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Las brujas de Monclova. Tercera parte: el final de un caso de la Inquisición en el norte mexicano

brujas de monclova

Las brujas de Monclova, Coahuila: el final del caso durante la inquisición al norte de México.

El mestizaje, las creencias religiosas o la sociedad paternalista no fueron los verdaderos factores para determinar lo que estaba pasando en Monclova. El factor humano y la soberbia fueron los verdaderos responsables de este caso.

Para finalizar este trío de artículos sobre el caso histórico de las brujas de Monclova, Coahuila, basados en el texto “La caza de brujas en la Nueva España: Monclova, Coahuila, 1748-1753” de Cecilia López Ridaura, es hora de compartirles la resolución de este dramático episodio de la Inquisición en el norte de México, que a final de cuentas tiene todo menos brujería.

Tras todo lo ocasionado entre el pueblo y las autoridades, el Santo Oficio en México decide mandar a dos de sus elementos mejor preparados para esclarecer el caso de las sospechosas por brujería y la incompetencia de las autoridades. Estos serían el comisario fray Hermenegildo Vilaplana y el notario fray Esteban de Salazar.

Además de enviarlo para aclarar la situación en Monclova y evitar una humillación, el Santo Oficio en México le encomienda una misión especial a Fray Hermenegildo Vilaplana: investigar a fondo al notario Juan Ignacio de Castilla y Rioja, una de las autoridades en Monclova, puesto que se sospechaba que su nombramiento había sido otorgado de manera ilícita. 

Todo surgió por una serie de cartas que no tenían lógica. En 1736 las autoridades inquisidoras en México aparentemente recibieron una carta del mismo bachiller de Monclova, Joseph Flores, solicitando un notario y recomendando a Juan Ignacio de Castilla y Rioja para el puesto. Sin embargo, el próximo año reciben otra carta de Joseph Flores, sumándose el cura de la localidad, en la que se quejaba de la incompetencia del notario y exigía a las autoridades inquisidoras explicaciones sobre el nombramiento a una persona tan poco preparada para el puesto. Esto puso en duda la veracidad de la primera carta.

Además, se dice que el mismo notario (recordemos que es parte del comisario del Santo Oficio, con un gran peso en la toma de decisiones de la localidad) también presentaba una serie de comportamientos que lo tachaban de loco y negligente frente a la situación.

Por las referencias de las autoridades en Monclova, se puede deducir que existía una posibilidad de que todo el caso fuera un montaje. Pero más allá de establecerlo de dicha forma, se decidió recibir al mismo notario Castilla y Rioja en la Ciudad de México para entregar las sumarias del caso y fue ahí -tras evidenciar toda la negligencia sobre el asunto- que el Santo Oficio en México decide destituirlo, junto con el bachiller Joseph Flores. 

De vuelta a Monclova, las cosas no les resultaron muy fáciles al nuevo equipo del Santo Oficio. Debían proceder con cierta cautela, ya que los humos en el lugar no se calmaron tras la liberación de las sospechosas y menos considerando que -tras evaluar todo el caso y descubrir que ciertas cosas no eran verdaderas- procedieron con una nueva aprehensión. 

Al final, y resumiendo todo un compendio de nuevos personajes, las aprehendidas fueron Josefa de Yruegas, Rosa Flores, María de Hinojosa y Juana María. El texto describe que el 18 de octubre de 1751 las prisioneras fueron llevadas a las cárceles secretas, en compañía de cuatro soldados y el notario Pedro García de Rivera.

De Josefa de Yruegas solamente sabemos que, según el texto de López Ridaura, “fue sentenciada a destierro perpetuo de la provincia de Coahuila y cincuenta leguas a la redonda, y a pasar un mínimo de cinco años en el Recogimiento de la Magdalena”, que presentó signos de locura, alegando que el demonio estaba bajo su cama y que le salían gusanos de los oídos. Se dice que perdió la razón y no existen registros sobre su liberación. 

María Hinojosa, murió en las cárceles secretas, sin saber la causa de muerte. Mientras tanto, Rosa Flores pasó de convento a convento hasta que finalmente fue liberada con la promesa de no regresar a Coahuila, el último convento fue en Ciudad de México a finales de 1758.

Mientras que Juana María, que era la esclava mulata de Juan Gil de Leyva, nunca regresó a Monclova. Pasó a permanecer en reclusión en el Hospital del Divino Salvador, en México pero fue trasladada al Hospital de San Juan de Dios por su propio amo, tras presentar signos de locura como Josea Yruegas. En este último lugar, los dirigentes la vendieron a un comerciante, así lo menciona el texto de López Ridaura. 

Pero, a todo esto, ¿por qué sentenciar a estas cuatro mujeres si todo pudo haber sido un invento de un notario negligente? No podemos negar que el trabajo del Santo Oficio era aplicar justicia, aunque ésta sea cuestionada, por lo que se siguió el procedimiento de dictar sentencia. 

Por mencionar el nuevo contexto, el documento de López Ridaura menciona que se procedió a través de diferentes declaraciones de las acusadas, desde las que continuaron declarando sobre su “pacto” con el demonio (hasta acusar a otras) e incluso injusticias por sentenciar, con mayor afán, a las de ascendencia indígena.

Como es el caso de María Borrega, quien ya había declarado ser bruja y hasta haber matado a sus dos esposos, incluso a la mismísima María Frigenia, que en un principio fue protagonista del caso. Se explica en el texto que María Borrega y otras mujeres llegaron a enfrentarse con el mismo notario Castilla y Rioja, y este llegó a replicar, en muchas ocasiones, con frases como “Aquí no hay más dios que yo” o “Yo soy dios. Yo lo he visto. Aquí lo tengo”.

Al final, el Fray Vilaplana sucumbe ante el ambiente y resulta igual de crédulo que las autoridades anteriores, redactando la resolución y señalando a estas cuatro mujeres como las responsables de todo. Y así es como terminó el caso de las brujas de Monclova de Coahuila, con Fray Hermenegildo Vilaplana y Fray Esteban Salazar regresando a México tras todo el caos, en diciembre de 1752. 

Y, como si fuera un chiste, para 1754, al Santo Oficio de México le llegaría un nuevo caso en la localidad sobre una mujer que vomitaba animales vivos. En la carta firmaba, claro está, Don Juan Ignacio de Castilla y Rioja, así termina el texto de López Riudaura.

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