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Laguna del Burro, Durango: el camino al Maguey Castilla (parte II)

laguna del burro
Leer primera parte en: https://soliradio.com/maguey-castilla/

Entre las colinas llenas de magueyes se asomó una laguna de considerable tamaño y de un color café chocolatoso que para nada invitaba a nadar en sus aguas. Alrededor había grupos de vacas frisonas tomando el sol, echadas a los lechos del gran chocomil del que nos preguntamos si sería la Laguna del Burro. Más adelante, una escuela nos confirmaría que estábamos llegando a “Jaje’Lh Preescolar Indígena, Laguna del Burro”. 

Bendito camino empinado; pronto llegaríamos a alguna vinata a echarnos unos mezcalazos y pensar qué demonios haríamos: mi primera opción era pedir asilo en alguna vinata y dormir en el suelo, esto conlleva estar prácticamente en la intemperie con hormigas, mosquitos, gallinas y otros animalitos e insectos que se acercan en busca de los dulces jugos magueyeros. Cuando propuse el plan, fue inmediata y absolutamente denegado por mis dos acompañantes: “No, wey. No mames” respondieron al unísono mientras continuábamos por aquellos tremendos baches. 

A lo lejos, ¡alcanzamos a ver una vinata que estaba echando humo! Alguien estaba destilando en ese preciso momento y chance y nos tocaba probar algún mezcal Castilla recién salidito. Paramos, saludamos y confirmamos que aún no resacaban el aguavino, faltaba toda la primera destilada, por lo que preguntamos cuántas vinatas había en “Burros” y precisamos a continuar la búsqueda del mezcal. 

Hay días de suerte y días donde no topas mucho mezcal, y éste se estaba convirtiendo en la segunda. Poco a poco la insoportable verdad se asentaba más en los silencios. Qué demonios vamos a hacer; no hemos comido, no conocemos a nadie y dormir en la primera vinata no fue opción. En eso, mi hermana Gaby propone que utilicemos las brasas de la vinata que habíamos pasado para cocinar un tomahawk término medio, calentarmos las rajas que yo había llevado con unas tortillas de harina, todo en media hora para alcanzar a irnos hasta Temoaya; ahí, ella había visto unos cuartos en renta y podríamos llegar a descansar en camas y tal vez bañarnos, incluso con agua caliente.

No se diga más, aceptamos unánimemente y me dispuse a manejar y exponer nuestro caso al vinatero llamado Esteban, al cual poco le importó nuestra situación y así asintió desinteresado.

Cansados, asoleados y zarandeados, comenzamos a preparar carbón y parrilla, buscar cuchillos y sartenes y hacernos un lugarcito entre piñas sin cocer y leña para sentarnos y echar el pape del día. 

Había sido muy optimista pensar que todo ello nos tomaría media hora, pues la sola comida en realidad tardó una hora de muy valiosa luz solar, que estaba a punto de irse. Casi sin terminar de engullir, empezamos a levantar todo, medio enjuagar y aventarlo a la caja de la troca para empezar a cazar el sol y dar principio al peor trayecto que mi troca y yo hemos recorrido.

Todo empezó con preocupación de que la subida iba mucho más tardada que la bajada; definitivamente subir por los baches nos llevaría más que los 45 minutos que tardamos en bajarlos, y sintiendo la suspensión brincar y topar con piedras, no había mucho que pudiera hacer sino concentrarme en que lo más empinado estaba por venir. 

Primero empezaron las subidas con mucha arena suelta; lo que yo hacía era meter primera, agarrar vuelo y acelerar a full, valiendo madres los amortiguadores porque al menos íbamos subiendo. Así libramos los primeros 15 minutos, pero las subidas empezaron a empinarse más, con arena más suelta. Lo que agregaba la cereza al pastel de la empinación era que, terminando la subida había que tomar curva y seguir subiendo. La troca apenas daba, no tenía potencia. 

En qué problema nos metí. Tenía que rifármela sí o sí porque aparte la troca no traía freno de mano y si se ponchaba una llanta, no había manera de dejarla estacionada en el camino. Me sudaban las manos, los pies. Manejar de subida con la terracería llena de baches, el acantilado a un lado y sin freno de mano es la peor idea que he tenido, y vaya que soy muy valemadres. 

Pronto, Gaby se convirtió en copiloto de rally, dirigiéndome a través de baches, bajándose para medir profundidades de arena suelta, indicarme qué tan cerca podía irme a la orilla del acantilado para dar vuelta y seguir subiendo. La camioneta empezaba a desistir de las subidas y se mataba; para quienes manejamos standard, que se mate el auto en subida y sin freno de manos significa pisar el freno y el clutch inmediatamente con toda la fuerza que tengas y sostenerlos ahí hasta que pueda volver a prender, tratar de agarrar tracción y si no hay, seguir frenando para no irte a la muerte inminente. 

No podía dejar que se atascara, por lo que a veces tocaba dejar que se hiciera para atrás, pero en una troca matada, los frenos calientes también equivalen a que no respondan como siempre y tarden en funcionar. Fue entonces cuando verdaderamente comencé a asustarme. Tal vez no lo íbamos a lograr y el sol ya amenazaba con despedirse. 

Continuará…

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