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Clamato, mezcal y lluvia lagunera

clamato, mezcal y lluvia lagunera

Hubo una vez una noche de mayo, allá en el año 2013, en el Ponciano de ese entonces que aún se encontraba en la calle Ponciano Arriaga #158. Todavía no nos corrían nuestros adorados vecinos y tampoco era día que atosigaran las autoridades como normalmente lo hacían los fines de semana (me encantaría saber de los que leerán esta columna en un futuro, a cuántos les tocó presenciar y vivir esas redadas que teníamos con bastante frecuencia; entraba una decena de polis encapuchados y armados a “checar” el bar y desalojarlo porque “ya se acabó la fiesta”). 

Ese día era un lunes que, como diríamos en el lenguaje del rubro restaurantero, iba “bastante muerto”. Dentro, estábamos mi hermana Gaby, el barman/mesero/cocinero/mejor preparador de clamatos, Puma, y yo, matando el tiempo en la barra.

Era una noche lluviosa como pocas que tenemos al año y como buenos laguneros que somos, caen unas gotas y no salimos de la casa, se refresca medio grado nuestra temperatura promedio de 30ºC en las noches y corremos a acostarnos a la camita tapaditos y a ver tele.

Ahí estábamos los 3 mensos echándonos una caguama carta blanca. En ese entonces había un clientazo frecuente. Y digo clientazo porque al menos 2 veces me llevó una botella de coca de 2 litros llena de mezcal que él conseguía en la sierra de Durango. Me tomó años saber que ese mezcal venía de la sierra tepehuana (la sierra de la historia de Laguna de Burros) y al cual le llaman K’mal o alguna palabra similar.

Habíamos recibido días antes esa preciosa ofrenda y cada que podíamos nos servíamos pequeños tragos para disfrutarlo entre los 3. Hasta la fecha, recuerdo su sabor y me parece de los mejores mezcales que he probado; muy ahumado, con sabores a carne, un dulzor escondido y una nota divina a orégano silvestre.

A ratos arreciaba la lluvia y luego se calmaba, pero era un chipi chipi constante que ahora con más años me pondría en alerta que muchas calles se inundarán y que el regreso a casa será una pesadilla. Incluso Puma, que en ese entonces tenía un vocho que cada semana moría, ni luces de querer irse antes de que los bulevares se convirtieran en ríos.

Estábamos lo que se dice más que a gusto echando clamatos, caguamas y k’mal. Íbamos por ahí de la cuarta ronda (y voy a hablar en plural porque no creo que ninguno de los 3, tengamos el recuerdo nítido de cómo es que sucedió), cuando de repente ya estábamos tomando una bebida que en días posteriores bautizaríamos con un nombre que hace perfecta alusión a la borrachera que nos pusimos

Era un clamatón, con sus salsas y su jugo de limón, el mezcal y la chela, pimienta y romero; todo en el vaso y ¡voilá! Y ¡uta, qué bien nos sabía, mano! Creo que habíamos inventado nuestro primer coctel, pero ese pensamiento ni nos pasaba por la mente, sólo estábamos a wiriwiri y jijijí jajajá en una de las noches que más a gusto he pasado en alguno de mis bares.

Al final estábamos tan entonados que ni limpiamos, que, vamos, tampoco era tan necesario puesto que solo tuvimos 1 mesa en toda la noche. Cada quien agarró su nave y fuga a sus casas a las 2am. Para los que no sepan, nosotras somos oriundas de Gómez Palacio, Durango, y pa quien no conozca, es una ciudad pegada a Torreón en la que sólo cruzas un lecho de río y, sin visa ni pasaporte, ya estás en el gran estado de Duranyork. 

Bueno, pues en la megalópolis de Gómez hay un desnivel que siempre se inunda con cada lluvia, ¡siempre!; es una de las cosas que no hay falla, siempre se hará una gran alberca que advierte que el paso está cerrado. Y yo no sé si fueron los tragos o la rica noche fresca, o que estuvimos bien atm, pero mi carnal, la Rayo McQueen, entra en semejante laguna para segundos después encontrarse rodeada de ese gran cuerpo de agua que llevaba al carro de la familia a moverse a la deriva y a hundirse lentamente cual Titanic, y como en esa gran película, también en Gómez hubo rescate por ni más ni menos que el Puma quien iba atrás de Gaby y quien alcanzó a frenar antes de llegar al charco.

Aquel valiente hombre le gritaba a Gaby que se saliera por la ventana, la única manera de sacarla mientras el gran VW Gol (que en paz descanse) quedaba varado, junto a otros dos carros cuasi hundidos que mi hermana no alcanzó a divisar accidens priori

Yo luego regalaría mucho mezcal por estar presente en el momento en que una Gaby muy cruda confiesa su gran hazaña a nuestra madre y ella ve los gestos de ambas. Nuestro carro murió para siempre. Amanecimos con una cruda terrorífica de tanto clamato y bautizamos a esta gran bebida como El Satán. Si lo escuchan nombrar por ahí, ahora ya saben la anécdota, pueden contarla y pueden aprender de nuestra experiencia con la lluvia, el mezcal y los clamatos. 

¡Salud!

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