admitir que la existencia de la muerte resulta inherente al ser mortal (donde es lo que la sal a la comida o al “no” inicial que multiplica el gozo del “sí” final), mas ahora haciéndolo perder su carácter absurdo y dándole justificación plena.

¿Maldito o bendito miedo?

II

Por paradójico que resulte, la ausencia de pavor en algunos provoca el pavor en otros.

Uno de los mayores motivos de alarma es el miedo a quien conduce el rumbo de un pueblo sin temor a jueces o leyes de origen divino o terrenal. 

La pérdida de miedo al juicio propio y de los demás, desvergüenza pura, es aviso de próxima y temida catástrofe.

¡Qué temor al no temor!

III

Trance superior de miedo es desafiar la ruptura del alma, porque permitirá que escape la esperanza, que a la vida es más que la sangre.

¿Y qué otra cosa puede fracturar el espíritu mejor que el golpe dado por la indiferencia de quien se pretende acepte el espíritu ofrecido?

El temor al rechazo obliga a optar por el camino llano de la permanencia en la parálisis o el de la ruta sinuosa para el efímero disfrute del paraíso. En ambos trayectos será inevitable la muerte del hombre, triste en el primero y alegre en el segundo.

IV

¿Cómo no tenerle miedo a quien confiesa su ignorancia diciendo que sabe, sin hacer ni ser?

Quien pretende asumirse ante los demás como individuo superior por la temporalidad de una posición de poder, provoca la pena dada por el desvalido, la risa inducida por el payaso y el miedo imbuido por el desquiciado.

Más temor debe provocar la persona armada de soberbia, que la pertrechada con plomo.

V

Cuando se arriba a la disyuntiva de enfrentar la posibilidad de la derrota o del triunfo, del dolor o del placer, el aire transporta un olor perceptible por la mayoría, pero disfrutado únicamente por pocos.

El aroma del miedo (originado en la angustia frente a lo imprevisible o surgido ante el anhelo de alcanzar la menor, pero más atractiva, posibilidad) impregna el momento en el cual el ser humano decide cargar con la culpa de ceder el paso a la seguridad y detener con ello su marcha, o resuelve avanzar hasta donde lo esperen el descanso eterno o el gozo fugaz de triunfar sobre sí mismo.

Disfrutar la vida o estar muerto dentro de ella, aunque el corazón lata, depende de diferenciar una fragancia de un hedor.

riverayasociados@hotmail.com

Para el patrón, primero el banquete y luego la nómina

Trabajando en República Dominicana (el país donde se inventó el verde) para un magnate del sector privado, por supuesto con influencia pública, fui invitado a su fiesta de cumpleaños en una de sus paradisíacas fincas ganaderas, lugar en cuya administración yo participaba (lo digo para evitar cuestionamientos acerca de mi cercanía con él, cuyo motivo real era brindarle asesoría para sus proyectos políticos). 

Frecuentemente me invitaba a conversar y cenar en lugares de categoría excelsa, donde jamás conocí limitación alguna ni insinuación siquiera para que fuera yo quien liquidara la cuenta. Al contrario, abundaban siempre sus peticiones para que seleccionara la mejor bebida de importación o el manjar más suculento.

En más de una ocasión había aprovechado esas cenas para pedirle me autorizara incrementar los ingresos del personal de la finca a mi cargo.

Hablar sobre humanidad, justicia y prosperidad compartida para tratar de subir los salarios fue siempre infructuoso, pese a que la cuenta de una sola de las generosas cenas que pagaba (sin la menor molestia) equivalía a la nómina mensual de la finca.

Dispuesto a olvidar, al menos temporalmente, el conflicto entre mi papel de servidor del capital y mi conciencia, asistí al festejo de cumpleaños. Lo que iba a ver superaría el contenido de muchas escenas del cine de Hollywood.

El derroche, lo magnificente, empezó desde el “estacionamiento” de los vehículos de los invitados, donde en lugar de automóviles había modernos helicópteros, muchos de ellos impulsados por turbinas y equipados con asientos de piel.

Dentro del salón en el que tenía lugar la fiesta, había música en vivo con un grupo de primera categoría, bebidas sin límite, comida hasta la saciedad y abundancia de damas tipo Bond, James Bond.

Afuera del salón, sentados en el suelo al lado de famélicos caballos amarrados en palmeras, los vaqueros atestiguaban la gran fiesta del patrón. En un extremo todo, en otro nada.

Tras ese efímero paso por el “jet set”, conversé semanas después con mi cliente, una vez más, sobre el tema de los salarios de los trabajadores. En esa ocasión mis argumentos fueron distintos.

“Muchas veces estás solo en la finca o con tu familia”, le recordé. “¿Te imaginas la creciente carga de resentimiento de tus trabajadores, al ver la magnificencia de eventos como el de tu fiesta y saber a sus hijos con hambre?”.

Durante toda mi estancia en el país que inventó el verde, esa fue la ocasión en la que más cercano estuvo el arribo del aumento salarial de los vaqueros. Espero conocer algún día si se tomó la decisión de cambiar para continuar igual.

Inexorablemente, allá y aquí, llegará el momento en el que la pirámide social se estremecerá si su cúpula continúa desestimando la justa distribución de la riqueza.

Quizá sea mejor hacer las cosas por voluntad y no por necesidad.

PD.

Disfruté la fiesta.

riverayasociados@hotmail.com

Confundidos y aventurados

Acampaba con unos amigos en Puerto Escondido, Oaxaca, en ese entonces población de pescadores, anfitriona de unos cuantos turistas de aventura y eventuales seguidores de María Sabina. Ahí uno de los miembros del grupo propuso que viajáramos de aventón a la Laguna de Chacahua, al fin y al cabo, “estaba apenas a unos 20 minutos en vehículo de motor”.

La realidad es que estábamos a más de una hora de ese lugar, lo que poco hubiera importado si nuestro guía hubiera sabido decirle dónde debíamos bajar a la persona que nos trasladó en la caja de una camioneta.

Los 20 minutos pronosticados se convirtieron en casi tres horas del camino que nos llevó de la playa a la montaña y terminó en el centro de Pinotepa Nacional, población oaxaqueña donde atrajimos miradas no por bien parecidos, sino por ponernos pantalones y camisetas en la vía pública, dado que viajábamos en traje de baño.

Ya medianamente vestidos conforme a las normas, nos encontramos con la celebración de un banquete en los portales de la ciudad y nos unimos a los espectadores que, en situación de evidente precariedad, veían desde el sol comer y beber en la sombra.

 Atestiguábamos tan severa división cuando un comensal nos miró y levantó una botella de cerveza en actitud de brindis, a lo que, ni tardo ni perezoso, nuestro fallido guía se reivindicó con nosotros respondiéndole que no teníamos con qué acompañarlo. Poco después compartíamos mesa con el alcalde.

Más tarde entendimos que fuimos confundidos con periodistas y que ese día nuestros anfitriones celebraban el informe de gobierno, acto donde el presidente municipal había sido interpelado.

Ajenos al hecho, conversamos durante horas en la mesa principal y divertidos nos sumamos a las porras a favor del alcalde, en las que aprovechábamos el griterío de la muchedumbre para corear versiones libres no precisamente de apoyo.

Tras despedirnos al oscurecer, nos acompañó una persona que suponíamos nos encaminaría a la terminal de camiones, pero que al tomar una apartada vereda me hizo sospechar de sus intenciones, por lo que detuve la marcha e instruí a mis amigos cambiar el rumbo. La reacción de nuestro acompañante fue enérgica: “el presidente me ordenó llevarlos con las muchachas”.

Hasta la concupiscencia se hace a un lado ante el instinto para sobrevivir. Ignoramos las órdenes del alcalde y nos dirigimos a la estación de los autobuses Flecha Roja, encontrándolas cerradas y con el aviso de que la siguiente corrida saldría hasta las cinco de la mañana.

Esperamos el amanecer en una parada del transporte público, lugar donde debimos de fingir que realmente dormíamos cuando dos sexoservidoras se acurrucaron con nosotros, comentando entre ellas que ahí se protegerían de quien las perseguía. Pocos minutos después de que ellas se retiraron, desde una camioneta salieron un par de detonaciones, avisos para nosotros o festejo de trasnochados.

Sin más averiguaciones, nos dimos a la tarea de convencer al velador de la línea de camiones que nos diera refugio. Contra todo pronóstico lógico, nos abrió.

Cuando 24 horas después llegamos a nuestro campamento en la playa, todas nuestras pertenencias estaban en su lugar.

Cuarenta y cinco años después me pregunto: ¿qué cambió y qué sigue igual en el país?

riverayasociados@hotmail.com

Miradas que incendian la memoria

Hay miradas que matan, como puede saberlo quien se haya enamorado, pero existen otras que, paradójicamente, aunque invitan a morir, en ese mismo ofrecimiento convidan a vivir.

Una de esas miradas se resiste a salir de mi cabeza, por más que trato de espantarla, igual que intento hacerlo con los buitres que ya empiezan a volar sobre mí.

Acerca de mirada tan necia, escribí hace mucho tiempo:

“Se estrella muy dentro de tu ser el rostro del hombre que con una insignificante manguera de jardín pretendía hacer frente a un gigante de fuego que se burlaría de mil y una de ellas, pero que defendía así, solo, el patrimonio de sus hijos, ubicado en lo más alto del cerro, literalmente, de la marginación.

“Entendías ahí lo que era la esperanza definida por esa expresión de suprema angustia en la soledad e indefensión, justo al lado del monumental demonio que devora, quizá, con más saña y apetito a los pobres.”

¿Cómo ingresó hasta el fondo de mi alma, si es que la tengo, esa persistente visión?

La alarma de la Estación Central de Bomberos despidió a la máquina, cuyo rugir de su revolucionado motor advertía sobre la urgencia de la misión.

Tan pronto como la motobomba llegó hasta donde terminó la calle de un barrio marginado, mis compañeros y yo nos dimos a la tarea de unir y tender cerro arriba casi todos los tramos de manguera que cargaba la unidad, los que apenas alcanzaron para llegar al lugar del siniestro y del encuentro con los ojos de quien, sin pronunciar una sola palabra, desde ese día nos sigue hablando.

En el oscuro y estrecho pasillo que conducía al patio de una vivienda con uno de sus cuartos en llamas, nos topamos súbitamente con un hombre joven que intentaba apagar el fuego usando una delgada manguera para regar plantas. Viéndolo tratar de combatir la lumbre con un “cuentagotas”, no con una indispensable lanza de agua a gran presión, comprendí lo absurdo que es juzgar con la razón a aquello que se hace por amor.

Muy pronto relevamos al hombre que trataba de salvar la propiedad de su familia. Antes nos vimos a los ojos y hablamos sin abrir la boca. Su mirada de angustia se tornó en una de confianza, en tanto que la de nosotros cambió de una que comunicaba seguridad, a otra que le ofrecía nuestras vidas.

El fuego se defendió furioso, pero finalmente sucumbió. No volví a ver esa persona, que, sin embargo, me sigue viendo.

¿Así de fuertes serán otras miradas?

¿Engañará a la gente de buena fe marchar al lado de ella entornando la vista como si se fuera adalid de la democracia, de ayer olvidado y mañana de inconfesadas aspiraciones?

¿Bastará retornar al Papa su mirada de santidad para acreditar que se poseen méritos suficientes para ocupar hasta un nicho catedralicio?

¿Exonerará de la toma de malas decisiones emular el rictus de dolor y la aceptación del mártir que padece juicios injustos en aras de causas justas?

¿Y si mejor dejara que fueran politólogos u oftalmólogos quienes contestaran esas preguntas con las que, como si fuera gobernante, trato de diferir las respuestas que me debo?

riverayasociados@hotmail.com

Confesión íntima para un debate público

Lo sé: soy salvaje, irracional, perverso e indigno de vivir.

Sí, debo admitirlo: soy de esa clase de seres motivo de escarnio público, condenados a la agresión de la sinrazón en juicio sumario, a cargo de masas que rinden culto a dogmas, modas e intentos de transculturación; comemos carne cerrando los ojos y amamos a los animales odiando al prójimo.

Lo digo so pena de “lapidación” con bytes: Sí, soy taurino y abro aquí mi pasión de par en par.

Asumo las consecuencias de mi libertad, acepto la herencia de mis ancestros, respeto a quienes disienten de mi pasión, admito el debate como herramienta para acercarse a la verdad y me sumo al combate contra la intolerancia en todos los órdenes.

He llorado al observar emocionado la obediencia del toro de lidia a las órdenes de la naturaleza, cuando lo he visto embestir una y otra vez por derecho, sin reparar en nada más que en hacer lo que su sangre le ordena.

He temblado también de pavor y emoción al sentir su bravura desbordada en sus bufidos que hacen volar hasta el alma, así como su fiereza y nobleza expresadas en ojos de guerrero, de mirada tan profunda que atraviesa la piel para retar al corazón.

Y he atestiguado cómo en momentos de mutua entrega, lidiador y astado abandonan el mundo de los sentidos para ingresar al de lo atávico, al del imperio de las esencias dictadas por la historia integrada en la sangre o al de la inexplicable divinidad que ordena a cada ser lo que debe ejecutar.

Venero el ritual de la tauromaquia que simboliza la vida, es decir, el suspiro de final impredecible que deja de ser absurdo por la decisión de abandonar lo material y desbordar sentires, haciendo frente a lo desconocido y aceptando su invitación al Purgatorio o al Infierno, pues el Cielo ya lo conoce quien es capaz de enredar en un pase natural bravura y nobleza a su miedo domeñado.

Amada Nayelli: tu recuerdo en una manifestación sosteniendo una pancarta en defensa de los animales, con la misma fortaleza que llevas tu veganismo que censura por igual la muerte del ganado a la vista en las plazas de toros y la obscura y muchas veces más cruel en los rastros, me lleva a respetar también tu causa y a escuchar tus argumentos científicos que sacuden mi afición.

Amada Xóchitl: tu playera en la que leí “Los animales están aquí con nosotros, no para nosotros” es evidencia de tu honesto antitaurinismo, tanto como de tu riguroso y congruente veganismo. Haber donado tu sangre a un torero tras gravísima cornada, sin considerar algo más que era un semejante con ideas distintas, es ejemplo de tu compromiso con el mundo de todos.

Cuando las personas confrontan diferencias para encontrar coincidencias y suman sus verdades para acercarse a “La Verdad”, la inteligencia que da lugar a los acuerdos sustituye a las etiquetas. Y eso trae paz y avance para todos.

riverayasociados@hotmail.com

Un desfile para el nuevo gobernador

Los “flashazos” de la prensa ávida de recibir un nuevo cliente representaban para el nuevo gobernador el halo divino que creía poseer, mientras que las muestras de convenenciera sumisión a su persona le parecían interminables, aunque satisfactorias, peticiones de milagros.

Su toma de posesión le daba, por fin, el sitio que quería y consideraba merecer.

Era ya el nuevo gobernador de ese estado, cada vez más parecido al resto de las entidades federativas debido a la problemática que compartía con ellas, tan conocida y aceptada por la mayoría de los ciudadanos, como paradójicamente alentadora de la sexenal y, en ocasiones, inconfesable esperanza de cambio.

Este personaje de no más de 45 años y representación por excelencia del ser metrosexual —característica esta que superó la aportación al voto hecha por el discurso—, se veía desde estos primeros momentos a bordo de un vehículo con el lujo que ameritaba su posición, desde el cual repartía abrazos virtuales, pagaba favores, prometía prodigios y recibía muestras de adoración a su figura de semidiós.

Su más antiguo anhelo era ahora su más embriagante realidad.

Sin embargo, en este escenario ideal olvidaba que hasta al más grande sueño le espera un despertar.

Apenas había ocupado un año el trono cuando ya despotricaba contra los periodistas que le exigían dejara de atribuir a sus antecesores la ausencia de resultados, lo que, por supuesto, consideraba injusto.

¿Cómo se les ocurría pedirle que brindara seguridad, garantizara el suministro de agua potable o realizara acciones ajenas al clientelismo para reducir la pobreza? ¿Se les hacía poco el alto número de eventos a los que asistía, las alegres declaraciones que prodigaba y los interminables saludos que enviaba a los ciudadanos?

No, lo anterior no es ficción, sino una de tantas experiencias vividas por el suscrito durante su carrera en pos de la despensa.

Hechos así dan pie a preguntar en qué momento un gobernante llega a asumir que su tarea es similar a la del “rey de la primavera”, para dedicarse a adornar desfiles, recibir pleitesía de su corte, saludar a diestra y siniestra y hasta promover sitios turísticos en franca invasión de las tareas que corresponden a la miss que representa su entidad, dama que posiblemente jamás pensaría despojar al jefe del Ejecutivo de su responsabilidad para dar seguridad o procurar igualdad de oportunidades.

Ocupar una posición de mando implica obligaciones distintas a las de convertirse en el ciudadano más simpático, en el invitado que da categoría a la fiesta o en especialista para encontrar errores en el pasado y darles el carácter de vales para exentar el cumplimiento de las responsabilidades presentes. 

Cabría entonces sugerir a quien persigue un rol de mando en la esfera pública que, por vergüenza propia y respeto al ciudadano, es necesario tener en cuenta el dicho que sentencia: “Ten cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir”, salvo que se aspire a encabezar únicamente la marcha el desfile de la primavera.

Una cosa es no ser escuchado y otra carecer de voz

¿De qué otra cosa voy a vivir que no sea de mis recuerdos, si tan pronto llega el presente se refugia en mi memoria?

Los recuerdos guían el presente porque contienen lecciones que enseñan a repetir, modificar o inventar las tareas que permiten vivir mejor el hoy. La evocación no rentable para el momento debe tener lugar sólo en el onanismo o en la autoflagelación.

Bajo entonces del entrepaño de mi memoria —nunca alcanzó la categoría de biblioteca— uno de los recuerdos más importantes de mi vida.

Hace poco más de 45 años, gracias a la confianza de don Rutilo Morales García (un oaxaqueño que debió emigrar a la Ciudad de México, pero que hasta el último de sus días confirmó con hechos el compromiso que tenía con su tierra) filmé un documental sobre las fiestas de La Estancia, una muy pequeña agencia municipal localizada en el municipio de San Juan Bautista Coixtlahuaca, Oaxaca, cerca del Nudo Mixteco.

Cumpliendo con lo que creía era únicamente un compromiso de buena fe, un año después regresé junto con el equipo de producción a La Estancia, sin sospechar que ahí viviría una experiencia que marcaría mi vida.

Acondicionamos la escuela como sala de cine: acomodamos bancas, ubicamos bocinas y cubrimos una pared con sábanas blancas. Había dirigido, fotografiado y editado la cinta, pero ahí experimenté la inenarrable experiencia de no sólo engendrar un “hijo”, sino de contribuir a su parto.

Como si lo estuvieran presenciando en vivo, los espectadores lo mismo aplaudían y gritaban en la escena del jaripeo, que expresaban su asombro cuando veían cómo el castillo de fuegos artificiales iluminaba la iglesia.

Cuando terminó la película, interpretamos primero la ovación como un premio a sus realizadores, pero luego entendimos que lo que verdaderamente celebraban las palmas era el descubrimiento del cine. El plan inicial contemplaba sólo una función, pero fueron tres consecutivas con sala llena.

Al prenderse las luces después de la última función, tomó la palabra José María García Juárez (para la elaboración de este artículo pregunté a Rutilo hijo por el nombre completo de este vecino de La Estancia), cuyo sentido mensaje de agradecimiento me obligó a responderlo de inmediato.

A los jóvenes de la capital que viajaron de tan lejos para filmar una película sobre las costumbres de una modesta comunidad no había que agradecerles ningún favor, pues eran ellos los agradecidos por la oportunidad de trabajar con mexicanos iguales a ellos que, además, les permitieron nutrirse con su grandeza humana y cultural. 

Me quedó claro que una cosa es no ser escuchado y otra carecer de voz, que no es lo mismo ser ignorado que no existir, que no es igual desconocer carencias que ser distinto de quien las tiene.

Hoy lo vivido esa noche me recuerda continuamente la existencia de connacionales, que, iguales a todos, habitan en apartadas comunidades desde las que agradecen supuestos favores a quienes deberían pedirles perdón por olvidarlos o, más aún, por pretender usarlos para fortalecer fantasías de superioridad.

riverayasociados@hotmail.com

Un ser humano distinto

Bajo un techo, sobre una cama, protegido del frío y después de cenar, me invade una marcha de pensamientos que pide exponer mis méritos para seguir quejándome cómodamente de las condiciones en las que vivo, mientras gente igual a mí es expulsada de su patria para que en naciones ajenas sigan siendo pisoteadas su dignidad y seguridad.

Si los seres humanos compartimos origen, viajamos en el espacio abordo de una misma nave o planeta, tenemos necesidades similares y poseemos iguales derechos naturales, ¿por qué muchos permanecemos indiferentes ante las diferencias sociales y económicas que, tarde o temprano, orillarán a los marginados a devorar a quienes se benefician con su hambre?

La ola migratoria que atraviesa México, desafiando a la corrupción y el crimen para dejar atrás la desesperanza que vive en sus pueblos de origen, amaga con ser imparable, sin importar las genuflexiones que se hagan en el país para reverenciar al imperio.

El Anuario 2022 de Movilidad y Migración Internacional en las Entidades Federativas de México, publicado por la Unidad de Política Migratoria, Registro e Identidad de Personas, de la Secretaría de Gobernación, indica que ese fenómeno, alentado en algunos países latinoamericanos por la inestabilidad social y política, provoca que la movilidad irregular “adquiera dimensiones, características y retos que han sobrepasado las capacidades de los Estados para atenderla en toda su magnitud”.

El Anuario de Migración y Remesas 2023, editado por BBVA Research, Fundación BBVA y el Consejo Nacional de Población (CONAPO), observa: “La saturación de solicitudes de asilo en EE. UU. lleva a miles de migrantes a permanecer en la frontera norte de México. Al cierre de 2022, EE. UU. sumaba más de 1.3 millones de solicitudes y casos pendientes. El sistema de asilo en EE. UU. solo puede resolver 41 mil solicitudes y 53 mil casos al año”.

Si el hambre y las pandillas irremediablemente matarán en la propia tierra, quizá resulta explicable migrar esperando salvarse de los delincuentes que acechan en el camino, de las condiciones infrahumanas del transporte y de la naturaleza aliada de quienes tratan de contener la creciente de la miseria.

Recuerdo así las imágenes de semejantes que se ahogan en el lodo de las riberas del Bravo, rasgan su piel por las púas de acero menos agudas que sus carencias y ven morir a una bebé que cae del tren que intentan abordar sus padres rumbo a la esperanza.

La realidad me sacude y hace expulsar un pensamiento antes de dormir:

Creeré en un ser humano distinto cuando conozca a aquel que no llore ni ría, que no necesite un abrazo ni una palabra de perdón, que no quiera saberse parte de un grupo ni del recuerdo de otro individuo, que no tema a la muerte ni al olvido.

riverayasociados@hotmail.com