Dos elecciones en la vida

Existen dos elecciones claves en la vida, según psicólogos especialistas en las relaciones humanas: la elección de pareja y la elección de carrera. Parece increíble, pero esta regla se cumple en repetidas ocasiones: el joven eligiendo varias carreras a la vez y al final elige una que no corresponde a sus gustos ni sus intereses. Pasa lo mismo con la pareja, elegimos incontables y asumimos que no hemos encontrado a la ideal porque no ha “llegado” a nuestra vida. Sin embargo, dejamos de lado algo que me parece trascendental: si bien es cierto que parece que los expertos tienen razón en estas elecciones, la dependencia hacia los padres es lo que se oculta como el gran factor de decisión cuando precisamente no parece haber una.

Me explico mejor. Cuando tenemos problemas en la decisión para tener una pareja estable o incluso no tenerla y elegir una profesión o al menos un oficio que nos satisfaga, la relación con los padres y su dependencia es la que determina que nosotros como hijos no podamos elegir maduramente alguno de estas opciones. Ya sea porque buscamos la aprobación de estos padres o porque no nos sentimos lo suficientemente capaces para escoger una profesión.

Pero, ¿por qué tenemos problemas con las decisiones? ¿Le pasa a todo mundo? ¿Es una enfermedad? Desde luego que no es una enfermedad, pero la toma de decisiones sí tiene que ver con la madurez y su problema con ella tiene que ver con la relación con nuestros padres y nuestra historia personal, que se caracteriza principalmente por la sobreprotección, la ansiedad, los límites y la incapacidad de los padres o de la misma persona, en este caso el infante, por buscar la independencia a través de la curiosidad y el interés por el mundo exterior. 

No se trata aquí de culpar a los padres por la incapacidad del hijo para tomar decisiones, pero quizás sí de promover esta cultura de la dependencia emocional, de las familias unidas y de una identidad mexicana donde se privilegia ser buen padre o buen hijo, sobre la pareja o el desarrollo personal.

Entonces pudiéramos pensar que infancia es destino, como diría Santiago Ramírez en su libro, y que ya no podemos cambiar la historia de nuestras vidas y que sólo repetiríamos los patrones aprendidos una y otra vez tan solo cambiando de actores, pero no de historia. Mas no es así; es ahí donde la introspección, ya sea de manera personal o asistida (por cierto más recomendable), nos ayudará a identificar estos patrones de conducta y tratar de dejar de lado creencias dolorosas, muchas de ellas determinantes del concepto de bueno o malo para el individuo y que es lo que debe elegir para agradar o pertenecer a su tribu. 

Lo defino como doloroso porque lo es, ya que no es fácil contradecir la creencia de los papás que desean que sus hijos sean médicos, como lo han sido por generaciones, o que se casen con una “buena mujer”, que en el fondo no son más que elecciones narcisistas de los padres que dejan de lado la propia elección del hijo. Dolorosa porque un divorcio puede ser que tus padres o tú mismo a través de tus actos te culpes una y otra vez, a pesar de estar en pleno siglo XXI con un supuesto cambo de fondo en nuestras creencias.

Por tal motivo, habrá que pensar como padres y como hijos qué tanto reproducimos patrones inconscientes y no queremos darnos cuenta de que, si bien traen cuestiones positivas, pueden entorpecer en muchos casos las elecciones y la independencia de nosotros mismos o de las personas que más amamos.

No te vayas, hijo mío

Se habla recientemente del cambio generacional: que si las generaciones de hoy en día son muy diferentes a las anteriores, que antes cualquier cuestión de disciplina era necesaria y los hijos no resentían ese castigo, a diferencia de hoy que no se puede tocar a los hijos ni con el pétalo de una rosa porque los vamos a “traumar”. Más allá de que si todo es mejor o peor, con sus aspectos negativos y positivos, cada generación vivió y vive sus propios retos de acuerdo a sus circunstancias.

Sin embargo, existen cosas o situaciones que no desaparecen, como la necesidad de los padres de dejar algo o mucho de enseñanzas a los hijos; es decir, trascender, ya sea porque se le enseñó a amar la música, el futbol, los animales o porque se les formó en la empatía, la compasión o alguna actividad de carácter espiritual.

Escucho dentro de la terapia la dificultad tanto de padres por no permitir el vuelo de los hijos, como la incapacidad de éstos de valerse por sí mismos. Yo sé, mi estimado lector pandémico, que tal vez usted dirá que ha mandado a su hijo a Australia, a Londres o al menos al interior de la república a vivir solo para que aprenda a ser independiente, pero estamos hablando en ese caso sólo de un espejismo de independencia. Sí, aprendió a tender su cama, cocinarse, organizar sus gastos, pero la independencia emocional no la encontró. ¿A qué te refieres con este término, mi estimado Toño?

Precisamente al logro más importante de la madurez: la independencia. Para lograrla es indispensable que las figuras paternas pasen a un lugar secundario en las decisiones de la persona, y ésta ponerse en primer lugar y ser capaz de asumir sus responsabilidades.

Sin embargo, la enseñanza, al menos en la cultura latina, es que los padres siempre deben estar con los hijos o no cumplirían con uno de los objetivos más importantes que tiene un ser humano: ser padres. Pero los padres siempre vamos a estar con los hijos, aunque no de la misma forma, hay que enseñarlos y enseñarnos a no ser indispensables.

Es aquí donde viene el problema. Los padres se han dedicado en cuerpo y alma a los hijos, se han olvidado de la pareja, incluso de algo más importante: ellos mismos. Por eso esta necesidad enorme de estar todo el tiempo y en todas las decisiones de las crías, que por su parte en consecuencia se vuelven incapaces de tomar sus propias decisiones porque mamá o papá siempre está ahí para sacarlos del problema, generando otro que culturalmente es aceptado: la dependencia.

Y esto no tiene nada que ver con la falta de amor de una a otra parte, es sólo una manera de querer que hace perpetuas muchas conductas dependientes, como el alcoholismo, la codependencia, la falta de decisión y la incapacidad para ser competentes en los empleos. ¿Le suena? No es que uno quiera ser trágico, ni decir que todo está mal, no, para nada; de hecho, la dependencia tiene cosas muy buenas como la empatía, la generosidad y el altruismo, pero ha ocasionado, sobre todo en una ideología como la mexicana, creer que la unión a costa del no crecimiento es la base de la sociedad, cuando lo importante es quedarse con lo bueno de la dependencia y lo bueno de la independencia, por decirlo de una manera coloquial.

No necesitamos, pues, alargar la dependencia de nuestros hijos y pensar que van a recurrir a nosotros como padres todo el tiempo, ni tampoco pensar que el rol de padres es el único que importa en nuestra vida. Los límites y la independencia van a hacer que nuestra vida sea más rica en experiencias porque habremos enseñado a nuestros hijos a manejar su destino a través del propio manejo del nuestro y haciéndonos a su vez responsables de nuestra propia vida, que es lo mejor que le podemos enseñar a nuestros hijos.

Por el momento, dejo el tema porque ya aterrizó nuestro siguiente paciente, no sin antes preguntarte, como aquel famoso conductor de programas de debate de los años 80’s: y usted ¿qué opina?

Las Coincidencias

Las coincidencias son cosas que suceden a menudo en la vida de un ser humano. Podemos coincidir con un amigo que hace mucho no vemos, encontrarnos un mismo evento en la misma fecha que ocurrió anteriormente, hasta tener la misma suerte en un evento determinado del cual ya no teníamos memoria. ¿Existen entonces las casualidades? ¿Están relacionadas con procesos mentales? ¿Las buscamos inconscientemente de cierta manera?

Freud, el padre del psicoanálisis, decía que las coincidencias no existen, que lo que existe es la causalidad de las cosas; es decir, que todo pasaba por algo, y no en el sentido mágico del término, sino en el psicológico, en donde el inconsciente (los deseos más profundos) se hacían realidad y eso determinaba la conducta del ser humano; en otras palabras, buscábamos lo que queríamos encontrar porque ahí es donde radicaba el deseo de todos nosotros como especie.

Estamos en un momento vulnerable en la vida del ser humano, ya sea por el COVID, por la inflación, por la probable recesión, alimentación, estilo de vida, estrés; hoy más que nunca buscamos encontrarles un sentido a las cosas, y más a nuestra propia existencia. Ahí es donde han aparecido las soluciones mágicas que van desde productos milagro hasta las terapias milagro que con un solo gesto puedan curar cualquier aflicción por muy traumática que esta haya sido. Obviamente con esto han hecho acto de presencia los gurús de la salud mental y de la esperanza que ofrecen curar todo tipo de males sin el mayor esfuerzo, eso sí con una buena cantidad de billetes verdes de por medio.

Sé que mi estimado lector, preocupado por el estado actual del Bitcoin, estará penando que este psicólogo amargado y envidioso se está quejando de que estos gurús de la salud le estarán comiendo el mandado, y probablemente tendrá razón, pero creo sinceramente que el pensamiento mágico, el placer inmediato, el poco compromiso y el estado de vulnerabilidad han producido este fenómeno del surgimiento de los productos milagro.

Al hablar de coincidencias, y dicho sea de paso de eventos trágicos, particularmente el tercer terremoto de magnitud considerable en la Ciudad de México hace pensar a muchos seres humanos en la casualidad como causa predominante y de ahí a pensar que existen fuerzas oscuras, simulacros que causan energéticamente el evento, incluso señales divinas que hacen que el Popocatépetl exhale una fumarola en señal de advertencia por un nuevo temblor.

Como decimos al inicio, las coincidencias existen, al igual que las causalidades, pero de ahí a pensar que nosotros o una causa divina está detrás de los temblores sólo revela a gran escala lo que vivimos en nuestro microsistema. Es decir, el amigo que dice que no encuentra el amor de su vida por la suerte, la amiga que no logra ascender en su trabajo porque piensa que la embrujaron, la mamá que piensa que su hija no le hace caso porque la amiga trabaja con magia negra o el joven que piensa que su equipo no gana porque su ascendente es virgo y los virgo están determinados al fracaso.

Todo esto nos lleva a la irresponsabilidad de no tomar en nuestras manos nuestro propio destino y pensar que alguien, sea terrestre o marciano, determina nuestro futuro, y que si asumimos nuestra responsabilidad, sólo es necesario pensarlo para que pase, dejando de lado cualquier posibilidad de penar de manera madura que son nuestras acciones las que determinan en el mayor de los casos lo que pasa en nuestra vida.

Por lo pronto los dejo, porque llega el próximo paciente y espero de todo corazón que nos hagamos cargo de nosotros y nuestras acciones para que no culpemos en el futuro a los demás o a nuestra potencia mental de lo que nos pasa o le pasa a millones de mexicanos.

Mientras tanto sigamos en la sala de espera hasta nuestra próxima sesión.

Los límites son indispensables, la chancla no

Por José Antonio Miranda

Estamos ante un cambio generacional muy importante, no sólo por la llegada de la pandemia y sus consecuencias sino por la implementación de la tecnología en casi todas nuestras actividades diarias. Si no traemos celular, no nos localizan, el negocio no funciona, no sabemos llegar a una dirección. Si no estás en alguna red social, eres visto como un bicho raro o simple y sencillamente como alguien que no existe.
A estos cambios se enfrenta una nueva generación; no estoy hablando de los chavos que al nacer y crecer con la tecnología digital lo ven como algo natural, sino de la generación de los mayores de 40 años que ahora estamos tratando de adaptar las señas para llegar a un lugar por el GPS, los mensajes de voz en lugar de las llamadas a los números fijos, la medida de calorías y pasos dados contra las horas y ejercicio de gimnasio, o las recetas de la a abuela contra las recetas inimaginables que ofrece Youtube.
Pero, ¿qué consecuencias se tiene a nivel emocional? ¿Es sólo el concepto de tecnología y sus usos el único cambio? ¿Seguimos siendo los mismos a pesar de las transformaciones? No me gustaría caer en esos debates tan desgastantes como inútiles que giran en torno a qué generación es mejor, ni en que si los chavos de antes eran mejores que los de ahora, o que si la música de antes, etc., etc. En donde me gustaría centrarme es en la idea de la educación, de los limites, de las consecuencias, en sí, del desarrollo de la personalidad de los chavos a través de la enseñanza de los padres.
Anteriormente, para ubicarnos estaríamos hablando de los años 90 y dosmiles, los chavos aprendíamos con base en castigos; lo importante no era aprender sino evitar los castigos de los padres. Quién no escuchó aquellas frases de “mi papá sólo con verme me fulminaba”, “si yo le contestara a tu abuelo así, ya no tendría dientes”, entre tantas otras que los padres decían más con orgullo que recordando el dolor y la tristeza por esos castigos que hoy se esconden entre risas y anécdotas contadas a los amigos al calor de unas cuantas bebidas hechas de cebada.
En pocas palabras y para ser precisos, se les tenía un miedo que luego fue disfrazado de respeto. Ahora en la actualidad los chavos no respetan, es cierto, pero no tienen miedo, también es cierto; en lo que coincidimos es que no tienen límites y por lo tanto el padre pasó de estar al acecho a estar distante o totalmente permisivo, confiando malamente en que los chavos se educan solos con base en la confianza y no en las consecuencias.
Es por ello que hoy traemos una pequeña lista de los “errores” más comunes cometidos en la actualidad y otros en la antigüedad, para luego condensar una lista útil de lo mejor de las dos generaciones con el fin de proporcionar a los padres no una pretenciosa escuela, sino una guía para ayudarnos a contar hasta 10 para poder educar a esta nueva generación cambiante y pandémica.

Lista de la chancla:

1.- Usted pegue y después averigüe.
2.- Los padres no se equivocan y si lo hacen, vuelven a mandar.
3.- Un buen hijo siempre obedece a sus padres.
4.- Un buen chingazo a tiempo arregla las cosas.
5.- La cachetada puede ayudar cuando la chancla falla.
6.-Dejarle de hablar a tus hijos es un excelente castigo.
7.- Si no les cuesta, no lo van a valorar.

Nueva generación:

1.- No estudies, puedes ser Steve Jobs sin esfuerzo.
2.- Mi papá no quiere que viva lo que él no pudo.
3.- Tus padres te dicen las cosas sólo por fregar.
4.- Están viejos, no saben.
5.- Los hijos se educan solos.
6.- Ellos saben lo que hacen.

Como podemos observar, las listas son diametralmente opuestas, pero con un elemento que comparten definitorio: en los dos casos consideran al otro incapaz de tomar sus decisiones. Piensan que el otro, el hijo o el papá, no tiene idea de lo que habla y se ponen en una posición de autoridad y conocimiento absoluto que provoca una incapacidad de empatizar con la postura del otro.
Es por esto que es tan difícil conciliar lo bueno de las dos formas de ver la vida. Desde luego detrás de todo esto existe uno de los elementos más estudiados y menos entendidos de la educación en la cultura latinoamericana: la codependencia, que, en otras palabras, es la necesidad que tienes de mí y yo de ti para vivir. Esto será tema de otro ebook que próximamente les compartiremos.

Condensando lo mejor de las dos listas seria lo siguiente:

1.- Los hijos necesitan consecuencias, no castigos.
2.- Los padres merecen respeto, no sometimiento.
3.- Nadie venimos educados para ser hijos o ser padres.
4.- Todos los puntos de vista son importantes.
5.- Ponerte en el lugar del otro siempre será fundamental.
6.- Mis tiempos no son los de mis hijos y viceversa.

Desde luego, esto no pretende ser una biblia para la educación de los hijos, pero sí una guía que nos pueda ayudar a comprender un poco más algo que vivimos no sólo un pequeño porcentaje de la población, sino uno cada vez más amplio y más necesitado de información, máxime que tenemos un periodo emocional caótico cono lo es el hecho de estar al final de una pandemia.

Me río porque llorar no puedo

Artículo: Me río porque llorar no puedo

Por: José Antonio Miranda

Se nos dice desde la infancia que hay que reírnos de la muerte, que hay que festejarla, bailar, reír, incluso hacerles altares a nuestros difuntos; presumimos que somos un pueblo que supera la muerte emocionalmente, que hasta incluso la disfrutamos.
¿Qué de cierto hay en esto? ¿Somos realmente personas que conozcamos incluso entendamos emocionalmente lo que implica tener un ser querido fuera de esta dimensión? Creo que no existe ninguna otra disciplina para entender mejor las pérdidas que la psicología, y la muerte como tal es una pérdida, pérdida de la ¨normalidad¨ de la presencia del otro, de la estabilidad, de la fortaleza que esa persona nos daba, etc.
La vida está llena de pérdidas, ya que la vida es cambio, la vida es dinámica, la vida no es estática; de hecho, lo único que tenemos constante es precisamente la muerte. Sin embargo, pensar que la muerte la tenemos integrada a nuestra personalidad y más a esta existencia me parece que es una creencia de las más erróneas que tenemos, sobre todo los mexicanos. Explico una razón.
En los procesos de madurez siempre se implicará la integración como concepto clave, decir que la persona era perfecta, y sobre todo pensar y actuar como si lo hubiera sido, es algo muy habitual entre nosotros, es lo máximo, no hay nadie igual a ella, tiene todo lo que se puede desear, etc.; son alguno de los adjetivos que utilizamos para definir a alguien a quien amamos o de entrada nos parece encantador o encantadora.
Eso sólo es el primer paso en el proceso, ver los errores, conocer las carencias, darnos cuenta de que no es perfecto. Por cierto, se llama desidealización y es un proceso natural, que sin embargo la generalidad de las personas evitamos por abusos muy conocidos como el alcohol, el tabaco, las relaciones, el trabajo, para luchar contra esta negativa a que la persona es perfecta.
Es aquí donde a mi parecer se presenta el primer problema de la madurez y por ende el de no manejar las pérdidas adecuadamente. Ojo con adecuadamente, no queremos decir que exista una personalidad perfecta, pero sí una personalidad que afronte con fortaleza los sucesos de la vida misma. Negar la realidad, negar que el otro no fue perfecto, e incluso negar que nosotros tenemos defectos, es negar precisamente una de las condiciones importantes para manejar la muerte: la integración.
Se nos ha dicho hasta el cansancio que la muerte es un duelo y que el duelo implica varias etapas, que a grandes rasgos son la negación, el enojo, la tristeza, para terminar con la aceptación, sin que estas etapas impliquen un periodo de tiempo específico. Por lo tanto, si no aceptamos nuestro enojo, nuestra desilusión por alguien que se va, menos vamos a aceptar que al que se va, para que se pueda ir, por cierto, es necesario verlo en su totalidad, es decir, integrado con sus defectos y virtudes.
Pero ahí es donde está el detalle, como diría el subsecretario de Salud federal, existen creencias que ayudan a sobrellevar el dolor inmediato, pero no permiten vivir el dolor existencial que nos llevará a aceptar la pérdida. Quién no ha escuchado “déjalo ir”, “Es que no se da podido despedir”, “si dejas de pensar en él o ella lo olvidas”; todas estas oraciones nos llevan a manejar la culpa por dejar de estar extrañado obsesivamente al otro, y no quiero decir con esto que no se deba extrañar, sino que se debe hacer de una manera más madura, pensando, honrando al otro sabiendo que su presencia ya no está, pero su esencia vive dentro de nosotros. Pero para esto, mi estimado lector, necesitamos integrar a la persona fallecida viendo, ya imagina usted qué: todas sus virtudes y defectos.
Por todo esto, pensar que la fiesta de día de muertos se debe de reír, que nos burlamos de la muerte, que el mexicano es muy valiente, lo llevaría a pensar mi estimado y confinado lector, ¿no será más bien evasión? ¿No será que reímos para no enfrentar el dolor? ¿No será que bailamos para no enfrentar la tristeza? ¿No será que seguimos siendo dependientes del muerto cuando debemos ser independientes de su pérdida?
Se los dejo de tarea. Claro está que habrá personas que manejen de maravilla estas situaciones, pero, hablando de la peligrosa generalidad, la mayoría de nosotros evadimos la muerte más que integrarla.

Mi correo electrónico: elpsicologodecabecera@gmail.com