

De cuando en las profundidades te convertías todo en vapor…
Estás bajo un tanque con millones de litros de combustible, base de una antorcha que se ve en toda la zona metropolitana y que conforme pasa la noche lo percibes cada vez más inclinado.
Tu camioneta, improvisada como transporte para personal de refresco, tuvo que ser estacionada a varias cuadras de distancia para evitar que la pintura de su carrocería se levantara, debido a la altísima temperatura generada en la hasta hace poco estación de distribución de combustibles, hoy el lugar en el cual estalló el Infierno.
Ahora sí, el Demonio emergió. Su fuerza es tal que las descripciones del personal que arribó en la primera unidad presentan escenas terribles de cuerpos calcinados lanzados a decenas de metros y deshechos junto a la pared contra la que impactaron.
¿Te sudan otra vez las manos, verdad? ¿Querías jugar al fuego? ¡Pues qué esperas, cobarde: métete!... Sabía que no podrías resistir la presión más salvaje que conoces: la tuya.
Imagínate la sonrisa del Diablo al verte adentro de esta erupción de focos diversos y enormes de llamas, en la que un compañero y tú lanzan sendos chorros de agua para tratar de enfriar la ira del tanque principal siniestrado.
Qué risa la de Satán cuando soplaba y hacía que el oficial al mando les gritara para que dejaran las líneas y corrieran, ya que las llamas acicateadas por el viento se acostaban sobre ustedes. Luego regresaban, necios, a emprender con sus lanzas de agua el ataque sobre el gigante de fuego, que empezaba, literalmente, a evaporarlos.
La noche es el juego del misterio, de la duda, del cuestionamiento acerca de si sigue existiendo lo que en el día es… Y aquí se te despejó esa inquietud, ¿verdad? Claro, no podían existir esas temperaturas que te castigaban con tanta crueldad cuando el chaquetón —por supuesto no de tu talla— se subía ligeramente y dejaba unos instantes al descubierto tu piel entre éste y tus guantes; claro que debía ser absurdo estar a esa distancia en la que ni tus compañeros ni tú tendrían la mínima posibilidad de huir si colapsaba el amenazante tanque, ya severamente ladeado; irreal debería ser observar cómo tu compañero se volvía vapor cada vez que dejabas descansar las paredes del contenedor de combustible y lo bañabas para que resistiera la altísima temperatura, y luego tú también recibieras ese bendito baño que te evaporaba, todo.
De cómo sigues viviendo entre el vapor y el calor..
Tus manos y frente sudan, mientras lo que te queda de corazón late más aprisa.
Esta tarde hace calor, aunque quizá no el suficiente para evaporar los recuerdos que acabas de vaciar sobre el teclado de la máquina.
¿Descenso al Infierno? Suena para título de algo, pero ¿a cuál descendiste? ¿Al de las noches de placer esperando lo inesperado? o ¿al del dolor en la obscuridad por las entrañas que te arrancas poco a poco, porque crees que no es justo las poseas? Bueno, quizá lo mejor sea tirar nuevamente a la basura este borrador.
Quizá sólo hay una cosa que podría salvarse: decirle a los ciudadanos indiferentes y a las autoridades corruptas de pensamiento y obra, que no pueden seguir ciegos ante lo descomunalmente necesario que es prestar un servicio eficiente de bomberos, que facilite cumplir con el deber de disminuir el dolor humano y respetar la dignidad de las personas.
¿No pueden imaginar que pocas esperas tan angustiantes hay, como la de esa esperanza que se viste con luces rojas y pide paso con sirena?
¿Somos tan cobardes como para no exigir condiciones laborales dignas para quienes hacen del placer propio una oportunidad para servir a los demás?
A más de cuatro décadas de haber tomado la mejor decisión de tu vida, confirmas hoy que por evitar una sola lágrima en mil años bien vale la pena desafiar toda una eternidad en el fuego.
Por quienes salvan mansiones y viven en vecindades, por quienes dan la oportunidad de vivir a otros y apenas pueden sobrevivir; por quienes anhelan, ríen, lloran y temen igual que todos en el anonimato de las siluetas contra el fuego; por lo justo y lo humano, sólo hoy deberás confesar que no hay orgullo más grande en tu vida que haber sido aceptado por ese grupo de hombres tan iguales a todos en su sentir, como tan diferentes en su vivir.
“Vapor eres y en vapor te convertirás", sentencia siempre presente en el infierno del íntimo placer en el servicio colectivo.
riverayasociados@hotmail.com