

Hoy “Mi cuerpo funcionando” abre una nueva sección, dedicada a hablar de personas que a lo largo de mi trabajo profesional han inspirado mi vida con la suya. Los nombres y algunos hechos serán cambiados para respetar la identidad de las personas a menos que ellas mismas decidan lo contrario. En esta primera entrega de personas geniales quiero contarte de un joven que hoy sigue ruborizándome.
Durante un tiempo trabajé en un centro para personas con discapacidad que atendía a adultos y jóvenes, un terreno en aquel momento nuevo para mí. Mi función en ese lugar era hacer planes y propuestas que mejoraran su independencia y con ello su calidad de vida. El primer paso era evaluar a todos los jóvenes que asistían al centro y así conocí a Jorge, apodado “El pollo”.
Jorge era un chico con secuelas de parálisis cerebral. Aunque realizaba con dificultad su marcha y su habla, podía expresarse muy bien y caminar auxiliándose de unas muletas. Cuando había que recorrer distancias largas usaba una silla de ruedas. Debo decir que me parecía de fisonomía atractiva, aunque las proporciones de sus extremidades no fueran los esperado a su edad, pero con una alegría y carisma que contagiaba.
“El pollo” gozaba de un intelecto intacto; podía leer, pero escribía con muchísima dificultad por la rigidez de sus manos; aun así, lograba salir avante a la vida. En la evaluación les preguntaba si podían bañarse, cambiarse y comer por sí solos, observaba si es que podían desplazarse en la silla y trasladarse en la cama y la higiene del baño. Debo confesar que me quedé totalmente sorprendida de la independencia de “El pollo” para lo más básico. Ahora seguía preguntarles sobre las actividades más complejas como lavar la ropa, cocinar y obtener un ingreso económico.
Jorge estuvo siempre al cuidado de sus abuelos. Su abuela había muerto hacía algunos años, así que ahora solo eran él y su abuelo, un señor ya muy mayor que además dependía económicamente de Jorge. Sí, también me asombró. “El pollo” vendía semillas afuera de un expendio de su colonia, a donde los fines de semana su abuelo lo llevaba a las 4 de la tarde con una caja en las piernas. Jorge tenía un trato con un señor de la alianza que le vendía las semillas, su abuelo le ayudaba a empaquetar y él las vendía. Los días que jugaba el Santos, se ponía cerca de la hora del juego porque eso auguraba más venta. De esa manera él tenía para darle dinero a su vecina, quien les cocinaba y llevaba la comida diaria, y ya ellos se arreglaban con desayuno y cenas.
Después de un tiempo, una mañana “El pollo” llegó al centro y se enteró de que era mi cumpleaños, así que quiso invitarme unas gorditas. Yo dudé; con toda esta referencia me parecía abusivo que él gastara su dinero, pero su respuesta casi me hace llorar: “Mi Cristina, sí traigo, dime que más quieres, por eso trabajo y te lo mereces. Tú siempre nos das; yo quiero hacerlo ahora por ti”. Sin duda, y sin prejuicio, acepte con amor el valor de esa persona que quiso darme un regalo con todo su esfuerzo y valía.