

Dormía con la mediana profundidad que permitía mi cinismo o fingida ignorancia de mis pecados, cuando el súbito hundimiento de una de las esquinas de mi colchón hizo que mis ojos se abrieran durante unos cuantos segundos antes de volverlos a cerrar, para tratar de que mis culpas continuaran durmiendo.
No tardé en sentir un nuevo descenso del nivel del colchón, ahora en otra esquina, lo que por supuesto ya me pareció algo anormal. Luego vi lo que jamás imaginé ver.
Me gustaría saber que lo vivido fue un sueño, pero no puedo engañarme tanto. Siempre he preferido admitir la realidad más aterradora antes que suponer la fantasía más placentera. Debo entonces aceptar que estuve cerca de dos personas que contribuyeron a mi formación o deformación —según la orilla del río de la vida desde la que se me juzgue—, y que murieron hace mucho tiempo.
Tal vez no debería contar esta experiencia, de la que también dudo, pero considero que es importante compartirla para que la gente entienda que los muertos nos dan vida.
La primera aparición fue la de mi abuela materna, para algunos mujer carente de sentimientos, pero para todos católica a ultranza. Ella me enseñó que ni la fe más grande puede blindarse contra las mínimas dudas. La segunda fue la de su hijo, quien como tío, padrino y sacerdote me dio las primeras lecciones de arte y filosofía.
Ambos escritores de mi historia estaban incorruptos y despedían tenue olor a incienso. Ella portaba un vestido gris que le llegaba al tobillo y cubría su cabeza con el velo negro con el cual la asocié desde niño, mientras que él tenía puesta una sotana que dejaba entrever sus zapatos de charol. Nunca dudé de que los dos eran de carne y hueso.
Mi abuela, católica por tradición y acción, me confesó en su vida terrena dos inquietudes que tenía con relación a su doctrina, por supuesto anteponiendo un par de sinceros “Que Dios me perdone”.
“Si es necesario creer para salvarse, ¿qué sucede con quienes no creen y salvan, aun sin proponérselo, a través de las emociones provocadas por el arte?”, fue uno de sus planteamientos que hasta la fecha me permite asegurar que Black Sabbath entero disfrutará la Gloria eterna.
Otras de sus dudas no sólo las externó, sino que las ilustró. Circulábamos sobre la carretera México – Puebla cuando fijando su vista en las siluetas del Popocatépetl e Iztaccíhuatl, enmarcadas por el azul del cielo y el verde del bosque, expresó después de disculparse por una posible blasfemia:
“¿Por qué destruiría Dios tan maravillosas creaciones? ¿Y si este es el Paraíso y no nos hemos dado cuenta?”. Hoy entiendo que crear es lo que más puede acercar al hombre con la divinidad, y que en los instantes en los que destierro mis culpas me sé en un edén.
De mi tío, padrino y sacerdote tengo presente cómo me sigue obligando a burlarme de mí en los momentos de lucidez que me quedan cuando despido temporalmente a la soberbia.
Él hablaba tres idiomas, estaba graduado en teología, era gran conocedor de ópera y arte sacro, y en su círculo de amistades había destacados pensadores. No obstante, después de que dio auxilio espiritual a mi agonizante abuela materna, quien carecía de estudios mayores, grandes conocimientos y amistades intelectuales, reconoció públicamente que la fe de ella y su certeza de gozar las promesas de vida eterna hechas por su Dios, eran un ejemplo y lección para su sacerdocio y persona.
¿Que si tuve miedo? Primero experimenté terror, tanto que permanecí inmóvil observando cómo mi abuela me persignaba y mi tío daba la bendición. Luego mi temor fue desplazado por un enorme agradecimiento hacia ellos, al ver cómo perdían su estructura corpórea e ingresaban como sombras a mi cuerpo.
Hoy algo más se esfumó: mi creencia de que únicamente los vínculos con los vivos determinaban la realidad.
Después de esos encuentros supe que nadie puede existir sin llevar dentro a sus difuntos.
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