

Hace más de 4 décadas tomé una de las mejores decisiones de mi vida: acompañar a los bomberos. Alentado por mi amigo y maestro, el teniente José Ángel Mejía Valdez, fallecido, escribí algunas de mis vivencias en una computadora que terminó en la basura sin mi autorización, final indeseado, aunque acorde a la calidad de su contenido. Años después rescaté de mi memoria algunos de los hechos que viví con el grupo que tiene el primer lugar en mi corazón y mente. Aquí retomo algunos de esos últimos escritos con olor a humo.
“Descender al Infierno es hacerlo al lugar del desafío del dolor por el goce del placer, del disfrute de la vida por la certeza de la muerte; es buscar en las llamas la razón de la sinrazón de hacer, es encontrar en el más denso humo negro el más despejado y placentero camino hacia el final de la existencia: aquel que te lleva a vivir intensamente sabiendo que en cualquier momento el recorrido se puede interrumpir”.
Ves todo rojo, sangre en unas ocasiones, luces y metales en otras; sientes cómo te quemas, cómo te amenazan esas explosiones de origen desconocido y terror plenamente identificable; saboreas la sinrazón que te acerca a esa danza de destellos y vomitas la razón que te aleja de ellos; hueles ese inconfundible aroma que distingue al cadáver humano y entiendes el privilegio de oler tu inexorable futuro; escuchas el llanto de la sirena y su incansable canto de orgullo y prisa, de homenaje y explicación al disfrute de la vida a través del desafío a la muerte, que bien sabes alguna vez perderás.
¿Te acuerdas qué hiciste para llegar aquí? Tal vez no sea motivo de orgullo, pero, debes admitirlo, es real. Claro: buscabas morir por algún motivo; querías desaparecer, pero rehuyendo el costo de hacer tú mismo ese acto final de magia.
Pero, ¿recuerdas también como confirmaste que querías estar eternamente vivo al lado del fuego? Fue esa madrugada cuando pasaste desbocado bajo la ventana del cuarto en el que ella dormía, como gritando a todos que se hicieran a un lado porque ya querías llegar a inundarte de miedo, que entendiste que querías regresar entero en la mañana para verla y abrazarla muy fuerte, con la vehemencia propia del acto de descorrer la venda que tapa los ojos que de pronto encuentran una razón para ver siempre. Fue así como tu primera hija, desde el comienzo de su existencia, te enseñó que estabas cerca de la cueva del Maligno por gusto de vida, no por búsqueda de muerte.
En estas profundidades las pruebas para los condenados son continuas y tan crueles como aquellas que te hacen enfrentarte a ti mismo y preguntarte a solas “¿por qué?”; otras, tan espantosas son, que merecen vomitar sobre ti mismo, levantar con la lengua lo vomitado y volverlo a vaciar, ahora sobre eso que pensaste algún día fue —¿o sigue siendo?— tu conciencia social.
Tres de la mañana. Hasta tus culpas duermen, mientras descansas en paz esperando la resurrección y la gloria ordenadas por la danza del martillo de la alarma.
De improviso, como todo aquí, tu sangre hierve y tu corazón explota en el más divino e infernal orgasmo cuando te lanzas al vacío del cubo de los tubos sin saber aún por qué. Apenas segundos después el rugido de un motor a sus máximas revoluciones te lleva al encuentro de una negra columna que sale desde la boca misma de la ardiente cueva de Satán y que, simbólica e impresionantemente, une tierra y cielo. “¡Está con madre!”, describe abriendo descomunales ojos tu compañero de viaje, mientras que, falso como pocos, escondes tu terror en el ritual de colocarte los guantes y bajarte la visera. Admítelo aquí en la obscuridad e intimidad: tienes miedo y, al menos conscientemente, ya no te quieres morir. ¿A qué jugaste con la vida? ¿A qué jugó contigo?
Primero siluetas, resplandores, gritos, crepitares y hasta aplausos —en una noche en el Infierno pasa casi todo—; luego, sólo dos en las entrañas de la bestia, muy pronto rodeados por invitaciones al más allá provenientes de todos lados. Arriba, un techo próximo a colapsar del cual cae parte de una viga que pega en uno de ellos, a la izquierda y al frente una pared de fuego, a la derecha la más salvaje orgía vista vez alguna de chispas salientes de un tablero de control eléctrico, y atrás una cortina metálica muy posiblemente ya electrificada.
¿La decisión? Sencilla: uno, el profesional valiente, avanza en una impresionante lucha cuerpo a cuerpo contra el fuego; tú, el voluntario cobarde, sigues cada paso hacia el destino de ese hombre ejemplar. ¿El final? Seis de la mañana, dos rostros cubiertos con hollín en cuerpos empapados de sudor, un par de tazas de café y una pregunta demoledora: “¿Por qué lo hace?”, cuestiona el osado retador de Vulcano, “mi familia sabe que este es mi trabajo, pero ¿usted?”. “No sé”, admite al aprendiz, “pero… aquí estamos otra vez de regreso, tomando café”.