

El sacerdote estaba a punto de cerrar la parroquia para irse a comer a casa de su madre, cuando entró la mujer. Ella le pidió que la confesara. Él se dispuso a escucharla con atención.
—Confiésome, Padre, que soy bruja.
̶—Ay, hija, ¡tú qué vas a ser bruja! Mentir es pecado y es uno muy feo.
̶—Padre, le juro que no miento. ¿Quiere que lo embruje para que vea que sí es cierto?
El Padre, riendo le dijo: —Ándale pues, hija, embrújame, pero antes te vas a rezar tres padres nuestros y tres aves marías por andar de mentirosa —y le dio la absolución mientras dibujaba en el aire la cruz frente a aquella pecadora que de bruja no tenía nada.
Justo al retirarse la mujer, un intempestivo aguacero le impidió al sacerdote salir de la iglesia, parecía que el cielo se iba a caer en pedazos -como dicen en los ranchos- y durante largo rato el agua cayó sin piedad casi inundando las calles de aquel pueblo.
Finalmente, el agua paró de caer y el sacerdote se dispuso a dirigirse hacia la casa de su madre, que seguramente ya estaba preocupada por no verle llegar y quien lo esperaba todas las tardes justo en la entrada, asomando su blanca cabecita a la calle.
Sin embargo, la lluvia había dejado unos enormes charcos en las calles y en las banquetas de aquel pueblo, de manera que el religioso no tuvo de otra más que saltarlos como si fuera nuevamente un niño.
Y así iba saltando y saltando los enormes charcos mientras se acercaba a la casa de su madre que, efectivamente, lo estaba esperando en la entrada, ansiosa por verle llegar.
Su madre no lo recibió con el beso de costumbre, en cambio le dijo:
—Ay mijo, tú estás loco. Ahí vienes salte y salte como chiquillo.
—Pero, madre —respondió el sacerdote—, de qué otra manera puedo venir con los enormes charcos que dejó el aguacero.
Un breve silencio invadió el momento, acto seguido la anciana le dijo, visiblemente preocupada:
—¿Pero cuál lluvia?, si lleva semanas sin una nube en el cielo.
El padre volteó hacia el cielo sin poder encontrar una sola nube o un rastro tan siquiera de la lluvia que le había impedido salir de la parroquia y que lo había llevado saltando como un demente hasta la casa de su madre, recordando las palabras de la bruja y recordando, sobre todo, que él aceptó que lo embrujaran.