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Palabra de clown

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Cuando era niño, los payasos me inspiraban temor. Sin embargo, el tiempo me enseñó que no era su maquillaje lo que me asustaba, sino la necesidad de algunos seres humanos para subsistir provocando siempre risas, pese a sentirse tristes en ocasiones.

Respeto como artistas y personas a quienes acreditan en los circos, en la calle, en el camión u en otros escenarios urbanos la imagen que en mi infancia tuve de ellos. Pero, a quienes mancillan la imagen de los auténticos payasos buscando poder y riqueza les agradezco que también me hagan reír y reconozco en ellos un mérito adicional.

¿Quién no sabe lo difícil que resulta esconder la propia risa cuando vemos que alguien sucumbe redondo al engaño o broma que le hicimos? Aunque espurios, esos últimos payasos tienen el don de reprimir hasta sus carcajadas, no se diga la vergüenza, en lo que varios son expertos.

Recuerdo las reuniones de gabinete en un estado del centro-norte del país, donde tras oír al mandatario hablar del mundo ideal que percibía desde su residencia, muchos funcionarios hacían uso de la palabra para alabarlo. No carecían de inteligencia y sí poseían sobrada destreza para conservar su posición y seguridad laboral, directamente proporcional a su grado de abyección.

Más tarde comprendí que esas alabanzas eran burlas disfrazadas, que aun teniendo motivos no me parecían justificables. Hoy sigo pensando que las circunstancias de la vida deberían ser las únicas autorizadas para reírse de los seres humanos, empero, amparándome en la máxima que dice: “El que se ríe se lleva”, no resisto la tentación de retomar las imágenes que provocaron la evocación inicial de esta colaboración.

Recuerdo primero el mensaje televisivo de una virtual candidata a la presidencia de la república, quien apunta que los apoyos sociales dejaron de entregarse a cambio de votos, afirmación que trae a mi memoria esos gags en los que un profesional de la risa sin camuflaje se desprendía de “su mano” cuando saludaba a un incauto. En este caso imagino un pedazo de lengua saltando y dirigiéndose al espectador como ícono del sarcasmo.

Traigo más tarde a lo que me queda de mente —si alguna vez acredité su existencia— la imagen cómica protagonizada por quien ante los medios de comunicación se maquilla como “ciudadana” y luego toma la figura de un títere con hilos de los colores de desprestigiados partidos, exhibiendo en un sketch continuo su deseo de gobernar el país sin posicionar algo más que regresar al pasado y, luego, escupe hacia arriba, lo mismo criticando a su titiritero mayor que ensalzando a la extrema derecha, lo que causa la carcajada del público cuando pocos minutos después se desdice.

En el desfile de mensajes que promueven a quienes sin sonrojarse provocan la hilaridad de sus receptores, destaca la osadía de un candidato que invita a buscar en su estado natal referencias de los resultados que ha entregado, declaración tan arriesgada como la de cualquier hombre que se atreva a pedir a su expareja que lo recomiende a su actual compañera.

Pero en la amplia y jocosa colección de la temporada de la risa, también conocida como de campañas electorales, lleva mano el spot del líder de un instituto político, a quien antes de despedirme sólo parafrasearé: “cuando escribo esta columna no pienso en los partidos, sino en la risa como defensa frente a lo patético”.

riverayasociados@hotmail.com

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