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Una cosa es no ser escuchado y otra carecer de voz

carecer de voz

¿De qué otra cosa voy a vivir que no sea de mis recuerdos, si tan pronto llega el presente se refugia en mi memoria?

Los recuerdos guían el presente porque contienen lecciones que enseñan a repetir, modificar o inventar las tareas que permiten vivir mejor el hoy. La evocación no rentable para el momento debe tener lugar sólo en el onanismo o en la autoflagelación.

Bajo entonces del entrepaño de mi memoria —nunca alcanzó la categoría de biblioteca— uno de los recuerdos más importantes de mi vida.

Hace poco más de 45 años, gracias a la confianza de don Rutilo Morales García (un oaxaqueño que debió emigrar a la Ciudad de México, pero que hasta el último de sus días confirmó con hechos el compromiso que tenía con su tierra) filmé un documental sobre las fiestas de La Estancia, una muy pequeña agencia municipal localizada en el municipio de San Juan Bautista Coixtlahuaca, Oaxaca, cerca del Nudo Mixteco.

Cumpliendo con lo que creía era únicamente un compromiso de buena fe, un año después regresé junto con el equipo de producción a La Estancia, sin sospechar que ahí viviría una experiencia que marcaría mi vida.

Acondicionamos la escuela como sala de cine: acomodamos bancas, ubicamos bocinas y cubrimos una pared con sábanas blancas. Había dirigido, fotografiado y editado la cinta, pero ahí experimenté la inenarrable experiencia de no sólo engendrar un “hijo”, sino de contribuir a su parto.

Como si lo estuvieran presenciando en vivo, los espectadores lo mismo aplaudían y gritaban en la escena del jaripeo, que expresaban su asombro cuando veían cómo el castillo de fuegos artificiales iluminaba la iglesia.

Cuando terminó la película, interpretamos primero la ovación como un premio a sus realizadores, pero luego entendimos que lo que verdaderamente celebraban las palmas era el descubrimiento del cine. El plan inicial contemplaba sólo una función, pero fueron tres consecutivas con sala llena.

Al prenderse las luces después de la última función, tomó la palabra José María García Juárez (para la elaboración de este artículo pregunté a Rutilo hijo por el nombre completo de este vecino de La Estancia), cuyo sentido mensaje de agradecimiento me obligó a responderlo de inmediato.

A los jóvenes de la capital que viajaron de tan lejos para filmar una película sobre las costumbres de una modesta comunidad no había que agradecerles ningún favor, pues eran ellos los agradecidos por la oportunidad de trabajar con mexicanos iguales a ellos que, además, les permitieron nutrirse con su grandeza humana y cultural. 

Me quedó claro que una cosa es no ser escuchado y otra carecer de voz, que no es lo mismo ser ignorado que no existir, que no es igual desconocer carencias que ser distinto de quien las tiene.

Hoy lo vivido esa noche me recuerda continuamente la existencia de connacionales, que, iguales a todos, habitan en apartadas comunidades desde las que agradecen supuestos favores a quienes deberían pedirles perdón por olvidarlos o, más aún, por pretender usarlos para fortalecer fantasías de superioridad.

riverayasociados@hotmail.com

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