

Mientras el vehículo en el que viajábamos mi hija y yo avanzaba a vuelta de rueda, yo aprovechaba para tratar con ella temas que iban desde economía (como el del auto deportivo de al lado cuyo propietario estaba dispuesto a invertir medio tanque de gasolina para empatar el primer lugar en la fila) hasta ficción (como parece la vida política del México actual).
En uno de los giros de nuestra conversación abordamos la imperativa necesidad de que la democracia presentara en nuestro país mayores resultados reflejados en el bienestar de la mayoría de los ciudadanos, fincando en ellos una esperanza al menos medianamente razonable para el desarrollo libre y sostenible.
Aproveché mi público cautivo y expresé con seguridad que urgía, en aras de la paz y los derechos humanos que hoy peligran ante la decepción por los resultados de la democracia, confirmar que este sistema político se traduce en mejor calidad de vida para la mayoría de los ciudadanos. Se siente bien escoger una opción en la boleta, pero aún más satisfactorio es tener seguridad, trabajo, despensa llena y hospital seguro.
Vivimos tiempos en los cuales los agravios del pasado están frescos, continué perorando, por lo que el principal impulso para votar por una persona parece ser hoy la venganza. Se vota en contra de una opción, más que a favor de una propuesta.
Además, el sistema vigente de partidos parece uno de franquicias a conservar, lejos de presentar un abanico de ofertas dirigidas al bienestar de la sociedad y ajenas a la búsqueda de la dependencia de sus “benefactores”, a quienes los franquiciatarios ven como “clientes”, no como personas que demandan oportunidades, no limosnas.
Sin importar la creciente tensión por esperar la liberación de unos cuantos metros antes de que los vehículos que esperaban el banderazo de salida para cruzar la calle toparan con mi unidad, siguió mi incontinencia verbal: si la democracia demanda educación del elector para distinguir fondos de formas, es entonces un sistema sólo aplicable en las sociedades ubicadas en un estado superior de desarrollo.
De pronto, chirriar de llantas estrepitoso, súbita frenada, sacudida severa:
—Tal vez en el fondo tienes razón, pero esto sería muy cuestionable, porque ¿en dónde quedaría el derecho de quienes carecen de educación o viven en situaciones de pobreza que los alejan de la información? —replicó mi hija.
Oportunamente dejé libre el cruce, salvándome de evocaciones maternales, mas no de una crisis existencial ya no por la funcionalidad de la democracia, sino por tener una hija contestataria.
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