

Aquéllos de los pies ligeros, quienes por siglos han resistido a conquistadores, misioneros, revolucionarios y capos, quienes ante cualquier imprevisto corren a lo alto de sus montañas y desaparecen en senderos que parecen venas comunicantes de montes, valles y montañas a todo lo largo de la Sierra Madre Occidental.
Rarámuris indomables cuya principal fuente de alimento, si bien es sabido, es el maíz, utilizado para hacer pinole y su bebida ritualística, el tesgüino. Aún hay pueblos chihuahenses como Cerocahui, Santa Rita, Guachochi, Bacajipare, Monachi, donde persiste el legado mezcalero indígena del Noroeste.
Acostumbrados a caminar unos 40 kilómetros diarios entre montañas para realizar sus quehaceres, recolectar agua, víveres, visitar familiares, vender artesanía, al igual que su costumbre de migrar entre la Sierra Alta y la Sierra Baja, su manera de producir su mezcal es enteramente nómada, a la antigüita.
En esta región era altamente penado el uso y producción de bebidas alcohólicas de tradición, por lo que muchas familias, rarámuris y no rarámuris, tuvieron que esconderse en las montañas, entre árboles y piedras, para ahí realizar desde la cocción en pequeños hornos cónicos de tierra; fermentar en hoyos de piedra, cubetas y pieles de animales.
La destilación muchas veces es realizada en tambos de fierro, que no por ello el producto es menos agradable al gusto.
En la actualidad esta tradición sobrevive y estos micro lotes de 80 litros o menos de mezcal y sotol (o cereque, como le dicen) usualmente se les vende a pequeñas tiendas turísticas y a otros productores de mezcal con marcas registradas.
Si alguna vez recorres la Sierra rarámuri, busca en estas pequeñas tiendas estos destilados con legado prehispánico.
¡Salud!