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¿Es verdad o no que Lerdo prefirió la siesta en vez del tren?

lerdo

Los dormidos de Lerdo; así se les llama entre broma y broma a quienes habitan esta ciudad lagunera. ¿Y por qué “los dormidos”? Se dice que por una acción que tuvo fuertes repercusiones en la historia de la Laguna y que, aparentemente, dejaría a la llamada “Ciudad Jardín” fuera del progreso. Pero, ¿qué sucedió en realidad? 

En mi caso, mi relación con Lerdo ha sido meramente profesional. Nuestro vínculo está relacionado con el amor a la historia, la fotografía y el descubrir lugares de ocio nuevos. Me gusta Lerdo, lo digo sin miedo; sin embargo, no deja de sorprenderme lo diferente que a veces puede ser este lugar y la “carrilla” lagunera que eso implica.

Esta mofa a la ciudadanía lerdense no sólo revela lo presente que está la burla amistosa entre municipios laguneros, sino lo relevante que consideramos su razón; un hecho que, si sucedió, fue hace casi 130 años. A ver, revisemos su historia. 

Lerdo pasó de villa a ciudad gracias a una joven y su enamorado (parece chiste, pero es anécdota). Carmen Carreón Carreón, hija de un general, le pidió a su muy evidente pretendiente, el jefe político Juan Ramón Castro, realizar cualquier procedimiento administrativo que acelerará la elevación de la Villa de Lerdo a ciudad y él, con esperanzas de que su amada lo amara más, lo hizo. “Cualquier deseo yo se lo cumplo, señorita”, se dice que fueron las palabras del político, pero esto pasaría después de las acciones tomadas que marcarían el destino de Lerdo.

La llegada del Ferrocarril Central Mexicano a la Comarca Lagunera fue un proyecto muy visionario que prometía amplio desarrollo a las afortunadas ciudades que fueran elegidas para realizar obras como vías férreas o estaciones, y Lerdo no se quedó atrás.

¿Cuál es el caso para la carrilla? En la Laguna se dice y repite constantemente que la población lerdense se opuso rotundamente a que el ferrocarril pasara por la ciudad porque no querían que la ruidosa locomotora les arruinara la siesta y les contaminara el ambiente, y que, gracias a este rechazo, las estaciones fueron construidas en Torreón y Gómez, con el enorme crecimiento urbano que esto implicó en las siguientes décadas. 

Pero, para disgusto de quienes no son de Lerdo y disfrutan la carrilla, debo decir de una vez por todas que esta historia del tren y el amor lerdense a la siesta no es verdad

¿Por qué Lerdo no quiso la estación de tren, entonces? Pues no fue la ciudadanía quien decidió.  La razón es mucho más individualista y codiciosa. Según el cronista Jaime Soto Castro, en su libro “Apuntes Históricos de la ciudad Cd. Lerdo, Dgo. 1598-1900” (1991), que el entonces gobernador de Durango, Juan Manuel Flores Ceniceros (en una de las 5 veces que ocupó el inestable cargo), no deseaba que su negocio de 200 carretas tiradas por bueyes fuera afectado por el nuevo y moderno transporte que brindaría una estación ferroviaria en Lerdo, y debido a eso es que la ciudad no prosperó como Gómez Palacio y Torreón.

De ahí, el mote de “los dormidos de Lerdo” vino de una frase de Agustín Vergara, un lerdense conocido en varios círculos de la época por su intelecto y cualidad de culto. Vergara, quien ya se encontraba muy molesto por esta decisión del gobernador, fue invitado a un banquete con Juan Manuel Flores. El discurso de Vergara, que todos pensaron sería lambiscón y político por el perfil de los invitados, se transformó en un pleito hacia el gobernador, terminando así, según narra el historiador Soto Castro:

“No me bato contigo porque no soy asesino, ni quiero degradarme… No te mato porque no soy felón… pero tú… malvado, eres la causa para que este pueblo se le diga mañana ‘El dormido de Lerdo’.”

Han pasado casi 130 años desde la elevación de la villa de Lerdo a ciudad, con la historia de la joven Carreón y las acciones de Flores Cisneros.  ¿Cómo es ahora Lerdo, Durango? Sólo puedo hablar desde mi propia experiencia.

Primero, hay que decirlo, la ciudad es hermosa, como si el tiempo hubiera pasado muy lento, preservando sus chalets y sobreviviendo al estilo internacional de arquitectura que, en mi opinión, no me atrae tanto. Es un lugar tranquilo que te desconecta del bullicio de sus ciudades hermanas, con tesoros ocultos y valiosísimas huellas de la historia. 

“Es una ciudad muy pequeña”, me dice un compañero, y es cierto. También es verdad que tiene mucho potencial y los negocios deberían apostar más a Lerdo. Sus jardines y zonas podrían ser ese espacio de descanso para foráneos, si se quiere aprovechar su relajado ambiente con acceso al Cañón de Fernández y todo el ecoturismo.

Te recomiendo mirar a Lerdo en su actual belleza, no para cambiarla completamente, sino para hacer algo mejor con lo que ya es: una de las poblaciones que vieron crecer a Gómez Palacio y Torreón, una hermana mayor con grandes historias que contar. 

Y sobre la burla sólo diré una cosa. Creo que su configuración de ambiente relajado también ha ayudado a potencializar su apodo, aunque hay quienes lo usen de forma despectiva. Eso sí, no vayan a desayunar a las siete de la mañana a Lerdo porque ahí se levantan más tarde, como a eso de las nueve o después de las diez. No, es broma; seguro que sí ha de haber alguien que madrugue.

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