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¿Lloro por tu deceso o por ver el anuncio de mi futuro?

lloro por tu deceso

Una vez más, me estrello contra lo esperado, natural e inexorable de la muerte que me conduce a buscar la explicación de la existencia, lucha que de antemano sé perdida por mi dimensión humana.

Insisto en la búsqueda de respuestas en un libro no escrito o de idioma desconocido, justo en este nuevo momento de dolor injustificado porque el fin de la vida es lo único en esta que dista de ser sorpresa y, al mismo tiempo, justificado por la costumbre más arraigada en todo ser vivo, que es la de existir. 

¿Cómo retirarle a la vida el carácter de absurda y accidental?, reitero, y luego aparecen tu imagen rígida y el recuerdo que ni así se despegará de ella, al menos hasta que me sume a tu regreso a la nada, idea que me reservo el derecho de sustituir por la esperanza de una eternidad en la que pueda agradecer amores tan grandes como el tuyo, capaces hasta de creer en mí.

¿Fuiste tan buen actor que me hiciste pensar que mejoraba tu salud estando a mi lado? ¿O tan sensible que te contagiaron mis deseos?

Fueron más de 13 años viviendo juntos periodos de desvelos y carencias continuas, por supuesto también de eventuales satisfacciones.

Movías la cabeza de un lado hacia otro cuando retiraba mi vista de la computadora, para consultar con mis ojos tu opinión acerca de la responsabilidad y hasta temor que sentía cuando mis discursos eran leídos sin cambio alguno, sabiendo que para unos públicos significarían ideas o directrices a seguir, y para otros la oportunidad de encontrar errores o motivos para denostar a quienes los leían.

Pero sobraría aquí describir con amplitud lo que viví contigo en el ámbito personal. Esas experiencias fueron sólo tuyas y mías.

¿Cómo olvidar que en la soledad de la montaña me despojaba de la careta de “valiente” y pedía que sacaras de la vereda en la que corríamos a las astifinas vacas que nos encontrábamos?

¿Cómo iba a rehuir empaparme con los orines que ya no podías reprimir, cuando recordaba esos días en los que sin comer permanecías al lado de la cama acompañando mi dolor?

¿Cómo hubiera dejado de abrazarte y animarte a desafiar el destino hasta en el último de tus tremores?

Veo tu cuerpo inmóvil y evoco las veces que disfracé el miedo a la muerte haciendo vociferar a mi conciencia que la recibiría sonriendo, y luego pienso en cuántas veces quise gritar de terror al ver la sombra de ella que respondía a la falsedad de mi reto. ¿Lloro por tu deceso o por ver el anuncio de mi futuro?

A ti, que como pocos conociste mis fantasías para trascender, comparto lo expresado por quien con hechos te demostró amor más grande que el mío, pese al poco tiempo que convivieron.

Traigo así a mi memoria las palabras que, estoy seguro, mayormente te animaron en tus minutos finales: “Ve tranquilo, que yo seguiré cuidando a papá”, te dijo suavemente Claudia, tu mamá adoptiva y quien mejor entendió tu excepcionalidad para dar sentido a la vida.

Se cumplió mi deseo: regresaste a la nada antes que yo. Gracias, me libraste de la angustia por adelantarme y dejarte esperando mi regreso hasta el último de los latidos de tu corazón.

Si tan solo fuera un poco como tú, extrañadísimo Hosco, sería un hombre menos malo pareciéndome más a un perro.

riverayasociados@hotmail.com

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