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Laguna del Burro, Durango: el camino al Maguey Castilla (parte I)

A veces no entiendo mi propio afán por seguir avanzando en la ruta, buscando pueblos, destilados, tradiciones; no me estoy quieta y a veces ni pruebo bocado por seguir manejando o probando mezcales. 

Andar en la carretera tormento y pasión, sed y sol, incertidumbre y recompensa. El satisfactorio momentum de la liminalidad me hace empujar los límites de mi camioneta, mi ímpetu y la cordura de mis acompañantes a grados que pueden ser la mejor anécdota del viaje o la peor pesadilla. Les platico qué sucedió en mi último viaje mezcalero.

El último viaje en carretera que hice: mi hermana, mi mejor amigo mezcalero y yo pasamos casi 12 horas diarias en carretera durante 5 días. Ambos acompañantes confiaban plenamente en mis capacidades de manejo, de navegación y de discernimiento a la hora de decidir el rumbo del día. Sin embargo, no contaban con mi duro afán de llegar lo más lejos que pueda, con que para mí cualquier terreno semi plano sirve para poner los sleepings. Sí, me falla bastante el sentido común en los límites del confort de las personas, olvido que no todos quieren solo beber mezcal y pegarle a la carretera, pero en esta ocasión mis acompañantes iban conectado bien duro con la música, los paisajes y el vasto menú de carne con el que contábamos para todos los días. Yo sólo tenía en mente una sola cosa: Laguna del Burro.

Me habían hablado sobre este pueblo, más metido en la sierra tepehuana, y no me iba a regresar de este viaje sin llegar y conocer. Era el día 4 y era ahora o nunca. Aunque tuvimos que dar varias vueltas entre pueblos esa mañana, yo calculaba que la 1pm aún era buena hora para darle a Burros; la gente me decía que se hacen 2 horas y acá anochece como a las 7pm; aunque cayera poquito la noche, podríamos llegar a Durango capital o Nombre de Dios para dormir en algún hotel. 

Sin someterlo a votación, agarré camino y empezamos a subir por la carretera que, aunque es pavimentada, tiene más baches que muchas terracerías. No iba tan recio porque traíamos gente en la caja; allá se acostumbra pedir raid de pueblo en pueblo porque el transporte público tarda horas en pasar y no hay mucho tráfico de carros, aparte que, como buena sierra, cada pueblo tiene su entrada en carretera que conecta a más curvas y terracería hasta que bajas o subes al pueblo. 

En ese momento no pensé eso: que claro, pueden ser 2 horas para Laguna del Burro pero aparte sigue la terracería. Pos bueno, ni modo, repito, no me voy a regresar sin haber conocido esa Laguna.

La gente del raid se bajó un poco antes de nuestro destino y nos dijeron que faltaba una media hora para la entrada. Aunque eran pasadas las 3pm, el sol pegaba diferente, como que hay montañas, el sol se mete más tempra. Ni modo, me vale madres, ya estábamos más pallá que pacá. Si ya me he rifado a manejar en todos lados, aunque caiga la noche me la aviento, pues qué. 

Nos pasamos la entrada unos 20 metros y como Doña Lady Mezcal que soy me aviento un reversazo que inmediatamente nos conduce a una terracería que nos va encauzando cuesta abajo por peñascos de más de 60 mts. Era una carretera de un solo lado, por lo que rogaba que no nos topáramos otro carro subiendo. Piso de pura arena blanca suelta y ángulos de bajada y curva de más de 30 grados. Pero bueno, mi troca nunca me ha dejado morir y no sentía que esta fuera a ser la ocasión, aunque tampoco me había tocado tener que ir frenando la bajada y que se patinaran los discos de los frenos. En fin, yo ponía buena cara y sólo escuchaba los quejidos de mi amigo con las piedras, la zarandeada de la troca y a mi carnala tranquilizando la situación con sus mejores playlists de música.

Interminable. Bajamos por más de 45 minutos y aún no veíamos claro dónde era Laguna del Burro.  De repente vimos algo que para mí ya valía toda la pena: campos de magueyes silvestres y cultivados de una especie que nunca había visto en persona: Maguey Castilla, endémico de esa región y de Durango; majestuoso, pencudo, alto, verdiazul, ¡algunos quiotando! O sea que el pueblo es consciente de su riqueza y dejan los magueyes reproducirse por quiote para obtener más diversidad genética. Habíamos llegado al paraíso y yo no cabía de la felicidad. Sólo tenía algo rondando mi mente todo el tiempo: si se me va la luz, no voy a poder subir de regreso y no tenemos dónde quedarnos.

Continuará…

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