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Fragancias y hedores del miedo

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I

Convertir lo corto en imperceptible. Hacer del suspiro de la vida sólo la oportunidad para evitarlo. Detener el accidental o concedido instante de vida en el universo adelantando la inmovilidad propia de la muerte inexorable.

En cambio, se experimenta la misma cortedad del suspiro de la vida al admitir que la existencia de la muerte resulta inherente al ser mortal (donde es lo que la sal a la comida o al “no” inicial que multiplica el gozo del “sí” final), mas ahora haciéndolo perder su carácter absurdo y dándole justificación plena.

¿Maldito o bendito miedo?

II

Por paradójico que resulte, la ausencia de pavor en algunos provoca el pavor en otros.

Uno de los mayores motivos de alarma es el miedo a quien conduce el rumbo de un pueblo sin temor a jueces o leyes de origen divino o terrenal. 

La pérdida de miedo al juicio propio y de los demás, desvergüenza pura, es aviso de próxima y temida catástrofe.

¡Qué temor al no temor!

III

Trance superior de miedo es desafiar la ruptura del alma, porque permitirá que escape la esperanza, que a la vida es más que la sangre.

¿Y qué otra cosa puede fracturar el espíritu mejor que el golpe dado por la indiferencia de quien se pretende acepte el espíritu ofrecido?

El temor al rechazo obliga a optar por el camino llano de la permanencia en la parálisis o el de la ruta sinuosa para el efímero disfrute del paraíso. En ambos trayectos será inevitable la muerte del hombre, triste en el primero y alegre en el segundo.

IV

¿Cómo no tenerle miedo a quien confiesa su ignorancia diciendo que sabe, sin hacer ni ser?

Quien pretende asumirse ante los demás como individuo superior por la temporalidad de una posición de poder, provoca la pena dada por el desvalido, la risa inducida por el payaso y el miedo imbuido por el desquiciado.

Más temor debe provocar la persona armada de soberbia, que la pertrechada con plomo.

V

Cuando se arriba a la disyuntiva de enfrentar la posibilidad de la derrota o del triunfo, del dolor o del placer, el aire transporta un olor perceptible por la mayoría, pero disfrutado únicamente por pocos.

El aroma del miedo (originado en la angustia frente a lo imprevisible o surgido ante el anhelo de alcanzar la menor, pero más atractiva, posibilidad) impregna el momento en el cual el ser humano decide cargar con la culpa de ceder el paso a la seguridad y detener con ello su marcha, o resuelve avanzar hasta donde lo esperen el descanso eterno o el gozo fugaz de triunfar sobre sí mismo.

Disfrutar la vida o estar muerto dentro de ella, aunque el corazón lata, depende de diferenciar una fragancia de un hedor.

riverayasociados@hotmail.com

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