

Apago la televisión y veo discretamente mi ropa en busca de restos de vómito propio y ajeno.
La razón es simple: la mezcla de tantas verdades a medias o mentiras incompletas, sumada al exceso de culpas no reconocidas, seguramente causa náuseas tanto en quienes las emite como en quien las escucha.
Por supuesto sin expresarlo en público, pienso que yo podría ser parte del grupo emisor de las medianías, lo que sin duda es aspiración o envidia inconfesa.
¿Acaso no seré capaz de hacer promesas aún mayores, también sin compromiso de cumplimiento ni otra base distinta a la de simular esperanza para los desesperanzados?
Estas elucubraciones me conducen a rescatar tres debates recurrentes en mi olvidable vida. ¿La felicidad plena sólo puede darse en la ignorancia plena? ¿El que se rodea de lodo en lodo se convertirá? ¿Sirven de algo los valores cuando se tiene hambre?
Evoco las mentiras que se repiten con tal vehemencia que se convierten en dudosas verdades, veo la avalancha de soberbia disfrazada de propuestas y reflexiono acerca de la relación inversa que en ocasiones hay entre los valores y las fortunas. ¿Es necesario alinearse al entorno para sentirse y vivir bien, aunque éste desconozca de ideales?
Olvido un momento la amenaza de las náuseas y trato de rumiar mi realidad, entendiendo que, salvo dinero, nada me falta, aunque siga pareciendo infeliz.
Recuerdo que borroneé alguna vez: “ante la contundencia de las evidencias que insisten en que podrías estar peor, prefieres convencerte de que en la riña entre pensar y ser feliz es mejor inclinarse por lo primero. Ninguna infelicidad tan grande como la de quien niega la esencia de pensador propia de los seres humanos”.
¿Y si me reconozco ignorante de la relatividad de lo cierto, economía recesiva y seguridad nacional, por ejemplo? ¿Y si además desconozco deudas y me convenzo de que sólo el trabajo y el talento hacen engrosar la cartera? Parece fácil, pero ¿si la felicidad es como el presupuesto, que no alcanza para todos?
“Ahora hasta preocupado pareces por mimetizarte y adquirir los tonos indefinidos de tu entorno. Y no te queda más que convencerte de que seguir la tendencia de tu medio ambiente es hundirte con él. Solidaridad, humildad, trabajo en equipo y visión te separarán del lodo, te dices”, garrapateé hace algunos años, aunque hoy recuerdo que he visto gente contenta por sus baños con agua lodosa cuando en esta se presume hay oro.
¿Alguien habrá degustado un taco de valores? ¿Alguien será investigado por descubrirle enriquecimiento inexplicable de virtudes? Si las casas se valuaran en honestidad, ¿cuántos palacios habría? Y así sigo debatiendo conmigo después del primer debate del INE televisado en el 2024.
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