

“¡Échenme agua, hijos de la chingada, me estoy quemando!”… y luego no más reclamos…
“¡Aguas!, que ninguno vaya solo… pinches polis, que no los dejen solos, aquí está cabronsísimo”, decía en el más puro sentido paternal José Ángel, quien iba al mando. Era tarde ya: la carroza roja en la que viajabas había sido la primera en llegar a este enorme salón de castigos. El equipo con el que ibas tuvo que esperar muchos minutos para que le permitieran ingresar a hacer algo por quienes sabías eran iguales a ti, sólo que sin tanta suerte o un papá que comprara la Ley. Todos murieron quemados, ninguno evadió la cárcel. Viva el sistema penitenciario; viva el disfrute del vómito reciclado en esta sociedad de la que eres cómplice y lamedor de sus desechos.
Muchas imágenes vienen a ti una y otra vez; no se quieren ir, por más que las espantas como quien ahuyenta esos buitres que bien conoces y arriban para hacer perenne la supuración de las heridas de tus cobardías, errores e inconsciencias.
Se estrella así muy dentro de tu ser el rostro del hombre que con una insignificante manguera de jardín pretendía hacer frente a un gigante de fuego que se burlaría de mil y una de ellas, pero que defendía así, solo, el patrimonio de sus hijos, ubicado en lo más alto del cerro, literalmente, de la marginación. Qué poco eran ahí las descargas eléctricas que recibías cada vez que dabas línea a tu compañero, qué nada era el agua hirviendo que entraba en tus botas rotas cuando entendías lo que era la esperanza definida por esa expresión de suprema angustia en la soledad e indefensión, justo al lado del monumental demonio que devora, quizá, con más saña y apetito a los pobres.
Seguramente reconoces que en estas circunstancias también se aprende, como cuando confirmaste, pese a las aplastantes sentencias sociales que recibiste a lo largo de tu vida, que los hombres también lloran, sobre todo cuando están solos y entienden que hay un fin común para todos.
Así te pasó cuando después de que muchos fingieron fortaleza en la misa de cuerpo presente de Jaime, pasaron de la luz a la sombra al bajar en la carretera el féretro de la máquina de vida y muerte, para introducirlo en la camioneta que lo llevaría al panteón de su pueblo. ¿Muy hombrecito, no? Si hasta la voz se te quebró, cuando lejos de cualquier mujer abrazaste a su estoico hermano a manera del mensaje que no pudiste completar.
Otro aprendizaje lo tuviste cuando entendiste de putas apenas a los 35.
Fue aquella madrugada de terror contenido cuando junto con dos compañeros te quedaste cuidando la unidad —pero, ¿quién se la iba a llevar?—, que tan pronto acabaron las llamas dejó de funcionar en lo más alto de la célebre Risca, principal productora de notas rojas. Fue ahí cuando cerca de las cinco de la mañana observaste subir por la pronunciada pendiente a dos damas, quienes llevaban en las manos sus zapatos de tacones altos, desafiaban las piedras del camino y lucían estrechos vestidos. Tras hacer un alto en su penoso escalar, te comentaron acerca de lo prolongado de su jornada laboral, lo útil que les serían las láminas del “tejaban” siniestrado y su preocupación por el intento de ataque que sufrió el día anterior la hija quinceañera de una de ellas, quien dormía sola en el único cuarto de su vivienda. A las seis de la mañana, cuando la máquina volvió a circular, la primera imagen que viste fue la de ambas mujeres desmaquilladas, ataviadas con batas y calzando chanclas formadas afuera de un establecimiento de leche subsidiada.
En serio, para llamar “putas” apenas a quienes te quieren cobrar con vestido blanco.
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