

José aprendió a persignarse antes de caminar. Otros conocimientos podían esperar, decían satisfechos sus padres.
Creció dentro de una familia donde ni las constantes promesas de progreso ni la pobreza hecha costumbre evitaban que cada domingo depositara en el templo, por lo menos, un peso en la canasta de la limosna.
Los primeros años de José destacaron por su apego a la fe y estricto respeto a los mandamientos de esta. Como adulto nunca se atrevió a expresarlo, pero recordaba que cuando en su niñez comulgaba tenía la seguridad de levitar.
Sus creencias lo convirtieron durante su infancia en algo mucho más que un cumplido y piadoso feligrés. Él llegó a presentar un estado de cuasi santidad alentado por sus abuelos y tío sacerdote, quienes marcaron, por supuesto sin intención, el resto de su vida para mal queriéndole hacer el bien.
Con base en repetirle la frase de Salvador Díaz Mirón, hombre de las letras y política, que decía que nadie debería tener derecho a lo superfluo mientras alguien careciera de lo indispensable, inocularon su pequeña mente con el virus del sacrificio sin excepción, causa de un mal que termina por aniquilar la concepción de individualidad, indispensable para sobrevivir en el tiempo del tener y parecer, antes que del ser.
Esas palabras de Díaz Mirón, causantes para muchos de la imagen de José como la de un humanista, se convirtieron luego en lo que algunos consideraron una maldición que lo acompañó toda su vida, pues su interpretación de ese dicho se sumó a la proclividad hacia los extremos que mostró desde su infancia. Su visión radical lo obligaba a hacer el bien aunque le doliera, y a rechazar el mal aunque lo gratificara.
Contra lo que podía interpretarse en los libros sagrados de su religión y sermones de sus ministros, con el paso de los años su existencia fue considerada como una excelente muestra de lo que jamás ninguna persona normal debía hacer.
Pese a que perdió su fe cuando ingresó a la pubertad, y con ello extravío el salvavidas para sostenerse a flote en la realidad del hombre que irremediablemente lo arrastra a la nada, siempre recordó la sentencia que imprimió temprano en su interior y terminó dejándolo vacío. Jamás concibió que un dios, para él sinónimo de la perfección, aceptara intercambiar buenas acciones por un boleto para entrar al paraíso.
Quienes dejaban de padecer hambre o soledad gracias a José, apenas lo recordaban unos cuantos días después de recibir sus favores. Después de todo, pocos eran los que pedían su ayuda y muchos los que conocían su búsqueda permanente de oportunidades para suponerse útil. Hasta el último segundo de su vida aseguró que actuaba de esa forma sin el menor afán de entrar a la gloria, que además de estar seguro de su inexistencia sería aburrida.
Como era natural, el protagonista de estas letras terminó en la miseria por sacarse de la boca el pan para dárselo a quienes tenían igual o más hambre que él. Tardó tanto en darse cuenta del riesgo de comportarse de esa forma, que cuando lo percibió sólo pudo cerrar los ojos para siempre con la satisfacción de acumular un último, aunque inútil saber. ¿Cuándo lo bueno puede ser tan malo que destruye al bondadoso?, fue la última pregunta que se planteó.
Inmediatamente después de que murió, en lo que pareció póstumo y merecido homenaje, se escucharon las suaves notas de un arpa mientras ingresaba su cuerpo a una carroza blanca tirada por seis caballos del mismo color, que a todo galope ascendieron hasta el cielo.
Poco antes de ocultarse el carruaje en la nube más alta, cayó de este el cadáver de José para ser tragado por una oquedad que se abrió en el piso sólo para conducirlo al infierno, que, como es bien sabido, está en la tierra para quienes osan ser diferentes.
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