Chapotear en el río: consejos y advertencias para la investigación genealógica cómoda

Más allá de las constelaciones familiares y de que si este dolor es mío o no, habrá a quién le llame la atención armar su árbol genealógico desde tan atrás como pueda, por mera curiosidad, por buscar hacer tierra, por darle el regalo a su familia, por ser el tío o tía de referencia y sinquehacer que se puso a investigar. 

Como ya llevo un par de años adentrado en esta investigación cómoda (sin rigor académico y estandarizado alguno) para mi madre, me atrevo a dejar por aquí algunas recomendaciones y advertencias desde lo que he aprendido y lo que me ha funcionado, a mí (enfatizo el “a mí”; ya tú eliges qué te sirve). Le llamo investigación “cómoda” porque todo es desde la computadora, desde bases de documentos digitalizados, desde entrevistas virtuales a familiares; ya el siguiente nivel sería visitar en persona los archivos, las iglesias, los pueblos, los panteones, a familia lejana, viajar hasta donde descansa el polvo de tu gente y ponerte a removerlo todo.

Ojo, este artículo va con empatía para todas las personas que quieran darles cierta luz a los brazos de su río, visibilizar al menos con un nombre y algunas fechas y lugares a madres y padres antiguos, a gente cuyas identidades quedaron en el olvido, incluso el de sus descendientes. Quienes se acercan a la investigación genealógica olisqueando sus ínfulas imaginarias de pedigrí poscolonial, sáquense; no les hablo a ustedes y ojalá se les trabe la computadora. Aclarado esto, van las recomendaciones y advertencias porque así me fue a mí en el baile.  

  1. Habla con tu familia. Consigue de tus familiares toda la información y testimonios que puedas. Si tienes el privilegio de (aún) poder hablar en confianza con tu madre, tu padre, tus tías, tíos, abuelas, abuelos y hasta bisabuelas, dedícales varias horas de plática (te recomiendo que grabes audio, avisándoles) sobre ellas mismas, la gente que recuerdan, sus lugares. En toda la investigación no vas a tener material más valioso y vivo que el que te puedan dar quienes estuvieron ahí; los documentos te podrán luego dar datos específicos, pero jamás una descripción de vivencias y esencias personales. Es probable que tus familiares no recuerden o sepan exactamente algunos nombres, fechas o lugares, por pura naturaleza endeble de la memoria; ya luego verificarás o ajustarás. Toda esta información que reúnas, principalmente la que te ayude a tener ya los nombres de tres o cuatro generaciones antes de ti, va a marcar una diferencia abismal en el arranque de tu investigación documental porque le das una base sólida de relaciones a las herramientas de búsqueda; conociendo esos primeros nombres, más fácilmente irás encontrando los anteriores.
  1. Recurre a una plataforma. Hay dos páginas sumamente útiles para realizar esta investigación: Ancestry.mx y Familisearch.org. La segunda es gratuita y también la vas a usar bastante para buscar actas. La primera cuesta cerca de $200 al mes y te recomiendo pagarla para ahí albergar la estructura de tu investigación. La interfaz de Ancestry es muy práctica y amigable, y está en constante mejora: el tejido del árbol (con las diversas formas de visualizarlo y desplegarlo, además de la posibilidad de crear varios árboles), los perfiles y las herramientas de vinculación y edición, el acceso a árboles ajenos con parientes en común y, algo sumamente útil para la investigación, las sugerencias de documentos; aunque seguido resultan nadaqueverientas, las sugerencias son una de las mejores herramientas de Ancestry para ir poblando tu trabajo; irás recibiendo notificaciones sobre posibles madres y padres, matrimonios, nacimientos y concordancia con perfiles en otros árboles (pero, por supuesto, requieres mucho discernimiento antes de aceptar alguna). El recurso mayor de ambas plataformas es el descomunal archivo digital de libros de registro civil y eclesiástico (católico), dividido por estados, municipios y finalmente tipo de acta (aprox. desde el siglo XVII hasta los 80’s), además de los útiles parámetros de búsqueda.
  1. Rastrea nombres y edades. En las actas de antaño no todo va a estar clarito y muy formal como en nuestros tiempos. Los jueces y sacerdotes escribían lo que entendían y querían; pero además, para la misma gente, al parecer, importaban poco las edades exactas y la ortografía de los nombres. Así, por ejemplo, a mi quinta abuela (tatarabuela de mi abuela) María Victoriana sus actas allá en Guanaceví le llaman también Vitoriana, Bictoriana, Bitoriana y hasta Bitoria; sus edades declaradas le apuntan haber nacido 3 o 4 años antes o después de 1820 (de ella nunca encontré acta de nacimiento), pero en otros casos me he topado que, por ejemplo, quien va a registrar la defunción se equivoca hasta por una década en la edad de la pariente. ¿Cómo sé que es Victoriana en esos documentos, entonces?, ayudan muchísimo los nombres de parientes, reconocer que son los mismos; hay periodos en los que quien registra es más chismosón y anota padre, madre y hasta abuelas(os) y suegra(o); hay otros en los que si bien nos va, escribieron el nombre adecuadamente. Eso sí, vas a agarrar un callo enorme entendiendo letra manuscrita (consejo acá: si no distingues qué letra es alguna grafía, búscala en las líneas y páginas aledañas; lo común es que sea una misma persona la que esté a cargo de los registros por varios meses o años).
  1. Busca en otras actas. Un documento no sólo nos da información de una o dos personas. A veces la información que no encontramos de esa tatarabuela está en el bautizo de algún nieto, de alguna sobrina de la bisabuela. Te recomiendo también que busques tener información de camadas completas si lo que quieres es pintar un mapa más amplio y nutrido (dentro de lo alcanzable) de una vida; te prometo que vas a encontrar hitos sumamente interesantes.
  1. No eres de hule. Más allá de tus creencias y entendimiento de qué pasa con nuestra esencia/energía/alma al morir, te estás adentrando a explorar vidas previas que probablemente ya nadie recuerda, pero con las que tienes relación lineal. Cada una de esas personas de tu ascendencia fue un ser humano con toda su complejidad (yo sé que pareciera innecesario recalcarlo, pero que toda una persona sea sólo un nombre manuscrito en varias actas puede crearnos la misma percepción que estar leyendo sobre un personaje). Si eres como yo en esto, les vas a inventar rostros (si no tienes fotografía), temperamentos, complexiones y hasta voces; les vas a hablar; te las vas a imaginar en sus pueblos, en sus dinámicas, en las oficinas de registro, iglesias y procesiones; en casos más extremos tal vez sientas más empatía o cercanía por algunas personas y otras hasta te caigan mal (así, sin mayor razonamiento). Una vida bosquejada desde las actas siempre será, despiadadamente, un esqueleto incompleto; yo te recomiendo que en lo posible (porque creo que es imposible no hacerlo al menos un poco) vigiles y abraces cómo tu mente va a dibujar la carne (imágenes muy para ti, por supuesto), que te protejas a ti y protejas a esas personas reales de no ficcionarlas en personajes, por mera dignificación. Me imagino que ya tú seguirás el acercamiento más asertivo según tus creencias, como decidí hacerlo yo.

Por lo pronto, hasta aquí sobre un tema al que hay mucho qué rascarle. La recomendación principal la dejo en que, si te interesa chapotear en tu río genealógico, empieza ya; es en el proceso donde realmente se aprende a usar las herramientas. Eso sí, toda investigación comprometida, por más cómoda que sea, requiere tiempo, dedicación y mucho aprendizaje gradual. Un abrazo inmenso si decides aventarte, y acá ando por si en algo más podemos orientarnos y apoyarnos. 

tafoya@soliradio.com

Jacobo Tafoya

Director editorial de Soliradio.com

16. La corta vida de Piedad Gutiérrez Maya 

Cadena de eslabones ancestrales… Semilla, fruto, flor, camino.
-cantada por Amparo Ochoa

Caminos de Michoacán y pueblos que voy pasando, 
si saben en dónde está, ¿por qué me la están negando?
-Bulmaro Bermúdez

María Piedad Gutiérrez Maya, bisabuela joven, la niña de tu casa, pido tu permiso para contarle a nuestra gente lo poco que he encontrado de tu vida breve; para que sepamos que existes y por qué nuestro papá Chava creció sin ti.

El primer documento que se encuentra tuyo, mamá María Piedad, es el acta de tu matrimonio, y de ahí a a la de tu muerte pasan apenas dos años con nueve meses. En sí por tus propios papeles sabemos que un día de abril de 1918 te casaste con el jornalero recientemente viudo José Juan Tafolla Castro, tú teniendo 22 años y él 30 (no era verdad, bisabuela; Juan estaba por cumplir los 40 en tres semanas), que eras michoacana originaria y habitante de la zona de Numarán y que tu mamá Balvina y tu papá Lázaro ya habían muerto. Por tu última acta sabemos que moriste a los 25 años, en enero de 1922, declaradamente de paludismo (malaria), que habías nacido y vivido en el rancho La Unión (hacía menos de un mes que por ley le habían cambiado el nombre a tu pueblo; tú siempre fuiste de “La chorrera”) y que tu cuerpo fue sepultado en la fosa común del panteón de Numarán (¿por el paludismo o por pobreza?). En esos menos de tres años fuiste madrastra de al menos cuatro y le diste vida a mi abuelo Salvador y a su hermana Rosa. ¿Quién eras antes y qué pasó después de tu muerte?

Ahí en el rancho de La Chorrera naciste tal vez en 1896 y, salvo tu hermano menor, eras la chiquita de la casa. Tenías cuatro hermanos mayores (más Ausencio, que murió niño poco antes de que nacieras tú, y del que seguro te habrán platicado) y seis hermanas. Los mayores te llevaban hasta 25 años (a tu madre Balvina la casaron a los 15). Como tus tías y tíos de ambos lados crecieron ahí mismo en La Chorrera, seguro convivías con mucha familia, aunque no alcanzaste a conocer a tus abuelas ni abuelos; igual que mi madre, tu nieta, seguramente tuviste algunas sobrinas mayores que tú. En algún momento en los 4 años anteriores a tu casamiento, murieron tu madre y padre cerca de sus 60. 

Qué año de 1918 te habrá tocado vivir, mamá Piedad. Ese año y el anterior el criminal Inés Chávez García azotaba, con sus centenares de hombres, las ciudades y pueblos michoacanos; el cártel del Atila michoacano quemó, robó, saqueó, torturó, violó y masacró a la población, ciudad tras pueblo ahí en tu tierra. Tengo pendiente encontrar más sobre tu contexto; aún sé poco sobre el ataque a Numarán y desconozco si en su devastación atacaron también tu Chorrera, que más cerca está de La Piedad. Y, además, ese año cayó la pandemia de influenza española (la misma que dicen que fue lo único que pudo por fin matar al Atila), aquella que llamaron el “trancazo”, y Michoacán fue de los estados más afectados. 

Entonces, a los 22 años (abril de 1918) te casas con un hombre viudo que casi te llevaba dos décadas y tenía ya un hijo de 9 años (Fidel), otro de 7 (León), una de 4 (Ciria) y uno más de 2 (Silvestre). Ese mismo año acababan de perder a su madre, Camila Buenrostro (no he encontrado aún la razón de su muerte), de 30 años, y unos meses antes a su hermanito Alfredo (de sarampión a los 2 años, tal vez gemelo de Silvestre; en un brote que hubo en La Chorrera). Pasas con embarazo casi todo ese primer año y en marzo de 1919 das a luz a Salvador, mi abuelo. Sabemos por acá que Rosa, la hermana menor de Salvador, también era hija tuya. Mueres de paludismo a las 11 de la mañana del jueves 26 de enero de 1922, en tu casa en La Chorrera (tres semanas antes le cambiaron el nombre por La Unión de Guadalupe), a los 25 años, sin asistencia médica, “sin profesión”, sin madre ni padre; dejando dos criaturas tuyas, cuatro de otra madre y a un José Juan de la Trinidad de 43 años dos veces viudo. 

Tres años después, tu marido se vuelve a casar, ya con una señora más de su edad (ella 40, él 46; el primer documento donde él dice su edad verdadera). Francisca Gutiérrez, se llamaba (sin ser tu prima directa), que acabó de criar a la camada.

De tu hija Rosa sólo sé que se fue ya casada a Estados Unidos, pero te cuento que tu hijo Salvador (le habrás seguido el rastro) agarró camino como a los 15, que porque su papá era muy duro y en la casa no le iba bien, me contó. Anduvo en barcos pesqueros por Alaska, poniendo rieles en California, cargando bultos en un mercado de Torreón, casándose por primera vez y teniendo tres hijas y dos hijos en Zacatecas, yéndose al pueblo azucarero Costa Rica (Culiacán, Sinaloa) a trabajar de vigilante en el ingenio, conociendo ahí a mi abuela Trinidad (que era un roble, que era todo) con sus cuatro niñas, teniendo un hijo y dos hijas más; criando venados, pavorreales, perros y palomas blancas; jubilándose de jefe de vigilancia y haciéndole a sus nietas y nietos unos cocodrilitos de hoja de palma que te mordían el dedo jalándoles la cola. Y que ahí, tu niño de casi 3 años se murió a los 94. Y hoy creo, querida Mamá Piedad, que “Caminos de Michoacán” te la cantaba a ti.

Gracias, bisabuela, por dejarme contar lo poco que sé de tu vida. Sé que te debemos mucho más.     

15. Juliana Navarro, mulata libre

Estás al norte de la sierra duranguense, en una ranchería de El Oro llamada “Cazuelas”, en alguna década para terminar el siglo 18. Juana Juliana Navarro, séptima madre de mi abuela, fuiste mulata libre, según escribió el sacerdote que te casó en 1750; luego otros te vieron india, mestiza y de las castas novohispanas que les dio la gana impregnarte, a ti y a tus hijas, que a ratos también eran mulatas libres, indias o mestizas, según el respetable párroco las viera de morenas. Octava madre de mi madre, desde los pocos papeles y a poco menos de 300 años de tu nacimiento, pido tu permiso para contarle a nuestra gente que nuestra historia se tiñe hasta tu génesis.

Mamá Juliana, tu permiso marca hasta cuándo llega la investigación. Todas las ramas las detuve hasta donde me permitiste llegar en la tuya, la principal, la de las madres. No sé nada certero de ti antes de tu matrimonio, ni el nombre de tu madre ni hermana alguna; ya no alcanzan los registros para buscar tu bautizo y en tu tiempo los curas más se preocupaban por asignarte de vista la “calidad”, antes que por registrar tu edad, tu lugar de origen, el nombre de tu madre y padre, y hasta tu apellido (para qué si eres mujer morena, aunque seas las venas de la sierra).  

Le diste vida a Candelaria, que es madre de Sesaria, que es madre de Victoriana, que es madre de María Rita, que es madre de Basilia, que es madre de Trinidad, que es madre de Mamá Trinita, la madre de mi madre. Tal vez naciste en El Oro, sierra de Durango, en la década de 1730 (eras de la edad de las madres de quienes independizaron a México; ¿alcanzaste a vivir la independencia, mulata libre?), y viviste en el rancho “Cazuelas” (que todavía existe, muy cerca de la cabecera).

Te casaste en 1750 con Juan Joseph de Olivas, “mestizo”. En los próximos veinte años tengo registro de 4 hijas y 3 hijos, todas con mención de ser de El Oro o del mismo rancho. No he encontrado información de tu muerte; sé por el bautizo de tu nieto José Trinidad que en junio de 1794 estabas viva (tendrías entonces poco más de 60 años) y que ya habías enviudado; es el documento más reciente que he encontrado en donde se diga que estás viva. 

Madre de las madres, el nieto de la nieta de la nieta de la nieta de tu hija Candelaria (tal vez la menor) te pide aún más permiso para encontrar más de tu vida (no, no de la vida verdaderamente viva que así es inalcanzable, inaccesible, sino sólo datos en papeles). ¿Quién eras?, ¿qué sufriste?, ¿qué te carcajeaba? Háblanos desde allá, Juliana, desde allá hasta donde alcanzamos a ver la piel del brazo más fuerte del río.

Línea genealógica (de madres) mencionada:

-Juana Juliana Nav(b)arro (El Oro, Dgo. Aprox 1733 – Ibid, después de 1794), 

    | madre de

-María Candelaria (de) Olivas Navarro (El Oro, Dgo. Aprox 1775 – Ibid, después de 1827), 

   | madre de

-María Sesaria Calderón Olivas (El Oro, Dgo. Aprox 1789 – Guanaceví, Dgo. 27/octubre/1849), 

    | madre de

-María Victoriana Díaz Calderón (Guanaceví, Dgo. Aprox 1820 – Topia, Dgo. Sin fecha), 

   | madre de

-María Rita Gallegos Díaz (Guanaceví, Dgo. Aprox 1849 – Los Manzanos, Topia, Dgo. Antes de 1927), 

   | madre de

-Bacilia Rodríguez Gallegos (Los manzanos, Topia, Dgo. Aprox 1872 – Ibid. 8/enero/1948), 

   | madre de

-María Trinidad Ramos Rodríguez (Ibid. Aprox 1895 – 21/octubre/1979), 

   | madre de

-María Trinidad Moreno Ramos (Ibid. 25/octubre/1921 – Costa Rica, Culiacán, Sinaloa. 3/noviembre/2021),    

      abuela de.

14. Mauricia Hernández, tu casa ardía

Cadena de eslabones ancestrales… Semilla, fruto, flor, camino.

-cantada por Amparo Ochoa

María Mauricia Hernández, sin segundo apellido porque no tuviste padre ni sabemos el segundo de tu madre, pido tu permiso para que una parte de tu familia y más gentes también sepan que pisaste esta tierra allá en tu rancho serrano duranguense donde habitaste cuna y sepulcro; pido tu permiso para compartirles el trazo de vida que ya me has permitido dibujar, y para todavía atreverme a preguntarte lo que no encuentro.  

¿En verdad moriste esa tarde de 1938 porque se quemó tu casa en Pie de la Cuesta de Topia? Tu acta dice que una tarde y en tu casa falleciste “a consecuencia de quemaduras producidas por incendio” a los 73 años, según tu hijo Alberto le declaró al juez el día siguiente. Hoy que te escribo avancé hasta la duda, cuando ya lo andaba asegurando; en sí no dice que fuera tu casa lo incendiado, y Mamá Trinita, mi abuela, nunca le contó a sus hijas que teniendo ella 17 años su abuela hubiera muerto al quemarse su casa. Y pregunto desde la ignorancia de mi contexto, Mamá Mauricia, ¿por qué entregaron tu cuerpo lastimado a la fosa común del panteón de Topia, si te sobrevivían 15 hijos e hijas y cerca de 7, todos agricultores, vivían ahí mismo en el rancho?, ¿por qué no tuviste tumba propia?

Naciste muy cerca de 1867, ahí mismo en Pie de la Cuesta, de donde era tu madre Francisca. Dicen las actas que eras hija “natural” (eufemismo caduco para decir que la madre no estaba casada, y en este caso que tampoco había reconocimiento del padre). A tus 16 años (aunque en el acta te llaman “niña”) te casaste con Francisco Moreno, que también era del pueblo. Casi un año después tuviste a tu primogénito y prácticamente viviste embarazada y con criaturas de brazos los próximos 30 años, pero tuviste más hijos que partos. 

En 1891 te nace tu primer par de cuates: Juan e Ismael (mi bisabuelo, el arriero amable al que la gente llamaba “el cuate”); me cuenta tu bisnieta Enriqueta que se sabe que Juan murió joven (todavía en 1928 vas a registrar su nacimiento al civil, cuando el señor ya tenía sus 37; de ahí ya no tengo otro registro suyo y no sé si viviste su muerte). El siguiente parto, dos años después, también es de cuates: María Natividad y José Natividad (¿se habrán divertido con los nombres?). Hay por ahí un registro en los días en que nace tu hijo Victoriano (el que se te muere a los 33), donde un Francisco Moreno de la misma edad que tu esposo registra como hija de una tocaya tuya a Epigmenia; ¿fuiste madre, entonces, de tres pares de cuates?

Viniendo de ser sólo tú y tu madre Francisca, tuviste 13 hijos y 3 o 4 hijas (y si sólo de una nieta tuya, mi abuela, somos ya cerca de cien descendientes, hemos de ser miles de personas las que desembocamos de tu vientre). Es para imaginarse todo el amor que te rodeaba en Pie de la Cuesta, viviendo en un rancho donde (vemos por el censo de 1930) más de la mitad de los 60 habitantes eran tus familiares y vivían en casas contiguas, donde 4 de tus nueras eran hermanas, donde vivía también tu madre y donde alcanzaste a conocer a más de 30 nietas y nietos. Por eso digo también que tu casa ardía. Por eso me atrevo a no entender cómo es que terminaste en la fosa común, cómo es que nadie pagó por tu tumba.

¿Pero quién eras? ¿Cómo cabías en las “labores propias del hogar”? ¿De qué tamaño tenías los brazos, Mauricia, para haber cargado la leña de un fogón tan inmenso, tan agotador, tan extenuantemente vivo? Eras maestra, labradora, sanadora, cocinera, costurera, gobernante de todo el rancho, y tu casa ardía.

¿Cómo viviste la muerte de Francisco?; Brígido, el más chicanillo, tenía apenas 9 años y tú 56, y tu compañero se te muere de “asma” luego de 40 años de matrimonio. ¿Cómo viviste la muerte de tu hijo Victoriano?; 9 años después de su padre, se te muere de “fiebre intestinal” a los 33 años. ¿Y la muerte de tu nuera Liboria y la muerte neonata de varios nietos? ¿Cómo viviste la muerte de tu madre Francisca pocos años antes que la tuya? ¿Qué tan seguido te visitaba el resto de tu camada desde Canelas, La Joya y la cabecera de Topia? 

¿Y cómo fue tu incendio? ¿Fue tu casa lo que se quemó en junio de 1938? Según el censo, 8 años antes vivían contigo varios hijos y sus familias, pero la tuya es la única muerte registrada por incendio en esos meses de 1938. ¿Qué pasó? Tengo pendiente cumplirte esa promesa, poder terminar de contarle a la familia de dónde vino ese fuego. Habrá que viajar a las hemerotecas de Durango, habrá que seguir el río más adentro.

No sé si luego lo supiste, pero te lo cuento para terminar de hablarte hoy. Un día de 1905 coincidiste con Basilia Rodríguez (la otra abuela de mi abuela; nuera de Senovia Nevárez, para quienes nos leen y ya la conocen) bautizando a un hijo en la parroquia de Topia. Trece años después iba a ser tu consuegra cuando tu hijo Ismael (el arriero amable, el cuate, mi bisabuelo) se casara con su hija Trinidad. ¿Te acuerdas de Trinita, tu nieta?; le decíamos Mamá Trini y con sus brazos también encausaba ríos y gobernaba pueblos enteros.  

13. Las tres fracturas de Senovia Nevárez

Cadena de eslabones ancestrales… Semilla, fruto, flor, camino.

-cantada por Amparo Ochoa

Florencia Senovia Nevárez Pérez, pido tu permiso para hablarte, madre antigua, madre chozna, para trazarle a las gentes algo que les asegure que eres parte de todo el telar. Sé que naciste y viviste en la serranía del norte central de Durango y que hace 110 años moriste a los 70 y tantos porque te fracturaste una pierna. 

Dejo aquí casi todo lo que sé de ti, mamá Senovia, siempre teniendo que inventarme tu cara y tus manos y sabiendo que, buscándote desde tus actas y las de tu familia cercana, no logro entender ni un esqueleto de lo que pudo haber sido tu vida verdadera. 

Tu probable año de nacimiento lo deduzco por las fechas de tus hijas e hijos y porque en no pocas actas dice que eras originaria de El Oro. En tu acta de defunción tu hijo Alejo (al que bautizaste con el nombre de tu abuelo) le dijo al juez que tenías 65 (o eso quiso anotar el juez), pero debes de haber muerto cercana a los 75, no menor por la edad de tu primera hija y no mayor por haber nacido ya en Ciénega.

Florencia Senovia, naciste cerca de 1837 (no he encontrado tu primer documento y ya barrí todos los libros), en la ranchería serrana La Ciénega, municipio El Oro, centro-norte de Durango. La hermana y los dos hermanos que te anteceden nacen en un rancho de Indé entonces llamado Petronilas, ahí a un lado, de donde es tu madre, pero tú y el resto de la camada nacen en la entonces ranchería La Ciénega. Esa mudanza de Petronilas a Ciénega la hicieron también tu abuela Isabel, tu abuelo Alejo (¿o había muerto ya?) y las dos únicas hermanas de tu madre, las niñas Pánfila y Concepción, así que creciste ahí en el rancho con buena familia extensa.

Tu mamá es Secundina Lugarda Pérez García (1811) y tu papá Marcelino Ubaldo Nevárez Corral (Tepehuanes, 1806). Tienes cinco hermanas y cuatro hermanos. Eras adolescente cuando hiciste pareja con Hermenegildo Ramos Alcántara, que también era de por ahí de El Oro y te llevaba unos 7 años. El 10 de mayo de 1852, a tus 16 o 15, tuviste a tu primera hija, María Antonia (no alcanzaste a conocer en vida que el 10 de mayo íbamos a celebrar a las madres en México; tal vez fue en tu honor). 

Dos años después vino José Rito, mamá Senovia, y se te murió “de tos” a los 19 días, un sábado de junio, y conociste esa fractura andando apenas por los 17. Ese domingo hubo que hacer camino hasta la parroquia de La Merced en Santa María del Oro, que no está nada cerca de Ciénega (¿habrás ido tú?), y solicitarle al párroco “entierro de limosna”. El siguiente febrero perdiste a tu abuela materna, Ysabel, que murió “de flujo” a los 63.  

El año siguiente tuviste a tu hija Cleta, la que iba a fallecer de un infarto 6 meses después que tú (y tu hijo Alejo, que tuvo que volver ante el mismo juez, ahora por su hermana), y el siguiente agosto tuviste a José Ramón.

Y ahí vino otra fractura. Tú apenas andarías por los 21 años cuando tu madre Secundina muere el siguiente marzo a los 46 por “un tumor” (que no dejó testamento por pobre). Se lee que al poco tiempo Hermenegildo y tú agarran a sus tres criaturas y se mudan a Topia, donde seis décadas después va a nacer Mamá Trinita (tu bisnieta, mi abuela, la que coincide en varios puntos con tu patrón de vida; ahorita te cuento). Ahí ya tienes a Donato (mi tatarabuelo), Alejo, María, Donaciano y a Pragedis, y se entiende que vivían en la cabecera municipal. 

Pasa un cuarto de siglo desde que nace Pragedis, y ya para entonces tenías buena camada de nietas y nietos (incluida mi bisabuela Trinidad), pero seguro eran muchas más. Una tarde de agosto de 1900, teniendo tú cerca de 63 años y él 71, muere por un “cólico” Hermenegildo. Había sido tu compañero medio siglo. ¿Y tu papá Ubaldo cuándo murió?

Te quedaban 9 años de vida en 1904, pero todavía te faltaba un último dolor, mamá Senovia. Habrá llegado corriendo a avisarte tu hijo Donato, mi bisabuelo, esa mañana de octubre (otra vez en sábado) que a su hermano Donaciano lo acababa de matar un derrumbe (los dos eran operarios en la mina de Topia); tenía 30 años. 

¿Cómo fueron las tomas maderistas de Topia a principios de 1911? ¿Habrás conocido a Valentina Ramírez?

Y un día, Florencia Senovia, Florencia Eva, ya avanzado 1913, no sé cómo te rompiste una pierna. ¿Qué andarías haciendo?, ¿en dónde te caíste?, ¿en una boda, en tu cuarto? La fractura se te habrá complicado, se te habrá infectado, y muy temprano te alcanza la muerte siendo una niña de 70 y tantos. Te registró Alejo el 2 de agosto de 1913, pero habrás muerto un día antes. Dice el acta que fue en tu casa en el barrio La Resbalosa y que si quiero buscar tu tumba, está o estuvo en el “panteón oriente” de Topia.

Hasta aquí te pido una disculpa por contarte (y mal) cosas que viviste, y por asumir otras. Y me disculpo porque tal vez también ya sabes esto: 8 años después de tu muerte (cerca de 3 mil días) nació tu bisnieta Trinidad Moreno Ramos, Mamá Trinita, en 1921, en una ranchería de Topia. Ella también tuvo una hija mayor y su segundo parto fue un niño que murió a las pocas semanas, como tu José Rito. Si tú nos llevaste a Topia, ella nos sacó; se mudó ya con sus primeras hijas a donde iba a envejecer y morir, Costa Rica, Sinaloa. También le sobrevivió a su esposo cerca de una década (al segundo, porque fue viuda casi toda su vida, desde los 28). En una boda también se partió un fémur a los 70 y tantos, pero ella sí pudo sobrevivir por la atención médica y vivió 100 años. Como contigo y Cleta, su hija Melesia también murió meses después que ella. Como tú, tu tataranieta Melesia (la querida mamá/tía Mely) también murió luego de fracturarse el mismo fémur a los 70 y tantos, cayéndose en su cuarto.

Mamá Senovia, tatarabuela de mi madre, ¿dónde está toda tu vida?, ¿quién eres? ¿Reconocería tu voz si la escuchara?, ¿reconoces tú la mía si vamos por el mismo río?

Anexo:

CRONOLOGÍA de Florencia Senovia Nevárez Pérez 

(Ciénega, El Oro, Durango, 1836 – Topia, Durango, 1913):

Aprox. 1836. La Ciénega, El Oro, Durango, México. Nacimiento.

Aprox. 1851. Ibid. Matrimonio religioso con Hermenegildo Ramos Alcántara.

10 de mayo de 1852. Ibid. Nacimiento de su primera hija, María Antonia Ramos Nevárez.

22 de mayo/10 de junio de 1854. Ibid. Nacimiento y muerte de su hijo párvulo José Rito.

13 de febrero de 1855. Ibid. Muerte de su abuela materna María Ysabel García Miranda.

1856. Íbid. Nacimiento de su hija Cleta Ramos Nevárez.

31 de agosto de 1857. Ibid. Nacimiento de su hijo José Ramón Nonato Nevárez Pérez.

30 de marzo de 1858. Ibid. Muerte de su madre Secundina Lugarda Pérez García.

1858/1862. Mudanza familiar a la cabecera de Topia, Durango.

Aprox. 1862. Mineral de Topia, Durango, México. Nacimiento de su hijo Donato Ramos Nevárez.

17 de julio de 1869. Ibid. Nacimiento de su hijo Alejo Ramos Nevárez.

24 de febrero de 1872. Ibid. Nacimiento de su hija María Ramos Nevárez.

7 de septiembre de 1874. Ibid. Nacimiento de su hijo José Donaciano Ramos Nevárez.

Aprox. 1875. Ibid. Nacimiento de su hija menor Pragedis Ramos Nevárez. 

Aprox. 1895. Ibid. Nacimiento de su nieta María Trinidad Ramos Rodríguez.

13 de agosto de 1900. Ibid. Defunción de su esposo Hermenegildo Ramos Alcántara.

8 de octubre de 1904. Ibid. Muerte accidental de su hijo José Donaciano Ramos Nevárez.

2 de agosto de 1913. Ibid. Registro de muerte a consecuencia de fractura de pierna.

21 de enero de 1914. Rancho Los Manzanos, Topia, Durango, México. Muerte de su hija Cleta Ramos Nevárez.

25 de octubre de 1921. Ibid. Nacimiento de su bisnieta, María Trinidad Moreno Ramos.

Línea genealógica mencionada:

-María Ysabel García Miranda (Petronilas, Indé, Dgo. 8/julio/1971 – Ciénega, El Oro, Dgo. 13/febrero/1855), 

    | madre de

-Secundina Lugarda Pérez García (Petronillas, Inde, Dgo. 01/julio/1811 - Ciénega, El Oro, Dgo. 30/marzo/1858), 

   | madre de

-Florencia Senovia Nevárez Pérez (Ciénega, El Oro, Dgo. Aprox 1837 – Topia, Dgo. 1/agosto/1913), 

   | madre de

-José Donato Ramos Nevárez (Topia, Dgo. Aprox 1862 – Ibid. 1918/1921), 

   | padre de

-María Trinidad Ramos Rodríguez (Ibid. Aprox 1895 – 21/octubre/1979), 

   | madre de

-María Trinidad Moreno Ramos (Ibid. 25/octubre/1921 – Costa Rica, Culiacán, Sinaloa. 3/noviembre/2021),    

      abuela de.

Fragmento de acta de defunción de Senovia Nevárez.

12. Al que mejor le quedaba la barbacoa

Los rostros en la calle. Nadie quiere ser paisaje.

-Alejandra Pizarnik

A mi tía Queta. A Luly, Xiomi, Arely, Jani, Wendy y a sus doce criaturas.

Más o menos pasó así. Nos habíamos congregado en el pueblo familiar por la muerte de mi abuela, a inicios de noviembre de 2021. Mi tío Guillermo estaba ya muy avejentado, encorvado, flaco, con poca movilidad y con la vista y el oído aparentemente muy deteriorados. Muy poco se parecía a aquel tío panzón que levantaba el bote de cerveza y entonaba enérgico alguna ranchera con la tambora, al que mostraba las fotos setenteras de sus equipos de futbol, al que mejor le quedaba la barbacoa sinaloense de borrego. Caía bien; era excelente cocinero de pachanga, gritón, gracioso, fiestero (todavía en esa misma congregación familiar del 2021 le alcanzó a responder brillantemente un albur chafa a otro tío que andaba muy ensalsado). 

Pasaron el velorio, el entierro, unos días de reuniones, y tocaba regresar a nuestros rincones del país. Era la primera vez que nos íbamos de casa de mi abuela ya sin que ella estuviera, pues, y no hubo quién se supiera la eterna bendición para el buen camino que siempre le echaba a toda gente que agarrara carretera. Quién se la sabe, quién se acuerda, cómo era. Yo me la sé completa, dijo el tío Guillermo muy bajito, nomás pasando, pero nadie lo tomó en cuenta; ya la sordera y el andador lo hacían ver muy poco avispado, y en pláticas grupales recibía el mismo trato que seguramente le daban siendo niño a finales de los 1940s. La bendición ahí medio la parafraseamos y nos la echamos en grupo. Dios nos guarde y nos lleve por buen camino… nombre del hijo y del Espíritu Santo, amén.

Ese año mi tía, su esposa, había estado asistiendo desde Mochis a mis talleres literarios virtuales, y algunas veces se veía al tío Guillermo transitar muy lento detrás de ella, como sin enterarse de nada. Así que, ya con la bendición y las maletas en los coches, afuera sobre la banqueta mi tío se me acerca para despedirse de mí. Venga, me dice, y con toda la agudeza y agilidad mental de siempre me felicita por el taller literario y me suelta un muy buen análisis de un cuento que le había gustado bastante. Le voy a dar la bendición, me dice luego, pero nomás a usted, y me unge palabra por palabra con la oración con la que tantas veces nos protegió mi abuela desde el escaloncito de la sala.

Fue la última vez que hablé y conviví con él. Murió hace un año mi tío Guillermo, compañero de una queridísima y hermosísima hermana mayor de mi mamá, y padre de cinco primas que son una chulada de personas. Lo conocí poco, yo creciendo y viviendo en Torreón y él allá en Los Mochis y 40 y tantos años mayor, pero es bueno todo lo que le recuerdo y tal vez esa barbacoa sinaloense de borrego es la mejor que he probado. Escribo esto mandándoles mi abrazo más sincero a mis maravillosas tía y primas y a toda la docena sobrinera, deseándoles mucha paz en este primer aniversario luctuoso. 

Conservo orgulloso ese último recuerdo, tío Guillermo, aunque sé que en verdad no nos conocimos y que nos veíamos a las quinientas. Sé de oídas una que otra buena historia tuya y sé que por ahí andas cuidando a tu gente.

Abrazo grande y a la distancia, queridas tía, primas, sobrinada.

Jacobo Tafoya

Editor de Soliradio.com

jacobotafoya@soliradio.com

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11. Un señor igualito a él

Cariñito, dónde te hallas; con quién te andarás paseando. 

Presiento que no me engañas, por eso te ando buscando. 

Vengo de tierras lejanas, nomás por ti preguntando.

-Bulmaro Bermúdez Gómez (“Caminos de Michoacán”)

Más o menos pasó así. Aurelio llegó a Torreón por allá a mediados de la década de 1930. Tenía 16 años y hacía unos diez meses se había salido de su pueblo michoacano, cerca de La Piedad, buscando unirse a los trabajadores ferroviarios en el oeste de Estados Unidos. Andando por Sonora supo que un primo suyo tenía un rango militar importante y que estaba acuartelado en Torreón, así que quiso venir para pedirle que lo enlistara en su regimiento, y se trepó al tren que lo trajo a esta ciudad en el ombligo del norte. 

Dice la historia que el primo poco caso le hizo y Aurelio mejor consiguió trabajo en el mercado Villa, aquel que el gobierno destruyó hace no mucho para erigir la nueva presidencia municipal. Ahí estuvo algunos meses, cargando costales y rejas de aquí para allá. 

Nunca contó en dónde dormía ni qué hacía con su tiempo libre, pero ya viejo confesó que en esos meses conoció a una muchacha, y le ponemos color a la historia si decimos que se echaron el ojo dándole vueltas a la Plaza de Armas; él en el sentido del reloj, ella en contra, siempre en grupo y no más de cinco veces para no andarse exhibiendo. Se conocieron y se juntaron, y así les nació un niño.

Ya tendría poco menos de 90 años cuando Don Aurelio entequilado, allá en su casa zacatecana, decidió contarle la historia a un sobrino suyo que coincidentemente vivía en Torreón. Que con el niño todavía chicanillo, dijo, la muchacha, unos años mayor que él, le había dicho que todavía lo veía muy joven, que le siguiera con su vida, y contó que se trepó de nuevo al tren, ahora rumbo a Zacatecas, y que nunca volvió a ver a su primer hijo. Pero no ha de ser cierto, cómo va a ser; o lo corrieron a la mala o se peló.

Una de sus hijas aclaró la historia años después del funeral. Aurelio tenía unos amigos en Gómez Palacio con los que jugaba dominó; ellos le hablaron de una pariente suya, una muchacha casadera que vivía por Miguel Auza y que quería conocerlo. Como su suegro lo traía atravesado y con la bala cantada por haberse juntado con su hija siendo nomás un cargabultos sin abolengo, a Aurelio se le hizo buena idea otra vez cambiar de aires. 

Ahí una hija suya nos enseñó una carta a quienes la estábamos escuchando, una carta seguramente escrita por algún escribano del mercado Villa. Aurelio le contaba a la muchacha zacatecana que era soltero, que no tenía mayores compromisos por acá y que pronto iría a visitarla. Y se fue y se casó con ella, y allá tuvo más criaturas y allá fingió el olvido.

Dicen que una vez lo fue a buscar un señor igualito a él y que Aurelio le dijo que no, que él nunca había pisado Torreón, pero se despidió con un apretón de manos cariñoso y le deseó toda la suerte para que encontrara a su padre fugitivo. También dicen que esa noche se durmió llorando y a nadie le explicó por qué. 

Murió hace diez años, creyendo que su familia nunca supo de ese abandono, pero tras esa carta uno de los parientes de Gómez Palacio había mandado otra que la muchacha zacatecana guardó muy bien.

10. Seres de Soliradio.com

Los rostros en la calle. Nadie quiere ser paisaje.
-Alejandra Pizarnik

Mi columna en Soliradio está empolvada, feo, desde hace dos meses por una excusa y por otras más; pero no quiero dejar pasar la oportunidad de reactivarla para arrancar el año.

Y no es que me hayan escaseado los seres periféricos, al contrario; entre el 1er Festival Alternativo de Teatro Coahuila, la Muestra Nacional, el tránsito diario y viajes por un negocillo que ando armando, he conocido a una infinidad de personas bellísimas, talentosísimas y con mucho qué contar. Sin embargo, y porque ellas ya luego rondarán por estas páginas, hoy quiero dedicar este espacio, en conjunto, al grupo de seres que les dan vida a las arterias de Soliradio.

Más o menos pasó así. Un buen día hace unas 20 semanas, alguien a quien llamaremos Solistóteles, atraviesa el jardín peripatético para invitarme a escribir una columna; le respondo que sí, que muchas gracias, pero que mejor estuviera si también me da el cargo de editor.

Solistóteles se desarruga la sábana de Waldo’s en la que va envuelto, me observa fijamente sobre sus barbas y, postrando sobre mi hombro la voluta (una cabeza de dragón) de su báculo de mezquite, me nombra director editorial, el muy sinvergüenza. Fue una de las mejores decisiones de este año que terminó (mías, no sé suyas) y lo seguirá siendo para el que inicia, porque para qué adelantarles todo lo sabroso que viene.}

Desde entonces, y para no hacer la historia muy larga, entre quienes ya andaban por estas filas escritas y quienes nos han dado el honor de unírsenos, tuve y sigo teniendo la bellísima oportunidad de tratar con un grupo tan plural como interesante y con conocimiento profesional en tantos campos, y lo más, tengo el gran gusto de conocer sus plumas y editarlas.

Así que, siendo para ustedes, columnistas, un ser periférico, les agradezco a manera personal su valiosa colaboración con Soliradio y que formen o hayan formado parte de este genial grupo: Carlos, Lillián, Alejandro, Arturo, Anahí, Jesús Gerardo, carnales de Red es Poder, Cristina, Antonio, Christian, Adriana y Magda. Y todo a la profunda memoria de Gilberto Prado Galán. Por ustedes es que existe un rostro escrito tan sustancioso. Les deseo lo mejor para este año que inicia; que nos llueva prosperidad y aprendizaje por la buena. Lo mismo con la entraña para Luis, Andrés, Kevin, Israel, Gaby y cada una de las personas que hacen posible que exista Soliradio.com.

Y a ustedes que nos leen, que nos dan el tiempo y el interés, me atrevo a desearles a nombre de toda la rama editorial de nuestra casa, que hayan tenido excelentes fiestas, que las hayan pasado justo con quienes querían pasarlas y que este año que inicia venga copioso; cargadísimo de sustancia, vida digna y picos de felicidad.

¡Próspero y bellísimo 2023! Y, como dice un amigote poeta, ¡toda la bonanza!

Jacobo Tafoya
Director editorial de Soliradio.com
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9. Para Mamá Trinita, todo lo infinito.

Te vas, ángel mío, ya vas a partir

dejando mi alma herida y un corazón a sufrir.

Te vas y me dejas un inmenso dolor.

Recuerdo inolvidable me ha quedado de tu amor.

-Cornelio Reyna

Hoy no hablo de un ser periférico, hablo de alguien que llevo en la entraña con todo lo que entiendo. Mi abuela materna, Mamá Trinita, murió el 3 de noviembre de 2021, a los cien años, y alcanzó a conocer a cinco generaciones. Ocho años antes había muerto mi abuelo, pero con ella el dolor fue diferente porque con su muerte sabíamos que algo descomunal terminaba, que se acababa la casa, que se extinguía el pueblo, que todo el río amoroso corría el riesgo de secarse. Para ella y para todas sus hijas, esta infinidad que no comprendo y esta columna insignificante, a un año de extrañarla tanto con toda la vida que le debo.

***

En la calle de un pueblo sinaloense, con la mano derecha sobre el ataúd de su esposo Salvador y la izquierda aferrándose a un pañuelo, Trinidad detuvo el llanto murmurante y levantó su brazo del descanso de la silla de ruedas para ordenarles a los músicos la siguiente canción. 

—¿Cuál, doña Trini? —preguntó el de la tuba.

—Te vas, ángel mío —decretó la reina anciana con la garganta honda y herida. Las hijas menores le repitieron a la banda la petición.

***

Otro dolor le encharcaría la memoria cinco años después, cuando a ratos ya no recordara a Salvador y la sierra duranguense se partiera para llevarla hasta la cara vasta de Catarino, dibujada con la pregunta al aire de alguna enfermera obstinada en tratarla como niña:

—¿Y a su esposo, Doña Trini, todavía lo extraña? —diría cualquier persona pasajera para mantenerla aquí mientras le curaba las llagas del reposo definitivo. 

—Pues cómo cree que no, oiga. Me lo mataron mal, y con las niñas chicanillas; la Mechita la tengo todavía de brazos —y la cama y los retratos y las bisnietas y toda la vida en el pueblo sinaloense se borrarían como la idea de Salvador para herirla otra vez arrojándola hasta la mañana en que siete décadas atrás buscó cómo reprimirse el odio para no cruzar todo Topia y reventarle el pecho al cabrón que le había matado a su marido. 

—¿Qué tiene, mamá? —la detuvo la hija mayor en el umbral de la cocina.

Trinidad respondió tragándose la sangre y prendiendo el fogón. Levantó a la más pequeña de su canasta tejida y les pidió a las demás que se sentaran a desayunar. Sin poder poner el alma en otra idea, les sirvió a sus hijas un vaso de leche y ahí les dijo que anoche alguien había matado a su padre. 

***

El ataúd abierto de Salvador estaba a la sombra de los dos truenos frondosos, sobre la calle, a un metro de la banqueta. Los nietos lo habían bajado de la carroza, desplegado el soporte metálico y expuesto medio cadáver a los dolientes a través de la vitrina en la tapa de la caja. La instalación quedó casi a ras de cintura; así la dejaron para que Trinidad alcanzara a asomarse.

La cara parecía de cera, rasurada, afilada, desnutrida, tan pequeña que ése no era su esposo; era un maniquí, un insulto a don Salvador que fue un roble, a él que con un solo brazo se quitó a tres hombres de encima ya en el año de la embolia. Al que le llorábamos era un cuerpo de nieveseca y plastilina, un remiendo descarnado del abuelo puesto ahí para darle sentido al llanto, bajo los truenos que él había sembrado, frente a la casa que decía haber construido. Tantas veces le vimos la prisa por salir a recibirnos, tantas la urgencia de su silueta esmerilada tras esos ventanales ahora cimbrados por la tambora y su contratiempo para el festejo lúgubre en aquella calle tomada.

—Un vidrio, mija. Un vidrio nomás entre él y nosotras.

El conglomerado de muerte y fiesta, incrustada una a la otra, parasitarias de la felicidad y el vacío. El dolor destilado entre el calor húmedo de mayo y el estruendo de los tímpanos norteños. Los familiares drenados, sosteniéndonos en los hombros mutuos, llorándole al patriarca en descomposición temprana. De fondo la alegría amarga de los metales y los atabales hondos, y un fulano de sombrero, botas, lente oscuro y cinto cosido berreándole a Trinidad la canción que acababa de pedir. 

La lata de cerveza levantada al cénit bochornoso. Los chirridos maquinarios de la carnicería de enfrente. El adolescente del trombón enajenado en su celular mientras volvía su turno. La gente que seguía pasando en huarache de vaqueta al mercado. El escozor de los sudores en telas negras confundido con el sopor dulzón de las vísceras de cerdo friéndose en los cazos esquineros. 

El papá muerto y mal embalsamado, con la calva cubierta por la mitad frontal de su sombrero tejano. La mamá viviendo un funeral que iba a simular tanto el suyo, acariciando la caja sobre la que ocho años después la íbamos a sepultar a ella.

8. Una tumba devorada por la hierba.

Los rostros en la calle. Nadie quiere ser paisaje.
-Alejandra Pizarnik

Más o menos pasó así. Aurelio nació y creció en una ranchería de Michoacán. Siempre vivió en la misma parcela, alimentándose de su propia tierra, calentándose los inviernos con la leña que cortaba de las cercanías. En la misma ranchería vivían sus hermanos, alguna hermana y más familiares, pero él siempre había vivido solo. Y para qué abundamos en lo que “siempre” significa así como la usamos, si a final de cuentas el recuerdo y la costumbre se sobreponen a la verdadera condición estática, constante, desde el inicio de los tiempos, y tranquilamente y sin quisquillear podemos decir que si un anciano lleva décadas y décadas acostumbrado a que las cosas sean de cierta manera, entonces así ha sido “siempre”. Y ese “siempre” para Aurelio era ese mundo: vivir en su jacal, comer directamente del campo, cortar leña y fruta todas las mañanas y de vez en cuando recibir alguna visita, saludar de lejos, salir a pasar la tarde en alguna finca vecina. Y eso era el todo y eso era el siempre.
Aurelio había sido en su juventud un hombre violento; sí llegó a tener una “familia”, digámosle, impuesta a una joven a la que conoció en un viaje y a la visitaba de vez en cuando. El muchacho encontró su modo: cada año o cada cuántos viajaba para buscarla, embarazarla y no dejar nada más que golpes y dolor en ella y las criaturas anteriores. Así fueron varios años hasta que el hijo mayor lo superó en musculatura y pudo plantársele para prohibirle que se volviera a parar por ahí, so pena de romperle todísima la cara; pero ésa es una rama de la historia por la que no nos vamos a ir ahora.
Pasaron las décadas y de ser un adulto violento, al que más de una vez lo pusieron en su lugar, se volvió un anciano solitario, malencarado, que ya no podía satisfacer su violencia más allá del maltrato verbal a una que otra vecina o sobrina, porque el cuerpo ya no le daba para golpear a nadie. Y ahí vivía solo, en su parcela, hecho en la inercia de los años y el apego al entendimiento único de lo que se percibe como existencia. Dos o tres familiares lo soportaban, pero hasta ahí.
Una tarde, una de ésas, gritándole su amargura a alguien en la cantina, le respondieron con un martillazo en el cráneo. Nadie en la ranchería quiso cuidarlo y sus hijas recibieron la llamada. Aurelio, así como iba convaleciente, no tuvo más remedio que mudarse a la ciudad con su hija menor, Victoria, que fue la única que pudo sobreponer la lástima al rencor para hacerse cargo del anciano tan mal recordado.
Aurelio pasaba los días viendo televisión, a veces caminando por alguna plaza, hablando con algún otro anciano que encontrara en la calle, buscando siempre con quién evocar las usanzas de la vida de campo. Sus hermanos habían vendido su parcela, de ahí se cobraron los malos tratos, e indicaron que ya nadie lo quería volver a ver por el rancho. No conocía a Victoria, ni le importaba alguna relación con ella: la culpable de que él estuviera donde no le tocaba, la celadora que lo tenía pudriéndose entre tanto ruido y tanto suelo frío. La cabeza la pesaba, los ojos ni para qué abrirlos, moverse para dónde. Y empezó a congregársele toda la miseria, la pesadumbre de estar vivo ya de más, de nomás andar arrastrándose en un limbo insípido que no debía ser.
Así que decidió morirse, a sus casi noventa años. Se esperó a que arreciara el invierno y en las madrugadas se desabrigaba, aunque le doliera el frío. Luego empezó a salirse al micropatio cuando su hija dormía. Un día por fin lo consiguió porque se quitó la piyama gruesa, se mojó los pies y la calva, y se estuvo parado sobre el cuadrito de cemento hasta que amaneció. Durmió toda la mañana y se levantó reventándose de tos. El doctor que pagó la hija le diagnosticó neumonía; muy grave en alguien de su edad, le dijo.
Aurelio nunca se tomó la medicina, ni tuvo ningún cuidado. Se dejó morir entre la fiebre, la presión de la asfixia y toda el agua flemática que se imaginaba satisfecho llenándole los pulmones. Que se murió porque lo sacaron del rancho, decía luego ocultando la sonrisa aquel hijo que se atrevió a parársele enfrente. La verdad, para Aurelio su última sensación fue desconocida: por primera vez había hecho algo bueno por alguien.
Lo enterraron en el panteón municipal de algún lugar de Jalisco, en una tumba a la que pronto devoró la hierba.