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Me preocupa el futuro de esta ceguera

Hoy en día unos cuantos seres humanos, en su mayoría hombres, tienen literalmente en sus manos el poder real para iniciar el holocausto nuclear, y también, ahora más que nunca, una gran parte de los -poco más- de ocho mil millones de habitantes de este polvoriento planeta estamos informados sobre esa posibilidad.

Con esa realidad como contexto es que construimos una cultura global más que nacional. El predominio de las redes sociales y la búsqueda de la nota viral por parte de los (deconstruidos) medios de comunicación nos han sensibilizado ante lo que sucede miles de kilómetros allende nosotros, pero nos ciega ante lo que pasa frente a nuestros ojos.

Nuestros hábitos de lectura cambiaron con el auge de las redes sociales, así como cambiaron nuestros hábitos de consumo. Ahora leemos más que nunca, sin embargo no es contenido de calidad el que consumimos leyendo los estados de Facebook o los tweets de los amigos, sin olvidar las infames cadenas de WhatsApp.

En la guerra por nuestra atención y por nuestros datos biométricos, las grandes tecnológicas son responsables de trastocar la percepción general del tiempo fragmentándolo en extractos de contenido que compiten por ocupar tiempo en tu mente.

La fragmentación del contenido y la masificación del uso de dispositivos portátiles de tecnología ha producido generaciones de madres y padres que hemos enseñado a nuestros hijos a ver pedazos de películas, a estar medio presentes por estar atentos al celular, a leer libros sin terminarlos, a hacer las cosas a medias, a etiquetar todo y a no tener contexto; hemos enseñado a comer en desorden, sin horario, sin sentarse a la mesa.

Preocupa enormemente el futuro, al auge de la inteligencia artificial y el desplazamiento de los humanos por las máquinas en trabajos más sofisticados; preocupa el abuso de sustancias cada vez más agresivas, la polarización de las ideas y la acumulación de la riqueza que impacta en el crecimiento de la pobreza y, sobre todo, preocupa la ignorancia.

No saber que se es ignorante sobre algo es sumamente peligroso. Y confiar en una inteligencia artificial no parece ser una buena idea.

Con este panorama de usuarios reactivos a los que el algoritmo eterno nos presenta, incapaces de definir una agenda propia y carentes de tiempo, es más urgente que nunca que recuperemos el control de nuestras mentes y de nuestros cuerpos.

Al no restringir el uso (y abuso) de las redes sociales no nos damos cuenta de que cada vez tenemos menos tiempo, dormimos mal y menos, nos encontramos de mal humor, sin paciencia y agotados. No es coincidencia el aumento de males como la ansiedad y la depresión en nuestra región, como la inflación; es una realidad global.

Al estar en nuestros dispositivos nos encontramos todo ese tiempo frente a la puerta del refrigerador o ante las puertas de la despensa, en el pasillo de dulces del supermercado o en las cajas registradoras en donde góndolas y refrigeradores de productos chatarra posicionados estratégicamente a la altura de nuestros ojos y los de nuestros hijos nos atacan y nos condicionan a la recompensa inmediata.

Nos convertimos en una sociedad que dejó de confiar en el trabajo duro y en la disciplina de una rutina para idolatrar a las pastillas y los remedios inmediatos.

Como dice el biohacker más confiable que conozco, Cristian Wolff, aunque queremos resultados lineales cuando hablamos de cambiar nuestras vidas, la única manera de lograr cambios verdaderos, sustanciales y duraderos es a través de la sustitución gradual de pequeños hábitos que, en un principio, no nos mostrarán resultados visibles pero que sentarán las bases para un crecimiento personal cuántico, en su momento, a su tiempo.

Por ejemplo, dejar de desvelarse para levantarse más temprano, masticar nuestra comida, no comer fuera de casa, meditar, sustituir café por té, dejar el alcohol y pasear a las mascotas pueden no mostrarnos resultados visibles durante los primeros dos o tres años; sin embargo, a largo plazo nos garantizan una mayor calidad de vida.

¿Tú te identificas?

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