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El camino del habla

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“María, ¿quieres más agua?” pregunta la madre a la pequeña de un año y 6 meses. Ella hace un gesto con la cabeza asintiendo, tomando el vaso con sus manos y llevándolo a la boca para beber; termina el trago emitiendo un “ah”. “¿Ya?” pregunta la madre, quien ahora ofrece un bocado de sopa, obteniendo un claro gesto de disgusto, la cabeza de un lado a otro acompañada de un quejido, evidenciando sus nulas ganas de seguir comiendo.

Esta escena es un claro ejemplo de cómo surge la comunicación oral. Intervienen diferentes factores que hacen que suceda de una forma autómata y espontánea que apenas se percibe.

Si bien esta comunicación sucede de forma natural, se necesita que funcionen plenamente los mecanismos físicos involucrados y ciertos factores sociales. Se requiere una atención adecuada en el entorno y el funcionamiento de los órganos fonoarticulatorios y auditivos: cuerdas vocales, lengua, garganta, labios, diafragma, oído, etcétera. Sabemos que si existe alguna falla estructural en alguno de estos órganos, el proceso natural se verá afectado y tendrá sus modificaciones según sea el caso. 

Pero, además de los mecanismos, necesitamos un sistema que facilite y propicie la comunicación; un sistema que tiene que ver con la interacción de los demás hablantes de la lengua, con las referencias del entorno y con la expresión de la forma en sí; es decir, necesitamos las palabras. Sin la combinación de estos dos (el mecanismo y el sistema), adquirir la facultad natural de poder expresarnos de forma oral en nuestra lengua sería una verdadera odisea.

El sistema tiene una gran trascendencia en cómo aprendemos a hablar. Por ejemplo, un pequeño logra identificar que el biberón con leche que le ofrece la madre se llama “bibi” y lo identificará así para después pedirlo, generando un código entre ambas partes con el que se adquiere un concepto, volviéndose la comunicación oral una necesidad. De esta manera, cuando el pequeño quiera tomar leche, le dirá “bibi” a la madre y ella entenderá el código enseñado.

Este mismo biberón con leche en la casa de otro niño puede llamarse “tete” y el pequeño lo llamará así a la hora de pedirlo. Conforme pase el tiempo y el bagaje de conceptos crezca en ambos, sabrán que tete y bibi se refieren a un biberón con leche y el concepto en sí quedará construido en cada uno, aunque exista una referencia particular de cada objeto 

Todos estos procesos suceden a un ritmo acelerado. En dos años más, María podrá expresar sentimientos, necesidades y emociones; por lo tanto, es importante no olvidar que la calidez de nuestras palabras también tiene un impacto emocional en los nuevos hablantes.

Evidentemente, tú y yo ya recorrimos este camino porque, si me estás leyendo, estás en el nivel avanzado de la comunicación oral.

Somos parte de una comunidad de medios laguneros

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