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Miradas que incendian la memoria

Hay miradas que matan, como puede saberlo quien se haya enamorado, pero existen otras que, paradójicamente, aunque invitan a morir, en ese mismo ofrecimiento convidan a vivir.

Una de esas miradas se resiste a salir de mi cabeza, por más que trato de espantarla, igual que intento hacerlo con los buitres que ya empiezan a volar sobre mí.

Acerca de mirada tan necia, escribí hace mucho tiempo:

“Se estrella muy dentro de tu ser el rostro del hombre que con una insignificante manguera de jardín pretendía hacer frente a un gigante de fuego que se burlaría de mil y una de ellas, pero que defendía así, solo, el patrimonio de sus hijos, ubicado en lo más alto del cerro, literalmente, de la marginación.

“Entendías ahí lo que era la esperanza definida por esa expresión de suprema angustia en la soledad e indefensión, justo al lado del monumental demonio que devora, quizá, con más saña y apetito a los pobres.”

¿Cómo ingresó hasta el fondo de mi alma, si es que la tengo, esa persistente visión?

La alarma de la Estación Central de Bomberos despidió a la máquina, cuyo rugir de su revolucionado motor advertía sobre la urgencia de la misión.

Tan pronto como la motobomba llegó hasta donde terminó la calle de un barrio marginado, mis compañeros y yo nos dimos a la tarea de unir y tender cerro arriba casi todos los tramos de manguera que cargaba la unidad, los que apenas alcanzaron para llegar al lugar del siniestro y del encuentro con los ojos de quien, sin pronunciar una sola palabra, desde ese día nos sigue hablando.

En el oscuro y estrecho pasillo que conducía al patio de una vivienda con uno de sus cuartos en llamas, nos topamos súbitamente con un hombre joven que intentaba apagar el fuego usando una delgada manguera para regar plantas. Viéndolo tratar de combatir la lumbre con un “cuentagotas”, no con una indispensable lanza de agua a gran presión, comprendí lo absurdo que es juzgar con la razón a aquello que se hace por amor.

Muy pronto relevamos al hombre que trataba de salvar la propiedad de su familia. Antes nos vimos a los ojos y hablamos sin abrir la boca. Su mirada de angustia se tornó en una de confianza, en tanto que la de nosotros cambió de una que comunicaba seguridad, a otra que le ofrecía nuestras vidas.

El fuego se defendió furioso, pero finalmente sucumbió. No volví a ver esa persona, que, sin embargo, me sigue viendo.

¿Así de fuertes serán otras miradas?

¿Engañará a la gente de buena fe marchar al lado de ella entornando la vista como si se fuera adalid de la democracia, de ayer olvidado y mañana de inconfesadas aspiraciones?

¿Bastará retornar al Papa su mirada de santidad para acreditar que se poseen méritos suficientes para ocupar hasta un nicho catedralicio?

¿Exonerará de la toma de malas decisiones emular el rictus de dolor y la aceptación del mártir que padece juicios injustos en aras de causas justas?

¿Y si mejor dejara que fueran politólogos u oftalmólogos quienes contestaran esas preguntas con las que, como si fuera gobernante, trato de diferir las respuestas que me debo?

riverayasociados@hotmail.com

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