

Porfirio Muñoz Ledo se encuentra en mis recuerdos de niño y de adolescente, cuando acompañé a mi Padre en su lucha política en los noventas, cuando no había redes sociales y los medios de comunicación eran amos y señores de los contenidos.
Lo primero que viene a mi memoria es Porfirio subiéndose a un modesto coche marca Nissan modelo Ninja con varios años de haber sido estrenado -el coche de mi papá, el único coche de la casa-, a mi padre al volante y yo en la parte trasera acompañándolos. Estábamos en Torreón, saliendo de dar una exitosa entrevista -la última del día- en las oficinas de Grupo Radio Estéreo Mayrán.
Sabía que había sido un éxito porque veía y escuchaba a mi papá y a Porfirio charlar efusivamente mientras nos dirigíamos al hotel Posada del Río de Gómez Palacio, sede nocturna de su estancia en la laguna de Durango.
Desde ese mismo hotel, en otra ocasión Porfirio pidió que le trabajaran una llamada a Francia. En aquel entonces no existían los celulares y las llamadas internacionales eran poco comunes tanto para el personal del hotel como para quienes le acompañábamos. Lista la llamada tomó el auricular y comenzó a hablar en un fluido francés con un par de personas brevemente y luego con su interlocutor: François Mitterrand.
Cada vez que vino Porfirio a La Laguna -que fueron varias- yo quedaba impactado por su inteligencia y su agudeza, por su extraordinaria buena memoria y su dominio en el arte de la charla, una verdadera cátedra de clase y de estilo del único político mexicano que fuera boxeador siendo estudiante (ganó los guantes de oro en la UNAM), que fue considerado persona non grata en Inglaterra por su postura como Presidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (el único mexicano en ocupar ese lugar) ante el conflicto de las Malvinas, el único mexicano que presidió dos partidos políticos nacionales (PRI y el PRD), que como titular de la SEP que becó a una generación de políticos educados en Francia como José Natividad González Parás y Eloy Cantú Segovia, sólo por mencionar a algunos.
Recuerdo a Porfirio con admiración y respeto, gran amigo de mi padre y hombre que sin duda contribuyó en gran medida con mi educación e ideología.
Mientras cursaba la preparatoria se supo sobre un distanciamiento que existía entre Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio. Mi padre les invitó a cada uno a una cena que se llevaría a cabo en nuestra casa, en su honor. Los dos cenaron en diferentes mesas y solamente se saludaron sin cruzar palabra después. Porfirio alegre, Cuauhtémoc lucía malhumorado.
Años después, como estudiante de Derecho en Nuevo León tuve la oportunidad de coordinarle cuatro giras de medios en su campaña presidencial a Porfirio, candidato del PARM. Originalmente él tenía planeada una visita a Nuevo León, pero fueron cuatro.
Aunque en la cuarta gira cometí un grave error y conocí a Muñoz Ledo como maestro. Las palabras son más duras que los puños y el hombre sabe golpear. Esa reprimenda me ha acompañado en mi vida y me ha permitido ejecutar con precisión. No tengo resentimientos, al contrario, agradezco la lección.
Hábil con la lengua, recuerdo una vez que Porfirio se refirió al subsecretario de Gobernación de nombre Armando Labra al responder los señalamientos que el funcionario le hacía con este lapidario juego de palabras: “Armando Labra, que seguimos avanzando”.
Brillante.
Es mucho lo que recuerdo con y de Porfirio Muñoz Ledo, no como su amigo sino como hijo de uno de sus amigos y como testigo casi mudo de su historia entrelazada con la mía y con la de mi padre. Recuerdo su voz y su inteligencia, reconozco su valor y su valentía y creo que, independientemente de su activismo y de su postura política, que a unos aleja y a otros acerca, Muñoz Ledo es el último de los dragones de un México que fue.