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El drama del descenso

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El descenso es un drama que solamente el futbol regala a su afición. En la mayoría de las ligas profesionales y serias del planeta, al menos un equipo, al final del año, desciende de categoría por ser el peor sembrado o por tener el promedio de puntos más bajo de los últimos años. 

En México estos dramas se vivían todos los veranos. El mismo Santos Laguna fue protagonista de una lucha encarnizada, frente al Querétaro, para salvar la categoría en 2006. Finalmente, gracias a resultados ajenos a los del equipo, la institución se quedó en primera división. La gente festejó como si hubieran ganado un campeonato; todo era felicidad y alivio.

En México, lamentablemente, los dueños de los equipos optaron por desaparecer el ascenso y el descenso. Dicen que lo hicieron para darle solidez deportiva y financiera a la segunda división, también conocida como Liga de Expansión, pero la realidad es que están buscando, como sucede con la riqueza del país, concentrar el negocio en pocas manos.

En fin, el caso es que hay descensos deportivos que marcan, que hieren y que dejan una herida imborrable en aficiones y regiones completas.

Recuerdo el descenso a segunda división del River Plate de Argentina, el equipo más ganador de aquel país. Necesitaban ganar, en la promoción, al Belgrano de Córdoba. En el equipo había figuras que después hicieron carrera en México, tales como Matías Almeyda, Mariano Pavone o el mismo Rogelio Funes Mori. 

El River perdió el partido. La mitad de Argentina cayó en llanto. Hubo violencia, desorden social, conmoción colectiva. El futbol trascendió a las calles. La mala gestión de una institución deportiva llevó al quebranto emocional a millones de personas. El descenso fue un drama aún inexplicable.

Hace unos días el legendario Santos de Brasil, aquel equipo de Pelé y Garrincha y Neymar, descendió a la segunda B. Cayó, en casa, frente al modesto Fortaleza. El partido terminó 2 goles a 1. El delantero del Santos FC es Julio César Furch, ex figura del Santos Laguna. En el once inicial también figuró el venezolano Yeferson Soteldo, quien tuvo un paso mediocre y triste por los Tigres.

En las tribunas llovían lágrimas de desolación. La afición se persignaba una y otra vez, como si a Dios le interesara lo que pasa en un rectángulo con 22 hombres pateando una pelota. El equipo más emblemático de Brasil se fue a segunda división; perdió el honor y el orgullo de nunca haber bajado de categoría. 

Y es que el futbol no solo es deporte ni entretenimiento, ni pan, ni circo. Es un juego que une masas, que identifica a regiones, que trasciende fronteras, que divide opiniones y genera abrazos entre los más grandes enemigos.

Más allá de un negocio y de los intereses políticos y empresariales que le rodean, el descenso del Santos de Brasil y el dolor que dejó en sus aficionados dibujan, de manera quirúrgica, la relevancia que tiene el deporte para el pueblo latinoamericano. 

Es gracias al futbol que se replican las caídas de grandes emporios, como si se tratara de una narración histórica. Así como de desplomaron el Imperio Romano o la dictadura franquista o el régimen militar en Chile y en Argentina y en Paraguay, también los más grandes pierden y se sumergen a través de toboganes asfixiantes, densos y profundos.

Ojalá regresen el ascenso y el descenso en el futbol mexicano. Al menos esa lucha le hacía recordar a la afición que la competencia estaba viva, le hacía entender que la pasión colectiva es un valor que el futbol puede regalar.

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