

Abro la ventana para permitir que huyan el calor y la humedad, indeseados este día por la frialdad y sequedad del alma que creo nunca tuve.
Penetra una brisa más o menos fresca que exhorta a los restos de mi mente a recordar que, desde que nací, estoy dentro de una cárcel de la que sólo podrá liberarme la muerte.
En mi celda de carne y hueso entiendo que la libertad del hombre es mera ilusión, apenas convertida en efímera realidad cuando sueña que define su destino, o cuando decide fingir que posee una voluntad que repele las órdenes de sus genes, blinda contra el medio ambiente y convierte en ciego y sordo para ignorar el camino que señalan los poderosos.
Esos bocetos de pensamiento sostenidos durante tanto tiempo provocan hoy mi rendición tardía. Muchos años atrás debí fingir que me creía libre y que por decisión propia me sumaba al sistema de la forma, del consumo y de la indiferencia frente a la desigualdad y el dolor.
Si tan sólo hubiera aceptado que la felicidad estaba en el tener y parecer, continuaría vivo de verdad, sin embargo, hoy debo admitir que soy un muerto que respira.
Aceptarte en la sociedad de lo superfluo como cadáver andante es una ventaja —digo para mis adentros—, pues permite acostumbrarte, poco a poco, a la nada. Desaparecer gradualmente —supongo— atenúa el trauma del regreso al sueño sin despertar.
Per, ¿si morir en vida sólo me llevara a fallecer dos veces? Si eso pasara multiplicaría el terror causado por la certeza de abandonar mi ser, miedo superlativo del cual es culpable la razón que me despojó de la fe, es decir, de esa roca de papel en la que algunos hombres se sujetan para evitar que los arrastre el torrente que desemboca en la obscuridad perenne.
En cualquier caso, llegará el momento en el cual deberé enfrentar la nostalgia de abandonar la existencia de la que tanto me quejé, o de aceptar que nunca perderé la dolorosa costumbre de vivir.
Y mientras sigo inmerso en este inútil debate, el arrepentimiento sigue sobrevolando lo que subsiste de mi cerebro.
¿Por qué intenté conocer lo vedado a mi naturaleza? ¿Por qué tuve la ocurrencia de preguntarle a mi abuela cómo era la gloria prometida por el dios que mi incipiente razón sacó luego de mi vida, quedándome sin la fantasía que hace falta para soportar la realidad?
Escuchar, de quien suponía era poseedora de la verdad, que el gozo del paraíso prometido consistiría en estar siempre frente al Creador, me hizo huir de la promesa del aburrimiento eterno.
¡PAS!...
La ventana se cerró y el calor y la humedad regresan para ahogarme. Tanta tierra sobre mi cajón forma el ambiente molesto en el que deberé continuar purgando mi condena: extrañar la vida de la que tanto renegué.
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