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La violencia y vergüenza de ser un humano

ser un humano

La recuerdo caminando despacio, pero, ¿de qué otra manera podría hacerlo?

Rectifico poco después ese pasaje y reconozco que desde mi perspectiva su andar era lento, pero desde la suya, rápido.

Lo mismo sucede ahora cuando comparo nuestros tamaños. Yo era enorme a su lado, mientras la dimensión de ella competía con la de sus congéneres.

Ni la dimensión ni velocidad de los individuos hacen distinta su esencia. Sin importar sus formas, la vida es sólo una y vale igual.

Cuando con mi crueldad infantil quise poner fin a la existencia de ese ser, mi tío Jesús canceló mis intenciones, imponiendo su autoridad de adulto: “Si no somos capaces de crear una hormiga, tampoco tenemos el derecho de destruirla”. El insecto continuó su camino y supe de mi limitación humana.

Después conocería que ni las palabras más razonables serían capaces de vencer la estupidez de quienes creen luchar por una causa e ignoran que ésta la conforman los intereses de quienes los mandan a morir matando, pese a ser irrepetibles el asesino y el asesinado.

Destruir lo que no se puede inventar es confesión de la derrota del hombre cuando odio, ambición y creencias desbordan la pequeñez de su mente y hacen cerrar los ojos ante la grandeza de su propia creación y de lo que la rodea.

Debo advertir que estoy lejos de la religión y el Génesis —excepto cuando siento la muerte cerca—, pues pese a mi crianza en una familia católica con un tío sacerdote, la primera respetó mi derecho a disentir y el segundo acercó al pensamiento crítico, antes que al miedo a Dios.

 Limitado e imperfecto aun contra mis incumplibles deseos de humano, soy incapaz de concebir la perfección representada por una deidad, que si existiera estoy seguro de que entendería tanto a quienes prefieren enfrentar con la razón la angustia por la muerte, como a quienes suplen la incertidumbre del final por el principio de la esperanza. En cualquier caso, ni en el temor a Dios ni en la duda de su existencia deberían caber la destrucción y justificación del dolor provocado al inocente para castigar al culpable.

Justificar la guerra es hacer de la venganza, el poder y el dinero los dioses de un hombre que ante ellos se arrodilla, pero que es incapaz de inclinarse frente a la creación de él y su mundo, sea El Todopoderoso o la evolución natural responsable de la vida y de todo lo que hay en ella.

Imaginar el olor a muerte que sale de las ruinas de un hospital colapsado por un explosivo, sentir la angustia de quien busca atención médica para el niño que lleva en brazos víctima de un proyectil o querer vomitar sobre quienes masacran a civiles desarmados que asisten a un concierto: son cuadros que trascienden la condena a un bando y se insertan en la propia conciencia para avergonzarla, recordando que la brutalidad no es propiedad privada, sino peste que se extiende y advierte la extinción de la especie humana.

  Adjudicar la violencia sólo a los grandes asesinos resulta tan absurdo como creer que únicamente los poderosos respiran. Ignorar las acciones violentas y la participación del individuo en ellas equivale a suponer que las cosas desaparecen cuando se les deja de mirar.

riverayasociados@hotmail.com

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