

Mientras que en el sur están de moda los corridos, el sombrero, el sotol, la palmilla y la lechuguilla, en el norte apenas nos enteramos de nuestros propios destilados. Es real que la mayoría de los lotes de destilados son comprados por restaurantes, marcas y tiendas boutique del centro y sur del país y que la curiosidad por los procesos, plantas y marcas del norte es actualmente la tendencia de los destilados mexicanos.
Esto se debe a que después de varios años del auge y boom del mezcal oaxaqueño y de estados aledaños, los paladares de los consumidores nacionales de espirituosos se encuentran ávidos por descubrir nuevas regiones mezcaleras, nuevos destilados de agave, de caña, de pulque, de maíz y hasta hierbas de procedencia nacional. Tal es el caso de los whiskys mexicanos de maíz criollo y de las ginebras mexicanas a base de herbolaria tradicional.
El ingenio mexicano no conoce límites ni fronteras en el tema de la innovación de productos de consumo, y los destilados dan pie al aprovechamiento de los innumerables (pero no inagotables) recursos con los que contamos en el más hermoso país del mundo; ¡sí, señor!, ¡México!
El lado positivo es la inclinación en la balanza del consumo promedio entre los productos importados y los nacionales, así como el apoyo y consumo de artículos de productores locales, regionales y nacionales. Es decir, como consumidores estamos buscando cada vez más los orígenes regionales, desde jabones y productos de belleza locales, cervezas artesanales de la región, textiles nacionales y espirituosos y fermentos de los 31 estados y el distrito federal.
Así como la moda y música norteñas no han tenido fronteras, también los destilados norteños están abriéndose camino, lento pero a paso firme, ante un mundo globalizado que se ramifica entre superficial y especializado, pero que tiene tanta prisa por encontrar siempre lo más nuevo, fresco, virgen, tradicional y genuino; lo de rancho, que también refleja el mundo paralelo entre lo tradicional y la experiencia de vivir un antes y después de la globalización y los periodos de violencia regional y nacional.
Lo bueno del norte es que, además de nuestra carne, nuestro temperamento y carisma, tenemos mezcal, sotol, palmilla, lechuguilla, cereque y vino del mero bueno, competente y sabrosón para todos aquellos en constante búsqueda de esa identidad mexicana que hoy en día nos invita a echarnos unos caballitos después de un largo día, ya sea que estemos en Torreón o en Japón.
¡Salud!